Música y Libros

Teresita Gómez, la pianista que ha dado la vida entera para la música

Su aparición en 'Fragmentos de amor' vuelve a situar a la pianista antioqueña en el primer plano.

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A los 73 años, dice que sus hijas, el "millón" de amigos que tiene en el mundo y sus alumnos la llenan de satisfacción.

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Guillermo Ossa Riaño / EL TIEMPO

03 de agosto 2016 , 10:52 p.m.

Su vida ha sido un cuento infantil tradicional, al estilo de La Cenicienta o de Blancanieves, con princesas, príncipes, brujas, sapos, uno que otro monstruo y muchas hadas que no solo la han tocado con su vara mágica, sino que la han acompañado a caminar por senderos escarpados, que los ha habido. A sus 73 años, Teresita se declara alegre porque su vida ha sido muy satisfactoria, a pesar de haber vivido su condición de “mujer y negra”, en épocas y lugares de ingrata recordación.

De esa satisfacción dan cuenta sus hijas, el “millón” de amigos que tiene desperdigados por el mundo, la decena de alumnos que la respetan y admiran y ese innumerable grupo de seguidores que atrapa no solo cuando toca, sino cuando canta, cuando habla, cuando se le cruza a alguien en el camino, porque es una mujer encantadora, sencilla, sensible y entrañable. Y su biografía, que no hagiografía, tendrá que nombrarla con todos esos adjetivos porque de ellos hace gala hasta por teléfono.

Se han tejido toda serie de historias sobre sus orígenes, sobre episodios de su vida, sobre sus inclinaciones políticas. Tantas que les perdió la cuenta. Tal vez de la que más se acuerda, entre asombrada y divertida, es de la que narraba que había aparecido un día, entre un canasto, recién nacida, en la puerta del Instituto de Bellas Artes de Medellín o Palacio de las Artes, como también se le llama, y que había sido recogida por sus padres adoptivos, que consideraban ese encuentro un milagro.

Lo cierto es que nació en el Hospital San Vicente de Paúl de Medellín. Su madre biológica fue una joven que recién cumplía 18 años y que la dejo allí para que la entregaran en adopción. Se llamaba María Cristina González. Teresita muchas veces jugó a ser esa María Cristina. Del padre biológico nunca supo nada.

Cuenta que las directivas del hospital la regalaron a la familia Gómez Arteaga: Valerio Gómez, de Medellín, y María Teresa Arteaga, de Marinilla. Muy guapos los dos, celadores de Bellas Artes por 35 años, donde tenían su vivienda permanente. Teresita gateó entre pianos, aprendió a caminar y a montar triciclo en esos salones amplios con pupitres, atriles, tableros y demás útiles de un centro de enseñanza de artes. Amó el silencio de los fines de semana y de las vacaciones en esas habitaciones de techos altos y se crio, literalmente, como una princesa “negra”, lo subraya, en su Palacio.

“Parecía como si tuviera una caja receptora por dentro, en la que iba acumulando la música que oía durante el día, y las instrucciones que repetían y machacaban los maestros entraban a mi cerebro y ya no se iban. De modo tal que una noche, con tres años y medio, mi papá, que hacía la ronda nocturna habitual por los salones, apagando luces y mirando que todo estuviera bien, seguido por su ‘chiquita’, se sorprendió de verme encaramada en la butaca y tocando alguna melodía. Recuerdo que le dije a mi padre en ese momento que quería ser pianista. De inmediato, él llamó a mi mamá y le contó; y ella, entre abrumada y desconcertada, contestó: “ahora si nos metimos en un lío muy grande”.

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Desde los 3 años, le dijo a su papá que quería ser pianista. Marta Agudelo de Maya empezó a darle clases desde los 4 años. Archivo particular.

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Y sí se metieron en la grande. Teresita Gómez llevaba la música en su interior y una vez se sentaba frente a un piano parecía como hechizada.

