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En Japón, mujeres pagan para charlar con hombres en bares

En esta sociedad, en la que el tiempo libre es oro, la comunicación humana es un placer.

Relaciones sociales

Las mujeres, en especial las más jóvenes, viven un ritmo intenso cada día por la exigencia profesional.

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Behrouz Mehri / AFP

10 de marzo 2018 , 09:53 p.m.

Es lunes en la noche y Tokio está por irse a dormir: es mentira que esta ciudad –la más grande del mundo– nunca se apaga, pero cuando todos cierran los ojos hay algunas aves nocturnas que los abren. Seigo Yuzuki, de ojos delineados y ambiciosos bajo dos cejas depiladas, es un ave nocturna y ahora mismo, en la mesa de un bar ruidoso, sirve más shochu y entretiene a dos clientas contándoles lo mucho que le gusta tomar y cómo hace para no sufrir la resaca. Se los cuenta de un modo interesante y entretenido. Su trabajo es conversar con mujeres. “Si te despiertas borracho, hay tres opciones –les dice–. La primera es ducharte; la segunda es salir a correr para transpirar y la tercera, ¡seguir tomando!”.

Las dos mujeres (una veinteañera que trabaja en una veterinaria y que mañana tiene el día libre, y una amiga que ella ha traído) se ríen de un modo entusiasta, aniñado y admirativo. Se nota que la veinteañera está embelesada con Yuzuki: una vez por semana ella viene a Kabukicho –la famosa zona roja de Tokio– y paga alrededor de 20.000 yens (unos 175 dólares) para pasar una noche con su andrógino objeto de deseo, en el que no hay más que una buena y divertida conversación.

El mundo japonés del entretenimiento adulto, que desde los tiempos de las ‘geishas’ ha evolucionado hasta el de los ‘shows’ de ‘striptease’ de robots, es complejo y estratificado. Lo que Yuzuki hace es trabajar de ‘anfitrión’ o ‘host’, y el bar en el que habla, y donde hay otros 25 a los que las mujeres les pagan por charlar un rato, se conoce con el nombre de ‘host-club’. Y este en el que ahora Yuzuki conversa, el Goldman Club, es parte de una corporación que administra otros 30 sitios iguales.

“Cuando estás realmente borracho, tomar otro ‘shot’ es sanador”, sigue Yuzuki, con la voz grave y una ceja levantada, y ellas se siguen riendo. En Kabukicho, donde todos los pecados están permitidos, se paga bien por el arte de una buena conversación. No es extraño: la sociedad japonesa es ultraproductiva, el tiempo libre es escasísimo y el ocio es raro. Aquí está prohibido hablar por teléfono en el metro para no molestar a los demás y nunca se oye un pito en las avenidas.

Por eso, un poco de comunicación humana es un placer por el que algunos están dispuestos a dar sus ahorros. En un país en el que el silencio es un bien nacional, la aventura de salirte del rol que la sociedad te ha asignado y hablar de tonterías con extraños vale la pena y el precio.

Una diversión costosa

Los ‘host-clubs’ japoneses (y su versión atendida por chicas: ‘hostess-clubs’) han incorporado el precio de ese placer: cuando una clienta llega por primera vez, paga 3.000 yens (unos 26 dólares). Para la segunda vez, se le pide un poco menos: 1.700 yens. Aparte de eso, paga por el servicio, por la cita, por el ‘host’ favorito, por la mesa y por al menos una bebida. Es una diversión para mujeres que tienen dinero y trabajan. Y no es para nada barata.

La noche del lunes avanza entre tragos de shochu y parece que ha quedado lejos el momento en el que, como todos los días, Yuzuki se despertó en una habitación pequeña y desordenada que él ni siquiera eligió, porque es la que recibió como empleado del host-club, y que comparte con otro host.

Yuzuki es un chico de provincia: llegó a Tokio hace cinco años desde Kagoshima, en el extremo sur de Japón. Allí jugaba al fútbol tratando de imitar a Ronaldinho y tenía una novia de la que ahora solo sabe que está a punto de graduarse de médica.

Un amigo de Kagoshima, que trabajaba en la noche de Tokio, le contó cómo era el negocio del host y le dijo que era como vivir de cita en cita, y Yuzuki, que entonces acababa de cumplir 20 años, quiso probarlo. Él mismo dice: “Cuando estaba en el colegio era muy popular. Y como quería dinero, decidí usar mi belleza”. Llegó a la gran capital dispuesto a hacerse rico con la única arma de su seducción.

