Gente

La venganza: ¿entre el derecho y el deber?

Para el mundo occidental, la fuerza del Estado es una de las pocas formas de restituir el orden.

fg

Muchos castigos de los dioses griegos no eran otra cosa que su venganza contra quien se había atrevido a romper su orden.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

03 de febrero 2017 , 11:11 p.m.

La venganza es una forma muy particular e importante de violencia que ha sido teorizada desde los orígenes de la cultura occidental. Junto con las guerras de conquista, la venganza se ha distinguido en la historia por ser una forma de violencia, no solo permitida sino obligatoria en algunos contextos históricos, aunque su ejercicio vaya cambiando de forma con el paso del tiempo.

Siguiendo a algunos teóricos como Juan Gabriel Vásquez en 'La venganza como prototipo legal en la Ilíada' (2011), se podría afirmar que hay tres momentos arcaicos en el ejercicio social de la violencia: la agresión originada en la primitiva necesidad de la supervivencia; la venganza como respuesta individual ante quien me ha arrebatado algo que me corresponde (propiedad, honor, religión, personas); la restitución como respuesta del Estado contra quien ha roto el orden social, despojando a alguien de algo.

El primer momento habría de ser el del verdadero Homo homini lupus: para sobrevivir será imperativo arrebatar lo necesario a quien lo tenga –al animal para comérselo, al vecino para resarcir un daño o al desconocido para que no irrumpa con costumbres desconocidas. En el segundo nivel hay un gran avance social en tanto se reconoce un orden acatado por todos –que será la base de la justicia–, y de cuyo reconocimiento se deriva un derecho. En esta fase social parece que la única forma de garantizar el orden es tomando venganza de quien ha osado romper el equilibrio que implica dicho orden social.

En el tercer momento histórico aparece el Estado como el encargado de restablecer ese orden. Es el Código de Lipit-Ishtar (1800 a. C.) y el de Hamurabi (1700 a. C.) con su ley del talión: hacerle al otro lo que él me hizo a mí, pero ahora por orden y ejecución del Estado. El mundo occidental ha entendido la fuerza del Estado como una de las pocas formas de restituir el orden y prevenir que en el futuro se siga rompiendo.

Otro momento histórico en la construcción del mundo occidental es el representado por La Ilíada: la venganza como imperativo individual, detrás de la cual subyace la necesidad social de mantener el equilibrio, roto por el agresor.
El héroe, como ideal social de realización humana, tiene el deber de vengar la ofensa o daño que se le ha hecho, y de no hacerlo, no estaría cumpliendo con su deber ser.

En este sentido, Aquiles pide a los dioses que no lo vayan a privar de la oportunidad para ejercer la debida venganza, ante el gravísimo hecho de que Agamenón ha roto la justicia y le ha quitado la mujer que le ha tocado como recompensa de la lucha. No poder tomar venganza significa tener que resignarse a la injusticia, aspecto que no va bien con los dioses, puesto que una de sus principales funciones es mantener el orden y la justicia.

Una violación al orden social no puede quedar impune, y cada cual –más tarde su familia, su grupo o su tribu– tendrá la obligación de vengar el daño hecho por el infractor; la costumbre, y luego la ley del talión, prescribía que ‘ojo por ojo, diente por diente’; en el derecho romano se definieron compensaciones para racionalizar este precepto, que eran establecidas por un juez de acuerdo con la condición del agresor y, sobre todo, de la víctima.

De este modo nace el derecho y el orden jurídico para derivar la responsabilidad de la venganza en cabeza del Estado. Muchos de los castigos de los dioses griegos no eran otra cosa que su venganza contra alguien que se había atrevido a romper su orden. Y en no pocas ocasiones, tal venganza se presentaba como injusta o desproporcionada (como la desproporción en la pena impuesta a Sísifo). En algunas sociedades se percibe la pena de muerte como esa venganza desproporcionada pero necesaria para generar un efecto ejemplarizante. Aunque pueda ser injusta o desproporcionada, esta pena máxima se justifica porque la transgresión cometida es percibida socialmente como intolerable.

