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Diez preguntas difíciles para Melinda y Bill Gates

La pareja más millonaria responde cuestiones que suelen plantearles sobre la labor de su fundación.

Bill Gates y Melinda Gates

India es uno de los países con mayor actividad de la fundación de Bill y Melinda, que tiene una oficina en su capital, Nueva Delhi.

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Fundación Bill & Melinda Gates

26 de febrero 2018 , 01:06 a.m.

Nunca hemos disimulado nuestro optimismo. Últimamente, sin embargo, el optimismo parece ser un bien escaso. Los titulares están llenos de noticias terribles: división política, episodios de violencia y catástrofes naturales.

Pese a eso, seguimos convencidos de que el mundo avanza. Comparemos nuestro presente con la realidad de diez años atrás o, incluso, 100. El nivel de salud y seguridad en el mundo es hoy mayor que nunca. El número de niños que mueren cada año se ha reducido a la mitad desde 1990, y sigue bajando. El número de madres que mueren también ha disminuido radicalmente. La pobreza extrema va por el mismo camino: en solo 20 años, se ha reducido a casi la mitad. También hay más niños escolarizados. Y la lista sigue.

Pero ser optimista no consiste en pensar que la vida era mucho peor, sino en confiar en que puede ser mejor. Y eso es lo que inspira nuestro optimismo. Es cierto que al hacer nuestro trabajo detectamos los grandes niveles de pobreza y enfermedad –entre muchas otras problemáticas– que asolan el mundo entero, pero también nos percatamos de la gran humanidad que nos rodea. Dedicamos gran parte de nuestro tiempo a aprender de los investigadores que están descubriendo las soluciones más modernas para curar enfermedades; hablamos con comprometidos dirigentes gubernamentales que apuestan por formas creativas de dar prioridad a la salud y al bienestar de la población, y tenemos la oportunidad de conocer a personas de gran talento y valentía que piensan en nuevos caminos para transformar sus comunidades (...).

Este es nuestro décimo mensaje anual y queremos celebrarlo respondiendo, sin pelos en la lengua, diez preguntas difíciles que nos suelen hacer, con la esperanza de que al final usted sea tan optimista como nosotros.

¿Por qué no destinan más recursos a Estados Unidos?

Melinda:
Nuestra fundación invierte unos 500 millones de dólares al año en Estados Unidos, principalmente en el sector educativo. Es mucho dinero, pero es menos de los casi 4.000 millones que destinamos a países en desarrollo.

No nos gusta comparar el sufrimiento de distintas personas. Sin embargo, sí sopesamos nuestra capacidad para prevenirlo. Tras analizar el panorama de la salud mundial, nos dimos cuenta de que nuestros recursos podrían salvar millones de vidas. Fijémonos en las vacunas. Dado que se pueden prevenir enfermedades con tan solo unos centavos o, a lo sumo, unos cuantos dólares, dábamos por sentado que eso ya se estaba haciendo. Pero estábamos equivocados: decenas de millones de niños no recibían ningún tipo de vacuna.

En los últimos 18 años hemos invertido 15.300 millones de dólares en vacunación. Y ha sido una gran inversión. Las mejoras en materia de inmunización son una de las razones por las cuales el número de muertes infantiles ha decaído tanto: de casi diez millones en el año 2000 a cinco millones el año pasado.

Nos importa nuestro país, de modo que también nos esforzamos por luchar contra las desigualdades en Estados Unidos. Todos los resultados empíricos, incluida nuestra propia experiencia, indican que la educación es la clave para crear nuevas oportunidades. De aquí al 2020, dos terceras partes de los empleos en este país exigirán estudios superiores o algún tipo de capacitación profesional. Dado que millones de estadounidenses no tienen acceso a educación de calidad, esta es la problemática en la que nos volcamos.

¿Qué resultados dejan los millones de dólares invertidos en la educación estadounidense?

Bill:
Muchos, pero no tantos como querríamos (...). Actualmente apoyamos también a instituciones de educación preescolar y postsecundaria, pero cuando empezamos nos centramos exclusivamente en la educación secundaria, ámbito en el que seguimos invirtiendo la mayor parte de nuestros recursos.

A principios de los años 2000, nuestra fundación ayudó a denunciar cómo se calculaban las tasas de graduación en secundaria. Se hablaba de una tasa del 90 por ciento, cuando la realidad era que no llegaba al 70; es decir, prácticamente una tercera parte del alumnado abandonaba los estudios. Financiamos una investigación para identificar la tasa real de graduación y contribuimos a crear una coalición de estados dispuestos a usarla.

