Música y Libros

La mula mexicana que trabajó en los túneles del ‘Chapo’

Fragmentos del libro 'CSI Colombia' del investigador Fernando Salamanca.

Libro 'CSI Colombia'

Hace seis años, Luis Alejandrine cayó con droga en el aeropuerto de Bogotá. La traía desde Ciudad de México. Fue condenado a diez años de prisión.

Foto:

Sebastián Jaramillo

24 de febrero 2018 , 10:08 p.m.

Luis Alejandrine acaba de terminar la merienda de la mañana y aparece arrastrando sus Converse con esa desgana propia de los condenados al encierro. Está en el patio 3 de la cárcel Modelo, donde no hay violencia, hacinamiento o drogas. Es el mejor patio de la prisión. La mayoría de las mulas capturadas en los aeropuertos terminan aquí, en una mezcla de idiomas y religiones que conforman una torre de Babel de 400 internos. Luis es un mexicano seco que acata las órdenes sin protestar.

Esta vez ha aceptado conceder 30 minutos de entrevista y se le ve distraído. Luego de tomar aire me aclara que trabajó para Joaquín el ‘Chapo’ Guzmán desde el 2006, llevando de vuelta a suelo mexicano los millones de dólares que los norteamericanos pagaban por la mercancía del jefe de Sinaloa. (...)

En una sombra del patio, Luis muerde cada una de sus palabras antes de que salgan de su boca. En su adolescencia había sido vendedor de marihuana en Ciudad de México y trabajado luego para pequeños capos que lo llevaban a repartir cocaína y otras drogas hasta terminar trabajando con el ‘Chapo’, de quien se ganó su confianza por un golpe de suerte.

Según Luis, sus abuelos (Antonio Alejandrine y María de la Luz Sierra) vivieron gran parte de su vida en San Antonio, un pueblo fronterizo con California. Para ganarse unos pesos ayudaban a pasar mexicanos que buscaban un futuro mejor como ilegales en Estados Unidos.

Los inmigrantes eran transportados en contenedores sin entrada de aire y bajo el sol inclemente del desierto. En los años 70, el ‘Chapo’ intentó cruzar varias veces la frontera, después de que su padre lo corrió de su casa a los 17 años. En uno de sus intentos, los abuelos de Luis lo protegieron unos días hasta que logró pasar al otro lado. (El presidente) Enrique Peña Nieto entregó a Guzmán a las autoridades de EE. UU., donde enfrenta cargos por homicidio, asociación delictiva, lavado de dinero y narcotráfico.

Luis tiene ese aspecto contradictorio de los hombres que pueden tener 40 años o una década menos. Calcular su edad es una labor complicada, aún más por su mirada infantil.

—¿Qué hizo el ‘Chapo’ cuando recordó a tus abuelos?

—Me dio un apretón de manos —sonríe—, así no más me dijo que trabajara con él en los túneles.

Cuando dice túneles, a Luis se le borra la sonrisa y se pone tan serio como si fuera a cobrar un penal. El ‘Chapo’ le ordenó traer de vuelta a Tijuana parte del dinero recaudado por la venta de la droga a los distribuidores californianos. Algunos túneles eran cómodos (con rieles, iluminación y ventilación), y Luis podía caminar erguido; otros, en cambio, debía atravesarlos casi a rastras y soportar 50 grados de temperatura en su interior. Para sobrellevar estas condiciones, recibía una chaqueta climatizada y un pequeño tanque de oxígeno que debía administrar durante los 20 minutos que, en promedio, tardaba en atravesar el túnel de más de 100 metros de longitud. (...)

Cada semana, dos hombres esperaban a Luis en una bodega en San Diego; allí hacían las cuentas y le entregaban el dinero en una maleta que él ataba a sus pies antes de ingresar de nuevo al túnel que salía a Tijuana. (...) Después de entregar el dinero, Luis recogía su pago (3.000 dólares) y regresaba a su vida normal en la superficie, junto a María Alejandra, una menuda mexicana que conoció en una fiesta en el 2011. Ella era una mula experimentada. (...)

* * *

—¿Usted ha probado cocaína?

Esa fue la pregunta que me hizo William Garzón el día que lo visité: bogotano, cejas escasas, cara lampiña, 59 años, coordinador del laboratorio de química de la división de Criminalística del CTI de la Fiscalía. El laboratorio tiene una función primordial: analizar las sustancias controladas por la Ley 100 de 1996 (estupefacientes, insumos y precursores para su fabricación) mediante pruebas PIPH, que consisten en la aplicación de un protocolo internacional para la investigación de sustancias encontradas en escenas del crimen. (...)

El laboratorio es un lugar amplio y envuelto en un silencio permanente. Tiene mesones de baldosa ubicados en las márgenes del salón central; en estos están los paquetes desordenados que contienen cocaína cristalizada. En una esquina, un grupo de especialistas habla en voz baja. (...)

Funciona desde 1992, cuando Instrucción Criminal se convirtió en la Fiscalía General de la Nación. La cita es en la oficina de William Garzón, que recuerda los laboratorios de colegio y universidad, por aquello de la asepsia y el olor permanente a cloro. (...)

En el laboratorio se emplea la cromatografía, que separa los distintos componentes de una mezcla, lo que permite identificar y determinar las cantidades de dichos componentes. (...)

La mano derecha de Garzón es el cromatógrafo de masas (ICP MS). Las muestras (bolsas pequeñas que contienen cocaína, marihuana o heroína) están organizadas en un rincón del mesón blanco, como una baraja. Garzón establece el perfil químico de cada una de las muestras (cuyo peso oscila entre tres y diez miligramos).

