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Así le escribía el autor de ‘El principito’ a su madre

Dos de las cartas de Saint-Exupéry y que Intermedio recopila en el año Colombia-Francia en la Filbo

Antoine de Saint- Exupéry escribe a su mamá

Antoine de Saint- Exupéry nació el 29 de junio de 1900 y murió en 1944. Así lucía Marie de Saint-Exupéry (1875-1972) en el año de 1947.

Foto:

Roger-Viollet / AFP

23 de abril 2017 , 12:48 a.m.

El amor de su vida, su refugio, su consejera, su confidente, objeto de su nostalgia. Todo eso fue Marie de Saint-Exupéry para su hijo, el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry.

El autor de ‘El principito’ sostuvo con ella una correspondencia sincera y profunda que revela la naturaleza sensible, solitaria y soñadora de este hombre, que nació con el siglo XX y murió a los 44 años.

“Soy feliz con mi profesión, me siento agricultor de las estrellas”, dijo en su novela ‘Tierra de hombres’. Sobre su amor por la soledad y la paz de las alturas le escribió a su madre, pero también sobre sus penurias diarias, sus angustias más íntimas y su eterna nostalgia por el hogar. Fueron cerca de 190 cartas las que se intercambiaron hasta poco antes de su muerte, en plena Segunda Guerra Mundial.

Saint-Exupéry no acostumbraba fechar sus cartas o agregar el lugar donde se encontraba. Por eso, muchas de ellas no tenían alguno o ninguno de estos datos y fue necesario, para la edición original de Gallimard, hacer una juiciosa investigación para situarlas en el mapa y en el tiempo.

Como homenaje a este gran escritor y con ocasión del Año Colombia-Francia 2017, Intermedio Editores publicó una selección de estas cartas, de la cual EL TIEMPO presenta este domingo este par.

El monje del desierto marroquí

[Cabo Juby, Marruecos, 1927]

¡Qué vida de monje la que llevo! En el rincón más perdido de toda África, en pleno Sahara español, un fuerte al borde de la playa, nuestra barraca adosada a él, ¡y nada más en cientos y cientos de kilómetros a la redonda!

El mar, en las horas de marea, nos baña completamente. Cuando en la noche apoyo los codos contra mi tragaluz con barrotes de prisión –estamos en territorio rebelde– tengo las olas debajo, tan cerca como en una barca. Y toda la noche el mar golpea mi pared.

La otra fachada da al desierto.

Es la austeridad total. Una cama hecha con una tabla y un delgado colchón de paja, una palangana y un recipiente para el agua. Olvido las herramientas de trabajo: ¡la máquina de escribir y los papeles del puesto aéreo! Una habitación de monasterio.

Los aviones pasan cada ocho días. En el intervalo hay tres días de silencio. Cuando mis aviones se van, siento como si se fueran mis pollitos. No estoy tranquilo hasta que la T.S.F. me haya anunciado su paso por la siguiente escala –a mil kilómetros de aquí–. Y siempre estoy listo para salir en busca de los extraviados. Todos los días reparto chocolate a una camada de pequeños árabes traviesos y adorables. Soy popular entre los niños del desierto. Hay unos pedacitos de mujer que ya tienen aire de princesas hindúes y hacen gestitos maternales. Ya tengo viejos amigos.

El morabito viene todos los días a darme una clase de árabe. Estoy aprendiendo a escribir y ya me defiendo un poco. Les ofrezco tés mundanos a los jefes moros y ellos me invitan a tomar el té en su carpa, a dos kilómetros, en territorio rebelde, adonde ningún español ha ido hasta ahora. Y yo iría más lejos y no correría ningún riesgo porque comienzan a conocerme. Tendido sobre su alfombra, observo, por la abertura de la lona, la arena apacible, abombada, ese suelo embovedado, los hijos del jeque jugando desnudos bajo el sol, el camello amarrado al lado de la carpa. Y tengo una extraña impresión, no de alejamiento, tampoco de aislamiento, sino de una puesta en escena de fugitivos. Mi reumatismo no ha empeorado. Estoy bastante mejor que cuando partí, pero eso es lento.

Y usted, madrecita mía, ¿en su otro desierto, con sus otros hijos adoptivos? Estamos los dos lejos de toda existencia.

Tan lejos que me imagino en Francia llevando una vida familiar, reuniéndome con viejos amigos, me imagino en un pícnic en Saint-Raphael.

El 20 de cada mes, el velero de Canarias nos trae provisiones. Esa mañana, cuando abro mi ventana, el horizonte está adornado con una vela muy blanca, muy bella y limpia como el lino recién lavado, que viste todo el desierto y me hace pensar en el cuarto de lencería de las casas, la pieza más íntima. Pienso en las viejas criadas que toda la vida planchan manteles blancos que apilan en armarios llenos de aromas. Y mi vela se mece suavemente, como un gorro marinero bien planchado, pero esta suavidad dura poco.

