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Pocahontas y John Smith ¿un amor que no existió?

En 1607 hubo un John Smith que exploró de Virginia del Norte. Pocahontas lo salvó de la muerte.

Pocahontas

La leyenda dice que John Smith fue condenado por los indígenas a la muerte por golpe de maza. Pocahontas intervino y evitó la ejecución de la pena.

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AFP

03 de noviembre 2017 , 12:18 a.m.

Más de 60 años después del descubrimiento de América, los ingleses empezaron a interesarse por las riquezas del Nuevo Mundo. Primero enviaron a un pirata y bandolero, Francis Drake, con el título de caballero, para que asaltara los barcos españoles cargados de oro que volvían de América

Después, a la tierra que llamó Virginia, en homenaje a la presunta virginidad de la reina Isabel, llegó otro pirata y explorador, poeta y favorito de turno de la reina, sir Walter Raleigh, cuyo nombre plebeyo era Hayes Barton. Ella también lo había hecho caballero. A él los europeos le deben la introducción de la papa (que antes servía para alimentar a los menesterosos) y la popularización en Europa del amable vicio del tabaco, que en los primeros tiempos fumaba a escondidas para que no lo viesen como a un ‘salvaje’.

Cuando surgieron las compañías colonizadoras, una de ellas, la Compañía de Londres, en 1607, en la bahía de Chesapeake, en nombre del rey Jaime, fundó la primera población inglesa en América y la llamó Jamestown. Confundido entre sus compañeros de viaje, que no bajaban de ser traidores y bribones, entre los 105 expedicionarios que llegaron el 13 de mayo de 1607 a esa bahía en tres veleros, vino John Smith, explorador de la costa de Virginia del Norte, en 1620 como Nueva Inglaterra.

Los aventureros ingleses creyeron que la abundancia de América estaba a la espera de ellos para que a manos llenas atiborrasen sus desmedidas bolsas; pero fue la hambruna, el frío y la muerte lo que les salió al paso.

Para el otoño siguiente, el hambre y la peste dieron buena cuenta de la mitad de ellos. Los ingleses de Jamestown hubieran perecido todos de no haber sido porque el capitán Smith organizó la colonia bajo la advertencia de que “el que no trabaja no come”, y a tanto llegó la desidia y la traición de sus compañeros, que se le rebelaron y hasta lo arrojaron a un calabozo.

Al final, para que pudieran sobrevivir, los obligó a construir, en vez de miserables chozas, sólidas cabañas, fortificar la población y adiestrarse en el manejo de las armas para defenderse de los nativos. Lo que necesitamos para vivir aquí, les mandó a decir a los dueños de la compañía en Londres, es mecánicos y trabajadores, y no tantos caballeros.

Lady Rebecca Rolfe

Pocahontas se casó y se fue a Londres, donde fue Lady Rebecca Rolfe.

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AFP

Smith nació en Willoughby, Lincolnshire, en 1580. Soldado, aventurero, mercenario, pirata; esclavo en Constantinopla y en Varna (Bulgaria), escapó de su estado matando a su amo y ayudado por una joven enamorada de él, como ocurriría también en Virginia, prisionero de los nativos. A la Nueva Inglaterra, dice en su autobiografía, si hay que creerle, que vino en busca de ballenas y minas de oro.

Si los ingleses querían subsistir en esas tierras tenían que buscar la ayuda de los indios; entonces, John Smith organizó una expedición río James arriba, hasta dar con los indios que lo recibieron tanto con manifestaciones de afecto como de sorpresa; los nativos le suministraron maíz, y con ello pudo alimentar a sus famélicos y levantiscos hombres de Jamestown.

Cuando pretendió repetir la excursión a territorio de los algonquinos fue capturado y entregado al gran cacique Powhatan, jefe de la confederación, quien lo condenó a muerte: a mazazo limpio se le quebrantaría la cabeza. Inútilmente, el inglés trató de ganar tiempo hablándole al gran jefe de la brújula, de las estrellas, del polo norte, de los eclipses de sol y luna: los indios lo escucharon detrás de sus rostros impasibles.

Las mujeres adornadas con cuentas de madreperlas tal vez soñaban amores con un hombre como ese que iba a morir con el cráneo machacado; entre esas estaba la princesa Pocahontas, urdiendo en su corazón la manera de liberar de la muerte al carapálida, que la había hechizado.

