Música y Libros

‘Cuando estaba en el banco me daba pena tomar vacaciones’

Carlos Yepes, quien dejó la presidencia de Bancolombia por una carta de su hija, presenta su libro.

Carlos Raúl Yepes lanza libro

Yepes nació hace 52 años en Medellín, es abogado, está casado y es padre de dos hijos: María Luisa, de 22 años, y Santiago, de 20.

Foto:

Guillermo Ossa / EL TIEMPO

07 de mayo 2017 , 02:22 a.m.

“Le estás regalando tu salud a los demás, al mundo, a la sociedad. Yo quiero tener papá mucho tiempo, quiero que me veas graduar, que me entres a la iglesia, que cargues a mis hijos y para eso necesito que te cuides (...) Ya lo hemos vivido, te enfermas, te alivias, te sientes que eres capaz de exigirte más de la cuenta y vuelves y te enfermas porque es demasiado para ti”.

La primera vez que Carlos Raúl Yepes leyó estas palabras, escritas por su hija mayor, María Luisa (hoy de 22 años), fue en septiembre del 2015, cuando las encontró escritas en una carta que ella le había dejado encima de su almohada. Él acababa de regresar de la clínica, después de superar su tercera pancreatitis en un periodo de tres años. Llevaba cinco como presidente de Bancolombia, y 22 trabajando para la empresa. Se había vinculado a ella antes de la fusión del Banco Industrial Colombiano (BIC), del que él era empleado, y el Banco de Colombia.

Hoy, Carlos Raúl Yepes confiesa que hasta entonces no había querido oír las alertas que le mandaba su cuerpo y que la carta de su hija fue una especie de invitación a quitarse la venda de los ojos. Cinco meses tuvo que pensarlo hasta que llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era dar un paso al costado, que su horario de “cajero automático, 24/7” le estaba quitando la vida y que su proyecto de retiro en el 2019, año en el que esperaba consolidar su idea de construir una banca “más humana”, tenía que ser interrumpido.

En el banco debían estar muy contentos con él: durante su gestión, los activos pasaron de 68 a 200 billones de pesos; la cartera, de 43 a 150 billones; el patrimonio de la empresa, de 8 a 21 billones de pesos; y en cinco años logró utilidades por cerca de diez billones de pesos. Pero en casa, la alegría de su familia no era la misma: su trabajo lo estaba consumiendo.

Así que la renuncia le vino como un bálsamo. Cuando ahora se le pregunta cómo está, Yepes responde con voz entusiasmada que ¡muy bien¡, que está “muy aliviado”. Comenta que pudo finalmente recuperar su salud, pasar más tiempo con su familia y cumplir varios sueños aplazados. Ahora tiene tiempo, “que es el recurso más escaso”, y esta nueva vida de calma le ha dado espacio también para escribir su primer libro: ‘Por otro camino: de regreso a lo humano’.

A lo largo de 232 páginas, el carismático abogado paisa aprovecha su experiencia empresarial para hablar sobre el valor de la ética y la confianza a la hora de tomar decisiones. Sobre la necesidad de desacelerar en nuestro ritmo de vida para hacernos preguntas fundamentales. Estas son algunas de sus reflexiones.

¿Su libro existiría si su hija no le hubiera escrito esa carta?

Yo creo que no. El libro no estaba en el imaginario mío. Uno, a pesar de que oye y se entera de sus errores, a veces pareciera que no quiere saber de ellos. Cuando me entregó la carta la tuve en mi cabeza para arriba y para abajo, hasta que renuncié. Ya afuera, en octubre, me fui a España a hacer el Camino de Santiago de Compostela y ahí entendí el verdadero sentido de la palabra caminar, que es avanzar, a veces por caminos áridos, a veces fértiles, que suben, que bajan, a veces solos y otras acompañados, hasta que se llega a algún lugar. Por eso escogí ese título y el subtítulo: ‘De regreso a lo humano’.

Que básicamente resume la idea que quiso desarrollar cuando llegó a la presidencia de Bancolombia...

Sí. En mi propósito de humanizar el banco, empecé a preguntarme qué era lo que más me molestaba de él: la exclusión, el irrespeto, la frialdad, la lejanía… Y me di cuenta de que no solo era necesario hacer una banca más humana, sino una sociedad más humana. Ese fue el mensaje que quise transmitir con ‘Por otro camino’. Que a las metas se llega con las personas y no contra ellas.

Y en el caso particular de Bancolombia, ¿cómo fue ese proceso?

Al principio a uno le decían Bancolombia S.A. y como cualquier empresa que termine en S.A. da la sensación de que no tiene alma. Así que empezamos a construir ese eslogan tan bonito: ‘Le estamos poniendo el alma’. La banca más humana apostaba por tener una mejor relación con el cliente, basada en el respeto y la confianza, porque el negocio bancario es un negocio basado en la desconfianza.

¿Por qué lo dice?

Porque los clientes confían en el banco al entregarle su plata, pero los bancos desconfían cuando el cliente la necesita. Por ejemplo, alguien iba a retirar 500.000 pesos en un cajero y por algún imprevisto no podía hacerlo, porque el depósito entró tarde o por algún error de trámite, entonces esa persona buscaba nuestra ayuda. Nosotros sabíamos que esos 500.000 pesos podían ser trascendentales para alguien que tiene obligaciones y cuando un caso así ocurría le entregábamos el dinero y luego investigábamos la razón por la que no había podido sacarlo, contrario a lo que suele suceder, que es decirle al cliente que llene un formato para luego investigar internamente antes de darle la plata. Hubo preocupaciones en ciertos sectores del banco, pero los resultados fueron impecables. Jamás nos robaron un peso.

