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¿Por qué todos los colombianos deberían recordar a Mario Laserna?

Hace 5 años falleció Mario Laserna Pinzón, un tolimense ‘obsesionado con el desarrollo del país’.

Los seres extraordinarios

Laserna (c), fundador de la Universidad de los Andes, en compañía de Albert Einstein (i), durante una visita del colombiano en su apartamento.

Foto:

Archivo Universidad de los Andes

13 de julio 2018 , 11:56 p.m.

El 16 de julio se cumplen cinco años de la muerte de Mario Laserna Pinzón, el gran pensador y gestor de la educación superior en el siglo XX en el país, fundador de la Universidad de los Andes y único colombiano interlocutor de Albert Einstein.

Hay personas que merecen ser especialmente recordadas y jamás olvidadas. Gente para evocar con insistencia. Personas que dejan hondas huellas por lo que fueron y aportaron. Por su inteligencia, calidad humana y lo que sembraron en su sociedad. Una de esas personas, en Colombia, fue Mario Laserna. Ninguna generación debería quedarse sin saber quién fue.

Matemático, filósofo, humanista, educador, político, diplomático, periodista, escritor. Se cumple un lustro de su muerte, cinco años de la pérdida de uno de los intelectuales más sobresalientes de la historia del país, fundador y rector de la Universidad de los Andes y también rector de la Nacional. Ninguna otra persona fue tan necesaria e irremplazable como él, en su momento, en las dos alma mater más afamadas del país, lo que deja constancia de su vocación plural e incluyente.

Buena fecha para evocar su trayectoria y pasión por las empresas más difíciles:
aquellas del espíritu, como son la educación y la cultura.

Curiosa vida la de Mario Laserna. E interesante. Brillante. Nacido en París por una casualidad, el 21 de agosto de 1923, a los 23 años este tolimense no solo era uno de los cerebros más deslumbrantes, sino uno de los hombres mejor plantados de Colombia. Reunía todo: cuna, elegancia, inteligencia, sentido social, visión humanista, pensamiento universal, carácter decidido para culminar lo que se trazaba, capacidad de infundir respeto en líderes de todas las edades e ideologías y, especialmente, deseo de construir país. Nadie podía negarse a lo que él convocaba. ¿Cómo hacerlo ante un intelectual de tanta ética, honestidad y sabiduría?

Graduado con honores

El menor de los siete hijos de Elena Pinzón y Francisco Laserna había sido un niño sobresaliente. Lo demostró en su paso por el Colegio de La Salle; la escuela pública de Queens, en Nueva York, y el Gimnasio Moderno de Bogotá, donde culminó su bachillerato en 1940. Después, en la Universidad del Rosario donde, tras tres años de derecho, decidió viajar a Estados Unidos, motivado por su mentor, Nicolás Gómez Dávila, a formarse en las áreas de su vocación. Así se graduó con honores en Matemática, Física y Humanidades en las universidades de Columbia y Princeton, donde llamó la atención de sus profesores, a quienes sorprendía aquel estudiante latinoamericano que pasaba toda la clase mirando por la ventana y, cuando le preguntaban algo no solo daba cuenta de todo lo dicho, sino que agregaba algo más que suscitaba interés.

Con sus títulos en 1948, y tan solo 24 años de edad, regresó a Colombia y, sobre las cenizas aún frescas del Bogotazo, fundó la Universidad de los Andes. Fue su gesta obsesiva, su obra mayor. Vanguardista y visionario, sabía que Colombia debía entrar a la modernidad de la mano de una universidad que no dependiera de instancias estatales ni ideológicas, capaz de dialogar con las primeras del mundo por su calidad y librepensamiento, así como de equipararse con la Nacional, su otra gran pasión.

Aunque el país, todavía arruinado por las guerras civiles y en pleno tránsito de lo rural hacia lo urbano, padecía la tumultuosa época de la violencia bipartidista, con el ímpetu que lo caracterizaba, Mario Laserna visualizó, ideó y sacó adelante la nueva universidad, logrando además lo que parecía imposible: reunir destacados liberales y conservadores en pro de una visión educativa que dejara una huella invaluable en la historia del país.

