Gente

Cada vez son más los que eligen estar solos

Muchos están convencidos de que formar pareja representa un gasto de energía que no vale la pena.

Personas solteras

En todas las grandes ciudades del mundo desarrollado, cada vez hay más hombres sin mujeres y mujeres sin hombres.

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123RF

21 de mayo 2017 , 12:45 a.m.

En las grandes ciudades cada vez hay más personas que viven solas. Formar pareja ya no supone un mandato de durabilidad a largo plazo. Más aún, permanecer soltero –eso que en generaciones anteriores equivalía a un fracaso, sobre todo en las mujeres– es hoy una opción de vida elegida por una gran cantidad de gente. Tanto en Bogotá como en Nueva York o Barcelona, a pesar de las crisis económicas, el número de hogares formados por una sola persona aumenta a medida que pasan los años.

Probablemente no haya otra ciudad en el mundo donde este fenómeno sea más visible que en Tokio. Una de las cosas que más me llamaron la atención durante mi primera noche allí fue la cantidad de hombres y la ausencia casi total de mujeres que había por las calles del barrio financiero de Shiodome. Dentro del ‘izakaya’ (típico restaurante japonés) al que entré a comer con mi hijo, yo era la única mujer. Todos los demás comensales eran hombres jóvenes o de mediana edad. Dado que la población se divide más o menos por igual entre hombres y mujeres, supuse que en algún lugar debían estar ellas: las mujeres solas. Pero esa primera noche no las vi. Durante el resto de mi estadía sí pude ver grupos de amigas –dos o tres jóvenes juntas–, casi siempre durante el día. Hacían compras; comían; caminaban alegremente por las calles. Me sorprendió no ver más chicos y chicas juntos.

“No sé qué le pasa a esta generación de jóvenes”, me dijo unos días después Ryukichi Terao, cuando le comenté mi extrañeza ante el hecho de que los chicos estuvieran por un lado y las chicas por otro. Terao es el traductor al japonés de obras de Cortázar, Donoso, Fuentes y Gelman. “Cuando tenía 20 años, la relación con las chicas ocupaba gran parte de mi tiempo mental –recordó–. Ahora, eso no les interesa a los jóvenes. Prefieren estar solos”. Lo mismo me dijo Ryota Matsumoto, arquitecto y artista plástico que trabaja con proyectos interdisciplinarios. “Esta generación de jóvenes está convencida de que formar pareja representa un trabajo y un gasto de energía que no vale la pena”, afirmó.

Dos libros recientes muestran distintas facetas de este fenómeno: ‘Hombres sin mujeres’, de Haruki Murakami, y ‘El verano sin hombres’, de Siri Hustvedt. Ambos retratan a personajes que llevan adelante sus vidas sin desasosiego pero, también, sin nada que los ancle a la existencia. Todos ellos parecen estar un poco a la deriva, como globos que surcan el aire a merced del viento, sin nada ni nadie que los atraiga con la fuerza de un cable a tierra. Porque el amor, en efecto, opera como un ancla. “Tengo la sensación de que algo tiene presos nuestros corazones –dice un personaje de Murakami después de enamorarse–. Cuando su corazón se mueve, tira del mío. Como dos barcas atadas por una cuerda. Me angustia pensar en qué demonios me convertiré si esta sensación va a más”.

Tanto Murakami como Hustvedt parecen escribir desde la nostalgia. No en vano, aunque uno es japonés y la otra es estadounidense, ambos pertenecen a una generación en la que formar pareja todavía era no solo un mandato, sino un ideal de vida. Los personajes de Murakami son hombres solos, pero no están contentos con su soledad. Las mujeres de Hustvedt están solas y añoran el tiempo en que no lo estaban.

En contraposición a esa nostalgia amorosa, lo que pude observar en Japón y lo que me dijeron los jóvenes con los que hablé es que están satisfechos con su soledad. Quien hizo de intérprete durante las entrevistas fue mi hijo, que vive y estudia allí desde hace un año gracias a una beca del Gobierno japonés. “Enamorarse está muy bien y te da mucha energía. Sin embargo, prefiero estar sin pareja. Eso me tomaría mucho tiempo y de todas maneras después la pasión se perdería. Para mí, el tiempo es algo muy importante”, me dijo Nana, una chica de 25 años graduada de documentalista.

