Cine y Tv

‘Cóndores no entierran todos los días’ estrena  plumaje

En el Festival de Cine de Cartagena se presentó una versión con color y sonidos restaurados.

Frank Ramírez

Frank Ramírez protagonizó la película, interpretando a León María Lozano, conocido como el ‘Cóndor’.

Foto:

Cortesía Ficci

10 de marzo 2018 , 09:29 a.m.

Un jinete y su caballo en llamas escapan de una sangrienta masacre. La apocalíptica imagen es una metáfora de una Colombia que se está incendiando, que se consume a sí misma por una guerra fratricida. 

Cuando leyó esa escena, el director Francisco Norden supo que había descubierto la espina dorsal de su película Cóndores no entierran todos los días, una adaptación de la novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal en la que se retrataba la violencia bipartidista de los años 50 en Colombia.

Treinta y cuatro años después del estreno de la producción, Norden recuerda aquella anécdota mientras lo acaricia la brisa que se desprende del mar Caribe. El realizador colombiano de origen belga, de 88 años, uno de los invitados especiales al Festival Internacional de Cine de Cartagena, impulsa su movilidad con un bastón negro y lleva además unas gafas de un rojo traslúcido, que le dan cierto aire de frescura.

Esa mirada transformada a través de un nuevo lente también se le aplicó a Cóndores no entierran todos los días, que tuvo una restauración liderada por Juana Suárez y Pamela Vizner, con la que se buscaba respetar el espíritu original de la película y producir al mismo tiempo una nueva copia con color y sonido mejorados.

La película de Norden, que logró ser el primer título colombiano en clasificar a una competencia oficial del Festival de Cine de Cannes, recuerda ese tiempo en el que utilizar un color específico podía significar la muerte. Los conservadores (azules) y liberales (rojos) se mataron en una contienda sangrienta, en la que los azules formaron escuadrones de exterminio bautizados como los Chulavitas y Pájaros.

“Yo quería hacer una película sobre La Violencia y, a comienzos de los años 80, empecé a empaparme de toda la literatura colombiana sobre esa época. Leí muchísimas novelas. Yo creo que las leí todas, hasta que finalmente llegué a la de Álvarez Gardeazábal”, cuenta Norden.

En esa fauna de homicidas, la categoría más alta estaba reservada para el cóndor: León María Lozano, un asesino despiadado que lideró todos los intentos de exterminio de las facciones liberales. Al principio de la historia, el personaje se muestra simplemente como un abnegado hombre de familia. Sin embargo, luego de liderar un ataque a los liberales de su pueblo, los dirigentes conservadores le piden que lidere la lucha contra los rojos.

Francisco Norden

Francisco Norden realizó además numerosos documentales y trabajos en televisión.

Foto:

Joaquín Sarmiento

Norden cuenta que uno de sus objetivos era explicar cómo a una persona común y corriente la política lo conduce a convertirse en un asesino de masas. Para ello, apostó por una narrativa concentrada en el desarrollo intelectual de su personaje.

En las escenas de día, Lozano muestra la corrección religiosa que pareciera desprenderse de su segundo nombre, María; pero en las secuencias de noche libera todo el instinto destructor del León, desatando desde su pequeño pueblo un remolino de asesinatos que lo convierten en uno de los hombres más temidos del país y uno de los más odiados en su región.

La violencia pocas veces se registra en primer plano. Está en los sonidos de las balas, en los susurros temerosos de sus personajes, y se convierte en una especie de amenaza omnipresente; siempre está latente. Es tan así que el jinete en llamas no se ve, solo se escuchan los alaridos de terror.

“Pacho Norden hizo algo que no he oído que lo cante con mucha gloria y que a mí me parece lo mejor: la novela transcurre en tierra caliente, en Tuluá, pero Norden logra llevarse el mismo tema para tierra fría, donde todos los personajes estaban ‘enruanados’. Es decir, no era un problema endémico, él entendió que era un problema nacional”, contó Álvarez Gardeazábal durante un conversatorio sobre la restauración de la película.

Norden cuenta que esa decisión se tomó por varios detalles, entre ellos el económico, pues los gastos se reducían al rodar en esa zona. “Yo no conozco ni los paisajes, ni la forma de vestir, ni de hablar ni de comportarse de la gente del Valle del Cauca. En cambio, conozco bien la idiosincrasia de la gente de la sabana de Bogotá. Entonces, transpuse la película a ese lugar y escogí los marcos urbanos más interesantes para filmar”, explica Norden.

Grabar en municipios como Subachoque, Zipaquirá, Tabio y Tenjo también contribuyó a evitar los excesos de luz del Valle del Cauca y aprovechar los claroscuros que le brindaban las locaciones escogidas, lo que acercaba la película a los terrenos de la estética del cine negro y también acentuaba la oscura transformación que experimenta el ‘Cóndor’.

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Juana Suárez cuenta que cuando se restaura una película se desarrolla una relación muy íntima con el material, porque se tiene que revisar mínimo unas 50 veces. “Yo creo que me sé los textos de memoria”, cuenta, y añade que el trabajo con Cóndores no entierran todos los días empezó hace dos años, cuando Norden le comentó que los negativos originales de la película estaban en los laboratorios Eclair, de París, en donde quedaron archivados después de la posproducción.

