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Abood Shaio, el sirio que ayudó a fundar la Clínica Shaio

Su nieto, Pedro Shaio, cuenta cómo fue su vida entre la miseria y la riqueza en tres continentes.

Retrato al óleo de Abood Shaio

Retrato al óleo de Abood Shaio, ya en su edad madura, ejecutado por el español Vascónez. Reproducción:

Foto:

Abel Cárdenas / EL TIEMPO

22 de junio 2017 , 10:43 p.m.

Abood Shaio nació en Alepo, pero no se acordaba cuándo (c. 1877), entonces cambiaba la fecha según quisiera ser más viejo o joven. Un hombre que se sobreponía hasta a los hechos. Cuando bombardearon Alepo en la segunda guerra, estaba en su oficina de la Quinta Avenida en Manhattan. Mi papá le leyó la noticia de The New York Times, y exclamó: –¡No se atreverían! tanto amaba a su terruño, tanto vivía en su corazón.

A los ocho años vendió empanadas pata al suelo en el mercado de Alepo porque era el menor de la casa, y como me contó algún entendido, sus Shaio no eran ni de los elegantes de la plaza ni de los pobres de los barrios, sino por ahí unos intermedios.
Nos creemos muchísimo, los Shaio, pero en realidad, en los libros sobre las familias sefardíes notables de la ciudad no figuramos. Ahora, sí dicen que en Alepo ninguna mujer de las nuestras se casaba sin que mi bisabuela, la señora Sarah Ades, diera el visto bueno.

Abood era bueno para calcular, entonces a los trece años su papá se lo prestó a un amigo comerciante a quien la aritmética se le salía de las manos. Pasado un tiempo, este se lo llevó a Inglaterra para mantener orden en su negocio.

Al decir de la leyenda familiar, cuando pocos años más tarde empezaron los roces entre Inglaterra y el Imperio otomano, mi abuelo burló la posibilidad de ser detenido e internado como extranjero enemigo: se bajó al puerto de Londres y se montó en el primer barco.

Era indocumentado, entonces cuando el barco atracó en Puerto Príncipe, saltó al mar y llegó a América al nado. Muy pronto el horror de Haití lo empujó a la República Dominicana. Tenía diecisiete años.

Allá, fue chino de tienda y enseguida comerciante de telas, con la particularidad de tener el metro clavado encima del mostrador, de suerte que siempre les vendía la misma medida justa a todas las señoras de la ciudad. Esto lo acreditó. Hay una foto de un joven de guante blanco montado en un caballo. No sé si es montaje de estudio, pero la mirada no lo es: te llega en directo.

La leyenda familiar tiene momentos de tira cómica. Abood se ennovió con una niña cuya madre, doña Carola, iba a la Aduana y con su temido bastón de marfil les daba golpecitos a los bultos de tela de su protegido, y con eso los nacionalizaba. Muy Macondo. Es el único ilícito que le he conocido a Abuelito. Sin embargo, cuando la familia de la niña quiso que se casaran, Abood puso pies en polvorosa. Es que no le venía bien ser cuñado de Rafael Leónidas Trujillo. Como digo, por momentos esta biografía parece un cómic.

Saltamos muchas décadas. Abood Shaio tenía dos costumbres. Hacerse rico. Y perder la plata. Así lo hizo en Inglaterra, en Argentina, en México; finalmente llega a Francia de cincuenta años, con tres hijos, sin pareja y bien alcanzado. A los niños, después de nacer cerca de Mánchester en una casona con un enorme aviario, les había tocado desde un penthouse en Buenos Aires hasta un internado en Guatemala en donde el almuerzo traía gusanos.

En París, estudian su primer año en el colegio de caridad de los Rothschild, y después Abood logra pasar a mi tía Joyce a un pensionnat para señoritas, y los dos hombres ingresan al Lycée Michelet, que había sido el alojamiento veraniego del mucho más prestigioso Louis-le-Grand; pero un colegio acreditado.

Es 1931 y señorea, cruel, la Gran Depresión. Mi abuelo apenas si vive de comprar tela en Inglaterra, usarla para confeccionar pantalones en Francia, y reexportarlos a Inglaterra. Una tarde, se encuentra sentado en el Café de la Paix con unos amigos. Está recién operado del hígado y con 51 años. Papá nos explicaba que eso era como tener 90 años hoy, y con sólo el fin de la vida por delante.

Los señores del café se encogen de hombros, se conduelen: –No. Nóoó… a nosotros la vida nos dejó atrás. Si acaso, nuestros hijos… suspiro general, y beben sus copas cansadas.

Abood se levanta de la mesa, aterido de la angustia. Tiene tres hijos por criar y está solo en la vida. ¡Cómo va a aceptar que la vida lo dejó atrás? Se va caminando desesperado por las calles de París y se encuentra con un señor (esto es prototípico en estas historias: siempre nos encontramos con un semejante que nos ayuda en el momento crítico; es el eje dramático del cómic).

El señor –Salvador de nombre, por cierto– le da a título de inversión tres telares Jacquard y unas corbatas de seda, y le paga el barco a Barranquilla, bajo la idea de que en Colombia “los negocios están bien”; nuestro norte desde hace dos mil años.
Entonces Abood, su vida a cuestas, cruza el mar y remonta el río y asciende la cordillera y llega a Bogotá; un poco esa Bogotá que le tocó a García Márquez, gris y cerril.

