Cine y Tv

Perdonar y pervivir / Séptimo arte

La cinta ‘Frantz’, es una producción del realizador francés François Ozon.

Foto:
07 de mayo 2017 , 12:05 a.m.

Quedlinburg, Alemania, 1919. A visitar a Frantz Hoffmeister llega su amigo francés Adrien Rivoire, con quien se conoció en París antes de la Gran Guerra. Allá compartieron bebidas, mujeres, bailes, visitas al Louvre, clases de violín. Les encantaba pasar horas frente a un cuadro de Manet, descrito por Adrien como “la pintura de un joven pálido con la cabeza hacia atrás”, el preferido de Frantz. Eran inseparables. Pero Alemania y Francia iban a estar en bandos opuestos durante la guerra y los dos amigos terminaron siendo rivales a pesar de ser un par de pacifistas. Y eso le duele a Adrien. 

Ahora ya con el armisticio firmado y con Alemania derrotada, el joven francés va a visitar a su amigo. Da con él, pero ya los separa una distancia insalvable. Pero también encuentra a Anna, la novia de Frantz, que no puede creer lo cercanos que ambos excombatientes fueron.

“Mi única herida es Frantz”, le dice Adrien a la joven cuando ella observa en su cuerpo las cicatrices que le dejó la guerra. Anna sospecha que un lazo secreto y más profundo une el pasado de estos amigos. Un nexo que desde su ingenuidad juvenil no alcanza a presentir. Es uno de los misterios por resolver en ‘Frantz’ (2016), del realizador francés François Ozon, un filme construido sobre una mentira, una que le permite pervivir a un hombre.

¿Está justificado mentir para embellecer la realidad? ¿Para ponerse en paz consigo mismo? ¿Para evitarle el dolor a alguien? Frantz, que está inspirada en una película de Ernst Lubitsch, ‘Remordimiento’ (‘Broken Lullaby’, 1932), nos plantea esas preguntas.

Anna (la magnífica Paula Beer) es la que lleva el peso dramático de un relato que trata de expectativas no satisfechas, de percepciones falsas, de ocultar una verdad que causa vergüenza.

A medida que la historia avanza y nos damos cuenta de sus giros y revelaciones –en medio de una preciosista puesta en escena en blanco y negro– comprendemos que François Ozon, coautor del guion, ha diseñado una narración que a toda hora nos reta por su ambigüedad. En medio de la aparente tranquilidad de una historia situada en 1919 hay volcanes ocultos esperando a hacer erupción y a sorprendernos.

Anna comete el error de suponer como reales sus conjeturas e intuiciones, dar por sentado cosas que nadie le ha confirmado.

Cuando la verdad la aterrice –y a nosotros junto a ella– nos daremos cuenta de que nada es lo que parece, de que nada de lo que pensábamos era cierto. Como la descripción que hice de la película en el primer párrafo, por ejemplo.

JUAN CARLOS GONZÁLEZ A.
Especial para EL TIEMPO

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