Cine y Tv

‘No quiero hacer otra cosa distinta al cine’: Rubén Mendoza

El realizador boyacense explica lo que ha significado en su vida y en su carrera Señorita María.

‘No quiero hacer otra cosa distinta al cine’: Rubén Mendoza

Rubén Mendoza (centro) sigue en el filme la lucha y el dolor de María Luisa Fuentes.

Foto:

Santiago Mendoza / El Viento Media Lab

27 de noviembre 2017 , 05:46 p.m.

Animal de cine. Esas son las palabras que mejor definen al realizador Rubén Mendoza, nacido en Tunja hace 37 años, graduado en la Universidad Nacional, ganador de múltiples premios y reconocido por no callarse nada.

“Entiendo que los periodistas tengan mucho que hacer, pero no me gusta que me pregunten bobadas de la película. Quisiera que dedicaran hora y media para verla, porque es algo a lo que yo le he dedicado seis años”, sostiene.

Su relación de amores y odios con la prensa se suma al lugar que se ha ganado en la cinematografía nacional contemporánea con relatos como La sociedad del semáforo, Tierra en la lengua, El valle sin sombras y Memorias del Calavero.

La sensibilidad que destilan sus películas y personajes lo ha convertido en un notable contador de historias.

“Estoy agotado, llevo varios años viviendo en un avión. Pero no puedo parar. He tenido la fortuna de que las cosas se estén dando una tras otra, porque no quiero hacer otra cosa distinta al cine”, dice el padre de una pequeña de 3 años con quien comparte sus descansos en Jamundí, Valle, donde estableció su domicilio.

Señorita María: la falda de la montaña, que acaba de estrenarse en las salas de cine, ha mantenido la atención del cineasta en sus años recientes. Más de 100 horas de filmación nutrieron esta producción documental que devela a María Luisa Fuentes, una campesina de Boavita, Boyacá, cuyo drama va más allá de haber nacido en el cuerpo de un hombre, en un pueblo conservador y machista.

‘Señorita María’ es la lucha por ser diferente.

El rechazo está ahí plasmado, pero también la consecuencia inesperada de esos factores, que es la fuerza descomunal de alguien.

Una película es pasar una lupa por un pedacito de algo. A mí me gustan mucho los planos de zoom (que acercan o alejan el personaje), y, en el caso de María, la sensación que me queda al final es que ya vimos muy de cerquita su vida, casi con microscopio; compartimos noches, días y años, dejamos de ser los turistas de su vida y, sin embargo, somos pasajeros.

Se nota una complicidad con la gente del pueblo.
Ese fue un trabajo que hizo mi familia durante 80 años. Los que aparecen ahí conocían a mis abuelos, quienes, en un lugar tan hostil y prejuicioso, lograron sembrar de una manera muy bonita, fueron muy respetados (...). La generosidad era parte de su lenguaje, sin pretender nada con nadie. Así que cuando una puerta no se quería abrir durante la filmación, bastaba con decir que yo era el nieto de la señora Emperatriz.

¿Conocía a María Luisa desde esa época?
La vi por primera vez hace diez años. Sabía de ella porque iba a la casa de los abuelos a tomar chocolate y pan, con doña Isabel (una vecina que también aparece en el filme). Siempre visitaban a mi abuela cuando bajaban del campo.

El documental es un contraste permanente.
Se ve mucha precariedad y también hay mucha abundancia. En todos los sentidos. Si uno mira al pueblo como tal, también ha sido sabio en el corazón: a María, por ejemplo, nunca le han prohibido comulgar; eso sí, a la par están la burla y el daño soterrado. Tiene mucho más valor ser ella quien es con ese pueblo que haber sido la señorita María en California.

¿Cómo es su relación con ella?
Son muchas cosas las que ella me regaló, el hecho de permitirme estar a su lado, de superar sus miedos, hasta que se escondiera (durante el rodaje no me dejó verla durante casi dos años)... Creo que nos llevamos en el corazón, que nuestra amistad va a ser para siempre.

Usted hace de todo en la película.
Hice todo lo que me gusta: cámara, entrevistas, escogí planos. Con la luz del lugar tengo una comunión muy grande desde niño, con esas montañas. A las cosas que uno ha visto durante mucho tiempo, les empieza a tomar cariño. También fui montajista, al lado de Juan Soto Taborda y Gustavo Vasco. Se necesitaban todas esas manos para dominar a un toro tan violento.

¿Ficción o documental?
Cine. Amo el cine, como me acerca a las verdades que exploro con las cosas que me exige (...). Me gusta y sufro en ambas, pero, como insisto e insisto, pues son dolores elegidos. Los cineastas se quejan mucho, y la verdad es un privilegio intentar vivir de crear.

¿Y si no hubiera sido cineasta?
No sé qué haría sin el cine porque soy un tipo flojo. He fracasado en casi todas las otras cosas que he intentado y en los trabajos que he tenido. Y fue lo que estudié; claro que lo hice por calmar los ánimos, porque había tenido una vida académica espantosa (pasó por siete colegios en el bachillerato). Encontrar esta casa, porque el cine es la casa de los sin casa y la plastilina de los grandes, fue un alivio.

Y la academia pule la técnica.
A veces una escuela de cine como la de la Nacional en lugar de pulir el talento lo que puede hacer es destrozarlo porque hay mucha desidia (...). Hay cosas buenas, pero muy espaciadas. Realmente, en cuanto a la técnica lo que pueden hacer es empobrecerlo a uno. Yo vi cosas tan mediocres ahí como maravillosas.

SOFÍA GÓMEZ G.
Twitter: @s0f1c1ta

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