Arte y Teatro

Ángel Loochkartt, el artista que se toma el MamBo con su retrospectiva

Setenta cuadros de la extensa y variada obra del pintor de 83 años se expondrán por dos meses.

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En 1981, el Museo de la Universidad Nacional colgó 800 cuadros de Loochkartt. Ahora, en el MamBo se le hará homenaje. Aquí, en su estudio en Bogotá.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

12 de agosto 2016 , 10:07 p.m.

El jueves 25 de agosto en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo), en la noche de la inauguración de su retrospectiva, se darán cita personas de cabezas blancas, otras muy brillantes (como la del propio pintor, por lo que siempre la cubre con un sombrero), muchas con melenas de colores rojos y morados y algunos hombres con colas de caballo. ‘Anyelito’, como le dicen sus amigos y sus innumerables estudiantes, tiene gran poder de convocatoria entre personas muy variopintas, tantas como las temáticas de los centenares de cuadros que ha pintado, desde ese lejano día de 1951, cuando hizo su primera exposición en Barranquilla.

En esa oportunidad, muchos críticos señalaron que su obra era abstracta, pero con el correr de los años la crítica la calificó como expresionista y ahora lo enmarcan dentro del neoexpresionismo o neofigurativismo.

Ángel Loochkartt, barranquillero de nacimiento, corazón y profesión, coincide con estas definiciones, a las que le agrega la propia como FC: Fuera del Comercio. Lo suyo ha sido una pintura al margen del circuito comercial, por así decirlo, aunque no hay museo del país que no tenga obra suya, hasta algunos en el exterior, y coleccionista nacional que no le haya comprado uno o varios cuadros. Y con la generosidad que lo caracteriza, también ha regalado y donado muchos.

Años pintando. Tantos como los 52 que lleva casado con la bogotana Clarita Pardo. Padres de mellizos: Ángel (médico) y Saskia (politóloga). Esa ha sido su vida. Esposo, padre, maestro, dibujante, grabador y pintor. Vivió más de media vida en el barrio La Candelaria y ahora habita en una de las zonas financieras de Bogotá, calle 73 con carrera séptima. Su edificio es el único residencial en ese sector poblado de bancos y hoteles, donde también están la Federación de Cafeteros y la editorial Planeta. Cada vez que sale a pasear se siente como “mosco en leche”: todos son hombres de negocios o empleados que lo miran de reojo por sus sombreros, sus vestidos y zapatos manchados de pintura, inusuales para un hombre mayor, en esa calle.

Caribe soy

“Mi esencia es absolutamente latinoamericana. No tengo norte sino sur. Un sur desmesurado, inagotable”, dice con orgullo y se remonta a ese abuelo holandés, capitán de barco, que llegó a Barranquilla, a comienzos del siglo XIX, con su esposa inglesa, procedentes de Curazao y decidieron quedarse en ese floreciente puerto del Caribe, donde se radicaban muchos extranjeros que no solo eran bienvenidos, sino protegidos y acogidos como locales en poco tiempo. Su padre se casó con una barranquillera, de procedencia francesa, tuvieron cinco hijos, que se fueron a vivir a California, tiempo después, y se llevaron a los padres; tres de ellos ya murieron.

El padre de Ángel, un sábado, cuando supo que su hijo quería ser pintor, puso un mapamundi sobre la mesa del comedor y le dijo: “Señala el sitio al que quieres ir a estudiar pintura”. La bola giró y su dedo señaló a Italia. Así que fue y volvió cuatro veces, en barco, para conocer parte del mundo. Por lo menos todos los puertos del Caribe los recorrió Ángel.

O ‘Anyeloto’, como lo llama el pintor Umberto Giangrandi, para recordarle esos años que vivió en Roma, a sus maestros y compañeros en academias de arte y estudios particulares. O para que vuelva sobre sus pasos en esas visitas inolvidables a la Galería de los Uffizi, en Florencia, que posee uno de sus autorretratos, museo que ama porque pasó horas viendo las pinturas de Andrea Mantegna, Caravaggio o del flamenco Fran Hals y muchos pintores menos conocidos por estas tierras, a quienes admira. Al regresar a Colombia tuvo, también, maestros en Barranquilla y comenzó su carrera frecuentando La Cueva, de la mano de Alejandro Obregón.

