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El papa Francisco inicia la revolución femenina en la Iglesia

Alcances de la decisión pontificia de crear una comisión para estudiar la figura de las diaconisas.

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Según Restrepo, el catolicismo todavía está lejos de la ordenación de mujeres, que sí se permite entre los anglicanos, corriente a la que corresponde esta foto.

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Patrick Bernard / AFP

06 de agosto 2016 , 11:47 p.m.

Una comisión integrada por seis mujeres y seis hombres, laicos y religiosos, todos ellos de larga tradición académica, acaba de ser convocada por el papa Francisco para estudiar el restablecimiento de las diaconisas en la Iglesia.

Francisco había manifestado su intención de crear esa comisión el pasado 12 de mayo, ante la Unión Internacional de Superioras religiosas, en respuesta a una pregunta sobre el papel de las mujeres en la vida de la Iglesia. Entonces se habló sobre la posibilidad de volver a la institución de las diaconisas para administrar los sacramentos del bautismo y del matrimonio. Pero la creación de esta comisión se está viendo como un paso hacia la adopción del sacerdocio para las mujeres, como ya sucede en la Iglesia anglicana con sus mujeres sacerdotisas y obispas. (También: Una historia de mujeres)

Sin embargo, el solo pensamiento de que una mujer pueda ser consagrada como sacerdotisa tropieza con una militante repulsa dentro de la jerarquía eclesiástica católica.

El rechazo

Las voces y documentos en contra parecen levantar un muro de rechazo, al parecer infranqueable. Refiriéndose a la ordenación de mujeres en la Iglesia anglicana, Pablo VI le escribió al arzobispo de Canterbury en 1975: “Es inadmisible ordenar mujeres para el sacerdocio (...) Excluirlas está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”. (Además: ¿Por qué la Iglesia católica no permite mujeres sacerdotes?)

Juan Pablo II, aunque reconoció el aporte de las mujeres a lo largo de la historia de la Iglesia, declaró en tres documentos la exclusión de las mujeres del sacerdocio. La Congregación para la Doctrina de la Fe, entonces regida por el teólogo alemán Joseph Ratzinger, después Benedicto XVI, publicó una respuesta de esa Congregación y señaló: “la declaración del Papa, en definitiva, es infalible porque las palabras del Papa se refieren a una doctrina de suyo infalible”.

La lectura de documentos, declaraciones, cartas y estudios teológicos deja sobre el escritorio del investigador estas razones para el rechazo:

a) Cristo escogió a sus apóstoles solo entre varones.

b) Ha sido práctica constante de la Iglesia ordenar exclusivamente a varones, siguiendo el ejemplo de Cristo.

c) Esta exclusión está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia.

d) Ni siquiera María, la madre de Jesús, fue llamada a hacer parte del colegio apostólico.

Con razones como estas, la exclusión de la mujer ha sido calificada como “designio eterno de Dios”, que dijo Juan Pablo II; “imposición que mana del carácter del ser masculino y femenino”, que fue la expresión de Pablo VI, y en su Carta a las Mujeres escribió Juan Pablo II: “Esa prohibición es fidelidad al ejemplo del Señor, y está ligada al plan divino de la creación”.

Y así habrían quedado las cosas si los teólogos no hubieran emprendido su tarea de siempre: pensar y repensar la doctrina.

La visión de los teólogos

Todo comenzó con preguntas como: y las mujeres, ¿por qué no? La teóloga colombiana Isabel Corpas se apoya en su colega holandés Eduard Shillebeeckz para preguntar cuánto hay de cultural y cuánto es contenido de fe en esa posición. Piensa, en efecto, que en la decisión de Jesús pudo pesar un contexto cultural claramente antifeminista, del que hace parte aquella oración judía: “Bendito sea Dios que no me ha hecho nacer esclavo, y que no me ha hecho nacer mujer”. Era el sentir del historiador Flavio Josefo: “La mujer, dice la ley, es inferior al hombre en todo; por tanto, debe obedecer, no para ser violentada sino para ser mandada, pues es al hombre a quien Dios ha dado el poder” (citado por Corpas, 257**). Si era este el pensamiento imperante, Jesús, que fue semejante en todo menos en el pecado, ¿obedeció a la cultura imperante al excluir a la mujer?

