Cine y Tv

Reproches y silencios / Opinión

Una mirada a ‘Solo el fin del mundo’, el sexto largometraje del guionista y director Xavier Dolan.

Solo el fin del mundo

Escena de la cinta ‘Solo el fin del mundo’.

Foto:

Archivo particular

01 de abril 2017 , 11:56 p.m.

Sexto largometraje del fenomenal guionista y director quebequense Xavier Dolan, quien acaba de cumplir 28 años y no deja de dividir opiniones en torno suyo. Cuando adaptó en preciosas imágenes fotográficas la pieza teatral del fallecido dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce, por obra y gracia de un exigente psicodrama familiar filmado dominantemente en secuencias de ángulos faciales, o primeros planos de rostros en claroscuro, causó a la vez admiración y estupor al otorgársele el Grand Prix de Cannes en mayo pasado.

Aunque resulte difícil e incómoda su observación, algún espectador la puede ver como el regreso del hijo pródigo a la casa materna después de muchos años, alguien dirá que se trata de una visita de despedida para anunciar el fin de sus días, y no faltará quien se refiera a las incidencias de un tenso almuerzo dominical con una mamá evasiva, un hermano déspota, la cuñada cómplice y una desconocida hermana menor.

Cinco personajes en una casa campestre discuten temas banales sin escucharse entre ellos, se hieren o se ignoran y el recién llegado no logra comunicarles el porqué de la tristeza y el desconcierto que lo embarga. Hay una prolongada e innecesaria conversación de si es mejor portar el nombre evangélico de Juan o quizás ser Luis, que de inmediato evoca el de los reyes. En el infierno propio de las incomunicaciones humanas, se siente la influencia del dramaturgo sueco August Strindberg.

Espléndidas estrellas francesas actúan en un drama claustrofóbico de recintos cerrados que nos remontan a momentos fastidiosos de ciertas reuniones sociales. Son ellas: la veterana e histriónica Nathalie Baye, la hipersensible y muy laureada Marion Cotillard, la impenetrable Lea Seydoux y el recio actor de carácter aquí repelente Vincent Cassel. Pero sobre quien recae todo el peso dramático, con una reservada y silenciosa mirada subjetiva, es el menos conocido de ellos (Gaspard Ulliel como el incomprendido Louis-Jean). (Lea también: Maledicencia repudiable)

Porque Dolan fue una sensación absoluta gracias a su personalísima ópera prima filmada antes de cumplir los veinte (‘J'ai tué ma mère’). Después vinieron títulos reveladores como ‘Los amores imaginarios’ –triángulo pasional entre amigos–, la delirante ‘Laurence Anyways’ –profesor de letras transformado en mujer– y la explosiva ‘Mommy’ –particular relación de madre e hijo–.

En todas esas piezas moldeadas de algún contenido escandaloso reiteró su emotivo sentido rítmico de las puestas en escena a lo Kubrick, con inquietudes de autor precoz mas no inmaduro en sus ambiguas o disfuncionales correlaciones familiares. ¡Aplausos para quien logre sostener su atención a lo largo y ancho de semejante reto escénico propuesto por un cineasta tortuoso que siempre dará de qué hablar!

MAURICIO LAURENS
Para EL TIEMPOmaulaurens@yahoo.es

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