“La clienta y el ‘host’ viven una especie de romance idílico”, explica un rato después el mánager del host-club, Ginga Yamada. “Se van de copas, salen a cenar. El ‘host’ tiene que convertirse en un personaje y buscar que ella se enamore de él para que siga gastando dinero. No hay sexo porque las clientas ni siquiera quieren eso; ellas solo quieren enamorarse de alguien inalcanzable. Es una relación como de fan e ídolo, pero más íntima”, explica.

No hay sexo porque las clientas ni siquiera quieren eso; ellas solo quieren enamorarse de alguien inalcanzable

En los últimos diez años, el negocio de los ‘host-clubs’ japoneses se ha profesionalizado: los bares son empresas y los ‘hosts’, que antes eran independientes y bohemios, ahora son empleados con servicios sociales pagos y un salario base que puede incrementarse si hay más citas.

En el top 10 de los ‘hosts’ más populares de Goldman Club, Yuzuki ocupa el puesto número 3. De a poco, su sueño se hace realidad: un host gana aproximadamente un millón de yens por mes (equivalentes a unos 8.800 dólares) y supera por mucho el salario promedio de un joven en Tokio, que es de entre 200.000 y 300.000 yens por mes.

Al día siguiente nos encontramos en la tarde, antes de que Yuzuki entre al club. Con el cielo diurno de Tokio, Yuzuki luce parco y un poco apagado, muy diferente al cazador que fue la noche anterior y que probablemente vuelva a ser hoy cuando salga la luna. Caminamos por Kabukicho: en la zona roja más grande de Asia hay kyabakuras (o cabarets), restaurantes, love-hotels, prostíbulos, host-clubs y hasta supermercados; pero, más que nada, hay mucho neón. “Cuando acababa de llegar de la provincia, Kabukicho para mí era realmente aterrador”, dice Yuzuki. “Pero ahora lo veo como un sitio normal: aquí está la gente como yo”.

Finalmente, entramos a un salón en el que Yuzuki se acomoda, muy educado, y pide un té.

¿Cuál es su técnica para enamorar a una mujer?

Me acuerdo del horario en que cada una de ellas se despierta y les hago una llamada por teléfono para que empiecen el día con mi voz. Me comunico seguido y trato de que ocupen su mente conmigo. Me preocupo por mis clientas: enamorarlas me inspira y soy bueno en eso.

¿Cuál es el secreto para tener una buena conversación?

Tomar alcohol ayuda. Pero la química es importante, y si en una primera cita no me gusta la clienta, o yo no le gusto a ella, es mejor no continuar. Trato de no forzar las cosas y de sentirme libre para elegir a mis clientas. Ser un host es un desafío grande: tengo que estar listo para leer la mente de las clientas y adivinar lo que quieren, o incluso para negociar con ellas.

¿Alguna vez besó a alguna de sus clientas?

Sin comentarios. Se lo dejo a su imaginación.

¿En algún momento ellas quieren una relación real?

Yo les explico que no quiero exclusividad. Les digo amablemente que esto es un negocio y ellas entienden lo que les digo y lo que hago. Es el tipo de relación que se da entre un ídolo y una fan.

Les digo amablemente que esto es un negocio y ellas entienden lo que les digo y lo que hago. Es el tipo de relación que se da entre un ídolo y una fan

¿Qué pasa si una clienta quiere estar con usted todo el día?

No hay problema. Una clienta me pidió que fuéramos juntos a Tokyo Disneyland y le dije: “No soy tu novio: comprar mi tiempo te va a costar dinero”. Ella pagó todo. Por eso, fuimos al parque Disneyland. Eso es lo que llamo profesionalismo.

¿En qué gasta su dinero?

Invierto en mis clientas: les hago regalos. No lo gasto en mí, ni en salidas ni en tragos. A una clienta, por ejemplo, le pregunté qué le gustaba. Me dijo que las flores. Le regalé un ramo de flores de 3.000 yens. Pero esos regalos vuelven, porque después ella gastó 200.000 yens en el host-club conmigo. Eso es invertir.

¿Hay algo que no haría por más que le paguen?

(Piensa un rato largo) Lo único que no haría sería casarme con una clienta.

JAVIER SINAY
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
Tokio
En Twitter: @LANACION

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