Música y Libros

C60 C90 / Conexión sonora

El casete cambió por completo los comportamientos del público frente a la música.

Casete

Desde que la compañía holandesa Philips lo lanzó en 1962, el casete ofreció por primera vez a los consumidores la posibilidad de grabar audio de manera personalizada.

Foto:

123rf

03 de noviembre 2017 , 09:00 p.m.

Ahora, en pleno furor de acceso digital a la música, me ha venido el recuerdo por el casete, ese formato de audio venido a menos algo ya más de una década atrás y que en su momento fue el mejor sistema para almacenar y reproducir música.

Resulta increíble que en épocas de pleno auge del disco compacto (CD), hacia finales de los años 80 y comienzos de los 90, el casete compacto aún gozaba de buena popularidad. Hubo años en que incluso superó ventas (con más del 50 por ciento) al formato digital y al decadente LP de acetato.

El casete cambió por completo los comportamientos del público frente a la música. Desde que la compañía holandesa Philips lo lanzó en 1962, ofreció por primera vez a los consumidores la posibilidad de grabar audio de manera personalizada. A mediados de los años 70, uno de los mercados más rentables en el mundo tecnológico era el de los casetes vírgenes y el de los cada vez más sofisticados equipos de grabación y reproducción, los famosos decks de marcas como Marantz, Sansui, TEAC y Technics, que les permitía a los melómanos compilar a su gusto sus selecciones musicales.

Con una gran sofisticación cuando desarrollaron cintas de cromo y de CrO2, que daban mayor fidelidad en su sonido, el auge del casete fue aún mayor cuando en 1979 Sony lanzó al mercado el famoso Walkman, dispositivo portátil, un poco más grande que el mismo casete, alimentado por pilas pequeñas y que llegó a ser una verdadera sensación. La gente en la calle cargaba su Walkman al cinto y un par de casetes en los bolsillos para llevar su música a toda parte, antesala de lo que luego serían el Discman y el iPod.

Nostalgia total recordar ahora las grabaciones que se hacían de la radio, siempre esperando el momento oportuno para copiar completa la canción de moda y rogando para que el locutor de turno no la ‘pisara’. Pedir al amigo que nos grabara alguno de sus discos. Hacer variados diseños de lujo en sus cajas. Buscar en el ‘agáchese’ del centro o la avenida Chile algún casete grabado, de los que vendían con colecciones de grandes éxitos (la piratería de la época). La emoción de visitar Sanandresito para comprar la caja de 10 unidades de sus marcas favoritas: TDK, Pionneer, Hitachi, Maxell, y en las referencias según su duración en minutos, C60, C90 o los imposibles C120. Pero, ante todo, cuando por alguna falla de este o de su equipo reproductor, la cinta se salía y este último literalmente se la tragaba dejando al traste nuestras canciones, si esta era imposible recuperarla. Menos mal teníamos el kilométrico.

DANIEL CASAS
​Periodista musical@danielcasasc

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