Pero no: a los pocos años el señor llevaba a muy buen paso la carrera que lo llevó a ser propietario de Sedalana, una de las empresas del textil más prestigiosas del país de entonces, con cuatrocientos veinticinco telares y novecientos obreros trabajando en tres turnos. Fabricando unas telas lindísimas.

A pesar de eso, la sangre andariega no lo dejaba tranquilo y varias veces quiso irse: una vez la General Motors le ofreció la representación para Latinoamérica desde Ciudad de México, otra la Parker le ofreció lo mismo desde Río de Janeiro; y casi nos vamos todos. Pero sus hijos habían crecido y tenían familia, y lo convencieron de quedarse. Entonces se volvió colombiano.

Otra vez pasan los años, y evoco una escena callejera. Mi abuelo había finado décadas atrás, y yo era un hippy, tendría treinta y cinco años, o sea que rondaba 1980. Pero un hippy que había estudiado en los Andes, Harvard y el London School of Economics, y así ese día me interesé en las elecciones y salí a recorrer Bogotá.

Mediaban las tres de la tarde y hacía sol; llevaba horas por la ciudad y caminaba por entre el gentío de la ancha acera occidental de la carrera Séptima entre las calles 20 y 21, cuando una señora chiquitica que venía encabezando un tropel trigeneracional de personas como ella, muy cuadradas y muy pueblo –verdadera procesión de la democracia– me miró fijamente a los ojos, se encendió de la sorpresa, y me detuvo con autoridad:

–Perdón, señor, me dijo ¿le puedo hacer una pregunta? Todo el tropel me rodeó.
–Pues sí, contesté, sin entender nada.
–¿Usted por casualidad no es algo del señor Shaio (Chayo)? Es que tiene la misma mirada, y yo no más lo vi a usted, y me acordé de él.
–Sí, contesté, casi atónito. El “señor Shaio” fue mi abuelo. Soy su nieto mayor, el hijo de Eduardo; soy Piter.

Entonces la buena señora se entregó a una perorata sobre mi abuelo, nuestro abuelo. Y me lo pintó. Que mantenía la puerta de la oficina abierta y cualquiera podía entrar. Que si una persona necesitaba pagar una consulta médica, inclusive para una cuñada (así dijo), o comprar unos libros de estudio, o atender cualquier necesidad, mi abuelo se metía la mano al bolsillo y sacaba la plata para ayudar.

–Ay, el señor Shaio, dijo de último, la voz llena de cariño y añoranza. ¡Cómo lo recuerdo, qué falta nos hizo!

En esa fábrica se sirvieron almuerzos desde antes de que la ley lo ordenara. Yo de pequeñito iba a comer los sándwiches que daban, de jamón y queso, clásicos. Y cuando hicieron el casino, los ejecutivos hacían mesa franca en un alto, pero comían lo mismo que los obreros. Don Emilio Grun, un personaje cálido y con la paciencia de Job, dedicó buena parte de su vida a mantener contento a ese personal. La empresa trabajaba para los trabajadores y para su clientela; pero daba para que toda la familia viviera a todo timbal. No era justicia social, es cierto; pero justicia, sí.

Mi abuelo era filántropo porque le daba la gana de serlo, le nacía. (Ya en su extrema vejez, mi tío Víctor y mi papá tuvieron que sustraerle la chequera, porque no faltaba quien se aprovechara de él. Pero fingió ni darse cuenta).

La vida que vivió le enseñó a dar, vio riqueza y miseria en tres continentes. Fue capaz de crear fortuna a punta de trabajar con claridad y disciplina, haciendo gala de su gran don de gentes; y aunque sabía apreciar el lujo –hacía estancias en los balnearios de Europa; les traía vajillas francesas y copas de cristal a las mujeres de la familia, y rubíes y zafiros a las niñas; y andaba en Packard cuando no Cadillac– ayudar a la gente fue su predilección. Y en eso estriba su grandeza.

No en que hiciera un esfuerzo por dar, que fuera grande por eso; sino que era consustancialmente dadivoso. Es que no se trata de ‘su’ grandeza: era la grandeza de la humanidad, manifiesta en él.

Dar así, dar como respirar… y entonces la vida puede moverse como algo natural.
A Abood Shaio le fascinaban unos árboles que había en el camino de entrada del Club Los Lagartos de Bogotá, y su amigo y médico, el Chato Valencia, hizo que la portería le dejara entrar el carro hasta ese punto. Se bajaba, se quitaba el sombrero y se paraba quietecito bajo esa arboleda de acacias, viejas como él, a la vera del lago, como en un cuadro de Manet.

Ese hombre –muy de niño lo acompañé, sentí esto que cuento, sin entenderlo– era entonces algo tan natural como los gruesos troncos silentes que sus susurrantes ramas no mecían. Repito: no mecían. Más allá de la felicidad, de la desgracia.
Tronco de hombre.

Bogotá, junio del 2017

Pedro Shaio
Especial para EL TIEMPO

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