Con el fin de cambiar este panorama, financiamos cientos de nuevos centros de secundaria, muchos de los cuales presentan mejores tasas de rendimiento académico y graduación que los que sustituyen o complementan. Al principio, apoyamos iniciativas para transformar escuelas de bajo rendimiento académico, pero aprendimos que esta transformación es muy difícil de alcanzar. Por lo general, nos resultó más difícil mejorar el rendimiento académico de estas escuelas que crear nuevas.

¿Por qué no destinan dinero al clima?

Bill:
¡Ya lo hacemos! En parte a través de nuestra fundación, en parte a través de inversiones personales. A nivel personal, invertimos en métodos innovadores que reducirán las emisiones de gases de efecto invernadero (mitigación del cambio climático). El mundo necesita nuevas fuentes de energía limpia, fiable y asequible, pero las líneas de investigación que podrían impulsarlas están infrafinanciadas.

Esta falta de financiamiento es distinta de los problemas que la fundación aborda. En el sector filantrópico se identifican problemas que no puedan solucionar los mercados ni los gobiernos. Pero la solución para la energía limpia sí está en manos de ellos: solo se necesita que los gobiernos estén dispuestos a financiar proyectos básicos de investigación y a proponer incentivos para reducir las emisiones, y que los inversores tengan paciencia mientras las compañías intentan convertir esta investigación en productos comercializables. Es por ello por lo cual contribuyo a esta causa a nivel personal y no con la fundación.

En los últimos dos años se dieron pasos gigantes. Veintitrés países se han comprometido a duplicar sus inversiones en investigación en energías limpias de aquí al 2020. Breakthrough Energy Ventures (BEV), un fondo de inversión privado con el que colaboro, cuenta con más de mil millones de dólares que se destinarán a financiar compañías de distinta especialización (desde el almacenamiento energético en red hasta la energía geotérmica) que se encuentran en el mejor momento para impulsar innovaciones. BEV también colaborará con una coalición de otros inversores en el ámbito de las energías limpias, para ponerlos en contacto con gobiernos. Ahora mismo, las inversiones públicas y privadas en este campo no están coordinadas, por lo cual tecnologías con potencial no llegan a comercializarse. Queremos solventar esta carencia.

¿Imponen sus propios valores a otras culturas?

Melinda:
Años atrás, los responsables de algunos programas de desarrollo creyeron ser más listos que las personas a las que trataban de ayudar. Con el tiempo aprendimos que escuchar y entender a las personas desde su propia perspectiva es más respetuoso y más productivo. Nuestra fundación –que cuenta con unos 1.500 trabajadores, distribuidos en cuatro continentes– está concebida con este principio en mente (...). Financiamos organizaciones que cuentan con años e incluso decenios de experiencia sobre el terreno. Es por medio de estas organizaciones que estamos conectados con las personas a quienes tratamos de ayudar.

Además de depender de asociados locales, creemos firmemente en el empoderamiento. No nos interesa tomar decisiones en nombre de nadie. Invertimos en planificación familiar, por ejemplo, no porque tengamos una visión clara de cómo deberían ser las familias de los demás, sino porque madres y padres de todo el mundo nos han dicho que necesitan contar con herramientas para tener el tipo de familia que desean.

¿Salvar tantas vidas no lleva a la superpoblación?

Melinda:
Nosotros también nos hicimos esta pregunta. Una de las mejores respuestas la dio Hans Rosling, un excelente defensor de la salud pública y una gran fuente de inspiración, que falleció el año pasado. Cuando más niños sobreviven a los 5 años y más madres pueden decidir si quieren tener hijos y cuándo, el tamaño demográfico no aumenta, sino que se reduce. Los padres tienen menos hijos cuando tienen la seguridad de que estos llegarán a la etapa adulta. Las familias de gran tamaño son una especie de póliza de seguros ante la trágica posibilidad de perder a un hijo.

En todo el mundo, cuando se reducen las tasas de mortalidad infantil también disminuyen los índices de natalidad. Sucedió en Francia a finales del siglo XVIII y en Alemania a finales del XIX; así como en Argentina en la década de 1910, en Brasil en la de 1960 y en Bangladés en la de 1980.

Bill: Hay una ventaja asociada al patrón que Melinda describe y es que puede dar lugar a un pico de crecimiento económico que los expertos llaman dividendo demográfico: cuando sobreviven más niños, el tamaño de la siguiente generación será, en términos relativos, de grandes dimensiones. Entonces, las familias decidirán tener menos hijos y la siguiente generación tendrá un tamaño más reducido.

Con el tiempo, terminará habiendo una mayor proporción de población activa que contribuirá a la economía del país y una menor proporción de dependientes (personas muy mayores o muy jóvenes). Se trata de una receta infalible para el desarrollo económico, especialmente si los países invierten en salud y educación.

¿Cómo afectan las políticas de Trump a su fundación?

Bill:
En este último año me han hecho más preguntas sobre el presidente Trump y sus políticas que sobre todos los temas de este mensaje juntos.

