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Stella, mi mamá: una mujer con ojos abiertos

La socióloga Stella Villamizar pareció intuir que no le sobraría el tiempo y lo aprovechó.

Stella Villamizar

Stella Villamizar era el alma de las fiestas. Tenía amigos en todas partes y se enamoró cuantas veces quiso.

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Cortesía Matilde Suescún

17 de agosto 2017 , 10:45 p.m.

Tuve la fortuna de ser hija de una feminista. Creo que es lo que más me ha marcado en la vida. Stella Villamizar, mi mamá, era lo que uno de sus grandes amigos llamó una “feminista sin discurso”.

No era militante de ningún movimiento. Era una mujer de carácter, sabía lo que quería, vivió bajo sus propios términos, rompió esquemas, tenía el timón de su vida en sus manos. No cedió a las convenciones de la sociedad conservadora y machista donde nació.

Nunca necesitó un marido que la mantuviera, ella era cabeza de familia y se las arregló para sacarnos adelante a mi hermana y a mí sola. Fue una profesional destacada en una época cuando no había muchas mujeres en cargos de responsabilidad en Colombia.

En Cali era la única mujer miembro de la junta directiva en la empresa donde trabajó.
No sabía cocinar, le gustaba bailar, tenía miles de amigos y era el conector de todos. Su mejor herencia es el amor entrañable de sus amigos, que heredamos mi hermana y yo. El vacío que nos dejó todavía se siente y todavía duele.

Yo he venido a apreciar a mi mamá en su dimensión real, su valor, su visión, su berraquera, solo después de que murió. ¡Qué tristeza! Su muerte prematura y repentina me dejó en un estado de shock del que todavía trato de recuperarme.

Tuvimos una relación cercana y turbulenta. Somos muy parecidas en personalidad y en carácter. Peleábamos constantemente, nos hicimos daño, nos dijimos cosas, nos dejamos de hablar. Pero siempre cerca, siempre solidarias y orgullosas la una de la otra.

Su muerte abrupta nos negó la posibilidad de... no sé de qué. De algo que hubiera querido y no se pudo y no logro nombrar, pero eso se fue y no tiene vuelta atrás.

Ella era cabeza de familia y se las arregló para sacarnos adelante a mi hermana y a mí sola

Su historia

Contar su historia me llena de orgullo. Venía de una familia de clase media de Cúcuta, una ciudad pequeña en la frontera entre Colombia y Venezuela. Cuando terminó el colegio tuvo que pelear y negociar con su astucia innata para que el papá la dejara ir a la universidad. Se suponía que las mujeres no estudiaran des después del bachillerato. Estaban destinadas a casarse y tener hijos. Pero ella no, ella sabía que quería más. Quería aprender. Quería viajar. Tenía curiosidad. Era una apasionada por la vida.

Estudió en la Universidad Nacional de Bogotá, la mejor universidad pública de Colombia. Fue alumna del cura revolucionario Camilo Torres, a quien adoró. Eran los años 60, la década que transformó la sociedad. Allí conoció a mi papá, que era profesor de inglés en la Nacional.

Consiguió una beca para hacer una especialización en sociología en la Universidad de La Sorbona, en París, y se fue con mi papá a vivir allá. En esas llegué yo, sin avisar.

Mis papás se casaron en París cuando ella tenía cinco meses de embarazo, para facilitar los procesos legales, no por ninguna otra razón. No por la religión ni por el qué dirán.

Su inteligencia, su belleza y su sentido del humor le daban un magnetismo especial

Mi papá era escritor y no tenía un salario estable, así que desde siempre fue ella la que se hizo cargo de los gastos de la casa. Mis papás se separaron después de siete años.

Mi mamá no tenía padrinos ni venía de familia adinerada. Tenía un magnetismo especial por su inteligencia, su sentido del humor y su belleza.

Y tenía amigos en todas partes. Su vida social era muy agitada. Era amiga y confidente de ministros, directores de periódicos, escritores, periodistas, chefs, pintores, relacionistas públicos. Le fascinaba salir, rumbear; sabía todo lo que pasaba en Colombia. Durante muchos años escribió para la columna ‘Teléfono rosa’, una de las más leídas de EL TIEMPO.

Era un conector natural. Si sabía que alguien hacía algo que le podía interesar a otra persona, los ponía en contacto. Ayudaba a todos los que podía, sin dárselas de santa ni esperar nada a cambio. Le gustaba eso: conectar a la gente.

Todavía cuando hablo con sus amigos lamentan sentirse desconectados y perdidos sin ella. Igual que me siento yo.

A su funeral fueron intelectuales, políticos, artistas, músicos, hippies, abogados, gente de todas partes. No cabían en la iglesia. Esas demostraciones de cariño de todos sus amigos me mantuvieron de pie en esos días. Entendí por qué es importante ese ritual. En ese amor compartido conservamos algo de ella.

Mi mamá vivió intensamente. Disfrutó cada cosa que pudo. No se privó de ningún viaje, ninguna comida rica, ningún Festival Vallenato. Se enamoró cuantas veces quiso. Era el alma de las fiestas. Tal vez intuía que no le sobraría el tiempo y lo aprovechó.

Esa es su mejor enseñanza. Seguir siempre adelante, disfrutar todo lo que se pueda. Vivir la vida.

MATILDE SUESCÚN
Especial para EL TIEMPO

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