Los seres extraordinarios

Portada de ‘Suplemento literario’, de EL TIEMPO, en la cual se destaca el inicio de actividades de la U. de los Andes.

Foto:

Archivo / EL TIEMPO

Laserna y Einstein

En Princeton había conocido al nobel Albert Einstein. Y con la certeza de sus convicciones, le escribió para comentarle algunas inquietudes científicas y solicitarle una audición. El mítico físico alemán no solo le respondió con especial receptividad, sino que a partir de ese momento iniciaron un intercambio epistolar y una serie de reuniones que solo dos genios podían sostener. Laserna terminó siendo el único interlocutor colombiano de Einstein y convenció al mismísimo padre de la relatividad de apadrinar aquella institución naciente en las faldas de la cordillera Oriental de los Andes, en Colombia, el país más septentrional de Suramérica.

Lo que para los demás era una utopía, él lo ponía a funcionar. Y con la misma solidez y fuerza de sus argumentos fue contactando y convenciendo, uno a uno, a varios de los científicos norteamericanos más destacados de la época. Habló con Frank Ober en Harvard, con McKeen Cattell en Cornell, con Leopold Arnaud en Columbia, y con muchas otras personalidades de las ciencias mundiales en Princeton, Fordham, California, Georgia, Duke y Nueva York, que respaldaron su proyecto. Así, regresó a Bogotá con las firmas de Albert Einstein, John von Neumann, Dana Munro, Whitney Oates, Oskar Morgenster, Samuel Wilkes, Marston Morse y Salomón Lefschetz, entre otros miembros del primer Comité Consultivo que tuvo la nueva universidad.

Gestor de la educación

Sólido, firme y carismático, Mario Laserna quería, en general, para Colombia un cambio en el paradigma educativo. Un sistema que, basado en el fomento de la ética y del conocimiento, recuperara al país del agite violento de la mitad del siglo XX, “de ese 9 de abril que no termina”, dijo hasta el final de sus días. Por eso es considerado el gran pensador y gestor de la educación superior en el país, tanto para el sector público como para el privado, ya que, con la misma gestión que iba haciendo internacionalmente, fortalecía a los Andes y la Nacional.

Nacimiento de los Andes

Para los Andes, que nació inspirada en el modelo anglosajón y con el objetivo de que estudiantes de todas las clases sociales pudieran formarse –lo que jamás ha dejado de ser su misión y filosofía–, fueron contratados igual número de profesores colombianos que extranjeros, principalmente europeos.

Docentes de Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos o Austria, como Deirdre y Franz von Hildebrand, Juan Horvarth, Friedrich Graf von Medem, entre otros, quienes fueron dando inicio a los programas académicos, incluido el Colegio de Estudios Superiores, programa innovador que, a la manera de grandes universidades del mundo, buscaba brindar una preparación multidisciplinaria en Artes, Ciencias y Humanidades, ya fuera como carrera o como propedéutica para quienes seguirían estudios en áreas más técnicas.

Para la Nacional, que ya estaba consolidada, ayudó a sumarle a su reconocida planta profesoral figuras de nivel internacional a quienes él convenció de radicarse en Colombia para que fortalecieran la investigación aplicada. Varios llegaron a dictar clases en las dos universidades.

Las espectaculares imágenes de la inauguración de Rusia 2018

Laserna y Alberto Lleras, ambos exrectores de los Andes.

Foto:

Archivo Universidad de los Andes

Refractario al protagonismo

Esa gran pasión de Mario Laserna por los Andes y la Nacional es un dato a veces olvidado de su biografía que mayor simbolismo reviste para la Colombia de hoy. Esa visión global e integradora, esa vocación de aportar sin egos ni créditos, más allá de tendencias y orillas, es algo para recoger y multiplicar como parte de su legado. Su pensamiento estaba en donde los ideales humanos coinciden y la sociedad entera puede encontrarse en beneficio de su progreso y no de su confrontación ni su ruina. “Soy un obsesionado con el desarrollo del país”, decía. Y eso representaba él: generosidad e interés por el bien común.