El cromatógrafo está justo al lado de las muestras, separado de ellas por una balanza digital que maneja Gonzalo Taborda, quien trabaja en silencio. El cromatógrafo es un aparato de forma rectangular, similar a una pequeña impresora, con brazos mecánicos rígidos que toman pequeños tarritos de muestra y los llevan hacia un ascensor diminuto. Los resultados aparecen en una pantalla de computador. (...) El mantenimiento del cromatógrafo, adquirido hace 16 años y cuyo precio es de medio millón de dólares, cuesta un millón de pesos mensuales.

Pero en el diario quehacer del laboratorio no todo lo hacen los aparatos de punta. La semana anterior, Garzón tardó dos días para sacar tres kilos de cocaína camuflados en un paquete de llaveros de los Minions. Lo hizo con una espátula delgada y unos alicates puntudos. Algo similar sucede con la cocaína cristalizada: él debe extraer la que está oculta, separar las impurezas, establecer su peso y, luego sí, analizarla. Después de 12 horas —el tiempo estipulado por la ley para aplicar pruebas PIPH—, Garzón elabora su informe preliminar, en el cual establece si la droga analizada es cocaína o no.

Dicho informe constituye la evidencia principal con la que un fiscal puede acusar a una persona por porte y tráfico de estupefacientes. A esto se le conoce como cadena de custodia. Explico: la Policía Antinarcóticos decomisa la droga que las mulas —o pasantes, en el argot institucional— planeaban sacar del país, y luego la envían directamente al laboratorio, en el búnker de la Fiscalía, para su análisis. El tiempo es fundamental. Desde que una persona es detenida por la Policía Antinarcóticos hasta que un juez decide si la envía a la cárcel o si permite que continúe su viaje no pueden transcurrir más de 36 horas. El análisis de Garzón y su equipo es concluyente: muchas mulas terminan su viaje cuando el informe enviado por el laboratorio finaliza con tres palabras precisas, formales, diligentes: “Positivo para cocaína”. Si salen las palabritas, la persona tendrá que enfrentar a la justicia.

En el caso de Luis Alejandrine, estas palabritas aparecieron en su corto proceso penal. Menos de 24 horas en las que el dictamen lo obligó a quedarse en Colombia y su vida quedó en un limbo, un precipicio.

* * *

La primera parte de mi visita a Garzón finaliza con dos aclaraciones de su trabajo y una confesión: al laboratorio no llega toda la droga decomisada, sino un porcentaje que se calcula con una fórmula matemática (por cada mil gramos de droga decomisada reciben uno o dos); el resto de la droga confiscada se destruye. Existen empresas de control ambiental que tienen contrato con la Fiscalía y funcionan en Mosquera, Cundinamarca, donde cuentan con hornos industriales para la destrucción. En Bogotá no está permitido hacer destrucción de narcóticos.

La confesión: en las horas muertas del día, Garzón repasa un museo de curiosidades en su oficina. Allí está el busto de Hugo Chávez, lleno de cocaína, que fue decomisado a una lituana embarazada que quería viajar a Nueva York en el 2013; dos bolas chinas con droga que una mujer se introdujo en la vagina; pantalones de doble fondo y una vieja y tiesa caja de bocadillos veleños con cocaína líquida.

Garzón pregunta si tenemos alguna duda. Le respondo que sí: “¿Qué tipo de droga se analiza en el laboratorio?” Y él responde: “Principalmente, cocaína, heroína y cannabis”. Sin esperar a que complemente su respuesta, le lanzo el segundo interrogante: “¿Cuántas muestras de droga analizó el laboratorio en el 2015?”, y Garzón se refriega los dedos y los lleva hasta el mentón. “Yo calculo que unas 11.000. Después de analizar cada muestra debemos contrastar los resultados dos veces o más. O sea que no son 11.000 sino unos 40.000 análisis realizados por nuestro equipo”. (...)

* * *

William Garzón mueve mucho la boca, resulta difícil fotografiar su rostro serio. Se ríe a carcajadas con un timbre chillón. Todas las tardes se ducha durante media hora para quitarse los residuos de droga en su cuerpo y ropa. Luego sale a casa. Es un ritual y un código de seguridad. (...)

Después de las pruebas estandarizadas, Garzón nos invita al “salón de lavanderas”. En una esquina del corredor hay una lavadora grande, vieja, blanca. “Aquí extraemos la droga que viene incautada en ropa y telas de algodón”, dice Garzón. “Cuando la lavadora va a escurrir precipitamos el agua, recogemos la droga y dejamos escurriendo la ropa”.

Los dos kilogramos de cocaína que Luis Alejandrine llevaba camuflados entre camisas, maletas y ropa de algodón terminaron aquí. La cadena de custodia comenzó en el aeropuerto El Dorado; droga decomisada y mula fueron conducidos hasta la URI de Engativá, y de allá el destino de cada cual: Luis, en la cárcel La Modelo y la cocaína, en la lavadora gigantesca que Garzón me enseña con orgullo disfrazado de serenidad. (...)

Antes de comprar la lavadora, Garzón extraía manualmente la droga adherida en las prendas, como lo hacen las lavanderas rurales, que le dan garrotazos a la ropa sobre una piedra para que la suciedad salga. La lavadora ha sido una de las adquisiciones más valiosas del laboratorio, pues los casos de cocaína adherida en ropa o maletas son uno de los más comunes que se resuelven en el laboratorio. Luis Alejandrine fue uno de estos casos.

Otro tipo de casos son los ingeridos. Personas que van cargadas con 50 o 100 cápsulas de cocaína en su estómago. En estos casos, no hay ningún aparato o estratagema útil para disimular la hediondez de la mierda revuelta con cocaína diluida. Casos como estos llegan todas las semanas.

FERNANDO SALAMANCA

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