“Cuando los negativos están guardados muchos años, pierden color, aunque estén en condiciones óptimas. Eso tiene que ver con el material del que estaba hecho el cine análogo. Es una reacción biológica y química”, explica Suárez.

La restauración, que hace parte de un esfuerzo de Proimágenes Colombia y la Fundación Patrimonio Fílmico por rescatar la memoria audiovisual del país, comenzó con la conversión cuadro a cuadro a 4K, un formato digital de resolución horizontal con el que se logra la definición más detallada y alta de la imagen. El material después fue llevado a Estados Unidos, donde se hizo la limpieza y el mejoramiento de imagen, además de la corrección de sonido; y en Colombia se finalizó el reluciente producto con subtítulos en inglés y en francés.

Según Suárez, la verdadera clave de este tipo de restauraciones, que pueden llegar a costar 60.000 dólares por película, es exigirles a los laboratorios comerciales, nacionales y extranjeros que utilicen los estándares técnicos de archivo, partiendo del negativo original o, en caso de que esté muy deteriorado, de la mejor copia de exhibición.

“Existen copias en Beta Digital y VHS. Entonces, es bueno mirar diferentes respuestas del material a diferentes soportes técnicos. Eso encarece el proceso pero es parte de la ética del restaurador. Creo que no es una cosa que hacen los laboratorios comerciales. Yo he visto gente en esos laboratorios viendo comparativos con películas hipercomprimidas en YouTube”, anota Suárez.

La producción de Norden se suma a otro selecto grupo de títulos que también se han venido puliendo, como Pura sangre, una fábula vampiresca dirigida por Luis Ospina; Pisingaña, exploración desde otra mirada la violencia política, dirigida por Leopoldo Pinzón; El embajador de la India, un clásico del humor colombiano protagonizado por Hugo Gómez y dirigido por Mario Ribero; y Rodrigo D. No futuro, en la que el director Víctor Gaviria adaptaba las enseñanzas del neorrealismo italiano al contexto violento de las comunas de Medellín. A ellos se suman producciones como La mansión de Araucaima y Yuruparí y otros medio metrajes, con los que se construirá una biblioteca de cerca de 72 títulos restaurados, según cuenta Claudia Triana, directora de Proimágenes Colombia.

Una las dificultadas para continuar la recuperación de la memoria fílmica, según Suárez, es que en Colombia no existe una costumbre de documentar los procesos técnicos de las películas nacionales. En el caso de Cóndores..., no existen entrevistas con el español Carlos Suárez, su director de fotografía, en las que se relate cuáles fueron las condiciones de la producción, qué lentes usó, con qué cámara se filmó…

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A través de esta revelación digital, la película de Norden adquirió una imagen más brillante, con mayor contraste entre los colores. Se convierte en una especie de lienzo naturalista, que se va degradando en una especie de oscuro expresionismo a medida que avanza el relato.

Sumando el nuevo sonido, que la da mucha más fuerza a los diálogos, se enaltece aun más la interpretación de Ramírez, un actor formado en la extinta Escuela Nacional de Arte Dramático, que además llegó a Estados Unidos para estudiar los beneficios de la técnica del ‘Método’ con el reconocido maestro de actores Lee Strasberg. El llanero, que falleció hace tres años, es para muchos el mejor actor en la historia de Colombia.

“Creo que Frank Ramírez nos dejó en esa película la actuación más icónica y más importante que ha hecho un actor profesional de cine colombiano. A mí me impactó profundamente su trabajo”, manifiesta Ciro Guerra, el director de El abrazo de la serpiente, quien también hizo parte de esa charla especial en Cartagena.

A Ramírez, quien también protagonizó otro de los títulos cumbres del cine nacional, La estrategia del caracol, se sumaron actores como la experimentada Vicky Hernández, Víctor Hugo Morant, la mexicana Isabel Corona e incluso el maestro Santiago García, uno de los padres del teatro moderno colombiano.

La película fue convirtiéndose en una especie de hito para el cine colombiano, no solo por su participación en Cannes sino por su impacto en la crítica especializada, pues generó reacciones como la del estadounidense Fredric Jameson, que en un largo artículo destacó las relaciones de la producción con el género del realismo mágico.

“Tuvo una gran acogida intelectual en cierta clase, pero no fue un éxito popular como yo hubiese querido. Ese sigue siendo el gran problema del cine colombiano, que no todas las películas tocan la fibra más popular del espectador colombiano”, cuenta Norden, quien tras esa producción dirigió varios documentales, además de algunas series en Francia y en Colombia.

El anhelo del director es que se logré expandir a otros escenarios este nuevo vuelo del ‘Cóndor’, cuya imagen renovada reconstruye aquel germen de la violencia que, como la imagen del jinete en llamas que atormenta León María Lozano, se sigue repitiendo en la historia colombiana.

YHONATAN LOAIZA GRISALES
EL TIEMPO
CARTAGENA
En Twitter: @YhoLoaiza

* Este trabajo fue producido en la Beca Gabo de Periodismo Cultural 2018, que organiza la FNPI, con el apoyo del Ministerio de Cultura de Colombia y
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