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‘El transeúnte’, estación final

Aurelio Arturo fue el primero en hablar de la poesía de Rogelio Echavarría y promotor de su obra.

‘El transeúnte’, estación final

Echavarría (Santa Rosa de Osos, Antioquia, 1926-Bogotá, 2017) encontró en EL TIEMPO un ‘segundo hogar’, y también el lugar donde le apostó al periodismo.

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Abel Cárdenas / EL TIEMPO

01 de diciembre 2017 , 07:16 p.m.

En 1998, con motivo de los cincuenta años del El transeúnte, recibió un homenaje en Medellín por el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia. Un solo poemario como fruto de más de cincuenta años de poesía. En un reportaje publicado en La Nación de Buenos Aires, César Tiempo le preguntó: “¿Qué daría por no morir?”. Y contestó: “La vida”. En otro reportaje, Gonzalo Arango le dijo: “¿A quién le gustaría encontrar en el cielo?”, y replicó: “A los Santos”, respondió. Esto aunque afirmaba: “Siempre he huido de ser chistoso”.

El humor marcó la vida de Rogelio Echavarría. Ahora su muerte es un motivo para redescubrirles a muchos colombianos una de las personalidades más significativas y sencillas, lejos de cualquier vana pretensión, y detrás de la cual se escondía una historia admirable y ejemplar, y que resume más de setenta años de poesía y de periodismo.

Este poeta y periodista se ha ido como el último grande de una generación de relevo que ha dejado huella en la historia colombiana. Además, de poeta estaba empeñado en la divulgación de los nombres de la cultura y los de las nuevas generaciones.

Cuando cumplió ochenta y dos años nos reunimos, y creo que fue la última vez que compartimos del modo que lo habíamos hecho hasta entonces. Me dijo que con esos años ya completaba el número de sus poemas, que también son ochenta y dos, y que por eso no escribiría más. Que estaba seguro de que las leyes de la genética lo llevarían hasta los noventa y dos, que fue la edad en la que murió su padre.

Y murió este 29 de noviembre, cuatro meses antes de esa edad. El próximo 27 de marzo, el autor de El Transeúnte, uno de los libros con más ediciones dentro de la poesía colombiana, habría cumplido los noventa y dos años, y setenta de haber iniciado la publicación de su única y pausada obra.

Había nacido en Santa Rosa de Osos el 26 de marzo de 1926. En los últimos dos años apenas sabía que yo era alguien conocido y celebraba mis visitas con una sonrisa de niño. Hace diez días lo vi por última vez y ya no decía nada. Estaba tendido, como narcotizado.

Pero ante eso no tuve más que empezar a recitar muchos de sus versos: “si olvidar es nunca haber sabido… Todas las calles que conozco/son un largo monólogo mío,/llenas de gentes como árboles…Que pase/ el día sobre el mundo como un pájaro”.

Al fin comoun milagro, me dijo: “De quién es eso tan lindo”. “Tuyo papá”, le respondí. Entonces calló y yo sentí frío como si supiera que había sido su última voz. Le conté a varios amigos esta historia y me respondieron que había olvidado todo menos la poesía.

Mutis y Gabo

Su último viaje fue a México. Allá no resistió la tentación de ver a Mutis y a García Márquez, sus grandes amigos. Este lo recibió en la puerta porque no podía creer que estuviera allí de improviso este amigo al que llamaba el trombón mayor porque a los once años tocaba el trombón en la banda municipal de Yarumal.

Me contó que hablaron de recuerdos. De las llamadas que este le hizo para completar sus memorias, y en particular de las borracheras de los años cincuenta cuando veían amanecer en un bar de la carrera Séptima con calle 24 de Bogotá. Recordaron que él había escrito varios de los títulos de sus crónicas como el del Relato de un náufrago cuando era corrector de El Espectador. De la entrevista con Mutis dijo que estuvieron leyendo poetas colombianos y hablando sobre ellos; que le asombró que este repitiera de memoria algunos de sus versos.

Después salía a la calle con un libro de poemas en el bolsillo, de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, titulado Canciones de un niño triste (2005), su última publicación, que lleva en la carátula una de sus primeras fotografías.

‘El transeúnte’, estación final

Gonzalo Mallarino, Fernando Charry, Manuel Mejía V., Álvaro Castaño, Rodrigo Castaño, Gabo, Eduardo Carranza, Álvaro Mutis, Pedro Gómez Valderrama, Otto de Greiff y Rogelio Echavarría.

Foto:

EL TIEMPO

Periodista precoz

A los diez años dibujaba retratos y catedrales, y uno de sus proyectos a lápiz fue aprovechado para el frontispicio de un pueblo de Antioquia. Imprimía en la escuela un periodiquito a mano y con papel carbón. También grababa en madera, un arte que le había enseñado su padre, ebanista, músico y casi abogado por la cantidad de libros de derecho que leía. A los trece cantaba en el coro de la iglesia de Santa Rosa de Osos.