Pero, entreviéndose ya en esta época que la venganza generaba nuevos desórdenes, o reacciones en cadena, Odiseo –en La Odisea– protagoniza un final diferente. Cuando los padres de los pretendientes muertos pretenden cobrarse venganza en Odiseo y Telémaco, el viejo Laertes mata de una lanzada a Eupites, padre de Antinóo. En este momento interviene Palas Atenea para poner fin a la lucha y, por consejo de Zeus, impone que “se olvide la matanza de los hijos y de los hermanos; ámense los unos a los otros, como anteriormente, y haya paz y riqueza en gran abundancia” (Homero, 1970, pág. 331).

Parece que en otras situaciones, el hombre se asocia con el hombre: descubrió que hay ciertos intereses que puede satisfacer mejor cuando hay cooperación. En relación con ‘otros’ hay placeres de diverso tipo (sexual, intelectual, material), aumenta el cuidado mutuo y la disminución de los riesgos, aparece la sensación de bienestar y la noción de futuros posibles y mejores.

Entender cómo surgen lazos de identificación con otros, cómo se construyen redes de colaboración, cooperación y protección será clave para entender por qué en determinadas circunstancias el ejercicio de la fuerza puede conducir a un sentimiento de solidaridad que nos lleva a proteger al otro que se percibe como débil, pero, en otras ocasionas, lleva –precisa- mente– a aprovecharse de la debilidad del otro, conduciendo a una despersonalización que hace más fácil ejercer violencia contra él.

En esta dicotomía permanente de ataque y cooperación entre los humanos –ambos medios para satisfacer los egoísmos propios–, ¿qué nos diferencia de los animales? ¿cómo confiar en un futuro de ‘paz perpetua’ para todos?
De este realismo histórico desprendería Hobbes que los nuevos valores, intereses e identidades de las sociedades modernas incuban nuevos conflictos: “Las pasiones y deseos naturales, así como la imposible cooperación humana en ausencia de una confianza mutua que solo puede ser creada por un poder coactivo que imponga la ley –había observado Hobbes– nos llevan a la guerra de todos contra todos” (Requejo y Valls, 2007, pág.129).

En las guerras posmodernas, llevadas a cabo por soldados no regulares, la barbarie y el exceso parecen ser condiciones necesarias. ¿Por qué? Porque los intereses morales están construidos sobre la referencia de la comunidad más cercana, de la tribu, el grupo o la etnia a la que se pertenece, y no a la universalidad occidental a la que aspiran los derechos humanos.

Es posible que la aparición de guerras intraestatales, entre grupos irregulares, a veces identificados y a veces no, acelere la aparición de guerreros ávidos de resarcir las ofensas recibidas y de instaurar nuevos órdenes. Esto nos haría pensar que la aceptación social de la venganza, como derecho y como deber, no se enmarca únicamente en la literatura griega. Hace falta un Estado consolidado y un sistema de justicia eficaz y eficiente para disminuir el riesgo de que grupos determinados actúen con base en lineamientos morales aislados.

Vengar es una necesidad individual y social de resarcir el daño sufrido y de restablecer el orden; en términos generales, las personas esperan que alguien lo haga, pero si no es viable, o si no es creíble que el Estado lo vaya a hacer, existe una especie de imperativo social que obliga a hacerlo directamente. Ignatieff recuerda uno de los discursos del secretario general de la ONU en 1995, después de la matanza entre hutus y tutsis, que ejemplifica la reacción de la gente ante la necesidad de resarcir lo sufrido:

El secretario general habla a los supervivientes agrupados a sus pies y admite que les ha fallado. Dice que pidió a decenas de países que le enviaran tropas para frenar el genocidio, pero no obtuvo respuesta hasta que fue demasiado tarde. Aun así, afirma que la “comunidad internacional” no los ha olvidado. Promete que los asesinos no escaparán, que los perseguirán por el Zaire, Uganda o Tanzania para castigarlos. Los supervivientes escuchan, pero únicamente aplauden al oír la traducción de una frase: “Serán castigados”. (Ignatieff, 2001, pág. 110, resaltado por fuera del texto).

Así pues, la venganza parece ser el estadio más básico pero más inmutable del ejercicio de la fuerza para alcanzar y mantener un cierto orden social. Cuando no hay una entidad mayor que la garantice –que sería lo que conocemos como la institucionalidad estatal–, la estructura social más básica impone asumirla por cuenta propia y parece socialmente justificada cuando el daño se ocasiona sobre los bienes más preciados: los niños, el honor, las posibilidades de futuro.

Milena Patiño, Ph. D.
Especial para EL TIEMPO

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA