Arte y Teatro

Misi y sus inicios con fuerza en el teatro musical

Este es un fragmento de su libro ‘El escenario de mi vida’, que llega el martes a las librerías,.

Misi

Además del libro, Misi celebra con el montaje ‘30 años de Navidad’, que reúne a varios de sus personajes.

Foto:

Filiberto Pinzón / EL TIEMPO

15 de noviembre 2017 , 08:53 p.m.

Curiosamente, mi papá se fue justo el año cuando nosotros llegamos a ese lugar tan importante para todos nosotros y que él tanto amó: Disney World. Pero esa vez regresamos para presentarnos en sus escenarios, con los hijos de mi hermana ya como parte del elenco y las dos Joses –mi mamá y mi hermana– como parte del equipo artístico, para pasar la primera Navidad sin él, o, mejor aún, con él de otra manera.

Yo quería llegar al lugar donde nació gran parte de la magia y la fantasía en mi vida, y del que su creador ha sido un muy importante referente e inspirador en este camino: Walt Disney.

Cuando empezamos a tocar puertas descubrimos que dentro del elenco estaban los familiares del gran músico Ferde Grofé, los niños de la familia Gómez, Alejandro y Catalina, y de alguna manera Felipe también. El maestro Grofé tenía vínculos cercanos con la organización Disney, y gracias a sus buenos oficios logramos que 'Un sueño de Navidad' fuera seleccionado para presentarse en Epcot Center. Así emprendimos camino hacia Disney World en el año 1988.

Con un elenco de 92 niños, más el equipo técnico y artístico, sumábamos un total de 104 personas viajando, por lo que llegar hasta Orlando era empresa de titanes. En ese momento, sin darme mucha cuenta, empecé a poner en práctica algo que siempre he pensado y constituye uno de los principales obstáculos a la hora de lograr lo que uno se propone en la vida: el no atreverse a preguntar. Por eso, la frase ‘pregunta, lo peor que te pasar es que te digan que no’ es hoy en día la que con más frecuencia me oyen mencionar las personas que me rodean, no solo en la compañía, sino en mi vida, y con la que he logrado abrir la mayor cantidad de puertas.

Aplicando esta filosofía llegué a donde el entonces general Guerrero Paz, quien coincidió totalmente conmigo en la importancia de representar al país en el exterior con un grupo tan particular como este, y no se equivocó. Nos ofreció la posibilidad de utilizar un avión en el que pudiéramos llegar, siempre y cuando nosotros cubriéramos los costos del combustible, la comida y el grupo de atención a bordo. Así lo hicimos. En un esfuerzo conjunto con los padres de familia conseguimos la financiación.

Muchas anécdotas y también muchos aprendizajes quedaron como experiencia de ese primer viaje en grupo. Por ejemplo, la noche antes de salir hacia Orlando, mientras organizábamos los pasaportes y todo el material que debíamos llevar, en un momento de pánico o de lucidez –no sé cuál de las dos, en realidad– creo que por fin comprendí que esto era ya una realidad irreversible y, físicamente con lágrimas en los ojos, le dije a Arturo: “¡Por Dios, pero ¿qué hice?!”. Y él, con el humor que lo caracteriza, me contestó: “¡Efectivamente, yo me pregunto lo mismo!”.

La mañana siguiente llegamos a Catam y abordamos. No puedo olvidar las exclamaciones de los niños al montarse en el avión que había sido en algún momento el presidencial, pero ahora servía también como avión de carga. Algunos comentaban, al ver placas o avisos que señalizaban los diferentes servicios dentro del avión: “¡Mira, Misi, ese aviso es de oro!”. Ya se podrán imaginar los lectores la emoción de todos: era el primer viaje, internacional por lo demás, y en el avión que había sido alguna vez el presidencial. ¡Todo esto terminó en carcajadas cuando alguien se fue a sentar en la última silla de una fila cualquiera y al hacerlo se levantó toda la fila, que no estaba bien asegurada en los extremos, y fueron a dar todos al suelo! Desde luego, eso retrasó el viaje pues tuvieron que entrar a revisar, y hasta que todas las medidas de seguridad no estuvieron completas no pudimos arrancar. Mientras todo esto sucedía, me enteré de que nuestro productor, un hombre maravilloso, pero hombre al fin y al cabo y hasta ese momento sin hijos, preocupado por la buena alimentación del grupo, había escogido como menú para llevar en las bolsitas individuales de comida que repartiríamos durante el trayecto Bogotá-Orlando un sándwich combinado, un paquete de papas, un jugo y una fruta. Todo sonaba perfecto, hasta que me enteré de que la fruta escogida para que quedaran llenos y muy bien alimentados era ¡un banano! ¡Ya podrán imaginarse a qué olía todo el avión al poco tiempo de vuelo, cuando 104 personas pelaron el banano, se lo comieron y las cáscaras fueron las inevitables compañeras de viaje hasta el final! El vuelo se demoró un poco más de lo usual, pues por ser avión oficial no podía sobrevolar Cuba, pero llegamos felices y sin contratiempos, aunque debo confesar que todos olíamos a banano.

De la organización Disney pudimos aprender muchas cosas, desde el recibimiento mismo en el aeropuerto, con carteles de Mickey Mouse que tenían el nombre del grupo, los buses y todos los detalles, hasta la implacable puntualidad y forma de vender el ‘producto’ Disney, que nos dejó tantas enseñanzas.

Llegamos al parque, a esa misma entrada por donde tantas veces durante mi infancia ingresamos a disfrutar de la magia; pero esta vez íbamos a ser parte de esa magia. ¡Casi no lo podía creer!

Al entrar nos designaron un lugar donde sería nuestro camerino, un tráiler cerca del escenario, pero antes pudimos recorrer, maravillados, todas las instalaciones. Primer tropiezo: cuando fuimos a entregar la cinta que contenía la pista de orquesta sobre la que debían cantar los niños, para nuestro ensayo programado para el día siguiente, ¡nos dimos cuenta de que la cinta se había quedado en Bogotá! No era de extrañarse con toda la angustia vivida la noche anterior... Gran enseñanza: ¡el miedo nunca es un buen consejero! Pero, por fortuna, uno de los padres, que viajaba por su cuenta a ver el espectáculo, la llevó, y logramos ensayar y estrenar a tiempo.

La aventura comenzaba. Quince minutos antes de cada presentación debíamos salir en una fila que arrancaba desde el lugar designado para nosotros en la tras escena del parque, para llegar a la puerta de entrada al escenario cinco minutos antes de la hora señalada.

Se abría la puerta con el tiempo justo para que empezara a sonar el anuncio: “Ladies and gentlemen, boys and girls, The International Festival Program at Walt Disney World is proud to present ‘Un Sueno de Navidad’ (sin la ñ, no es un error), from Bogota, Colombia, under the direction of Maria Murillo”. Difícil expresar con palabras tanta emoción... ¡Un sueño de Navidad tenía apenas un año de vida y ya se presentaba en un escenario en Disney World! Pues bien, durante el anuncio los niños se iban a sus posiciones, y a la hora exacta empezaban a sonar los primeros acordes que daban comienzo a la función. Hasta ese momento yo me paraba al frente a dirigir el coro, pues el montaje era más un coro escenificado que un espectáculo con todos los elementos del teatro musical propiamente dicho, como los que vemos hoy en día. Durante una de esas funciones, uno de los dos lados de amplificación del teatro dejó de sonar. Para mí, lo más normal fue voltearme y hacer una seña para avisar la falla, con la intención de corregirla, desde luego. ¡Grave error el mío! Recuerdo la cara de furia de la persona a cargo del grupo nuestro, un hawaiano enorme que, tan pronto pasamos la puerta hacia la tras escena del parque una vez finalizada la función, me dijo: “Nunca vuelva a hacer eso. ¡Al público jamás se le hace notar un error! ¡En Disney nunca falla nada!”.

De las diez funciones planeadas hicimos nueve, pues el frío hizo que la organización cancelara una de ellas. ¡Eran tan bajas las temperaturas ese año en Orlando que recuerdo que los adultos a cargo esperaban a los niños con secadores de pelo para calentarles los pies –que era lo que menos abrigado tenían– después de cada función!

La gente recibió el espectáculo con grandes elogios, y regresamos con unos resultados muy emocionantes que nos impulsaron a seguir adelante.

Como parte del programa, y de manera casi premonitoria para la compañía, justo en ese momento había nacido Juan Navidad, el duende blanco que vuelve los sueños realidad y se convertiría en el personaje central de nuestras Navidades por muchos años. En ese montaje era solamente una canción. Un niño de 4 años, Oliver Schambach, vestido de duende blanco, era quien lo representaba. Lo que nunca imaginamos es que cuando Oliver vio por primera vez a Mickey Mouse quedó atrapado e hipnotizado. Su concentración viajó con él al mundo de la fantasía y allí se quedó.

¡No lo culpo, algo similar me ocurrió a mí de chiquita, y sé exactamente lo que se siente! Decidimos entonces respetar su estado de estupefacción, y Pablo Salazar, también de 4 años, tuvo que entrar a reemplazarlo. Creo que jamás imaginaron que estuvieran representando al personaje que se convertiría en el sello de nuestros espectáculos de Navidad. Fue después un gran actor y director, Diego León Hoyos, un amigo entrañable a quien conozco desde la época de la universidad y con quien seguimos siendo muy cercanos hasta el día de hoy, quien le dio vida al personaje que todos conocen, riendo a carcajadas y volando en su zapato mágico por encima del público en el Teatro Colsubsidio, para quedarse en el corazón de todos irremediablemente.

MARÍA ISABEL MURILLO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

Ya leíste 20 artículos gratis este mes

Rompe los límites.

Aprovecha nuestro contenido
desde $10.999 al mes.

¿Ya eres suscriptor? Ingresa

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta gratis y pódras disfrutar de:

  • Acceso ilimitado al contenido desde cualquier dispositivo.
  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta gratis y disfruta de acceso ilimitado al contenido, desde tu computador, tableta o teléfono inteligente.

Disfruta del contenido sin límites

CREA UNA CUENTA GRATIS


¿Ya tienes cuenta? INGRESA