“Cuando comencé a pintar me hice una pregunta: ¿qué me interesa dibujar de la naturaleza? La selva… ¿Qué me interesa del mar? Los animales, las plantas. ¿Qué me interesa de los oficios del hombre? Sus talleres, los mercados. Investigué. Me metí dentro de esa naturaleza y la estudié a fondo”. Con esa primera elección ganó una mención de honor en el Salón Interamericano de Pintura, realizado en Barranquilla, en el que participaron sobresalientes artistas del continente como el mexicano José Luis Cuevas. Los premios se los llevaron Alejandro Obregón y otros dos pintores. El muy joven Loochkartt ganó una mención de honor con su obra Salitre, sobre un paisaje de Galerazamba. Pero no se quedó pintando la naturaleza.

Después apareció el Carnaval de Barranquilla, con sus grandes y pequeñas figuras, con sus trajes refinados, con la explosión de color en todos sus símbolos. Y también investigó a fondo sobre esa maravillosa fiesta popular, esculcó sus orígenes, su desarrollo y pintó doce, quince horas, sin fatigarse, más de 300 cuadros. La pintura lo relaja, lo hace feliz.

Se fue luego a conocer la colección de Ángeles de Sopó, con sus estudiantes de la Nacional, esos ángeles del barroco que lo cautivaron y también los incorporó a su obra. Pintó muchos de ellos. Vendrían luego los rostros: ‘Perdidos en el tiempo’, una serie de dibujos de personas que han pasado por su vida. “Aunque el tiempo lo desenfoca a uno”, comenta.

Escarbó en el mundo de los travestis. Leyó historias, vio películas, habló con muchos de ellos y los dibujó. Y así hasta completar cuarenta temas distintos que, después de estudiados, los ha pintado, dibujado, grabado. Con ninguno se queda. A casi ninguno vuelve. O tal vez sí. El erotismo ha sido recurrente y atraviesa toda su obra.

Siempre pinta oyendo música. Las emisoras universitarias: la de la Tadeo, la Javeriana y la Nacional. Música que es su telón de fondo. Hombre gentil, amable, amante de la paz y contradictor, sin aspavientos, de los buscapleitos y enfurecidos que abundan hoy.

Entre una y otra serie de pinturas trabajó como director de Arte en la Universidad del Atlántico y luego como maestro en Bellas Artes de las universidades Nacional y Jorge Tadeo Lozano.

Se aventuró a crear un personaje, a dotarlo de individualidad, con amigas y mascota. Así surgió La Pepita. “Algún día me puse a pensar que tenía que crear un personaje, darle vida en mi pintura. Mujer descomplicada, muy erótica y cariñosa. Le di aficiones, la llené de gustos, le puse un físico, la hice juguetona: le encantaba el trompo, el yoyo y pasar vacaciones a la orilla del mar. Quiso ser cantante lírica. Le presenté tres amigas. La dibujé chupando colombina. Le regalé a Ciro, un gato que siempre la acompaña, porque los gatos aparecen y desaparecen de nuestra vida. En los años sesenta hice, en la Biblioteca Luis Ángel Arango, una exposición con 35 Pepitas, cuando Jaime Duarte French estaba de director. Todos los años le hago su aniversario y la pinto. Por fortuna, una de las Pepitas, la más erótica, sí fue escogida por la curadora para la retrospectiva”.

El poeta, escritor y crítico literario y de arte Juan Gustavo Cobo Borda escribió hace unos años que: “Ángel Loochkartt tiene en la mirada el mismo grado de locura que otro holandés errante: Vincent van Gogh”. Y más adelante, afirma que “le gustan las vastas telas para saturarlas de colores fuertes. Incluso más que colores: materia aplicada con brochazos de espátula y que en circulares abren en el telón un espacio…”. Discrepo. Los ojos de Loochkartt no evidencian perturbación sino compasión y mucha pasión. En lo que acierta Cobo y el mismo pintor certifica es que el principio, el inicio de cualquiera de sus obras es un brochazo fuerte, potente, con el que cubre la tela, para ir llenándola de esos personajes moldeados en su imaginación, pero que surgen de su permanente estudio e indagación.

“Congos, ángeles, hampones, seres de la noche en sus miserias o felicidades, mujeres desarropadas o austeras como las etruscas o los abstractos con los ocres de Roma”, son enumerados por la periodista Nora Parra, radicada en París, amiga entrañable de los Loochkartt-Pardo.

Decenas de exposiciones, premios, bienales y condecoraciones están enunciadas en su hoja de vida y en su página web.

Pero no podría olvidar aquí que ganó el Salón Nacional de Artistas en 1986, con El Ángel sale a mi encuentro y El Ángel nos llama. Que se le considera como uno de los pintores importantes, dentro de los expresionistas colombianos, junto a Luis Góngora, Carlos Granada, Umberto Giangrandi, Pedro Alcántara, Augusto Rendón y Antonio Samudio. Que, en Barranquilla, en el 2013, el Festival de las Artes le tributó un homenaje, en el que fue coronado Rey Congo, en el bello teatro Amira de la Rosa. Que en el imponente Museo de Bellas Artes de la Nacional, en 1981, bajo la curaduría de la historiadora de arte María Elvira Iriarte, colgaron 700 de sus dibujos a lápiz y otras pinturas, exponiendo 800 obras en total. Que le han hecho cuatro documentales: Roberto Triana, Sergio Trujillo, Lina Botero y Carlos Santa. Y que su memoria, por gracia de su ángel, aún no le pasa malas jugadas.

La retrospectiva

Llegar a esta exposición en la que se recogen setenta de sus obras, no las que él quisiera porque ha habido problemas logísticos, como que el MamBo solo puede trasladar la obra que esté en Bogotá y porque la curadora escogió mayoritariamente los cuadros del Carnaval de Barranquilla y solo ha aceptado unos pocos que no hacen parte de este tema, ha sido un largo y accidentado camino. La retrospectiva surgió hace unos cuatro años, cuando Loochkartt recibió una carta de Gloria Zea, invitándolo a exponer. No le daba fecha concreta, pero lo animaba a ir preparando la gran exposición.

Hace unos meses, la nueva directora del MamBo le escribió comunicándole que suspendían la muestra, sin explicación alguna. Amigos del pintor, su familia y él mismo consideraron que no podían aceptar esa comunicación y le pidieron una cita. No tardaron en anunciar esta situación cuando en las redes sociales se conformó un grupo de colegas, amigos, alumnos, conocidos y relacionados de Loochkartt que, desde distintos sitios del país y del exterior, se pronunciaban en contra de la determinación del MamBo y exigían respeto para el artista. Más de dos mil personas firmaron un memorial de agravios contra la arbitraria e irrespetuosa determinación.

Ángel asistió a la entrevista en compañía de Nadin Ospina, Óscar González, y de su hija Saskia. Claudia Hakim, enterada de los pormenores, le ofreció disculpas y le puso fecha a la exposición-homenaje, bajo ciertos parámetros, a los que el artista accedió, porque como es sencillo, sensible y muy pragmático, no se para en pequeñeces.

Con mucho humor comenta: “Del ahogado, el sombrero. Pese a que no ha habido una buena interlocución con la curadora externa y a las limitaciones que me impusieron, ya todo está listo para que mi obra permanezca colgada en el tercer piso del MamBo hasta el cinco de octubre y eso me hace feliz. Que hubiera podido ser mejor, sí”. Setenta obras serán un botón de muestra en la retrospectiva: ‘Loochkartt: pintura en los ritmos del tiempo’.

Por estos días, anda interesado en el tejido que hacen las ramas en los árboles, en las fachadas de los edificios. Esas imágenes que se entrecruzan se parecen a sus naranjos que son, en este, su tiempo, su jardín y su hábitat.

EL TIEMPO

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