Naoki, un hombre de 30 que trabaja en una compañía exportadora, justificó su decisión de estar solo haciendo énfasis en el aspecto económico: “Si me enamoro no podría gastar en lo que quiero, ni ahorrar para mí. Estar en pareja supondría tener que ir a conciertos y comer afuera. Significaría un gasto muy alto”. Ayumi, una diseñadora de modas de 27 años, lo explicó de esta manera: “Prefiero estar sola porque ya sé lo que pasaría después del casamiento. Ocurre lo mismo en todas las parejas. Me dan lástima. Viven y trabajan para ahorrar, para comprar una casa, para comprar un coche, para mantener un hijo...”.

prefiero estar sin pareja. Eso me tomaría mucho tiempo y de todas maneras después la pasión se perdería

Según un estudio realizado el año pasado en Japón por el Instituto Nacional de Población, el 42 por ciento de los varones y el 44,2 por ciento de las mujeres entre 18 y 34 años son vírgenes. Más aún: el sexo no les interesa. Lo consideran un asunto engorroso. Aunque en nuestra geografía estamos muy lejos de esa indiferencia hacia el sexo, también entre nosotros las relaciones amorosas son cada vez más efímeras. Sin duda, una de las causas de que tanto aquí como allá el amor dure menos es la independencia económica de las mujeres y las libertades que hemos adquirido en las últimas décadas. Ahora podemos trabajar y ser exitosas profesionalmente. Ya no estamos obligadas a aguantar aquello que no queremos aguantar. Pero hay también muchas otras razones. Zygmunt Bauman habló del “amor líquido”; otros hablan de un individualismo corrosivo. En todo caso, la idea detrás de la fugacidad de las relaciones amorosas –o de la ausencia total de ellas– parece ser que no vale la pena esforzarse por sostener una relación a lo largo del tiempo. El costo sería mayor que todos los beneficios. Los jóvenes no quieren anclas.

“Yo quiero seguir mi camino. Quiero mi libertad. No quiero estar en un lugar fijo. No quiero ser siempre la misma. Quiero irme cada vez que necesite respirar. Si me enamoro, pierdo una parte de mí”, me dijo Nana, la documentalista. “¿Qué parte?”, le pregunté. Se quedó pensando. Le llevó un tiempo encontrar las palabras. Finalmente, lo explicó así: “Perdería esa energía masculina que también tenemos las mujeres y que nos permite avanzar firmemente y con determinación en el camino que queremos. Si me enamoro, esa parte de lo que soy perdería potencia”.

Las palabras de Nana me recordaron a ‘Hombres sin mujeres’. En uno de los cuentos del libro, dos jóvenes se enamoran, pero deciden verse solo una vez por semana a tomar el té para que la relación no interfiera en sus estudios; en otro, el narrador justifica el estilo de vida de un solterón de 52 años diciendo que “los empalagosos conflictos emocionales no eran de su agrado”. En efecto, los lazos de unión profunda suelen ser conflictivos y nos predisponen al dolor. Cuando Nana me dijo que no quería “ser siempre la misma” recordé un personaje de Hustvedt que decide presentar su obra artística bajo diferentes pseudónimos –cada uno con una biografía propia– para experimentar cómo es crear siendo alguien totalmente distinto.

En Tokio, en París y en todas las grandes ciudades del mundo desarrollado, cada vez hay más hombres sin mujeres y mujeres sin hombres. Según ‘The Japan Times’, que cita el censo del 2015, en Tokio el porcentaje de hogares formados por una sola persona es del 45,8 por ciento. Según datos publicados por ‘The Guardian’, en Estocolmo alcanza el 58 y en Nueva York, el 33 por ciento; en Buenos Aires, según el censo del 2010, el porcentaje de hogares de una sola persona es de 30,6 por ciento. ‘The Washington Post’ confirma que “más de la mitad de los habitantes de Manhattan y Washington viven solos”.

Por lo visto, preferimos estar solos y sentirnos libres a lidiar con las complicaciones del amor. ¿Estaremos perdiendo algo en el camino? Uno de los personajes de Murakami habla de un órgano del amor y dice: “Sin la intervención de ese órgano que eleva nuestras vidas, nos empuja hacia el fondo, perturba nuestros corazones, nos muestra hermosos espejismos y a veces nos empuja hacia la muerte, nuestra existencia seguramente sería mucho más anodina”. No sé qué diría Nana de esta idea. Para ella, quizás, los hermosos espejismos nazcan de un órgano que no tiene que ver con el amor.

MORI PONSOWY
LA NACIÓN (Argentina) - GDA

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