Gente

'Coliving': mucho más que compartir casa

Esta tendencia lleva el esquema colaborativo al espacio más personal de todos, el hogar.

Coliving

La biblioteca del Old Oak, que abrió en Londres como 'el edificio de 'coliving' más grande del mundo'.

Foto:

Archivo particular

19 de febrero 2017 , 03:15 p.m.

Las cambiantes realidades económicas y tecnológicas no dejan de parir tendencias sociales. Una de las más recientes es el ‘coliving’ (covivienda) es decir, la vida en comunidad de los nuevos profesionales.

En un mundo marcado por la escasez de recursos, la flexibilidad laboral y el pragmatismo de los ‘millennials’, que prefieren pagar por bienes y servicios a endeudarse con casas o automóviles, la antigua meta de establecerse y vivir solo empieza a perder sentido.

Inspirados en buena medida por la filosofía del ‘coworking’ (cotrabajo), que permite compartir el espacio de trabajo con una gran diversidad de personas –incluidos los emprendedores y los empleados de otras compañías–, cada vez más jóvenes están apostando por compartir también el espacio que habitan.

Muchas veces, la motivación para hacerlo es económica. Este es el caso del colectivo bogotano CasaTinta, conformado por los ilustradores José Rosero y Randy Mora y la comunicadora Diana Arias.

Los tres ocupan una casa del barrio Palermo, en Bogotá, en cuyo primer piso funciona un espacio dedicado a las artes gráficas, donde se realizan talleres, conferencias y exposiciones.

“La idea de vivir juntos surgió de la necesidad de tener un espacio propio para nuestras actividades. Como arrendar era complicado, pues en ese momento no teníamos ingresos, decidimos dividir el espacio en dos (trabajo y vivienda), de manera que pudiéramos sostener el proyecto”, cuenta Arias, que este año cumplirá 30 años. Eso pasó en el 2015. Hoy, la casona no solo los aloja a ellos, sino que en el mismo espacio funcionan también las oficinas de un diseñador industrial, un diseñador gráfico y un colectivo de fotógrafos.

“Es muy provechoso vivir y trabajar en el mismo lugar; por ejemplo, ahorras en transporte –comenta Arias, directora de proyectos especiales de CasaTinta–. Pero lo mejor es que la generación de ideas se hace muy propicia cuando estamos juntos, incluso desayunando o de fiesta. Claro que el hecho de que siempre haya alguien con quien puedes tomar algo es un riesgo (se ríe), pero lo cierto es que los proyectos maduran rápido porque todo el tiempo nos retamos y nos presionamos mutuamente”.

Esta forma de vivir no solo mantiene su empresa a flote, sino que les ha permitido liberar recursos para otros intereses comunes, como los viajes.

Pero no todas las formas de ‘coliving’ surgen de un simple acuerdo entre amigos o conocidos para convertirse en ‘roommates’ (compañeros de apartamento). Esta tendencia empieza a consolidarse también como un nuevo nicho de negocios, una especie de versión 2.0 de los espacios de trabajo colaborativo.

“En Estados Unidos ya se puede ver la maduración del modelo de ‘coworking’, con centros de trabajo que se convierten también en un hostal para sus usuarios”, le dijo al diario español ‘El Periódico’ Jordi Silvente, presidente de la Asociación de Centros de Coworking de Cataluña (Cowocat).

Pero no hay que irse a Norteamérica o Europa para ver lo que está pasando en este campo. En Bogotá, por ejemplo, funciona desde hace año y medio Magicville, que se promociona como “el primer ‘coworking’ y ‘coliving space’ ” en la ciudad “y probablemente en Colombia”.

La idea se le ocurrió a Harvey Botero, un ingeniero electrónico especializado en desarrollo de ‘software’, después de conocer un espacio así en San Francisco, la meca californiana de las ‘startups’.

Al regresar a Colombia, le compró a su papá un viejo hotel que tenía en el barrio Muequetá, vecino del Siete de Agosto. Desde la renovación del desvencijado local, Magicville ha sido un ejemplo de emprendimiento ‘millennial’: el 80 por ciento de los trabajos los ejecutan voluntarios extranjeros, que pagan con mano de obra la posibilidad de tener un techo y un lugar para trabajar en Bogotá.

“Este año han sido unos 40 –cuenta Botero–, desde neozelandeses hasta estadounidenses. Una chica de Alemania, que trabaja en escenografía teatral, nos llenó de arte el segundo piso”.

El que no quiere ensuciarse las manos puede pagar una membresía de 990.000 pesos mensuales, que le da derecho a una habitación amoblada, un espacio de trabajo –con muy buen acceso a internet, claro está–, acceso ‘24/7’ a todas las zonas comunes y todo el café que quiera tomar.

“Yo veo el ‘coliving’ como la necesidad que tienen ciertas personas de extender la filosofía del coworking a toda su vida –explica el ingeniero–. Pero en lugar de un fin comercial, lo que prima es un interés por compartir, por aprender. La gente no solo intercambia favores, sino también recetas y otras cosas personales”. ¿Y hay romances? “Uffffff”, responde.

Y Botero no está solo. En la capital, Atom House ya dio el paso del ‘coworking’ al ‘coliving’, mientras que en Medellín está 20 Mission, fundada por los estadounidenses Jered Kenna y Todd Morrill, la sede paisa del ‘coliving’ que el ingeniero conoció en Estados Unidos y que lo inspiró a trasplantar la idea en Colombia.

La próxima frontera del coliving son los desarrollos inmobiliarios dirigidos desde su origen a los nómadas digitales, estos nuevos profesionales que pueden trabajar desde cualquier lugar del mundo y no tienen prisa por finalizar su viaje.

Uruguay, por ejemplo, inaugurará en mayo un edificio de cinco pisos, con capacidad para unas 30 personas. Aunque los usuarios vivirán en apartamentos amoblados –por un alquiler que oscila entre los 500 y los 700 dólares, dependiendo del área y de si se comparte o no–, la idea de sus promotores es que pasen mucho tiempo en los espacios comunes, que incluyen una gran cocina con comedor, un gran cuarto de estar y una sala de reuniones y de trabajo.

El ‘coliving’ es el ‘Uber’ de la industria inmobiliaria, le dijo al diario ‘El País’ Meteo Campomar, director de Acsa, la empresa constructora del proyecto. “Buscamos invertir en lo que es tendencia en el mundo. Hoy, los jóvenes son nómadas, quieren todo resuelto y algo flexible”, explicó.

REDACCIÓN DOMINGO
berbej@eltiempo.com

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