Cuando se inició de verdad en el periodismo, sintió que su vida tomaba un rumbo. Por esto dice que vivió siempre en y del periodismo. Así a los quince años empezó trabajando en el radioperiódico ‘Ecos de la Montaña’. Recogía noticias y las escribía.

Fue cuando profundizó en su lectura de Barba Jacob, su primera gran influencia. A partir de entonces los periódicos constituyeron su hogar, su escuela, su universidad, su trabajo y su descanso.

Era de una generación de autodidactas con el expresidente Alberto Lleras a la cabeza. Antes de los veinte años trabajaba en diarios importantes. Conoció directamente a los autores antioqueños que más le interesaban: Mejía Vallejo, Castro Saavedra, Óscar Hernández y algunos otros que menciona como grandes amigos. Recuerda que lo echaron de El Siglo por escribir sobre Pablo Neruda, que acababa de escribir sus sonetos punitivos contra Laureano Gómez. En este momento se acercó entrañablemente al Neruda de Los Veinte Poemas de Amor. Posteriormente, tenía que marcarlo otro argentino admirable, Enrique Molina, que “por esas fortunas de la vida”, asistió al homenaje que le ofreció el Festival Internacional de Arte de Cali.

Principio del fin

En algún momento empezó a ir por la calle con una manilla en la que llevaba su nombre y el teléfono de la casa. Sin embargo, asumía la vida con el humor de siempre y decía que no se acordaba de tomar la pastilla para la memoria, aunque tenía presente que íbamos a ese sitio de nuestros encuentros y por el que afirmaba que eramos ‘omasexuales’.

Alguien me contaba que el primer chiste que le oyó fue cuando le preguntó si había visto al ‘Cojo’ Mahecha, y aquel le contestó que “por aquí cogió”.

Él vivió con el periodismo colombiano todas sus glorias y dolores desde el cierre de El Espectador por orden de la dictadura de Rojas. Entonces tomó sus cesantías y, con la plata que necesitaba para comprar su casa, fundó con Felipe González Toledo el semanario Sucesos. Este se publicó contra viento y marea, a pesar de la censura y de que le tocó estar preso y que lo llevaran en la famosa “bola” a dar vueltas por la ciudad. Sufrió terriblemente ese día porque esto lo hicieron con muchos que después aparecieron muertos en El Salto del Tequendama. La Universidad de Antioquia editó una selección de textos de dicha publicación y que se titula Crónica de otras muertes y otras vidas.

EL TIEMPO: otra media vida

En 1959, después de la dictadura, ingresó a EL TIEMPO con la misión que le encomendó el doctor Santos. Le tocó aprender una de las responsabilidades del periodismo de ese momento, “inflar cables” internacionales. Nunca olvida que el Director lo puso en el banquillo de los acusados por un títular que decía “capado” el último bolsón de Cherburgo, en lugar de “copado el último bolsón de Cherburgo” como demostró Rogelio que había escrito en el original. Luego fue nombrado Secretario General de Redacción por el mismo expresidente. Después, ante el crecimiento del periódico, Rogelio Echavarría escogió quedarse con lo que fue una de las razones de su vida, Editor Cultural.

Jubiloso jubilado

Aurelio Arturo fue el primero en hablar de su poesía. Este poeta fue el promotor de la primera edición de El Transeúnte en 1964, cuando era Jefe de Extensión Cultural del Ministerio de Educación, y el también inolvidable Pedro Gómez Valderrama era ministro. Después, ante su comentario de que los nuevos poemas “no daban para un nuevo volumen”, Aurelio Arturo le recomendó que siguiera agregando textos al mismo libro como Jorge Guillén, Walt Whitman y Roberto Juarroz. Así vinieron las demás ediciones. Estas son: Colcultura, 1977; Fondo Cultural Cafetero, 1984; Oveja Negra, 1985; Extensión Cultural de Antioquia, 1992 y Universidad de Antioquia, 1994.

En cada edición hay nuevos poemas y otros cambian palabras o su ubicación en el poemario porque el autor entiende que la poesía es un libro que se hace durante toda la vida. Sin duda El Transeúnte se inicia con “Edad sin Tiempo” de 1948.

Por todo esto, me parece igualmente admirable que este poeta y periodista haya considerado que sus años de jubilado debían ser para dedicarlos a otro ejercicio del periodismo que compendia su gran experiencia en lo literario y cultural. Hizo una Antología de la poesía colombiana (1997) y Quién es quién en la Poesía Colombiana (1998). Al lado de este esfuerzo, llevó a cabo una serie de antologías. Planeta le publicó Versos memorables (1989) y Lira de amor (1990) fueron las primeras, con lo mejor y más recordado de la poesía de nuestro país.

Luego, Los mejores versos a la madre (Intermedio, 1992). Crónicas de otras muertes y otras vidas, Selecciones de Sucesos (Universidad de Antioquia, 1993). Y más tarde, Poemas al padre (Carlos Valencia Editores, 1996), Poesía irreverente y burlesca (Planeta 1999), y Antología de poemas al hijo (Intermedio Editores, 2004), tan exitosas como las anteriores.

ALONZO ARISTIZÁBAL
Especial para EL TIEMPO

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