Su primera maestra, Marta Agudelo de Maya, así lo entendió y comenzó a darle clase desde los 4 años, a riesgo de que despidieran a sus padres del trabajo o de que a su madre le diera un ataque de nervios, porque le repetía a la niña todo el tiempo que ellos eran muy pobres, que el piano era para ricos, que no había la menor posibilidad de que le pudieran comprar uno, que mirara a las niñas que iban a recibir clase, todas blancas, que no, no podía ser.

Pero triunfaron la constancia de Teresita y la ayuda de esa primera maestra que, junto con Anna María Penello, fueron las dos personas que le enseñaron en esos comienzos y a las que Teresita recuerda con especial afecto, porque fueron más que hadas madrinas. No se intimidaron ante la falta de recursos de la alumna ni ante el trabajo de los padres, ni les importó el color de piel de Teresita, que era, para la época, casi como si tuviera una enfermedad contagiosa.

Lo contrario. Se rindieron ante las calidades artísticas de la talentosa y dulce niña. Valerio, el padre, también fue fundamental porque la retó una noche para que se sentara y tocara cualquier cosa, lo que hizo Teresita, y él entendió que estaba ante una niña con sobrado talento musical, la aplaudió con ganas.

Ella le respondió con una venia, de las muchas que ha hecho en las salas de música. Por fuera, nunca.

Debut

Ilse de Greiff y su esposo, Alfredo, me compartieron la siguiente nota, aparecida en este diario, el 13 de junio de 1958, en la que el Maestro Otto de Greiff hizo una breve reseña de la primera presentación de Teresita Gómez en Bogotá, en donde se lee:

La pianista antioqueña Teresita Gómez se presentó en la tarde el jueves en el Foyer (ahora pomposamente llamado Sala de Honor) del Teatro Colón. Un recital más de una principiante, pensarán muchos. Pero resultó algo más, y mucho más... Y para colmo, la artista (y no decimos la joven pianista, pues habría que decir la niña, apenas quinceañera) hubo de enfrentarse a un rebelde piano que hace lustros cumplió su misión y que está pasado de ser llamado a calificar servicios. Y con todo, qué gratísima sorpresa la de escuchar a una gran artista en vías de llegar a ser un justo orgullo de Colombia, entendiéndoselas con obras como una Fantasía y fuga de Bach-Liszt, o la Sonata en re menor de Beethoven (la de los recitativos), o la primera balada chopiniana, o las dos rapsodias de Brahms, más dos preludios de Debussy y la Campanilla, de Liszt. Debe dársele una reparación a Teresita Gómez haciéndola oír con el debido despliegue, sola o con la Orquesta Sinfónica; y debe soñarse en que algunos mecenas de esos que auspician vueltas ciclísticas, por ejemplo, o alguna entidad oficial, la envíen a perfeccionar a Europa los estudios hechos en Medellín y hagan de ella una pianista de primera línea. Menos mal que los televidentes podrán oírla en un breve recital, a las diez de la noche mañana lunes. Y bien que vale la pena.

No se equivocó el sabio Maestro Otto. Años más adelante tuvo el orgullo de escucharla tocar en la Sala de Música de la Biblioteca Luis Ángel Arango o en la inauguración del teatro Pablo Tobón Uribe, en Medellín, y siempre salía muy contento porque esa quinceañera por la que apostó, sin dudarlo, cada vez le daba mayor lustre al país y confirmaba su certero pronóstico.

Teresita Gómez cuenta cada etapa de su vida con naturalidad y humor, derrochando, eso sí, mordacidad. Pero tal vez donde se detiene con mayor entusiasmo es cuando recibió la llamada de la Casa de Nariño, siendo presidente Belisario Betancur, y él le dijo que la iba a nombrar Agregada Cultural en la Embajada de Colombia en la desaparecida República Democrática Alemana y agregó que sería un honor para el país su representación.