¿Qué otras medidas tomaron?

Hicimos lo posible por evitar trámites innecesarios con un formulario único de vinculación de clientes, quitamos el requisito de tomarle al cliente las huellas para ciertos casos –¿a qué funcionario se le había ocurrido ponerle huella a todo?– y redujimos el número de documentos necesarios para varios procesos.

¿Usted cree que el proceso por humanizar la banca terminó haciéndolo más consciente de su propia humanidad y eso, a su vez, lo llevó a renunciar?

Creo que sí. Me dio mucho pesar pensar que después de estos cinco años como presidente no hubiéramos profundizado nuestra revolución. Pero también reconozco que muchas veces hice lo que no se debía hacer: no tomaba vacaciones porque me daba pena. Tampoco fui capaz de oír el susurro de mi cuerpo, que me pedía una pausa.

¿Qué tan estresante era su rutina?

Demasiado. El nivel de responsabilidad es muy grande. Bancolombia es una institución que tiene 53.000 empleados con sus familias, 15.000 proveedores de todos los tamaños, 75.000 accionistas y a todos hay que responderles. Y para poder hacerlo bien, la única forma –creo yo– era asumir el reto como un cajero automático: 24/7. Yo respondía todos los correos que recibía porque siempre pensaba que podían tener una idea o una sugerencia, o esconder una preocupación. A veces podía quedarme hasta las 5 de la mañana y me levantaba a las 8 o 9, a seguir trabajando.

¿Cómo es dejar de recibir un buen salario y dejar de tener poder para alguien acostumbrado a eso?

Tiene que haber una preparación. Alguna vez me regalaron un libro de Deepak Chopra, que hablaba de la cultura del desapego: el desapego por el poder, por lo material, por el dinero. Es un desafío permanente. A mí me decían que cualquiera con mi salario se podía retirar, pero estando en esa posición tal vez lo más fácil era quedarse y seguir acumulando, así que eso de que cualquiera se retirara no lo veo tan cierto. Yo sabía lo que quería y soy un tipo de una vida austera, vivo tranquilo y necesito muy poquito para vivir feliz.

¿De qué vive hoy?

Yo empecé a trabajar muy joven y tuve muchos miedos en la vida, por el futuro de mis hijos, por ejemplo. Yo, en vez de salir a comprar propiedades, me recogí y con mi esposa empezamos a enfocarnos en el ahorro, más basados en el miedo de que los ingresos en la casa llegaran a faltar. Hoy tengo una renta periódica y trabajo en algunas juntas directivas: Viva Colombia, Postobón, EPM, Grupo Araújo-Talarame... tengo mi casa, mi carro y no tengo ni fincas grandes, ni monto caballo. También trabajo mucho con organizaciones que construyen comunidad: Transparencia por Colombia, Comisión Nacional de Paz, Proantioquia, Banco Mundial… tengo varias cosas que hacer: yo sabía que no iba a pasar del escritorio a la mecedora (risas).

¿Ese es un plan de vida? ¿No lo veremos en el futuro asumiendo otro cargo directivo?

No. Yo no quiero ser más empleado. Yo ya estoy en otra posición, ya no soy jugador sino espectador. Me veo trabajando en temas de ciudad, sociales, sin ponerle precio a mi trabajo.

¿Le interesa la política?

No, para nada. Yo tengo muy claro que nunca he sido funcionario público y no quiero aspirar a ningún puesto ni de elección ni de designación. No obstante, eso no quiere decir que esa sea la única forma en la que uno participa de lo público. Ser un ciudadano que propone política pública y participa desde esa perspectiva por supuesto que sí me interesa.

¿Qué recomendación le hace a alguien que tenga dudas de permanecer en su trabajo sin tener las herramientas que tuvo usted cuando dejó el suyo?

Yo le diría lo que me llevó a escribir el último capítulo del libro: que todos deberíamos hacernos constantemente preguntas a nosotros mismos sobre nuestras vidas. Hacer el ejercicio de desacelerar y reflexionar. Le diría a esa persona que escriba sus preguntas, eso ayuda mucho: qué le gusta hacer, con quién le gusta estar, qué cosas lo hacen sentir feliz, cómo se ve en diez años. En las empresas nos la pasamos haciendo estrategias para la organización, pero se nos olvida hacer la más importante: la de uno mismo.

Hablando de esas preguntas, déjeme hacerle algunas de las que aparecen en su último capítulo: ¿Qué es el éxito?

Para mí el éxito va asociado a la palabra felicidad. La felicidad para unos es tener mucho y para otros, tener poco. En mi caso, es tener salud. Para mí, felicidad también es vivir sin remordimientos y poder ayudar a las demás personas.

Si hoy tuviera 100 millones de pesos, ¿qué haría con ellos?

Primero buscaría tener vivienda. Compraría una póliza de salud, ahorraría y viajaría.

¿Le gustaría ser emprendedor?

A mí me gustaría, sí. Creo que por estar toda mi vida vinculado a empresas puede ser un poco raro, aunque para ser emprendedor todo momento es bueno. Lo que pasa es que entre el idealismo y la vida ya de adulto hay mucho trecho. Soy amigo de los emprendedores porque suelen embarcarse en ideas sin más recursos que su propia capacidad.

¿En qué se ve emprendiendo?

No lo sé. Pero creo que sería una empresa de servicios, porque vendiendo productos no me veo mucho.

DIEGO ALARCÓN
Redacción Domingo

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