Gente

Ser bailarín sin poder oír, pero sintiendo la música

Christian Briceño el primer bailarín sordo graduado de danza contemporánea en el país.

Bailarín sordo

Desde que era un niño, Briceño se dio cuenta de que podía percibir mínimamente la vibración musical acercándose a los parlantes.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

24 de marzo 2017 , 10:41 a.m.

“Quiero que sepas, Christian, cómo es la música”, le decía su papá por medio de gestos. Luego le acercaba un parlante al oído y hacía sonar a todo volumen las canciones de Vicente Fernández. Christian, de 8 años, se encantaba con los ademanes, con el pecho firme, con la imponencia de su papá al imitar al cantante mexicano. A veces esas imitaciones venían en clave de comedia, y entonces su papá, Orlando Briceño, hacía las veces de payaso.

De esa forma Christian, sordo de nacimiento, se dio cuenta de que podía percibir algo de la música a volúmenes altos. “Mis papás se sintieron felices cuando notaron esto”, dice en lenguaje de señas que un intérprete me ayuda a comprender.

Solo cuando tuvo 9 años, y entró al Colegio Filadelfia para Sordos, en Bogotá, tuvo acceso a la lengua de señas. Sus padres lo aprendieron cuando Christian ya era adolescente. Hasta ese momento, se comunicaron con lo que él llama “códigos caseros”.

Cuando terminó el bachillerato, presentó en tres ocasiones los exámenes de ingreso en la Universidad Nacional: quería estudiar Lingüística, pero no pasó. Un día, su amiga Myriam López lo invitó a que asistiera a un taller de danza. “Yo conocía la cumbia, el folclor, el tango, pero cuando ella dijo ‘danza contemporánea’, me sonó desconocido –cuenta–. Nunca había oído nada al respecto”.

***

Algunas caras lo miraban como preguntándose ‘y cómo vamos a hacer con él si no oye’. Eso recuerda Christian de la primera vez que llegó a ConCuerpos, una compañía que trabaja y explora la danza inclusiva con personas con y sin discapacidades. En esa ocasión, su amiga Myriam hizo las veces de intérprete. “Me adapté de inmediato –recuerda Christian–. Yo les dije: ‘ustedes ponen la música, me avisan qué va a sonar, yo me acuesto en el piso y empiezo a conocer el ritmo. Luego, ustedes me indican con las palmas de las manos, empiezan a tocar el piso y yo sé que debo moverme’. Ellos tocaban muy fuerte el piso; yo sentía la vibración y sabía que debía empezar a bailar”.

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Durante un año, Christian asistió con regularidad al taller. Hasta que supo de la Corporación Universitaria Cenda y su programa de técnico profesional en danza contemporánea. “Era consciente de que sería la primera persona sorda en entrar allí”. El día de la entrevista, se presentó con su mamá en la oficina del coreógrafo y entonces director del programa, Felipe Lozano. “La institución no tenía docentes capacitados para trabajar con una persona con las condiciones de Christian”, recuerda Lozano.

Ellos me orientaban con respecto a la danza y yo los orientaba con respecto a la inclusión


Sin embargo, logró ingresar. Durante los primeros días de clase, Christian se sintió mirado como un bicho raro. Alcanzó a pensar que lo estaban rechazando, pero luego comprendió que solo estaban asustados porque no sabían cómo comunicarse con él. En las asignaturas teóricas, el asunto era más o menos sencillo. En las prácticas, en cambio, tenía que esforzarse por mirar al mismo tiempo al intérprete y al docente que enseñaba los movimientos. A veces tenía que decirle al profesor que repitiera los pasos para poder observarlo mejor.

“Ellos me orientaban con respecto a la danza y yo los orientaba con respecto a la inclusión”, dice Christian. Lozano, quien le dictó varias materias, cree que ese proceso fue enriquecedor porque le dio la posibilidad de aprender algunos elementos de la lengua de señas, además de entender su forma particular de percibir el espacio, el ritmo, el movimiento.

No todos los profesores estaban entusiasmados con la idea de un estudiante sordo. “Algunos eran tercos y me decían: ‘usted no sirve’ –recuerda Christian–. Yo les hablaba de casos de bailarines sordos en otras partes del mundo. Parecía como si la discapacidad la tuvieran ellos, no yo, por creer que no era capaz”.

