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Douglas Botero Boshell, un conservador de servicio

Se celebra el centenario del nacimiento del reconocido político, exministro y diplomático.

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El político conservador Douglas Botero nació el 2 de septiembre de 1916 y murió el 16 de mayo de 1997.

Foto:

Cortesía Villegas Editores / Archivo particular

01 de septiembre 2016 , 10:42 p.m.

Con motivo del centenario del nacimiento de Douglas Botero Boshell, el 2 de septiembre de 1916, Villegas Editores acaba de publicar una obra en dos volúmenes con el título Kerensky, vida y obra de Douglas Botero Boshell, con textos de Juan Gustavo Cobo Borda y Patricia Pinzón de Lewin, de los cuales tomamos los siguientes fragmentos:
“Ciego, a los 76 años, Dou-glas Botero Boshell se presentó a sí mismo en estos términos:

‘Yo desciendo por el lado paterno de un familia antioqueña muy tradicional. Mi abuelo, Baltazar Botero Uribe, fue gobernador de Antioquia, precisamente hace cien años, pues gobernó de 1889 a 1892. Posteriormente se trasladó con su familia a Bogotá porque lo eligieron magistrado de la Corte Suprema, de la cual formó parte hasta 1907.

‘Mi madre era hija de un súbdito inglés, don William Boshell, y de una antioqueña, María Restrepo, de modo que yo soy antioqueño por tres lados de mi ascendencia. En el año que nací, 1916, Bogotá era una ciudad muy pequeña. No tenía sino 120.000 habitantes...’.

Había contribuido, no hay duda, a este cambio que experimentó el país desde posiciones muy decisivas; y si bien comenzó su trayectoria a partir de estrechas condiciones económicas, sus ancestros brindaron un excepcional punto de partida. No fue indigno, en ningún momento, de tales orígenes.

Quizá los hitos públicos más destacados de su hoja de vida fueron el nombramiento que le hizo el presidente Carlos Lleras Restrepo en 1965 para que ocupara el Ministerio de Comunicaciones, y más tarde la cartera de la Política.

Luego sería embajador en Washington durante cinco años, el último del gobierno de Lleras Restrepo y los cuatro del gobierno de Misael Pastrana Borrero. El presidente Alfonso López Michelsen, a su vez, lo nombraría embajador en Caracas, ocupando así las dos sedes más importantes de la política exterior colombiana: Estados Unidos y Venezuela”.

El joven Douglas fue toda su vida, ‘conservador a secas’. Un partidario acérrimo del orden, el respeto a la ley y a la regulación de la sociedad ‘en forma severa y de cabal cumplimiento’. Cuando ya ciego comenzó a dictar sus columnas en EL TIEMPO con el seudónimo de Kerensky, pues Belisario Betancur, como el Kerensky ruso, estaba ‘entregando el poder a la guerrilla comunista’, todos sus recuerdos, lecturas, convicciones y manías fueron apareciendo en ellas, dándonos al trasluz un fiel retrato suyo, más nítido ahora que en el polémico clima político que las suscitaba.

Pero tener acceso a las palancas del poder en Colombia, y saber ejercerlo, no volvió rígidos sus ademanes. Ejercía un machismo galante, que confinaba a las mujeres al ámbito del hogar, y se exasperaba con las líneas telefónicas abiertas con la guerrilla por la ministra de Comunicaciones del régimen Betancur, Noemí Sanín, en una suerte de teléfono rojo de Bogotá a la Uribe. Lector asiduo de Balzac y de la historia en general, disfrutaba con la variedad infinita de La comedia humana y hoy no dejaría de recalcar, cual Casandra que ve cumplidos sus augurios, el papel preponderante a favor o en contra que ‘don Manuel Marulanda’, alias Tirofijo, ejerció en la vida nacional. Pero lo haría con firmeza y sin pasar cuenta de cobro.

