Música y Libros

De aria en aria, la ópera enamoró a Colombia

Los vestuarios, las luces, los espacios, la escenografía. Un género que colma los sentidos.

Obra ‘Otelo’

El tenor francés Roberto Alagna y la soprano albanesa Inva Mula (Desdémona) en ‘Otelo’, clásico de Giuseppe Verdi, en Orange (Francia), en 2014.

Foto:

Boris Horvat / AFP

21 de abril 2018 , 11:35 p.m.

La posibilidad que hoy ofrece la tecnología de ver en transmisiones en vivo o diferidas las grandes óperas que ese ponen en escena en el Metropolitan Opera House, de Nueva York, la digitalización de viejas grabaciones de las grandes figuras, las posibilidades de consultar una y otra vez en internet una determinada aria o una actuación célebre o de comprar colecciones completas que antes no estaban al alcance de cualquiera, ciertamente, han transformado el mundo de la ópera.

Ya no se puede decir que es una manifestación artística elitista, excluyente, clasista, como se solía valorar a comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, sino un espectáculo para todos, como lo fue desde sus comienzos.

La ópera en Colombia, propiamente dicha, tiene hitos que se remontan a la primera mitad del siglo XIX, en forma de espectáculos con fragmentos que las compañías teatrales y musicales españolas se atrevían a recorrer los países americanos, pese a las dificultades del transporte de aquellos tiempos. La principal vía de comunicación en el país era la navegación por el río Magdalena, no había carreteras y en muchos casos era necesario que actores y cantantes hicieran tramos a lomo de mula para alcanzar su lugar de destino.

Lentamente, entre fines del XIX y comienzos del siglo XX comenzaron a hacerse más reiteradas y exitosas las visitas de compañías, y se celebró la actuación, incluso, de grandes voces que gozaban de prestigio ya no solo en España sino en Italia.

El pianista y maestro en música Daniel Cárdenas Velásquez cuenta abundantes detalles de este periodo en el artículo que publicó en la revista ‘Historia y Sociedad’ (julio-diciembre de 2015), titulado ‘La Compañía de Ópera Bracale en Colombia (1922 - 1933), un agente de la cultura musical del país’, con base en una bibliografía muy completa en materia musical y de contexto sobre Medellín el país de aquella época*.

Por ejemplo, al hacer el recuento de las compañías visitantes registra el arribo del tenor y músico italiano Orestes Sindici, quien vino en calidad de cantante y al residenciarse en Colombia le fue encargada la música de nuestro siempre celebrado Himno Nacional.

Recuerda Cárdenas, trayendo a colación el libro ‘La música en Colombia en el siglo XX’, del inolvidable don Hernando Caro Mendoza, que el repertorio más frecuente eran las obras de Rossini, Donizetti, Bellini y Verdi.

Las compañías hacían la ruta Bogotá - Medellín, como las de la Opera Mazetti, de la prima donna Asunta Mazetti, que presentó en la capital antioqueña por primera vez de manera completa ‘Lucia de Lamermoor’, de Donizetti, en 1865.

Al año siguiente se presentó la Compañía de Ópera de Juan del Diestro con ‘I Lombardi’, ‘La traviata’, de Verdi, y ‘La favorita’, de Donizetti, un repertorio fresco que venía de ser exitoso en Italia y Francia.

La incidencia de estas agrupaciones viajeras fue muy importante no solo en la formación de público, sino una pequeña escuela de géneros líricos. Naturalmente, por tratarse de una actividad que no tenía carácter permanente, no se trataba de un ingrediente cultural masivo de la cotidianidad de las ciudades sino de oportunidades eventuales relacionadas con las giras suramericanas de las compañías.

Incluso, todavía en 1922 el diario ‘El Colombiano’, según la investigación de Cárdenas, hacía esfuerzos por ‘educar’ a los ciudadanos en una especie de protocolo o, se diría hoy, ‘manual de convivencia’ para asistir al espectáculo operático, con recomendaciones que iban desde la puntualidad hasta el atuendo apropiado para no desentonar con la elegancia de la ocasión.

“ ...algunos entran tarde a los teatros por darse visos “aristocráticos”, olvidando que esta costumbre es la menos aristocrática que conocemos...”, criticaba en un artículo un autor que firmaba como ‘El señor Phocas’.

En Medellín, de todos modos, la fiebre que se desató por el canto lírico fue tal que hubo allí uno de los primeros ensayos de tener una ópera estable, en los años 40.

Un fenómeno aislado, que vale recordar por la importancia que llegó a tener para el país, fue el del tenor Carlos Julio Ramírez, que sin cumplir los 20 años vivió en Buenos Aires y durante dos años y medio formó parte de la Compañía de Ópera del Teatro Colón. En los años 40 llegó a Estados Unidos y como cantante lírico actuó en el cine de Hollywood.

Pero la conformación de una compañía estable vino en 1976, cuando Gloria Zea, al frente de Colcultura y secundada por Alberto Upegui y Hjalmar de Greiff, dio inicio a la actividad de la Ópera de Colombia, que debutó el 20 de agosto de ese mismo año con una temporada de ‘La bohemia’ y ‘La traviata’. No fue fácil. Las críticas hacia el arte lírico como proyecto cultural del instituto en un país como Colombia parecía, más que inoportuno, exótico. Han pasado 42 años. Una realidad cambió.

* Lea aquí la nota completa de Cárdenas.

Las compañías que venían en el siglo diecinueve

Un cronista que reseña, con no poca ironía, la llegada de compañías del siglo XIX es don José María Cordovez Moure, en sus ‘Reminiscencias de Santafé y Bogotá’:

“En el año de 1848 volvió el mismo (Francisco) Villalba con otra compañía de cantantes, compuesta de los dos octogenarios, don Romualdo Díaz y su venerable consorte, doña Juliana Lanzarote, ‘prima donna’; Chirinos, bajo; el chapetón don Eduardo Torres, barítono, y Fernando Hernández, hojalatero venezolano, que tenía una vocecilla de falsete con pretensiones a voz de tenor, y era el encanto de los santafereños, ya en el teatro, ya en el ramo de serenatas que le encomendaban los malferidos de amor.

“Entonces se pusieron en escena ‘El barbero de Sevilla’ y ‘Lucía de Lammermoor’; al barbero lo sobreaguó Torres, que era un barítono de primer orden; pero la pobre Lucía, interpretada por una vieja ochentona que al abrir la boca para cantar parecía una esfinge, cuyos dientes y muelas hacía varias décadas que habían trasteado a otra parte, cayó para no levantarse hasta que la rehabilitó Rosina Olivieri, veinte años después”.

FRANCISCO CELIS ALBÁN
Editor de EL TIEMPO

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