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Así le fue a Susy Mora en su primera prueba Ironman

La presentadora se enfrentó a 1.900 m de natación, 90 km de ciclismo y 21,1 de atletismo.

El entrenamiento de Susy Mora para la prueba Ironman 70.3La presentadora relata cómo vivió los duros ejercicios de natación, ciclismo y atletismo.
Hacer un Ironman por primera vez

MIBUC.

07 de diciembre 2017 , 03:18 p.m.

“Susana Mora you are an Ironman” –no un superhéroe de película como Robert Downey Jr.–, se escuchó por un altavoz en el instante en que crucé la meta del Ironman 70.3 Cartagena 2017.

La frase retumbó en mi cabeza cuando entendí que había logrado aquello con lo que había fantaseado por más de ocho meses. Levanté los brazos; lloré, aunque el locutor decía: “No llores todavía”; atravesé la meta, entera, fuerte, sin ningún dolor, bajé la cabeza para que me colgaran la medalla y levanté la mirada para darme cuenta de que quien me la ponía era una amiga que no veía hace años. La abracé fuerte, muy fuerte.

Estuve ahí 30 minutos más, para ver a mi novio, Duran, cruzar la meta. Cuando lo hizo, nos abrazamos; le dije: “¡Mi amor, lo logramos! ¡Somos Ironman!”. Pero ¿qué es ser un Ironman? ¿Cómo se llega ahí? ¿Cualquiera puede serlo? Las respuestas jamás serán absolutas, porque el deporte es una experiencia siempre subjetiva.

Buenos días, tardes o noches. No sé a qué hora usted esté agarrando este periódico;  tengo la maravillosa oportunidad de contarle cómo fue.

Fecha: viernes 1.° de diciembre. Hora: 10:50 a. m. Vuelo: retrasado, como de costumbre. Destino: Cartagena de Indias. Silla: ¡ventana! ¡Siquiera! Estatus: un revuelto de sentimientos y hormonas femeninas. Complicada explicación. Objetivo: cruzar por primera vez la meta de un Ironman 70.3. ¿Por qué 70.3? Porque la competencia consiste en esto: 70,3 millas recorridas, entre 1.900 m de natación, 90 km de ciclismo y 21,1 km de atletismo. Eso es un Ironman. Miento, es mucho más que eso.

¿Les parece si nos devolvemos ocho meses?

Hace un año exactamente crucé la misma meta, fue mi primera media maratón. Es decir, participando en el mismo evento, pero de relevos. En aquel instante descubrí la indescriptible sensación de agradecimiento con uno mismo más pura que alguien pueda sentir. Es inexplicable. Un amor por uno mismo tan grande que sería arrogante describirlo. Vivir para entenderlo. El corazón solo entiende que es algo que le mueve las entrañas.

Tras varios meses de descanso, hace ocho meses uno de los integrantes del equipo del patrocinador principal de este evento, con quien corrí los dos años, me dijo: “¡Susy, este año el reto es hacerlo todo!”. ¿Qué me llevó a saltar al vacío sin entender a qué me enfrentaba, sin dimensionar la palabra ‘sacrificio’, que adoba todo esto?

Primero, me enamoré de la sensación de satisfacción. Segundo, porque tengo una gran inspiración en este deporte que es mi hermano Felipe Mora, y, tercero, quería cruzar esa meta cruzada por él, de la cual yo había sido testigo como público.

Mi hermano lleva más de cinco años practicando triatlón, y en el 2016 clasificó a Kona, Hawái. ¡Kona! Es el mundial de este deporte, y a aquella mística isla solo van los mejores del mundo. Mi hermano es uno. Y, para mí, el mejor.

Comencé a entrenar con tres palabras en la cabeza: ‘determinación’, ‘pasión’ e ‘ímpetu’. Son mis herramientas más preciadas. Aunque también se deben cruzar en el camino cosas como disciplina, aguante, paciencia y responsabilidad, porque usted pasa de ser una persona que sale a comer cuando quiere, trasnocha, tiene vida social y disfruta el fin de semana a ser alguien para quien la prioridad es entrenar, entrenar y entrenar.

Mis semanas transcurrieron así: lunes, descanso. Martes, 5:30 a. m., correr. Miércoles, 6:30 p. m., natación. Jueves, rutina del martes. Viernes, rutina de los miércoles: natación desde las 6:30 p.m. hasta las 8 p. m. Sábado: levantarse a nadar a las 6:30 a. m. Vida social: cero. Para cerrar semana los domingos, ciclismo y running intenso.

Hacer un Ironman por primera vez

"Se me acercó un hombre y me dijo que estaba allí gracias a mí; que yo lo había inspirado por mis redes sociales".

Foto:

MIBUC.

¿Energías para ir a cine el fin de semana? No. Quien hace triatlón, en sus tiempos libres trabaja. A pesar de los sacrificios, disfrutamos el camino, pero más la meta. Nuestra recompensa y nuestra fiesta.

Porque los caminos no se recorren solos, y su mejor equipo es su coach. Palabra difícil de definir. Coach no es solo el que entrena con usted, sino quien se trasnocha haciendo su plan de entrenamiento y se desvive por motivarlo con artimañas cuando a usted lo está envolviendo la pereza.

