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Homenaje a Martin Margiela, el diseñador invisible

Este creador belga revolucionó los 90 con una propuesta vanguardista y experimental.

Diseños de Martin Margiela

El sello de Margiela, en sus 20 años de carrera, fue el rupturismo exquisito y la deconstrucción.

Foto:

Philippe Lopez / AFP

17 de junio 2018 , 12:30 a.m.

La idolatría que provoca el trabajo de Martin Margiela es directamente proporcional al enigma que se ha generado en torno a su vida personal. A diferencia de los diseñadores que buscan llegar a ser personajes tanto o más interesantes que las colecciones que firman, hace 30 años, cuando comenzó su carrera, este creador belga decidió convertirse en un hombre invisible. En una industria en que la apariencia, el autobombo y la necesidad de estar bajo el foco mediático son la consigna, Margiela escogió el camino del ‘outsider’. Incluso hoy –ya retirado de la moda y luego que en París se inauguró una muestra que repasa su carrera– sigue respetando a rajatabla su legendario lema: “La ropa es la que habla, el diseñador tiene que estar en silencio”.

Las reglas en el mundo de Martin Margiela son claras: No deja que lo fotografíen (solo existe un par de polaroid tomadas por amigos que comprueban su existencia). Jamás salió a saludar después de un desfile (lo consideraba excesivo). Casi desde el principio rechazó las entrevistas y en su época de mayor esplendor enviaba declaraciones por fax redactadas en primera persona del plural, como un gesto de respeto hacia el trabajo creativo de su equipo.

Así, como un personaje que remaba contra la corriente, Margiela se instaló como uno de los creadores más influyentes de las últimas décadas. En una suerte de maestro que hoy es idolatrado por creadores como Demna Gvasalia, director artístico de Balenciaga, o Marc Jacobs, quien en 2015 declaró al semanario ‘Women’s Wear Daily’: “Cualquier persona que sea consciente de lo que es vivir en el mundo contemporáneo está influenciada por Margiela”.

Alexander McQueen también habló en una entrevista de su admiración por el belga: “Su ropa es especial por la atención al detalle. Piensa en todo, el puño de una chaqueta, la construcción de una sisa, la altura de un hombro. Creo que se trata de un corte, proporción y forma, la simplicidad de la misma, la reducción de su aspecto. Su ropa es clásica y moderna al mismo tiempo”.

La griega Sophia Kokosalaki afirmó a ‘Vogue’ que el belga “ha influido en toda una generación de diseñadores e influirá en las generaciones venideras. Los dobladillos deshilachados, las costuras visibles; inventó un vocabulario completamente nuevo”.

Las afirmaciones de Jacobs, McQueen y Kokosalaki ahora están refrendadas en la retrospectiva dedicada al trabajo de Margiela que fue inaugurada en marzo en el Palais Galliera, de París. Esta exposición, que se extenderá hasta el 15 julio, demuestra, a través de 130 modelos, cómo este modisto se adelantó a las tendencias y conjugó la confección impecable con la vanguardia.

“Margiela ocupa un lugar esencial en la historia de la moda, comparable a la de Cristóbal Balenciaga, con quien guarda un increíble parecido”, afirma la directora del Palais Galliera, la española Miren Arzalluz, en el catálogo de la muestra. “Ambos poseen el mismo espíritu iconoclasta, que no quiere escandalizar, sino promover un sentido ético y estético. No cedieron ante el ritmo frenético de la industria ni a la presión de los medios, prefiriendo refugiarse en una discreción casi heroica para consagrarse totalmente al perfeccionamiento de sus respectivos oficios”.