Ese sentido de las prioridades y del reconocimiento de lo esencial lo llevaría a respaldar lo institucional del gobierno Betancur, ante la debacle del Palacio de Justicia, por encima de cualquier otra consideración.

Ni los años ni la ceguera morigeran su ímpetu vital. No vivía solo en la estrecha parroquia, y le encantaba disfrutar el mundo, trátese de los sastres londinenses o la cultura europea. Era un bon vivant que quizá solo añoraba su confesado hobby de conductor temerario. ‘Lo que resta después de cierta edad son los libros, los viajes y la buena compañía’.

Le crispaban las negociaciones con el M-19, la posible elección popular de alcaldes y la ya entonces interminable cadena de muertes y asesinatos, de José Raquel Mercado y Gloria Lara a los magistrados asesinados en el Palacio de Justicia. Se sabía en guerra, contabilizaba las matanzas y pensaba que solo el Código Penal y la vigencia de la justicia podían darnos la paz.

El abogado experto en el tema de aguas, el empresario que durante tantos años presidió el gremio de los molineros, el hombre conciliador y pragmático que por su matrimonio con Irma Caicedo estuvo vinculado al Valle del Cauca y a las juntas directivas de ingenios azucareros como Riopaila y Central Castilla, el ministro, el embajador, el hombre cívico que, como lo recordó Carlos Lleras Restrepo en 1969, ‘al amparo de su hospitalidad, hicimos los últimos esfuerzos para tratar de impedir que el país rodara al abismo de violencia e insensatas discordias en que infortunadamente cayó’, y el conservador frentenacionalista, vivía ahora la azarosa zozobra de los nuevos tiempos, todo ello dentro del tenso clima de la guerra fría. Los valores en los cuales creía eran moral cristiana, libertad democrática y sistema de propiedad privada.

El inmediatismo de la contienda no le hacía perder de vista la larga perspectiva de la historia, ni mucho menos el flagrante anacronismo de la sociedad colombiana, que en las figuras de ‘don Manuel Marulanda’ y ‘don Pablo Escobar’, como no dejaba de llamarlos con perceptible ironía, representaban todo lo negativo en exclusión, vías de hecho sangrientas, delincuencia y terror, para alterar ese orden constitucional y jurídico que él defendía a capa y espada. Era un conservador que respetaba el derecho de disentir y el libre examen, y que consideraba el desorden como la mayor injusticia. La implosión del imperio soviético corroboraría sus intuiciones, pero vale la pena estudiar su figura para conocer mejor el país en que hoy vivimos. Su vida ya es parte de nuestra historia y la historia marcó la suya, como sucede con todo hombre lúcido y de valía.

Cuando finalmente falleció, el 16 de mayo de 1997, los obituarios recogieron el pesar del país por este abogado y empresario que tanto había hecho por la patria. Dos expresidentes, un liberal y un conservador –Alfonso López y Misael Pastrana–, con los cuales trabajó expresaron el duelo nacional y exaltaron su inagotable capacidad de diálogo y vocación de servicio”.

Reflexiones preelectorales

(Columna de EL TIEMPO, 3 de noviembre de 1984)

Presumiblemente, Ronald Reagan será reelegido cuadragésimo presidente de los Estados Unidos de América; es curioso, por decir lo menos, que el pueblo más grande que en la historia ha habido casi siempre haya dado, en la elección de sus gobernantes, una solución de mediocridad. Del examen de los cuarenta presidentes estadounidenses, casi sin excepción, solo se encuentran medianías políticas sin ninguna capacidad de alto vuelo. Difícil es analizar imparcialmente a los fundadores, como Washington, Jefferson, los dos Adams y Madison, cubiertos por la historia con una aureola mítica de grandeza. Pero debemos recordar que en 1776, año de la independencia, la población de la Unión Americana no pasaba de cinco millones de habitantes, que, coincidencialmente, es la misma de Bogotá.

