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‘Ser papás es demandante, pero le da sentido a nuestras vidas’

Los esposos Christian y Jorge cuentan cómo fue el largo proceso para concebir a su hija. 

Alquiler de vientre

Para Jorge Sanabria (der.) y Christian Salazar, lo más gratificante es llegar a casa y cuidar a Guadalupe.

Foto:

Rodrigo Sepúlveda / EL TIEMPO

18 de junio 2017 , 09:23 a.m.

Christian Salazar, odontólogo rehabilitador y diseñador de sonrisas, y su pareja, el empresario Jorge Sanabria, celebran su primer Día del Padre con su hija Guadalupe, que nació mediante alquiler de vientre o gestación subrogada.

Estar llenos de ‘primeras veces’ todos los días es lo más emocionante de tener una hija: la primera vez que Guadalupe toma sopa, la primera vez que va a un parque o que sube a un avión, etc. Así sintetizan su experiencia como padres debutantes el odontólogo Christian Salazar y su esposo, el ingeniero civil Jorge Sanabria, que decidieron tener a su primera hija mediante un alquiler de vientre.

¿Por qué quisieron ser padres de esta manera?

Christian Salazar (C. S.):
Adoptar fue lo primero en los que pensamos, pero en Colombia es un camino muy largo. Infortunadamente, estaba el tema del referendo sobre la adopción por parte de parejas del mismo sexo y no íbamos a meternos por esa vía tan difícil. Un día se nos encendió el bombillo y dijimos: “Nuestro hijo tiene que ser de nosotros”. Y llegamos a esta opción.

Jorge Sanabria (J. S.): Y también porque no queríamos meternos en problemas legales demostrando nuestra paternidad.

¿Por qué eligieron México para hacerlo?

C. S.:
Hay cinco países donde la maternidad subrogada es legal: México, Estados Unidos, India, Tailandia y Rusia. Obviamente, irnos a tener un bebé a Tailandia o India no tenía mucho sentido. Empezamos a hacer las averiguaciones en Estados Unidos, cómo se hacía, cómo sería la clínica de fertilidad y la búsqueda del vientre, y llegamos a Care, una agencia en México que se encarga de esto.


Su travesía comenzó hace dos años. ¿Cómo fue eso?

C. S.:
Viajamos hasta México para cerciorarnos de que era verdad lo que nos habían dicho por teléfono. Aprovechamos el puente del primero de mayo de hace dos años y arrancamos con el programa.

J. S.: Llegamos a Puerto Vallarta porque allí está la sede de la clínica, pero Tabasco, sobre la costa atlántica del país, es el estado donde la gestación subrogada está legalizada. La condición es que la mujer que alquila el vientre debe ser de allá, para que no haya problemas legales. Y allí mismo debe nacer el bebé.

Pero los óvulos los obtuvieron en Estados Unidos...

C. S.:
Sí, primero fuimos a un banco de óvulos en Estados Unidos, donde se genera un perfil de qué tipo de donante se quiere: si una mujer alta, bajita, rubia, morena, latina, europea, oriental, musulmana o judía… Hecho ese primer filtro, se crea el perfil de cierto número de mujeres, se accede a su historia clínica, a la de sus padres y a sus fotos. En nuestro caso no teníamos un referente, pero buscamos a una mujer sana, caucásica y alta, porque nosotros somos altos… Llegamos a una cantidad limitada de perfiles y ahí sí nos fuimos por gusto y ‘look’ hasta que encontramos a la donante.

¿Por qué la gestante no puede ser la misma mujer que dona los óvulos?

C. S.:
Porque se generaría un vínculo afectivo y esto causaría conflicto. Lo que hicimos, simplemente, fue que una mujer donara sus óvulos y otra prestara su vientre. Es una manera de desvincular; así es el proceso de subrogación.

Ustedes eligieron un proceso de donación de óvulos en fresco...

C. S.:
Sí, se le extraen los óvulos a la donante y no se congelan, sino que inmediatamente se unen a los espermatozoides y a partir de ese momento se debe esperar cinco días para que lleguen a ser embriones.


¿Y ambos pusieron sus espermatozoides?

C. S.:
Exacto. La elegida hizo una donación de la que salieron 24 óvulos. Se dividieron para que la mitad fuera fecundada con espermatozoides míos y la otra mitad, con los de Jorge. De este proceso quedaron seis embriones, pero no sabemos de quién son los espermatozoides que los fecundaron.

¿Y por qué no preguntaron?

C. S.:
Lo dejamos como parte de la magia, porque no podíamos partir por la mitad nuestros espermatozoides (risas). O eran de uno o del otro, entonces dejamos que el universo conspirara. Si hubiéramos podido dividir el espermatozoide, con seguridad lo hubiéramos hecho.

¿Qué siguió a esto?

C. S.:
La donante se va, quedan los embriones en la clínica de fertilidad y ahí ya buscamos a la gestante subrogada. Y entonces aparece este angelito que vive en Villahermosa (Tabasco) y viaja a Puerto Vallarta, donde le preparan el útero para implantarle los embriones.

¿La gestante qué requisitos debe cumplir?

C. S.:
Debe ser menor de 30 años, haber tenido dos hijos en partos naturales, no contar con antecedentes de abortos ni cesáreas y ser madre cabeza de familia. Y, preferiblemente, que no tenga pareja, porque puede pasar que termine influenciándola para que, por ejemplo, cobre más.

J. S.: Además, el nacimiento del bebé que proviene de un vientre subrogado debe ser por cesárea.

¿Por qué?

