Gastronomía

El pobre menú infantil / El caldero 

No se trata de obligarlos a comer lo más extraño de las cartas, sino de permitirles explorar.

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04 de mayo 2017 , 11:29 p.m.

Basta con detenernos a contemplar a los niños –a oírlos con atención, a analizar sus ocurrencias– para comprender que se trata, en general, de seres más inteligentes que los adultos. 

Eso nos hace pensar que quizás también nosotros algún día fuimos inteligentes…
Y por el camino se encargaron de adocenarnos, de limitarnos, de censurar nuestras ganas de aprender.

Un buen ejemplo de cómo los adultos ejercemos esa mirada arrogante que nos lleva a imponer casi siempre nuestro punto de vista sobre el de ellos, a decidir por los niños, se da en la mesa del comedor, y en especial en los restaurantes.

Solemos pensar que a los niños no les gusta lo que nosotros comemos, que no están preparados para ciertos sabores, que su gusto es limitado.

Grave error. Es cierto que se debe tener cuidado con ciertos ingredientes que a su edad hay que administrar con precaución, como el ají, pero en realidad se trata de excepciones.

Es triste que tantos restaurantes hayan decidido crear en sus cartas un capítulo denominado ‘menú infantil’, que suele constituir una afrenta a las enormes posibilidades de exploración de los niños.

Triste y preocupante. Por lo general, proponen los mismos tres o cuatro platos, casi todos provenientes del mundo de la comida rápida y poco saludable: perros calientes, hamburguesas, pollo apanado, pizza con jamón y piña. En el mejor de los casos, pasta con salsa de carne.

Es como si les dijeran “tú no tienes edad para comer bien: debes alimentarte de chatarra”. Y, de paso: “limita tu mundo, no te atrevas a descubrir sabores”. Más bien, deberían ofrecer medias porciones para que ellos puedan acceder a cualquier plato de la carta.

Si un día se decidieran a hacer la prueba, se llevarían sorpresas maravillosas: a los niños les fascinan los contrastes de sabores, los ingredientes curiosos, las recetas de mundos lejanos.

¿Quién dijo que un niño no está preparado para probar las aceitunas, para disfrutar un pulpo, para saborear una salsa de queso azul? ¿Quién dijo que un niño no puede ser feliz con un plato de mejillones o un rollo de anguila?

No se trata de obligarlos a comer lo más extraño de las cartas, sino de permitirles explorar, de darles la oportunidad de ampliar sus referencias culinarias, de llevar nuevos sabores a la memoria. También en la mesa se transmite la cultura.

SANCHO
Crítico gastronómico
elcalderodesancho@yahoo.com.co

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