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Los profesores que se mostraban renuentes, sin embargo, terminaron sorprendiéndose y preguntándose cómo era posible que ese muchacho, a pesar de no escuchar, pudiera llevar el ritmo, tanto como sus otros compañeros. Por supuesto, había fallas: “No todo el tiempo lo hacía bien. Algunas veces me atrasaba; otras, me adelantaba”, dice. Pero siempre tenía la actitud de aprender. Christian usa un audífono técnico que le permite percibir algunos decibeles. Los pisos de madera de los salones le facilitan la percepción. Y, claro, siempre tiene una gran concentración.

En el 2015 se graduó con honores como técnico profesional en danza contemporánea de la Corporación Universitaria Cenda. Su tesis fue una propuesta metodológica para la inclusión de personas sordas en el estudio de la danza contemporánea. Todavía no ha sido aplicada porque no se ha inscrito a esta facultad ninguna otra persona sorda. Para el profesor Lozano, en Colombia hay una carencia en la inclusión real de personas con estas características. Aunque terminan el bachillerato, desde las instituciones no se les dan los elementos necesarios para que sigan su formación superior. “Es una de las fallas de nuestro sistema educativo. De lo contrario, habría muchas más personas con estas condiciones como alumnos en centros universitarias”.

A lo largo de su carrera, Christian ha participado en diferentes espectáculos: Cardiofonia, que fue su proyecto de último semestre en la universidad. Táctil, espectáculo con el que visitó Venezuela por invitación de Deynis Luque, otro bailarín sordo. Y TR-9B5, una obra de la compañía ConCuerpos con la que se presentó en el Centro de Convenciones de Cartagena. Cada sábado en ConCuerpos, en el centro de Bogotá, hacen un taller de danza en el que se reúnen personas con y sin discapacidad.

“Nuestro trabajo consiste en la reivindicación de la diferencia”, dice Laisvie Andrea Ochoa, directora de la compañía. Gracias a este trabajo, explica, se han dado cuenta de que la pedagogía tiende a homogeneizar a las personas, en lugar de valorar sus diferencias. “Y lo que buscamos no es volvernos robots igualitos, sino aprovechar lo único que cada quien tiene. Eso es fantástico. Es una danza subjetiva”.

En el armado de los espectáculos, Christian sigue un proceso parecido al que usaba en las clases: se acerca al parlante, empieza a ensayar los movimientos y después baila a distancia. Las luces también le sirven de guía. “Me ayudan a entender que, por ejemplo, ya está terminando una canción”.

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Aunque en la estética occidental la danza ha estado ligada a la música –afirma Lozano–, en el mundo hay muchos bailarines sordos, como Dagoberto Huerta, en Chile; Antoine Hunter, en Estados Unidos, y Pierre Geagea, en Líbano. “Ellos nos demuestran que la danza es mucho más que ese matrimonio con la música. En la posmodernidad ha habido muchos coreógrafos, como Merce Cunningham y Trisha Brown, que empezaron a explorar el no movimiento y el silencio en la danza. La misma Pina Bausch. Ellos probaron otras formas que van más allá de lo musical. Porque la danza no es solo auditiva. Es una expresión que parte del movimiento”.

Christian sabe que esto es así. Sabe de la importancia del ritmo que cada uno lleva dentro. De la percepción que cada quien quiere expresar. “Podría compararse con escuchar al corazón”, explica. Convencido de esto, trabaja como promotor del Centro de Relevo, un proyecto entre el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones y la Federación Nacional de Sordos de Colombia, que desde hace quince años ayuda a las personas sordas a comunicarse y a la formación de intérpretes de lengua de señas colombiana; es voluntario en la Fundación Filmedios, una empresa que construye contenido para personas sordas; y es el presentador de Toma el control, el espacio del defensor de la audiencia de Canal Trece.

Aunque los canales del país cada vez implementan más el servicio de interpretación en lenguaje de señas, las personas sordas todavía se pierden una buena cantidad de su contenido. Cuando leen el sistema de subtítulos disponible en algunas transmisiones, están leyendo español, una segunda lengua para ellos. “Digamos que el cincuenta por ciento de la información se entiende”, dice. A Christian le gustaría actuar en cine y televisión. Y sueña con ver a personas sordas participando “de manera activa y directa” en la producción de contenidos de los medios. “¿Te acuerdas de La familia Bélier? Allí había actores sordos y hablaban en lengua de señas. Esa película fue un impacto impresionante”, dice.

Además de todo esto, Christian asiste al taller de la compañía ConCuerpos e invita a otras personas sordas a que vayan. La música y la danza no son solo para oyentes, afirma. Esto va de la mano con lo que concluye el profesor Lozano, para quien bailarines como Christian Briceño son la muestra de que por medio del arte se pueden superar barreras que no son físicas, sino culturales y sociales.

JULIO O’BYRNE
Especial para EL TIEMPO

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