Gente

Lina Caro: la vida de una guerrera

Pese haber sufrido el desplazamiento y la violencia de género, lucha por sacar adelante una empresa.

Lina Caro

En esta máquina de coser, que le donó la fundación Trasvida, Lina confecciona pijamas y otras prendas.

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Rafael Caro

09 de marzo 2017 , 12:03 a.m.

Lina Mercedes Caro Banquez es enorme: alta, manos grandes, sonrisa amplia y un espíritu inquebrantable que le ha permitido sortear con dignidad su condición de víctima del conflicto armado. “Hago de mis debilidades una fortaleza”, afirma con su voz serena.

Mira con sus ojos negros la máquina de coser Triumph, que es una de sus herramientas favoritas para confeccionar pijamas, el negocio que quiere consolidar: “Me veo de aquí a unos años despachando mercancía a todo el país y, por qué no, exportando a Europa”.

El año pasado, la Fundación Trasvida, que trabaja con cuarenta mujeres cabeza de hogar que son víctimas de desplazamiento forzado y se ha establecido en Soacha, cerca de Bogotá, le otorgó a Lina una unidad productiva de confección de ropa dotada con máquina plana, fileteadora, máquina collarín y mesa de corte, que instaló temporalmente en una bodega contigua a su casa, donde se le facilitó asistir a recibir los talleres de confección que les impartieron junto con las otras beneficiarias.

Con este emprendimiento, Lina espera poder ganarse la vida ahora que está muy lejos de su pueblo, Marialabaja, en Bolívar, de donde huyó un día aciago de septiembre del 2008, cuando se enteró de su inclusión en una lista negra. El grupo paramilitar que dominaba esa zona de los Montes de María la había sentenciado a muerte.

Según se consigna en ‘Una nación desplazada, informe nacional del desplazamiento forzado en Colombia’, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, el municipio de Marialabaja, que tiene 48.079 habitantes, acumula en los últimos años la exorbitante cifra de 29.394 desplazados.

Buena nueva

Sin embargo, la cicatriz de ese exilio forzado no ha hecho que Lina pierda el optimismo que la caracteriza. Las pequeñas sorpresas de la vida la ayudan a mantenerlo.

La más reciente buena nueva la asaltó una mañana, cuando alguien de la escuela Arturo Tejada la llamó al celular. “La Unidad de Víctimas me postuló a una convocatoria que buscaba seleccionar prendas de vestir diseñadas por mujeres víctimas de la guerra”.

Dos pijamas de algodón le permitieron continuar en este proceso, en el cual recibirá capacitación para aprender nuevas técnicas y diseños. “De aquí a unos años quisiera vender mucha ropa y ser una reconocida diseñadora de modas. Estoy luchando por salir adelante a pesar de ser una mujer desplazada y con una enfermedad terminal (cáncer papilar). Eso, por el contrario, me motiva a demostrarles a los demás que soy una guerrera”.

Las pijamas de Lina, las cuales promoverá Arturo Tejada, fueron seleccionadas tras un riguroso proceso, en el cual un equipo de diseñadores fotografió sus prendas y analizó los acabados y la calidad de materias primas. Destacaron que, al ser confecciones ciento por ciento algodón, pueden ser usadas en cualquier región: desde la gélida Bogotá hasta la caliginosa Marialabaja.

“Que mi ropa llegara a mi pueblo sería una forma muy bonita de recordarle a mi gente –que hace años no me ve y pensará que estoy muerta– que aquí sigo en pie”.

Hace poco, mientras solicitaba ayudas en el Servicio Jesuita a Refugiados en Colombia, le anunciaron que un consorcio italiano está interesado en apoyarla si conforma una cooperativa junto con otras mujeres emprendedoras. Ya viene haciendo gestiones con sus conocidas y espera ver los resultados más temprano que tarde. El tiempo, en su condición, es apremiante.

Como no cuenta con una fuente fija de ingresos, para ella es complicado adquirir los insumos para fabricar pijamas y, mucho más, la logística y la infraestructura que requiere la apertura de un local comercial para vender la ropa. “Hago prendas por pedidos o vendo puerta a puerta, aunque no es fácil”.

Otro gran problema para ella ha sido encontrar un espacio para sus máquinas, ya que el contrato de arrendamiento de la bodega que Trasvida le asignó para depositar los equipos expiró, y no cuenta con los recursos para costearse un espacio adecuado. “Los obstáculos para nosotras las mujeres desplazadas son innumerables, pero no hay de otra: toca continuar”.