Washington, por el número de soldados que tuvo bajo su mando –cuatro o cinco mil–, no hubiera pasado de ser un coronel en los ejércitos de Napoleón. Y los otros mandatarios antes mencionados fueron hombres de poca significación en el ámbito mundial. Hamilton y Franklin, más inteligentes que los anteriores fundadores, no alcanzaron el poder supremo. Alexander Hamilton, que era un brillante aristócrata, a pesar de ser hijo natural, murió prematuramente en un duelo absurdo, y Benjamín Franklin, ingenioso inventor, se limitó a ser el mejor diplomático que ha tenido hasta el presente toda la América, desde Alaska hasta el cabo de Hornos.

Este desierto de mediocridades presidenciales se ve ocasionalmente iluminado por relámpagos aislados. Un Lincoln, abogado de provincia, con más ingenio que genio, melancólico pero de carácter firme, adelantó con éxito la guerra de la Secesión americana. A diferencia de lo que cree el común, Lincoln, republicano y representante del Norte capitalista, habría sacrificado con gusto a todos los negros americanos y del África si con ello hubiera impedido la guerra o la separación del Sur. En todo caso, uno solo de sus discursos, el pronunciado en Gettysburg, lo hará para siempre inmortal.

Roosevelt, el segundo –pues el primero fue meramente un patán–, tuvo, con Wilson, la visión política suficiente para salvar la libertad en el mundo. El comportamiento de F. D. Roosevelt como ente humano fue casi heroico. No es fácil la transición de señorito de sociedad a inválido y de inválido a presidente de los Estados Unidos. Yo, Kerensky, vi a sus ayudantes introducir a este parapléjico en el automóvil presidencial, sin que por un momento se borrara de su rostro la atrayente sonrisa de un hombre de mundo. Empero, como político, fue un campeón de la demagogia y del clientelismo. Es verdad que Roosevelt, aplicando la tesis de Keynes, logró controlar durante los años treinta la mayor crisis económica que ha azotado al mundo. Pero un hecho desdibujó a posteriori su prestigio internacional. Regaló a Rusia, en Yalta, cuando quizás estaba agonizante, todo el Oriente europeo.

Única en su género fue la formación de esta inmensa potencia que no se creó como los demás imperios al exclusivo llamamiento de los clarines de guerra, sino también al dulce tintineo de las monedas de oro. Alaska, la entonces inmensa Luisiana, la Florida fueron compradas de contado. La conquista del Oeste se hizo principalmente por civiles a la manera de cacería mayor, teniendo como objetivo exterminar al indio y como propósito final, apropiarse de sus tierras. Para finalizar sus conquistas el ejército regular norteamericano les arrancó a los mexicanos, sucesores de estos indios, los aztecas, el dominio soberano sobre California, Texas y otros estados del Sur.

Y con tal conquista cesó la geofagia estadounidense, con excepción, claro está, del mordisco panameño.

Carlos de Austria, hijo de la Loca, en el siglo XVI, unió en su persona las coronas de Alemania y España y, como soberano, reinó en las Américas, desde California hasta la Argentina; en Austria, en Bohemia, en Hungría, en Nápoles y las dos Sicilias, en Cerdeña y en Filipinas, en ese tiempo, Austria era llamada el Imperio de las Vocales, A.E.I.O.U., “Austria Est Imperium Orbi Universum”. Hoy, los Estados Unidos, con su potencialidad económica casi ilimitada, su gigantesca industria, su informática incomparable, una agricultura sin paralelo en la historia en la cual el uno y medio por ciento de la población es dueña de la totalidad de la tierra cultivable, le suministra alimentos no solamente a su patria, sino a todas las naciones del mundo, amigas o enemigas, que así se lo soliciten. Por ello, Norteamérica, con su cuarto de billón de almas, ha demostrado ser la “hija del milagro”, pues nunca en la historia tantos hombres y mujeres habían tenido simultáneamente pan en abundancia y libertad sin condiciones. En el siglo XX se ha respetado la proeza del A.E.I.O.U., y hoy en día “America Est Imperium Orbi Universum”.

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