Domestiqué un camaleón. Mi papel aquí es domesticar. Me va bien, es una palabra bonita. Mi camaleón parece un animal antediluviano, se parece al diplodocus. Sus movimientos son de una lentitud extraordinaria, de una precaución casi humana, y se sume en reflexiones interminables. Permanece inmóvil por horas, se diría que vino de la noche de los tiempos. Soñamos juntos al anochecer.

Madrecita mía, le mando un beso tan grande como el amor que le tengo.

Escríbame una nota.
ANTOINE

Madrecita mía, le mando un beso tan grande como el amor que le tengo

‘Qué casa de recuerdos me regaló’

[Buenos Aires, enero de 1930]

Madrecita mía:

Estoy leyendo ‘Dusty Answer’; pienso que a todos nos gusta esta novela, igual que ‘La ninfa constante’, porque nos reconocemos en ellas. Nosotros también formamos una tribu. Y ese mundo de recuerdos de infancia, de nuestro lenguaje y de los juegos que nos inventábamos me parecerá siempre desesperadamente más auténtico que el otro.

No sé por qué pienso esta noche en el frío vestíbulo de Saint-Maurice. Nos sentábamos sobre los baúles o en los sillones de cuero, después de la cena, mientras esperábamos la hora de ir a la cama. Y los tíos caminaban de un lado a otro del pasillo. La iluminación era escasa, oíamos fragmentos de frases, era misterioso. Misterioso como el África profunda. Luego, se organizaba el ‘bridge’ en el salón, los misterios del ‘bridge’. Nos íbamos a dormir.

En Le Mans, a veces, cuando ya nos habíamos acostado, usted cantaba en voz baja. Su canto nos llegaba como los ecos de una gran fiesta. Así lo percibía.

La cosa más “buena”, la más apacible, la más amiga que jamás he conocido es la pequeña estufa de la habitación de la parte alta, en Saint-Maurice. Nada le ha dado nunca tanta tranquilidad a mi existencia. Cuando me despertaba en medio de la noche, zumbaba como un trompo y dibujaba un muro de grandes sombras. No sé por qué me hacía pensar en un perrito fiel. Esa pequeña estufa nos protegía de todo. A veces usted subía, abría la puerta y nos encontraba envueltos en un generoso calor. La escuchaba zumbar a toda marcha y volvía a bajar. Jamás he tenido un amigo como ella.

Aquello que me enseñó la inmensidad no fue la Vía Láctea, ni la aviación, ni el mar, sino la segunda cama de su dormitorio. Enfermarse era una suerte maravillosa. Todos queríamos enfermarnos, cada uno a su turno. Era un océano sin límites al cual la gripa daba derecho. Había también allí una chimenea viviente.

Quien me enseñó la eternidad fue la señorita Marguerite.

No estoy tan seguro de haber vivido después de la infancia.

Ahora estoy escribiendo un libro sobre el vuelo nocturno. Pero, en su sentido más íntimo, es un libro sobre la noche (nunca he vivido sino hasta después de las 9 de la noche).

Este es el comienzo, son los primeros recuerdos de la noche:

“Dormitábamos en el vestíbulo cuando caía la noche. Aguardábamos el paso de las lámparas: las llevaban como un haz de flores y cada una agitaba en la pared sombras bellas como palmas. Luego el espejismo giraba, luego encerraban en el salón el ramillete de luz y de palmas oscuras.

Usted no alcanza a imaginar esta inmensa gratitud que le profeso, ni qué casa de recuerdos me ha regalado

“Entonces, el día había terminado para nosotros y, en nuestras camas de niños, nos embarcábamos hacia un nuevo día.

“Madre mía, usted se inclinaba sobre nosotros, sobre este puerto de partida de ángeles, y para que el viaje fuera apacible, para que nada perturbara nuestros sueños, borraba cada pliegue, cada sombra, cada ola.

“Porque una cama se apacigua como un dedo divino al mar”. Lo que sigue son travesías de la noche, menos protegidas, el avión.

Usted no alcanza a imaginar esta inmensa gratitud que le profeso, ni qué casa de recuerdos me ha regalado. Pareciera que yo no sintiera nada, pero creo que simplemente me defiendo por temor.

Escribo poco, no es mi culpa. La mitad del tiempo tengo la boca cosida. Esto ha sido siempre más fuerte que yo.

En el día hice una bonita expedición de 2.500 kilómetros. Fue regresando del extremo sur, donde el sol se oculta a las 10 de la noche, cerca del estrecho de Magallanes. Es muy verde: casas sobre pastizales. Extrañas casitas de lámina de metal ondulada. Y las gentes que, a fuerza de sentir frío y de congregarse alrededor de las fogatas, se han vuelto muy afables.

El sol perdía color en el mar. Era hermoso.

Este mes le envío 3.000 francos. Creo que todo saldrá bien. Los tendrá hacia el 10 o el 15 […]Le he enviado 10.000 francos en total (sumarán 13.000). Pero no tengo idea si los recibió ni si le agradó que se los enviara. Me habría gustado mucho saberlo.

Le mando un beso muy dulce y cariñoso,

ANTOINE


ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

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