Gente

La vendedora ambulante que lucha por defender a miles de familias

Vendedora ambulante, Gladys Chitiva alterna su oficio con estudios nocturnos de derecho.

Gladys Chitiva

A las 4 a. m., Gladys comienza a trabajar. Desde el 1.° de agosto tendrá que pagar onerosas multas por ocupar espacio público.

Foto:

Mauricio Mendoza

04 de mayo 2017 , 02:02 a.m.

¿Será una falta de urbanidad periodística? Tal vez. Lo cierto es que en esta sección reservada a figuras relevantes de la política, la economía, la cultura o la farándula rara vez figura la gente del común. Una vendedora ambulante, por ejemplo. Pues bien, una mañana, bajando por la avenida de Chile hacia la carrera séptima, una decidida mujer que estaba al pie de un carrito donde vendía dulces, jugos, café y empanadas pareció reconocerme y sin vacilar me abordó. 

“Me llamo Gladys Chitiva y leo lo que usted escribe –se apresuró a decirme con una sorprendente firmeza–. Soy vendedora ambulante y me dirijo a usted porque ando buscando a alguien que les preste atención a nuestros problemas. Solo la Policía se ocupa de nosotros, pero no para ayudarnos sino para desalojarnos. Ante tales arbitrariedades que deja sin garantías nuestro oficio, decidí estudiar derecho”.

Me sorprendió que sin abandonar su oficio estuviera empeñada en seguir una carrera profesional. Terminé por citarla una tarde en la oficina que comparto con mi hermana Consuelo. Allí llegó muy puntual, vestida como una ejecutiva que acude a una cita de trabajo. Para comenzar registré algunos datos suyos. Nacida en el Guavio, tiene 48 años de edad, vive en el barrio Juan XXIII de Bogotá y es madre soltera de una hija de 25 años que logró alcanzar un título profesional. Ella, Gladys, está cursando noveno semestre de derecho en la Institución Universitaria de Colombia.

¿Cómo concilia tales estudios con su oficio de vendedora?

Hace 25 años me estoy levantando a las cuatro de la mañana. Para vender hago tinto, perico, leche y agua aromática. Luego salgo a cumplir con mi oficio. A las cinco y media ya estoy en la 72 con séptima ofreciendo mis productos. Además del café, la leche y el agua aromática, tengo en mi puesto de vendedora dulces, empanadas, tamales y comestibles de reconocidas marcas. Distribuidores me las traen hasta mi lugar de trabajo. Todo de manera legal y con facturas. En una época hacía empanadas y buñuelos pero se me torció la cara por salir acalorada al aire frío. Estuve incapacitada por un tiempo pero con terapias volví a la normalidad.

¿A qué horas estudia?

De seis de la tarde a las diez de la noche en la Universitaria de Colombia. A veces me duermo en la clase porque llego muy cansada. Por este mismo motivo no rindo lo que quisiera rendir. Me falta tiempo para leer un libro, ver la Constitución, revisar sentencias y códigos. De todos modos trato de estudiar lo que más puedo. Los exámenes me resultan una prueba muy dura.

¿Qué la llevó a estudiar derecho?

La razón principal fueron los maltratos que recibí de la Policía. Varias veces fui detenida y llevada con esposas a un sitio de reclusión por ser vendedora ambulante y ocupar el espacio público. Yo acabé preguntándome por qué mi derecho a ganarme de manera honesta la vida no era respetado. Con la formación jurídica que he tenido, advierto que en este momento se nos amenaza como nunca. En el artículo 140 numeral 4 del nuevo Código de Policía está prevista para nosotros una multa de 99.000 pesos por ocupar el espacio público. Si yo reincido, el Código autoriza la destrucción del bien que poseo para mi oficio, más la expropiación de la mercancía dizque para donarla. Y ese bien mío que amenazan destruir es el carrito de los dulces. Yo guardo todas mis facturas para demostrar que lo que vendo es legal. Pago el IVA, los productos que ofrezco son legalmente adquiridos con mucho esfuerzo.

¿Por qué decidió hacerse vendedora en vez de buscar un empleo?

Somos ocho hermanas y dos hermanos. Desde muy pequeños vivimos en Bogotá. Cuando la situación se ponía muy dura, nos íbamos con mis papás a trabajar en el campo, pero a mí no me gustó este oficio como medio para ganarme la vida. Así que me vine a Bogotá. Inicialmente para mantenerme, me tocaba recoger lo que botaban los vendedores de Corabastos. Hacia puchitos y los vendía en el barrio Quirigua y con eso conseguía sobrevivir. Luego resolví trabajar en casas de familia como empleada doméstica. Pero no recibía buen trato, el salario era muy bajo y yo tenía que levantarme a las cinco de la mañana para servirles y solo podía acostarme a las diez de la noche. No, no me gustó ese oficio, yo deseaba ser independiente y surgir de otra manera. Siempre he pensado que uno no se puede quedar en el mismo sitio. Hay un dicho según el cual lo que no lo mata a usted lo hace más fuerte. Así que tampoco me he contentado con ser siempre una vendedora ambulante. Como no era bachiller, logré cursar los estudios que me faltaban los sábados y domingos en un instituto, hasta que obtuve este título en el 2010. Luego me gané una beca para estudiar derecho sin dejar mi oficio de vendedora. Espero ser un día una gran abogada. Trabajando con un salario mínimo por varios años jamás logré tener lo que he conseguido con este oficio informal. No he despilfarrado los recursos obtenidos. Aspiro a conseguir mis sueños como tener un carro y un apartamento.