Original hasta en sus desfiles

El sello de Margiela era la experimentación sin límites, el rupturismo exquisito y la abstracción llevada a la moda. Antes que Vetements o Jacquemus, por enumerar algunos de los nombres hoy admirados por su atrevimiento y por la construcción de prendas con siluetas insólitas, Margiela había deconstruido pantalones y chaquetas para darles dimensiones XXL. Antes de que las nuevas generaciones de ‘millennials’ seguidores de las tendencias celebraran los desfiles de moda convertidos en ‘performances’ en lugares inesperados, Margiela ya montaba sus pasarelas en estacionamientos, en discotecas decadentes o en estaciones de metro abandonadas, donde servía a los asistentes vino en vasos de plástico.

Antes de que la prensa celebrara la aparición de la ‘nomodels’ (neologismo ‘fashion’ para hablar de mujeres que no son modelos profesionales y sirven para demostrar la diversidad en la moda), Margiela reclutaba a mujeres en la calle para que desfilaran sus diseños en la pasarela. Incluso fue más allá y llegó a cubrir el rostro de sus modelos con velos o máscaras, para que las miradas se centraran en lo importante: la ropa. Un ejercicio impensable en estos tiempos cuando las modelos con millones de seguidores en Instagram tienen tanta importancia como los diseños que lucen en la pasarela.

En una ocasión, la invitación pedía tanto a periodistas como a los invitados que fueran a una desconocida calle de París. Ahí presenciaron cómo desde un autobús se bajaban varios amigos del diseñador, vistiendo los diseños de la nueva temporada.

Martin Margiela nació en Lovaina (Bélgica) en 1957 y se graduó en la Real Academia de Bellas Artes de Amberes en 1980. Apenas egresó se radicó en París para trabajar como asistente de Jean-Paul Gaultier, con quien reconoce perfeccionó su gusto por la provocación. En ‘The artist is absent’ (El artista está ausente), un documental que en el 2015 retrató a Margiela, Gaultier decía: “No fui su profesor, porque no necesitaba que le enseñaran”. Pero con Gaultier, han asegurado en numerosas entrevistas quienes trabajaron en su equipo de diseño, Margiela aprendió a mantenerse fuera del foco y de la exposición mediática.

En 1988 el diseñador se independizó y creó su propia marca: Maison Martin Margiela. Ese mismo año presentó en París su primera colección femenina que irónicamente bautizó como ‘Destroy Fashion’. En ese desfile presentó prendas que adelantaron que lo suyo era totalmente diferente y fuera del canon, diseños que luego devendrían en clásicos como el ‘top’ con efecto tatuaje y el famoso chaleco de alambre y piezas de porcelana.

Desde el principio apostó por un lenguaje propio y revolucionario. Construyó un universo atípico para que las mujeres se sintieran libres. ‘Le vêtement comme manière de vivre’ (la prenda como forma de vida) fue el lema que marcó su trabajo desde su debut en la moda parisina. Una declaración de principios que lo llevó al origen mismo de la confección: estudió la construcción de la prenda desmontándola, para mostrar su reverso, su forro, y exhibir las etapas de su construcción. Así dejó intencionalmente a la vista pinzas, hombreras e hilvanes.

Lograr el conocimiento profundo de la arquitectura y el esqueleto de una prenda, para Margiela fue una forma de cuestionar la concepción tradicional de la vestimenta.

En 2002, Maison Martin Margiela fue comprada por el empresario de la moda Renzo Rosso, dueño de otras firmas de moda como Diesel y Viktor & Rolf. Los desencuentros creativos y financieros con el accionista mayoritario aparecieron prácticamente desde el primer momento. Las agresivas estrategias de márketing que instauró Rosso para potenciar y hacer más masiva la marca resultaron absolutamente lejanas de su filosofía artística y anónima.

Y sucedió lo obvio: en 2009 el creador belga renunció a su propia marca. El folleto de su último desfile decía: “Veinte años, cuarenta desfiles, cientos de prendas, ¿qué me queda?”. La frase dejaba en claro que Martin Margiela ya había dicho todo lo que necesitaba decir.

JUAN LUIS SALINAS
EL MERCURIO (Chile) - GDA

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