Maniatado y extendido en el suelo, con la cabeza puesta sobre una piedra, esperaba el capitán los golpes de la muerte, inmóvil y curtida, como el rostro del gran jefe algonquino que nunca perdonaba y que tenía su palabra por ley.

La princesa india, semana tras semana, los proveyó de pavos, carne seca de venado y maíz

Atentos, silenciosos, los nativos esperaban la orden de matar al carapálida, cuando la pequeña Pocahontas (su verdadero nombre era Motoaka) irrumpió en medio de la ceremonia y corrió a abrazarse al capitán, poniendo su cabeza en lugar de la del prisionero para recibir los apagados y cárdenos mazazos de la muerte.

Su gesto fue suficiente, pues era ley entre los indios que una mujer podía salvar de esa manera la vida de un condenado; y esto no fue solo por la ley, sino también porque el poderoso Powhatan ni en sueños había pensado en que hubiera en el cielo y en la tierra algo que estuviese fuera del alcance de los deseos o caprichos de su juguetona hija.

Así salvó su vida John Smith y pudo regresar a Jamestown en donde por un tiempo, y por su amistad con los nativos, los colonos no volvieron a soportar hambres, pues la princesa india, semana tras semana, a la cabeza de un grupo de mujeres y guerreros, los proveyó de pavos, carne seca de venado y maíz.

Lunas después, viendo cómo los colonos se apoderaban de sus tierras, los indios se organizaron para expulsarlos de su país; entonces, Pocahontas tomó partido por los blancos, y con frecuencia le dio aviso a John Smith sobre lo que se planeaba en contra de los invasores (la Malinche, enamorada de Hernán Cortés, y la ‘india’ Catalina, de Rodrigo de Bastidas, andan por aquí); y hasta en una ocasión en que el capitán fue herido, la princesa se pasó a su lado cuidándolo una noche entera.

John Smith

Pirata, soldado, aventurero y esclavo, Smith vino en busca de ballenas y minas.

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John Smith regresó a Inglaterra, y solo Pocahontas lo lloró y le arrancó al capitán la promesa de volver pronto. La niña que aún no sabía el nombre de sus sentimientos por el inglés, no volvió al fuerte y la situación de los ingratos colonos se tornó insostenible: con el capitán y con Pocahontas se les había ido el socorro y las posibilidades de vivir en una tierra enemiga, como tenía que ser.

Cuando la princesa conoció a Smith, que contaba veintisiete años, ella estaba entre los trece o catorce años, y si entre los dos surgió un romance, no fue sino cuestión de fantasía; pues encontrándose ellos después de muchos años en Londres, él la llamaba hija, y ella a él, padre.

Algunos creen cierto el romance y otros una invención del capitán inglés. No figura en la primera edición de sus memorias que publicó en Londres; la incluyó en la segunda, después de haber leído, es verosímil, la aventura del español Juan Ortiz en la Florida.

Formando parte de la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida, en 1528, llegó Juan Ortiz, abandonado por sus compañeros cuando cayó en poder de los indios de Florida.

Ortiz fue llevado a una aldea indígena y condenado a morir asado. Lo amarraron a una parrilla y encendieron la leña. Alcanzó a sentir los primeros lametazos de las llamas en la espalda, cuando apagaron el fuego y lo retiraron.

Avanzaba, aturdido por el dolor, hacia los hombres del consejo que lo habían condenado, y reparó entre las mujeres que se dolieron de su suerte e intercedieron por él, joven y desamparado, en una que era hija del cacique Ucita. Ella se enamoró de él y por las noches amorosamente lo consolaba de sus penas; no obstante estar prometida en matrimonio a uno de su tribu. La misma hija de Ucita lo ayudó a escapar y hasta se dice que huyó con él.

Un plantador viudo, llamado John Rolfe, desposó a esa joven india consumida por el cautiverio y por el dolor

Juan Ortiz terminó viviendo con algunas consideraciones en la tribu del cacique Mococo, que guerreaba contra Ucita; hasta cuando, habiendo llegado a esas tierras, en 1539, Hernando de Soto, el jefe indígena le permitió irse con él. Esta aventura, incluida en La auténtica historia de Hernando de Soto, apareció publicada en portugués, en 1557. A principios del siglo XVI, se conoció en inglés; de ahí, seguramente, la tomó Smith para la segunda edición de sus memorias, en 1607.