Gladys Chitiva

El gran sueño de Gladys Chitiva es llevar a su mamá –de 83 años– a recibir su diploma de abogada, el día en que se gradúe.

Foto:

Mauricio Mendoza

¿Cómo logró esa beca para estudiar derecho?

Yo estoy golpeando puertas todo el tiempo, como usted se habrá dado cuenta. Así lo hice con el dueño de la Corporación Universitaria Ideas de Colombia. Cuando le dije que quería estudiar derecho, me preguntó cuáles eran mis razones para seguir esta carrera. Se las dije, y terminó por darme una pequeña beca. Tenía que pagar quinientos mil pesos. Y aguanté hasta el tercer semestre. Los alumnos empezaron a discriminarme al saber que era vendedora ambulante. Algunos se burlaban al verme entrar a clase con mi uniforme de trabajo. Cuando perdí una materia porque no tenía mucho tiempo para estudiar, me quitaron la beca. A partir de ese momento la matrícula me costaba tres millones y medio de pesos. Como no podía pagarla, busqué otra universidad para continuar mis estudios y la conseguí. Es la Universitaria de Colombia donde logré pagar los primeros semestres, pero debo el resto. Si no cancelo tal deuda en mayo no puedo sustentar la tesis que he preparado ni mucho menos graduarme.

Según lo ha revelado el propio alcalde Peñalosa, hay personajes que les cobran dinero a ustedes por el espacio que ocupan.

Es cierto, un supuesto abogado nos cobraba a todos lo que quisiéramos darle por el espacio que ocupábamos. Nos ofrecía ayuda para legalizar nuestra situación. Al fin descubrimos que era una farsa. A ese hombre no lo quieren ver ni en las alcaldías menores, ni en el Consejo, ni en la Personería. En ningún lado.

¿Cómo es su relación con los demás vendedores ambulantes?

Muy buena. Me miran con respeto. Somos compañeros.

Si llegara a verlo algún día, ¿qué le pediría al alcalde Peñalosa?

Conciliemos, no nos dé tan duro. Busque para nosotros una solución distinta a la de borrarnos del mapa como hizo con el ‘Bronx’. Venimos desplazados por la violencia y no sería justo desplazarnos de nuevo. ¿A dónde nos vamos a ir? ¿Cómo vamos a comer? Nos va implantar las famosas multas y de dónde las vamos a pagar si no tenemos trabajo. No debe olvidarse que la mayoría de nuestros compañeros son gente vulnerable, sin estudio, sin oportunidades, sin ninguna solución distinta a las que hasta ahora les ha permitido sobrevivir.

¿Cuál sería para usted una solución conciliatoria con Peñalosa?

Una que por un lado se ajustara a su propósito de mantener el orden en el espacio público sin que ello implicara la desaparición de nuestro único medio de subsistencia. Yo diría que puede fijarnos un impuesto pequeño, así como se está haciendo con los vendedores que han recibido casetas y módulos. Nosotros también aceptaríamos tal recurso, además de una cooperativa y un sitio digno para hacer nuestras ventas en donde haya flujo de posibles compradores. Nos comprometeríamos a cumplir normas de higiene de modo que tales casetas serian vistas como parte de un cuidadoso decorado urbano. Dispondríamos de una autorización formal de la alcaldía y aceptaríamos pagar un alquiler o impuesto por el lugar que ocupáramos. Aceptaríamos una veeduría esporádica por parte de las diferentes alcaldías locales. De esta manera podríamos trabajar libres de multas y otros castigos que se nos han anunciado.

Dice la Policía que detrás de las ventas ambulantes hay gente vendiendo droga. ¿Es cierto?

No puedo decir que ese mal no exista. Yo solo meto las manos en el fuego por mí. No falta entre nosotros gente con muchísimas necesidades que se deja enredar por estos turbios manejos.

¿Cómo ha sido su vida familiar?

En este momento vivo en la casa de mi mamá que tiene hoy 83 años. Ella me dejó construir con ayuda de la comunidad un apartamentico. Desde que me hice vendedora ambulante me encargué día tras día de sacar adelante a mi hija. Tiene hoy 25 años y ya se graduó como profesora de educación física. Lo único que nos da el Estado es el Sisbén. Todos los días salgo a las cuatro de la mañana para tener con qué comer y sufragar los gastos que tiene todo ciudadano. Pero hay un temor que no me deja tranquila. Si se cumple con lo dispuesto por el nuevo Código de Policía, a partir del primero de agosto no podré trabajar en el espacio público so pena de pagar una elevada multa. ¿Qué va a pasar si me quitan el carrito que es de mi propiedad? Para mitigar esa pesadilla mantengo un sueño en mi cabeza.

¿Cuál es?

Ir en compañía de mi mamá el día de mi grado para recibir mi diploma de abogada, ya que nunca pensé llegar a una instancia que para una persona como yo parecía inalcanzable. Con ello pienso dar ejemplo que sí se puede salir adelante con esfuerzo, pese a las muchas adversidades que he encontrado a lo largo de mi vida. Lo importante es perseverar, no dejarse derrotar por ellas.

PLINIO APULEYO MENDOZA
Especial para EL TIEMPO

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