Los teólogos, sin embargo, fundados en los escrituristas, señalan que, a pesar de esa presión cultural, Jesús tuvo un trato con las mujeres que no era el acostumbrado en su tiempo ni en su sociedad: las aceptó entre sus discípulos y habló largamente con ellas –fue el caso, que extrañó a los discípulos, de la conversación junto al pozo de Jacob con una mujer samaritana que, por ser mujer y ser samaritana, tenía una doble condición de exclusión–; se dirigió a las mujeres desde su condición de condenado a muerte y, señalan los evangelistas, las mujeres fueron las primeras en atestiguar su resurrección (Corpas, 246).

Jesús no las excluyó, no hizo caso de las leyes excluyentes, actitud tanto más evidente en el episodio de la mujer adúltera, un claro cuestionamiento de la discriminación contra la mujer, que se apoyaba en la ley. Este ejemplo fue seguido por la iglesia primitiva, en la que se tuvo como principio fundamental el que proclamó san Pablo: “En la vida cristiana, ni el hombre existe sin la mujer ni la mujer sin el hombre”, según se lee en la carta a la iglesia de Corinto; y dirigiéndose a los gálatas: “Ya no importa ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer, porque unidos a Cristo Jesús todos ustedes son uno solo”.

El imperativo cultural que había presidido la elección de 12 varones y ni una sola mujer ha desaparecido: “ya no hay hombre o mujer”.

A pesar de todo, tanto judíos, romanos, griegos, bárbaros, los de la Edad Media o los modernos se guían por regímenes patriarcales, observa la teóloga Corpas (258): “La presencia de la mujer está reducida al ámbito de la familia, mientras los hombres se mueven en los espacios de la organización social y política”.

Los primeros tiempos
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Francisco manifestó en mayo su intención de crear esta comisión, en respuesta a una pregunta que le hicieron durante una audiencia con líderes de la Unión Internacional de Superioras. Foto: Paul Haring / CNS

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Los historiadores de los primeros tiempos del cristianismo registran el hecho: en Pentecostés, esa jornada luminosa de los comienzos, “unas 3.000 almas recibieron el bautismo. Poco tiempo después eran entre 10.000 y 15.000 en una Jerusalén que entonces tenía 50.000 habitantes (Ludwig Hertling, 17)”.

Aparecieron entonces los diáconos, siete jóvenes a quienes impusieron las manos y que cumplieron estas tareas: el servicio de los pobres, la predicación y la catequesis. En el siglo II se mantenía la importancia del diácono, destacada en una de sus cartas por san Ignacio de Antioquía, quien –como obispo– evangeliza asistido por presbíteros y diáconos, todos varones, según la tradición cultural patriarcal. ¿Y las mujeres? (Lea también: La historia de las cuatro colombianas que fueron ordenadas sacerdotes)

Se las descubre en el desarrollo de la actividad que la iglesia primitiva privilegió desde sus primeros días: el servicio de los pobres. En esos tiempos, ese cuidado no se prestaba privadamente sino por las manos del obispo. Una limosna privada se entendía como una ofensa al obispo porque significaba que este descuidaba a sus pobres.

Fue, pues, el de los pobres un ministerio prioritario. Anota el historiador que en el año 251 la Iglesia romana tenía matriculados 1.500 pobres, de los que, decía el papa Cornelio, eran atendidos todos porque eran suficientes los recursos. Eran tiempos de persecución y, a pesar de todo, dispusieron del equivalente a 25.000 dólares para los pobres. Fue, entonces, cuando aparecieron las diaconisas, mujeres viudas que hacían trabajos menores en las iglesias y ayudaban en las obras de beneficencia. Estas mujeres comenzaron como el brazo caritativo de la Iglesia.

El historiador Michel Meslin rescata de las actas del Concilio de Orange, del año 441, la profesión de la viudez, que hacían las viudas que se encargaban de la preparación para el bautismo, de cuidar a los enfermos y de servir a los pobres, y que se dedicaban a la oración por la comunidad (Meslin, 47).