Las políticas del Gobierno afectan nuestra labor en varios aspectos. El ejemplo más concreto es el de la ayuda exterior: durante decenios, Estados Unidos ha encabezado la lucha contra las enfermedades y la pobreza. Con ello se han salvado vidas, pero también se han creado empleos en Estados Unidos y, a su vez, la integridad del país se ha visto reforzada porque los países pobres han ganado estabilidad y han logrado contener brotes de enfermedades antes de que se convirtieran en pandemias. El mundo no es un lugar más seguro cuando más personas están enfermas o pasan hambre.

El presidente Trump propuso drásticos recortes en materia de ayuda extranjera. Por suerte, el Congreso se pronunció a favor de mantener el presupuesto. Saldremos ganando si los Estados Unidos no solo lideran por medio del poder duro, sino también ejerciendo el poder blando.

Desde una perspectiva más general, la visión del presidente Trump de ‘Estados Unidos primero’ me parece preocupante. No digo que nuestro país no tenga que mirar por su propia población, sino que deberíamos preguntarnos cuál es la mejor forma de lograrlo. En mi opinión, tener en cuenta el mundo entero, en vez de olvidarlo, ha demostrado ser positivo para todos (...).

Nos hemos reunido con el presidente Trump y su equipo. Con cada gobierno, republicano o demócrata, estamos de acuerdo en algunos aspectos y en desacuerdo en otros. A pesar de que compartimos mucho menos con el gobierno vigente que con otros con los que nos hemos reunido, creemos que sigue siendo importante trabajar conjuntamente.

Queremos continuar dialogando con ellos porque si los Estados Unidos recortan sus inversiones en el extranjero, se perderán más vidas en otros países y los estadounidenses también saldrán perjudicados.

¿Por qué colaboran con grandes corporaciones?

Melinda:
Colaboramos con compañías como GSK y Johnson & Johnson porque tienen la capacidad de hacer cosas que nadie más puede hacer.

Pongamos el ejemplo del desarrollo de nuevos métodos de diagnóstico, fármacos y vacunas para combatir las enfermedades que afectan a los más pobres. La ciencia básica de la que depende el desarrollo del producto se lleva a cabo en centros de investigación y universidades, pero cuando se trata de partir de esta ciencia básica para crear productos que salven vidas, someter dichos productos a ensayos para que puedan ser aprobados y, finalmente, fabricarlos, las compañías de biotecnología y las farmacéuticas son las más avezadas en estas prácticas. Uno de los requisitos que todos nuestros asociados deben cumplir es el de garantizar un acceso a gran escala y a un precio asequible del producto que desarrollen gracias a nuestro financiamiento.

Idealmente, nos gustaría que las compañías salieran en busca de nuevas oportunidades para satisfacer las necesidades de la población de los países en desarrollo. Si, gracias a nuestra acotada colaboración, ellas luego detectan potencial en nuevos mercados, nos daríamos por más que satisfechos.

Bill: Financiamos a dos empresas nuevas que estudian formas de utilizar los ARN mensajeros para que el cuerpo aprenda a producir sus propias vacunas. Esto podría conllevar grandes avances en relación con el VIH y la malaria, y también respecto a la gripa e incluso el cáncer (...).

También colaboramos con el sector privado en otros campos. Compañías como Monsanto producen semillas que podrían ayudar a agricultores de países pobres a cosechar más, ganar más y adaptarse al cambio climático. Así mismo, colaboramos con operadores de telefonía para que más personas puedan gestionar sus ahorros, hacer pagos y pedir créditos desde el celular.

¿Qué sucede cuando los dos no están de acuerdo?

Melinda:
Siempre estamos de acuerdo. No, es broma.

A Bill casi nunca le hacen esta pregunta, pero a mí me la hacen todo el tiempo. A veces, me la hace algún periodista, medio insinuando que Bill debe de ser la voz cantante; otras veces, me la hacen mujeres entregadas a causas filantrópicas para pedirme consejo sobre cómo trabajar mejor con sus maridos.

Él y yo tenemos dos cosas a nuestro favor. En primer lugar, estamos de acuerdo en lo fundamental. Para nuestra boda, los padres de Bill nos regalaron una escultura de dos pájaros que miran a lo lejos, uno junto al otro; todavía la tenemos enfrente de nuestra casa. Siempre pienso en ella, porque en las cuestiones más fundamentales ambos miramos en la misma dirección.

En segundo lugar, Bill tiene una mente muy abierta, algo que no encaja con lo que se imagina mucha gente. Lo amo porque tiene un gran corazón, escucha a los demás y lo conmueven las historias de las personas (...).