C. S.:
Porque el parto vaginal es traumático y para evitar riesgos como tener que usar fórceps.

¿Qué sintieron cuando les dijeron que serían padres?

C. S.:
Es una alegría muy especial y más después de tener un intento fallido. En el primer procedimiento ‘in vitro’ los óvulos no pegaron, que era una probabilidad muy alta, pero cuando nos contaron fue algo muy fuerte, porque era una pérdida. Nos preguntamos por qué nos habíamos metido en eso. Es una montaña rusa de emociones. Pero bueno, seguimos adelante.

Y al mes siguiente les confirmaron que serían padres...

C. S.:
Sí, en el segundo intento todo salió perfecto y nos dijeron que había la posibilidad de que fueran dos bebés. A las dos semanas nos confirmaron que escuchaban a un solo bebé. Al tercer mes supimos que sería niña.

¿Ustedes podían seguir la evolución del embarazo?

C. S.:
Sí. Semanalmente recibíamos informes médicos. La gestante entra en un programa en el que cuenta con asesoría médica, psicológica y nutricional. Cada mes, cuando le hacían la ecografía, nos enviaban los resultados.

¿Y podían tener un acercamiento con ella?

C. S.:
A uno le permiten generar el vínculo hasta donde quiera, pero nosotros no teníamos ningún interés en crearlo. Eso sí, estaremos supremamente agradecidos con ella y su generosidad al prestarnos su vientre para tener a nuestra hija.

¿Y cuándo la conocieron?

C. S.:
En el quinto mes ya estuvimos presentes en la ecografía. Para entonces sabíamos que sería niña y ya le hablábamos como Guadalupe.

¿Cómo vivieron el nacimiento?

J. S.:
Cortamos el cordón umbilical y, obviamente, parecíamos unas Magdalenas llorando.

C. S.: No podíamos de la felicidad. Es muy emocionante. Es esa sensación que todo el mundo dice… Es un momento único. Ella nació el 27 de septiembre, a las 38 semanas de gestación.

Ustedes hicieron hasta curso psicoprofiláctico...

C. S.:
Cuando se aproximaba el momento del viaje a México para que nos entregaran la bebé, sentimos ese instinto paternal, pero también necesitábamos que alguien nos guiara. Buscamos a Paulina Arboleda, una enfermera experta. Era la primera vez que ella les daba este curso a dos hombres. Estaba tan entusiasmada que lo modificó de acuerdo con nuestras necesidades. Nos enseñó cómo sacarle gases a un bebé, cómo bañarlo, ponerle un pañal, qué crema aplicarle, qué llevar en la pañalera... Eso nos sirvió bastante.

¿Qué ha sido lo más difícil en estos nueve meses de crianza?

C. S.:
Sacarle los gases, porque uno no sabe si lo hizo bien o se lo inventó. De resto, Guadalupe es una niña muy tranquila y no se ha enfermado.

¿Qué significa ser papás para ustedes?

C. S.:
Felicidad total. Todo ha sido bonito. Ser papás es demandante, pero maravilloso. Tu vida se llena, tienes una razón de existir porque hay una persona con la que tienes una responsabilidad para siempre. Esa motivación y ese amor me engrandecen.

J. S.: Cuando se quiere ser papá y llega ese bebé, el mejor regalo que uno puede darle es entregarle lo mejor de uno mismo. Guadalupe nos motiva a querer hacer más cosas. Comienza uno a fijarse otro tipo de planes y proyectos de vida.

Ustedes han sido arriesgados y optaron por un proceso largo. ¿Por qué no desistieron?

C. S.:
Por el amor que nos tenemos. Está por encima de todo.

J. S.: Y por nuestro deseo de hacer familia, construir futuro con una personita a la que podamos acompañar hasta que sea grande. Eso es supergratificante.

Y prefieren mantenerse alejados de la polémica por la paternidad en personas del mismo sexo…

J. S.:
No queremos que nos contaminen con esa polémica ni poner nuestra cara para tratar de convencer. Cada quien es libre de pensar lo que quiera y de sentar su posición.

C. S.:
Contar nuestra historia es importante para que las personas se den cuenta de que sí se puede y para que Guadalupe sepa todo el amor que sentimos por ella y la felicidad de que esté con nosotros.

¿Han pensado cómo enseñarle a afrontar los cuestionamientos sobre el tipo de familia al que pertenece?

J. S.:
Nunca le vamos a ocultar la historia. Tan pronto pueda entender, le vamos a explicar el tipo de familia que tiene y cómo llegó, y que así no haya una figura femenina, tiene todo el amor de sus papás, y que debe sentirse orgullosa por eso. Obviamente, reforzaremos esto en la medida que vaya creciendo para que tenga seguridad en sí misma.

C. S.: Estamos en un país bastante homofóbico, pero también hay un entorno donde se habla de temas como igualdad e inclusión, y de que no hay una sola forma de familia. El ‘bullying’ seguirá existiendo, pero que ella aprenda a resolver las situaciones que enfrente dependerá del amor y la educación que le demos.

¿Les gustaría darle un hermano a Guadalupe?

J. S.:
A veces lo pensamos. Lo que pasa es que el nuestro fue un proceso bastante largo. No hubo contratiempos, pero no fue sencillo. Si lo quisiéramos hacer dentro del mismo esquema, nos desgastaría un poco. Pero yo no lo descartaría ciento por ciento. Sería chévere ampliar la familia.

FLOR NADYNE MILLÁN M.
Redactora de EL TIEMPO

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