En las iglesias orientales, la diaconía cumplía, además, algunas tareas en el bautismo de mujeres, que se hacía por inmersión; su actuación en la ceremonia mantenía el decoro (Meslin, 47).

Las diaconisas pertenecían al clero local, antes de que se produjera su eclipse. Observa la teóloga Corpas: “Durante 2.000 años el mundo de la Iglesia fue un mundo pensado por los hombres y para los hombres, y excluyó a las mujeres considerándolas inferiores y enemigas peligrosas, como Eva (Corpas, 262).

Es esta la historia que deberán revisar los 12 miembros de la comisión creada por el papa Francisco.

Los contextos

En la Edad Media corrió el riesgo de ser quemada en la hoguera Matilde de Magdeburgo, por escribir sobre el aspecto femenino de Dios y sobre la corrupción del clero. Fue, así, precursora lejana del discurso del papa Francisco sobre la ternura y la misericordia, esas dimensiones femeninas de la Iglesia.

En una institución patriarcal como la Iglesia que recibió el papa Francisco se hablaba con más frecuencia de justicia que de misericordia, los sacerdotes preferían actuar como jueces y no como padres, predominaba la severidad del confesor por sobre la cercanía del hermano. Hizo contraste Francisco al revelar el rostro femenino de Dios y de la Iglesia, así dejó atrás la imagen del Dios severo y en plan de irreductible justiciero. De sus discursos emerge un Dios que es padre-madre y ha contribuido a poner en tela de juicio la vigencia de lo patriarcal.

Este es el primer contexto en que se moverá la reflexión de la nueva comisión para las diaconisas.

Y se relaciona estrechamente con otro sorprendente contexto. Uno de los gestos que dejaron al descubierto el talante del papa Francisco se reveló en el viaje de regreso de Lesbos acompañado por 12 migrantes musulmanes a los que hospedó y cuidó a su llegada a Roma. Después repetiría ese gesto y en las dos ocasiones nadie tuvo que sorprenderse porque esa preferencia por los pobres es la marca de identidad de su pontificado. Que fue la misma de la iglesia primitiva, cuando la tarea encomendada a las diaconisas de aquellos años fue el cuidado de los pobres.

Los pobres han sido los preferidos, llámense migrantes, habitantes de la periferia, desplazados, ‘desechables’. Para él, estos, mirados como últimos, son los primeros y atenderlos es la tarea prioritaria de la Iglesia. Las diaconisas de hoy, como las de ayer, tendrán bajo su responsabilidad la principal tarea de la Iglesia según Francisco. Equivale esto a una ruptura cultural múltiple: los que habitualmente se miran como desecho de la sociedad elevados a la categoría de objeto principal y la mujer, rezagada en tareas secundarias, ejecutora del más importante servicio de la Iglesia.

Agréguele usted un tercer contexto: la acción renovadora de Francisco puede definirse como una tarea de desmantelamiento de las estructuras de poder, vistas como fuentes de corrupción. Con una lógica propia del evangelio, los demonios del poder se exorcizan cuando el poder se transmuta en servicio. A través de la historia, el patriarca, el varón, ha concentrado el poder, la mujer se ha identificado con el servicio.

La llegada de las diaconisas no permite esperar la de las sacerdotisas como paso siguiente. El Papa se ha referido al tema con cautela. Pero sí es un avance hacia el reconocimiento de los derechos plenos de la mujer en la Iglesia.

JAVIER DARÍO RESTREPO*
Especial para EL TIEMPO

* Ganador del Reconocimiento a la Excelencia del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez (2014).

** Citas: Isabel Corpas de Posada: ‘Juan Pablo II leído con ojos de mujer’. Editorial Bonaventuriana. Bogotá, 2007.

Ludwig Hertling: ‘Historia de la Iglesia’. Herder. Barcelona, 1961.

Michel Meslin: ‘Instituciones eclesiásticas y clericalización en la historia antigua’. Concilium 47. Madrid, 1969.

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