“Le expresé mi agradecimiento, pero le respondí que no podía irme porque tenía tres hijos, a lo que el Presidente me informó que el viaje era con familia incluida y que me esperaba en su despacho para hacerme algunas indicaciones y concertar un recital de piano de despedida al que podía invitar a amigos y familiares. Cuando le conté a mi hija mayor, ella me miró con gran ternura y me dijo: ‘Mami, ese que la llamó tuvo que ser uno de sus amigos del Goce Pagano, que está enguayabado y sin oficio; qué nos van a mandar para Europa, así sea a un país comunista. Todo resultó cierto. Y hasta me atreví a decirle al Presidente que si me podía enviar a París, pero él me contestó que esa era una plaza muy solicitada y que ya estaba asignada. Hice el concierto y llevé, entre otros amigos, a Saturnino Ramírez, el pintor, y a Gustavo Bustamante, el dueño del Goce. Vivimos en Berlín oriental y mi vida se partió en dos”.

La estadía en Europa se prolongó por cuatro años. Tomó clases con grandes maestros. Volvió al país, dio muchos conciertos. Regresó a su ciudad natal, enseñó, durante años, en la Universidad de Antioquia, que ha sido su segundo hogar, en donde la han condecorado y homenajeado en varias oportunidades; se separó de su primer marido en tiempos en que casi ninguna mujer lo hacía; vivió pérdidas irreparables y otra vez, conciertos en salas grandes y en pequeños recintos; boleros y tangos cantados a sus amigos con su bonita pero ronca voz de fumadora empedernida de dos paquetes diarios en sus años de juventud y entrada a la madurez; su práctica zen y ahora de yoga y de clase de tango, de lecturas, porque después de tocar el piano lo que más le gusta es leer y tertuliar sobre eso que lee, hacen parte de su diario.

El cine

La primera aparición de Teresita fue en la película Rosario Tijeras. Su amistad con Flora Martínez, la protagonista, la hizo posible. Su papel de enfermera fue muy corto, pero le gustó. Tanto como ser el personaje del precioso documental 'A solas', dirigido por la creativa y sensible cineasta Marta Hincapié Uribe, que hace parte de la serie Grandes Maestros, de la Universidad de Antioquia. Ahí Teresita se pasea por ese hermoso edificio republicano, diseñado por Nel Rodríguez en 1925, y recuerda cada rincón, como si no hubiera pasado el tiempo.

En la película Fragmentos de amor, la primera coproducción Colombia-Puerto Rico, basada en un libro de Héctor Abad Faciolince, dirigida por el cineasta uruguayo (nacionalizado español) Fernando Vallejo, que distribuye Cine Colombia, Teresita aparece tocando en el Teatro Julio Mario Santo Domingo una parte de los Nocturnos de Chopin. Su interpretación deja a casi todos los espectadores con ganas de oírla tocar un concierto completo.

Porque, como escribió el crítico de música Emilio Sanmiguel, hace unos años: “Teresita tiene una cualidad que muy pocos poseen; cuando sus dedos se acercan al teclado, ella y el piano son un solo ser porque el instrumento deja de serlo para convertirse en su voz. Muchos de sus colegas consiguen tocar el piano y algunos lo hacen muy bien, pero pocos, muy pocos, logran hacerlo cantar”.

Cantarina, vanidosa, rumbera y seguidora de los pianistas salseros Papo Luca, Richie Ray y Eddy Palmieri, que se formaron en la música clásica, Teresita vive en Medellín, muy cerca del Palacio donde creció, pensionada, dictando algunos cursos a alumnos adelantados de la Universidad de Antioquia y haciendo presentaciones, como la del 25 de agosto próximo en la Universidad Eafit, en Medellín.

Añora a Bogotá porque vivió desde los 15 años en La Candelaria, en Chapinero, en el San Luis y en el Teusaquillo, y un trozo de su historia está ligado con esta ciudad. Historia en la que la impronta de su sencillez, calidez y talento no se ha borrado ni se borrará.

MYRIAM BAUTISTA
Especial para EL TIEMPO

* Colaboradora de este diario y de las revistas ‘Lecturas’ y ‘Credencial’. Autora del libro ‘Palabras de los mayores’ (Intermedio). Especializada en perfiles, crónicas y entrevistas. Fue periodista de ‘Semana’.

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