Exilio y barbarie

Lina llegó a Bogotá en septiembre del 2008, en una flota que abordó en Cartagena procedente de Marialabaja. Como venía huyendo de los paramilitares, apenas pudo llevarse la muda de ropa que traía puesta y una pequeña maleta con algunas pertenencias de su pequeña nieta, la hija de Over José Polo, su primogénito, quien por ese entonces tenía 18 años y prestaba servicio militar.

Ella atribuye sus amenazas de muerte a una retaliación de los paramilitares debido a las reclamaciones que consignó en la oficina del Ministerio del Trabajo, pues fue despedida sin justa causa por la empresa de chances y apuestas donde laboraba.

“Por esos días tuve un doble duelo: murió mi mamá y, ocho días después, mi padrastro, y yo me ausenté para encargarme de los trámites funerarios”, cuenta. Hoy le agradece a un exparamilitar, asesinado tiempo después, por haberle ‘cantado la zona’. “Fue Peyito Vásquez quien me avisó. Gracias a él sigo con vida porque hui antes de que me mataran”.

En su pueblo, la polémica empresaria Enilse la ‘Gata’ López, dueña de la casa de apuestas y hoy privada de la libertad por sus nexos con las autodefensas y por lavado de activos, tenía mucho poder.

En Soacha, municipio donde se refugió, tocó las puertas de entidades estatales cuyo objetivo es restituir los derechos de las víctimas del conflicto armado: la Unidad de Atención y Orientación a los Desplazados y la Unidad para las Víctimas. Algunas organizaciones no gubernamentales, como Trasvida y el Servicio Jesuita a Refugiados en Colombia, también le tendieron la mano.

Cuando Lina habla con otras mujeres en su misma condición, las conmina a no quedarse esperando la ayuda estatal como única salida, pues se trata de auxilios económicos que apenas si alcanzan para lo básico. “Si uno quiere garantizarse una mejor calidad de vida, esto es: vivienda, salud, educación y empleo, hay que salir a buscar las oportunidades. La ayuda no llegará del cielo”.

Las cifras de desplazamiento forzado en Colombia son alarmantes. Según datos del Registro Único de Víctimas, existen 7’936.566 víctimas del conflicto armado, más de seis millones de ellas correspondientes a desplazados, de los cuales 3’301.848 son mujeres, 87 por ciento de regiones rurales y despojadas de 8,3 millones de hectáreas.

Para Lina, lo más difícil de ser desplazado no es el exilio y el aislamiento, sino la adaptación al nuevo entorno, donde se sufre el rechazo de la gente. Tal realidad se consigna en el mencionado informe ‘Una nación desplazada’: “A medida que el desplazado (...) se ve enfrentado a ir de un lugar a otro y a convertirse por fin en un anónimo (...) que llega a las ciudades, es visto por los otros como un peligro”.

Un gris panorama que Luz Núñez –33 años, madre cabeza de hogar y desplazada en 2007 de Puerto Asís, Putumayo–, amiga de Lina Caro, ha vivido en carne propia: “Se nos cierran las puertas en muchos lados. Me pasó en repetidas oportunidades cuando llevé la hoja de vida a empresas donde estaban recibiendo personal. Cuando se enteraban de mi situación, todo cambiaba”.

Por eso algunas intentan acercarse de nuevo a sus territorios. Lina lo hizo. Se fue a Sincelejo, donde comenzó un pequeño negocio ambulante de tintos. Al principio arrancó con un solo termo, pero al poco tiempo ya tenía 56 cargados de buen café. Sin embargo, tuvo que regresar a Soacha porque las bandas criminales, al parecer ‘los Rastrojos’, le siguieron el rastro y su vida volvió a correr peligro.

‘Por vergüenza, no denuncié’

El flagelo de la violencia sexual también ha marcado el destino trágico de Lina. Desde niña carga una pesada cruz, pues a los escasos nueve años fue violada por un hermanastro. “Él ya era mayor de edad, pero yo no quise desencadenar un problema mayor para mi mamá. Por eso no denuncié. Ahí murió mi niñez, y desde entonces soy nerviosa, insegura, tímida y retraída. De a poco he logrado recuperarme”.

Sonia Vargas, coordinadora del Punto de Atención a Víctimas de Soacha, le ha brindado a Lina atención sicológica para sobrellevar estas heridas del alma. Con alguna frecuencia reúnen a varias mujeres de este y otros municipios para aprender a dejar la vergüenza y el miedo de denunciar las agresiones sexuales.