Hacia 1610 llegó a Jamestown una flotilla al mando de lord Delaware, que salvó de perecer a la desesperada colonia que a duras penas se defendía de los ataques de los indios.

En 1612 el oficial de la marina inglesa sir Samuel Argall, en una incursión guerrera contra los algonquinos, rescató a los ingleses prisioneros, se apoderó de Pocahontas y la llevó a Jamestown. Los colonos, respetando su rango de princesa, tuvieron a la cautiva como un precioso rehén por cuya devolución en vano porfiaba el gran Powhatan, viéndose obligado, por eso, a mantener buenas relaciones con los extranjeros insaciables y belicosos; hasta cuando, en abril de 1614, un plantador viudo, llamado John Rolfe, desposó a esa joven india consumida por el cautiverio y por el dolor causado por la noticia de que su querido amigo, John Smith, había muerto.

John Rolfe fue el primer inglés que explotó el cultivo de tabaco en Norteamérica; lo hizo cultivar por los colonos de Jamestown y salvó así de inanición a ese pueblo de ociosos y levantiscos. Antes de su matrimonio, la princesa india fue bautizada con el nombre de Rebecca, y como la flamante esposa de John Rolfe, en 1616, llegó a Inglaterra en donde la misma reina ordenó pintar su retrato; pues ella sabía lo que la princesa había hecho por sus súbditos en el Nuevo Mundo.

En Londres, en el colmo de la dicha, supo la nueva que su entrañable amigo John vivía. Smith fue a visitarla con frecuencia y con la discreción de un caballero atento al buen nombre de esa dama cuyo esposo había vuelto al Nuevo Mundo. Antes de regresar él mismo a Virginia, fue a despedirse de lady Rebecca Rolfe, y no la volvió a ver nunca más, pues al poco tiempo, y estando a punto de embarcarse para volver al lado de su marido, lady Rebecca Rolfe murió de viruelas (tenía entonces veintitrés años), y fue enterrada en una tierra extranjera, que muy pronto olvidó su nombre.

Le sobrevivió su hijo, Thomas Rolfe, que en Virginia es el ponderado abuelo de muchas familias que se enorgullecen de ser descendientes de la princesa Pocahontas y del ‘emperador’ Powhatan de Virginia; con razón, y como en este caso, dice Jorge Cárdenas Nannetti, en su Nueva historia de los Estados Unidos, que “ni siquiera en materia de prejuicios raciales es la humanidad muy consecuente consigo misma”.

Pocahontas murió en 1617, al año siguiente murió el viejo Powhatan, trece años después, John Smith; John Rolfe pereció en uno de los ataques de los indios, que siguieron a la muerte del jefe a quien los blancos llamaron ‘emperador’, para ‘blanquearlo’.

François-René de Chateaubriand dice, en sus Memorias de ultratumba, que el modelo de su Atala lo sacó de una de las dos indias que lo sirvieron devotamente durante su “permanencia” entre “los salvajes de Florida”.

Quién sabe si durante su estancia en Inglaterra no conoció la romántica historia de Pocahontas y John Smith, y si sacó de allí su romántica heroína, que también protagoniza la aventura de un prisionero blanco condenado a muerte por los muscogulgos, y salvado a última hora por una hermosa india prendada de él.

La misma anécdota se remonta en América a la Cumandá, del ecuatoriano Juan León Mera; solo que en este caso sabemos el origen de la historia; pero remontar la historia literaria de Atala hasta la fuente de Pocahontas, sería hilar muy fino.

Lo cierto es que Pocahontas, Atala y Cumandá pertenecen a esa galería de heroínas, imaginarias o reales, inventadas por los sueños de los hombres que andan buscando pechos maternos para que los salven de sus propios demonios...

CARLOS BASTIDAS
Premio Casa de las Américas
Autor de las novelas históricas 'El intrépido Simón' y 'El guerrero y los centauros' y de la biografía novelada 'El extraño y teatral hombre de Asís'.
Especial para EL TIEMPO

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