El mío, Andrés Ramírez: un santo. Alguna vez, muy cerca de la competencia, me dijo: “Mira la Susy de hace 4 meses y mira la Susy de ahora”. En este momento entendí que el deporte transforma a las personas, el camino y transforma la vida.

En esos meses de entrenamiento existen dos momentos muy importantes. Uno, cuando la debilidad es protagonista. Cuando pedaleamos con viento en contra o cuando hay que nadar 20 piscinas a lo que el corazón dé y tu cuerpo dice: “¡No más! Tienes que parar”, pero tu mente, más fuerte, te lleva hasta la línea final. Dos, cuando finalmente, en algún milisegundo te sientes fuerte.

Yo me sentí realmente fuerte dos semanas antes de la competencia, en un entrenamiento en el calor de Girardot. Ese fin de semana tuve la certeza de que iba a cruzar la meta. Pero siempre hay miedo a fracasar, y debo confesar que tuve miedo.

No sé si miedo –es tan difícil discernirlo–, porque nunca dudé de que cruzaría esa meta. No titubeé, pero sentí angustia.

¡Sí! Nos transportamos al día de la carrera. Domingo 3 de diciembre. Cartagena de Indias. Apabullantes 38 grados centígrados. Cielo azul con imponente sol calentando sobre 2.000 atletas. Nubes: ¡ninguna! La ciudad navega en sudor. Latidos del corazón, a tope. Gritos. Gritos de ánimo, que funcionan como doping para los que recorren esas 70.3 millas casi eternas.

La angustia llega después del ciclismo. Saliendo de la zona de transición, en la que permanezco parada 5 minutos, respirando, estabilizando los latidos de mi corazón, que llevaba en un pico de 180 bpm (pulsaciones por minuto) y controlando el mareo (quizás, una mezcla entre el calor, el inmenso esfuerzo y la molestia de un dolor en el bazo que me hace retorcer durante los 90 km de ciclismo), me encuentro con uno de los pilares no solo en esta carrera, sino en mi vida; mi papá. Lo veo. Me acerco. Lo abrazo y lloro mucho.

Él me tranquilizó; empezamos a correr. Durante los primeros 5 km de carrera va conmigo, dándome aliento, hasta que mi alma despega (porque mis piernas están intactas y el corazón late sin apuro) y los 21,1 km de atletismo se convierten en mi terapia y mi meditación.

En carrera hay muchos momentos anímicos y físicos por los que un atleta pasa. Imagínese cuántas cosas pasan por la cabeza, o le pueden pasar al cuerpo, a lo largo de 7 horas y 39 minutos, que fue mi tiempo.

Cuando la carrera empezó para mí, a las 6:48 a. m., con una natación de 1.900 m en la bahía de las Ánimas, apareció la ansiedad. No era miedo, porque sabía que mi cuerpo y fuerza mental estaban alineadas. No era inseguridad, porque sabía que podía hacerlo, y tampoco preocupación; tenía claro que quería enfrentarlo.

“Mujeres, 25 a 29 años, al agua”, dijo el locutor. Y en fila india, sobre un muelle que se movía con los pasos de las 68 mujeres en esta categoría, una a una, entramos al agua. En minutos, solo se veían gorros amarillos dentro del agua.

Faaaaaaaaa, sonó la corneta, y 68 mujeres empezamos a nadar. Ya no hay ansiedad. No hay tiempo de sensaciones. Ya hay control de respiración y muchas brazadas por delante. Durante 59 minutos. Quince minutos más de lo programado; el sabor a sal, el sonido de las burbujas dentro del agua, las grandes boyas de color naranja y el sol picante son nuestros acompañantes.

Saliendo del agua, me tenía que enfrentar a las 3 horas y 40 minutos de ciclismo más difíciles que alguna vez mis piernas hayan pedaleado. El sol no importó. El calor, menos. El viento, en la vía Cartagena-Barranquilla, era apoteósico, aterrador. Sacudía las bicicletas; y aunque las piernas se movían con fuerza, parecía una misión imposible, en mi caso, pedalear a más de 20 km por hora. En ese momento, el bazo me invadió, retorciendo cada región de mi abdomen, pero mi cabeza me mantuvo.

El objetivo era llegar al punto de regreso, para disfrutar de los últimos 45 km con un poco de viento a favor. Cuando llegué, mi alma estaba rota, derrumbada y con angustia. Pero el cuerpo y la mente son sabios. Y así es; a veces te salva la cabeza: me salvó en el ciclismo. A veces te salva el cuerpo: me salvó en el atletismo.

En el atletismo viví momentos sublimes. Cuando corría sobre la muralla vi un participante con una sola pierna haciendo la prueba en muletas. O cuando se me acercó un hombre y me dijo que estaba allí corriendo gracias a mí; que yo lo había inspirado a través de mis redes sociales. O cuando me detuve (mentalmente) y aprecié cada balcón de la ciudad amurallada, o la inmensidad del mar que nos rodeaba en el recorrido. O cuando vi ‘Km 20’ escrito en el piso y supe que lo había logrado.

Hora: 2 de la tarde, aproximadamente. Temperatura: la misma. Cielo: el mismo. Lugar: el mismo. Objetivo: ¡cumplido! Hay cosas en la vida que no tienen ni tendrán explicación. Una de ellas es que la FELICIDAD viene embalada en paquetes de sacrificio y sufrimiento.

EL TIEMPO

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