Cuando llegó a la fundación desde Microsoft, estaba muy acostumbrado a estar siempre al mando. Yo era la que se había quedado en casa con los niños y estaba volviendo a impulsar mi carrera profesional. Hubo veces en las que sentí esa distancia: en reuniones, cuando a mí me faltaba confianza y él hablaba con tanta soltura, o cuando la persona con quien dialogábamos miraba todo el rato a Bill en vez de a mí. En nuestra dinámica dentro de la fundación siempre ha sido muy importante actuar como socios de igual a igual. Con el tiempo hemos aprendido a hablar, una vez en casa, de cualquier momento en el que no hayamos logrado ese objetivo en el trabajo.

Bill: ¡Estoy de acuerdo con todo! Hay quien da por hecho que yo soy el que toma las decisiones importantes porque he sido un personaje público durante más tiempo y porque soy hombre, pero se equivocan (...). En casa somos una pareja y en el trabajo, una pareja de socios.

¿Es justo que ustedes tengan tanta influencia?

Melinda:
No. No es justo que tengamos tanto dinero cuando miles de millones de personas tienen tan poco. Ni tampoco es justo que nuestra riqueza nos abra puertas que permanecen cerradas para la mayoría (...). Pero nuestros objetivos como fundación no esconden ningún secreto. Hablamos abiertamente de lo que financiamos y de los resultados logrados. Nos servimos de toda la influencia que podamos tener, para ayudar a tantas personas como sea posible y para fomentar la equidad en todo el mundo.

Bill: A pesar de que dirigimos la mayor fundación del mundo, nuestros recursos son limitados en comparación con los presupuestos de empresas y Gobiernos. California, por poner un ejemplo, gasta más en su sistema escolar público en un año que la suma de todos nuestros fondos.

Si hemos dicho que es injusto que tengamos tanto dinero, ¿por qué no se lo damos todo al Gobierno? Porque creemos que las fundaciones son las encargadas de detectar las necesidades más apremiantes a partir de una visión global, de largo plazo, y de gestionar proyectos que conlleven un riesgo que los gobiernos no se puedan permitir o que las corporaciones no estén dispuestas a asumir. Si un Gobierno apuesta por una idea que fracasa, significará que alguien no hizo bien su trabajo; en cambio, si nosotros no apostamos por ideas que fracasan, no estamos haciendo bien nuestro trabajo.

¿Por qué regalan su dinero? ¿Qué ganan?

Melinda:
Procedemos de familias partidarias de dejar un mundo mejor que el que encontramos. Mis padres se aseguraron de que mis hermanos y yo tuviéramos siempre presentes las enseñanzas de justicia social de la Iglesia católica. La madre de Bill era conocida, y su padre aún lo es, por estar siempre dispuesta a defender causas benéficas.

Cuando conocimos a Warren Buffett nos dimos cuenta de que él también estaba imbuido de esos valores, aunque se hubiera criado en un lugar distinto y en otros tiempos. Cuando Warren, en una gran muestra de confianza, nos donó una parte importante de su fortuna (30.000 millones de dólares), nos propusimos redoblar los esfuerzos para ser fieles a nuestros valores.

Por supuesto, estos valores no son únicamente nuestros; millones de personas dedican tiempo a actividades de voluntariado o donan dinero. Nosotros nos encontramos en la nada corriente situación de disponer de muchos recursos. Nuestro objetivo es hacer lo que nuestros padres nos inculcaron: aportar nuestro granito de arena para dejar un mundo mejor.

Bill y yo hemos hecho este trabajo, más o menos a tiempo completo, durante 18 años. Esto equivale a más de la mitad del tiempo que llevamos casados y a casi los años que tienen nuestros hijos (la mayor tiene 21). A estas alturas, la labor que realizamos en la fundación es inseparable de quienes somos. Nuestro trabajo es nuestra vida.

Hemos intentado transmitir estos mismos valores a nuestros hijos, siempre les hemos hablado de la fundación y, ahora que ya son mayores, nos los hemos llevado de viaje para que puedan ver nuestra labor con sus propios ojos.
Hemos creado nuevas complicidades en miles de sesiones de seguimiento, visitas de campo y reuniones en materia de dirección estratégica. A dónde vamos, con quién pasamos nuestro tiempo, qué leemos, qué miramos y qué escuchamos son decisiones que tomamos desde el prisma de nuestra labor en la fundación (cuando no estamos viendo ‘The Crown’).

Tal vez hace 20 años podríamos haber tomado una decisión distinta sobre qué hacer con nuestra fortuna, algo que ahora me costaría mucho imaginar. Si hubiéramos decidido llevar una vida distinta, ahora no seríamos lo que somos. Y esto es lo que queremos ser.

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En Twitter: @gatesfoundation
Este texto fue editado por la Redacción Dominical de EL TIEMPO. El original se puede consultar en gatesfoundation.org

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