Laserna dedicó además, sin descanso, buena parte de su tiempo a gestionar lazos con universidades internacionales en pro de su visión educativa. Así, en 1951, los Andes inició convenios con las universidades norteamericanas de Illinois, Michigan, Texas, Kansas, Pittsburgh, MIT, Notre Dame, Nuevo México, Vanderbilt y Bradley, en lo que se denominó el ‘Programa tres/dos’, en el que los estudiantes cursaban los tres primeros años en Bogotá y continuaban los dos últimos en el exterior.

Lo más noble y admirable de Mario Laserna fue su humildad y su ausencia de protagonismos. No buscó jamás beneficiarse económica ni materialmente de sus grandes obras. Solo brindarlas al país. Ni siquiera pensó en ser rector. Lo hizo por breve tiempo, en tres ocasiones (dos en los Andes y una en la Nacional), en momentos en que su presencia fue indispensable. Prefería que, mientras él iba ‘abriendo las trochas’ e ideando los desafíos educativos, otros regentaran y fueran consolidando lo necesario para que la institución se destacara también como ejemplo administrativo.

El eterno viajero

Además, su destino lo llevaba siempre a estar en constantes viajes, radicándose por temporadas en países según los retos laborales e intelectuales que la vida le iba trazando. En 1951, junto con su esposa, Liliana Jaramillo (con quien se casó en 1948 y tendría sus cinco hijos: Dorotea, Catalina, Liliana, Carmen Julia y Juan Mario), se instaló otra vez en Nueva Jersey para adelantar su maestría de Filosofía en Princeton. Luego regresó a Colombia por un breve período, para asumir como rector encargado de los Andes, y en 1955 partió hacia Alemania para adelantar un nuevo posgrado de Filosofía en la Universidad de Heidelberg.

A su regreso fue nombrado rector de la Nacional, entre 1958 y 1960, y allí estructuró el modelo de departamentos y programas, estableció los periodos académicos semestrales, creó la oficina de planeación y fortaleció la planta profesoral, entre otras gestiones, y volvió a Alemania, donde obtuvo en 1963 el título de doctor en Filosofía de la Universidad Libre de Berlín, con tesis summa cum laude, justo un año después de que la Universidad de Brandeis, Massachusetts, lo distinguiera como doctor honoris causa en leyes.

Además de su colosal gestión en pro de la educación, Laserna desarrolló otras facetas en la política, la diplomacia y el periodismo. Fue director de la revista Semana, del diario La República y del periódico El Mercurio (que él mismo fundó con Pedro Gómez Valderrama en 1956, cuando la dictadura de Rojas Pinilla cerró El Espectador). También fue Concejal por Bogotá (1968) e Ibagué (1975), embajador en Francia y Austria; incluso, congresista en el período 1991-1994, cuando siendo un conservador de pensamiento liberal en muchos aspectos, sorprendió al aceptar ser senador por la Alianza Democrática M-19 en lo que consideró un deseo de aportar a la inclusión y reconciliación nacional que buscaba la Constitución Política de 1991.

Regreso al Tolima

Terminado ese período volvió a Estados Unidos y se vinculó como investigador del Santa Fe Institute of Complexity, uno de los más destacados centros de pensamiento independientes de investigación transdisciplinaria en sistemas sociales, científicos y tecnológicos, en el que interactuaban destacados científicos del mundo, incluidos varios premios Nobel. Y, ya retirado en 1999, volvió a Colombia, donde se instaló en el Tolima y luego en Bogotá. En 2003 fue condecorado con la Orden de Boyacá en el grado de Gran Cruz por su vida, trayectoria e inconmensurable obra en favor del país. Diez años después, su vida se apagó el 16 de julio de 2013, poco antes de cumplir 90 años, en Ibagué.

Científico, docente, educador, catedrático internacional, políglota, erudito, autor de múltiples textos y libros (entre los que sobresalen Estado fuerte o caudillo: el dilema colombiano y Estado, consenso, democracia y desarrollo), fue, incluso, considerado uno de los máximos expertos mundiales en filosofía kantiana y pionero en Colombia en teoría del espacio público.

Qué personaje Mario Laserna, qué colombiano para subrayar y no olvidar.

Sophia Rodríguez Pouget*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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