“Infortunadamente, este delito poco o nada se denuncia. En el marco de la Ley 1448, que es la ley de víctimas del conflicto armado, se tiene en cuenta la ruta de atención para el desplazamiento forzado, pero no está muy claro lo relacionado con violencia sexual”, dice la coordinadora.

Años después, Lina volvió a ser violada cuando ya era madre cabeza de hogar y respondía por sus tres hijos: Over José Polo, hoy con 29 años; Lina Margarita Polo, de 28, y Andrea María Cáceres, de 26 años.

En Marialabaja, las mujeres caminaban por las calles con la incertidumbre de ser sorprendidas por una camioneta 4 × 4, que era el presagio de horribles acontecimientos. Hombres armados obligaban a las muchachas a irse con ellos hasta las zonas boscosas donde tenían sus escondites. Eran presa fácil de todo tipo de vejámenes, tal como le ocurrió a Lina.

“Me sentía sucia y con asco de mí misma. Por vergüenza, en ese momento no fui capaz de denunciar”, reconoce apesadumbrada.

De acuerdo con el informe ‘Colombia: mujeres, violencia sexual en el conflicto y el proceso de paz’, de las organizaciones no gubernamentales ABColombia, Sisma Mujer y U. S. Office on Colombia, no hay registro oficial sobre el número de mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto.

Algunas cifras, del 2009, señalan un promedio de 54.410 mujeres abusadas por año, 146 por día y 6 cada hora.

El Instituto Nacional de Medicina Legal reportó que en 2015 se practicaron 22.155 exámenes médicos por presunto delito sexual, de los cuales el 85 por ciento correspondieron a mujeres. En esa estadística, la región caribe figura así: Atlántico (839 casos), Bolívar (740), Cesar (483), Córdoba (449), Magdalena (438) y Sucre (367).

Viva y útil

Lina ha encontrado otro escape a sus problemas en el Servicio Jesuita a Refugiados, sede Soacha, donde se brinda atención sicosocial a los desplazados. Este lugar funciona gracias al servicio voluntario de jóvenes estudiantes de sicología y trabajo social que realizan sus pasantías en universidades como la Javeriana y Uniminuto.

El ambiente de camaradería es un bálsamo para las víctimas. Cada vez que Lina llega, la tratan con cercanía y confianza, la hacen sentir especial. “Hacemos un acompañamiento individualizado y la persona recibe orientación para que su salud emocional se estabilice”, explica el teólogo Fabián Jaramillo, coordinador de este centro.

Allí Lina encontró nuevas amigas, como Isabella González, de 22 años, quien la ha escuchado, orientado y le ha proporcionado soporte emocional. “No solo se trata de ayudarla a descifrar la ruta estatal de restablecimiento de sus derechos, sino de escucharla sin juzgarla para hacerle entender que ella no es culpable de la violación de sus derechos”, dice Isabella.

Cuando Lina se siente afligida, se refugia en sus recuerdos de la infancia, llenos de inocencia, que, aunque arrebatada de manera prematura, todavía ve con nostalgia. La bruma del pasado no le impide ver su imagen cuando corría feliz por las calles polvorientas del pueblo o seguía la huella de sus primos cuando jugaban al escondite en la enorme casa de sus bisabuelos, Jovita Díaz e Isidro Terán, y luego de sus abuelos Eduardo Banquez Ramos y Epifania Terán.

También evoca las faenas agrícolas en la finca familiar de San José del Playón, donde se recogían cosechas de maíz, ajonjolí, arroz, ñame y yuca.

A pesar de su futuro incierto, Lina Caro ya no siente miedo: “Vivir así, al extremo, me hace sentir viva y útil. Cada día mi salud empeora, pero mientras yo respire no hay nada perdido”, concluye.

Su silueta poderosa, con el porte de una reina africana, sobresale entre la multitud mientras camina por el puente peatonal de la estación San Mateo de TransMilenio. Desde allí puede observar el hormiguero de ranchos en la empinada loma de Altos de Cazucá, donde viven buena parte de los más de 35.000 desplazados que han llegado a Soacha en la última década para comenzar una nueva vida, como a ella le ha tocado.

RAFAEL CARO SUÁREZ
Comunicador social periodista. Reportero y cronista. Colaborador de este diario.

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