Arte y Teatro

La fotógrafa brasileña que pasó de Transilvania al Amazonas

Las fotografías de Claudia Andujar se pueden ver en el Museo de Arte de la Universidad Nacional.

De Transilvania al Amazonas

Las cinco imágenes publicadas aquí pertenecen a la serie 'Yanomami', de 1990.

Foto:

Cortesía Galería Vermelho

24 de marzo 2017 , 11:48 a.m.

“Tengo una historia muy larga, ¿está bien?”. Ella es quien lanza la primera pregunta. La historia de la fotógrafa Claudia Andujar es la del siglo XX. Una historia de guerras y exterminios. De migraciones. De frustraciones, resiliencia y, al final, de humanidad. Su niñez en Hungría, su huida a Suiza, su llegada a Estados Unidos. El camino que la llevó hasta uno de los pueblos indígenas más numerosos y aislados de Suramérica: los yanomamis.

Claudia Andujar es muchas cosas, pero no le gustan los títulos ostentosos. Sus fotografías han sido reconocidas en espacios como el Fondation Cartier, de París, la XII Bienal de Estambul, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Instituto Inhotim de Brumadinho, en Brasil. Y, sin ir más lejos, en Bogotá. Gran parte de las fotografías que tomó a lo largo de los años que se internó en el Amazonas forman parte de la exposición ‘El origen de la noche’, abierta en el Museo de Arte de la Universidad Nacional hasta el próximo 29 de abril.

Es fotógrafa, está claro. También, autodidacta y políglota. Durante esta entrevista habló en inglés, aunque se le escaparon algunas palabras en portugués. Pronuncia Neuchâtel como lo haría un suizo y Oradea como lo haría un húngaro. Después de todo, es hija de un hombre de origen judío nacido allí. Le pregunto por su obra, y ella se va hasta Transilvania, histórica región que hoy hace parte de Rumania y fue ocupada por los nazis cuando ella era una niña. Hoy tiene 85 años.

¿Cómo se salvó usted de la persecución nazi?

Porque mi madre, que era protestante, decidió regresar a Suiza. Yo me fui con ella. Llegamos a Neuchâtel, la ciudad en la que nací, y vivimos allí un tiempo.

¿Por qué decidió irse después a Nueva York?

Mi papá fue llevado a un campo de concentración y murió, al igual que toda esa rama de la familia. Un tío que vivía en Nueva York supo que yo estaba viva y me invitó a vivir con él y con su esposa. Así que dejé a mi mamá para irme allá. Tuve que aprender inglés. Terminé el colegio. Luego trabajaba de día, y en la noche estudiaba en la universidad. Esa fue mi vida durante varios años.

En ese momento usted no se llamaba Claudia Andujar...

No, mi nombre era Claudine Haas. Lo cambié en 1949 cuando me casé con un refugiado de la Guerra Civil española que fue a parar a Estados Unidos. Se llamaba Julio Andujar. Tiempo después nos separamos porque decidió enlistarse como soldado en el ejército norteamericano y lo enviaron a la guerra de Corea. Me quedé sola. Después de eso conseguí empleo trabajando en labores de oficina y traduje algunas cosas para las Naciones Unidas durante un par de años.

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¿Cómo terminó en Suramérica, además con nacionalidad brasileña?

Mientras yo estaba en Nueva York, mi mamá se fue para allá con su nuevo novio, un hombre que después de la Segunda Guerra Mundial llegó a Brasil. Él le propuso irse a vivir a São Paulo, y ella aceptó. Igual que yo cuando me invitó a visitarla. Dejé la universidad, el trabajo, todo, y vine a ver a mi madre y no regresé. Eso fue en 1955. Así que viví en Suiza; también, en Estados Unidos, pero en Brasil encontré mi hogar.

Claudia Andujar, fotógrafa brasileña.

Claudia Andujar, fotógrafa brasileña.

Foto:

Claudia Andujar, fotógrafa brasileña.

¿Y cómo encontró la fotografía?

Mire, yo no hablaba portugués. La fotografía comenzó como una forma de comunicarme con los demás. Como un puente. Pero no estaba interesada en la gente de la ciudad, sino en los del interior de Brasil. Viajaba por las aldeas pescadoras a lo largo de la costa, cerca de São Paulo. Les preguntaba a los pescadores si podía quedarme en sus casas y tomaba fotografías de cómo vivían. Solía ser bienvenida. Fueron mis primeras fotos.

Era algo arriesgado...

No sé. Para mí siempre fue y será una forma de comunicarme con los demás, o por lo menos intentarlo. No se lo dije antes, pero en Nueva York solía ir a muchos museos y pintaba. Era algo que hacía para mí misma. Y cuando era niña, en Hungría, escribía poesía. Me gustaba mucho.

¿Cómo dio ese salto de las aldeas pescadoras a la Amazonia?

Un amigo antropólogo, Darcy Ribeiro, vio esas primeras fotos y me dijo que intentara fotografiar indígenas. La primera vez fue en una población indígena en el centro de Brasil. Los karajás. Me quedé con ellos durante un mes. Regresé a São Paulo y luego hice otro viaje en el que me volví a quedar dos meses con ellos. Quería seguir conociendo grupos indígenas, así que me fui a otro lugar y luego a otro más y así. Hice muchos trabajos para la revista Realidade y los disfruté mucho. Entendieron mi curiosidad por conocer otras culturas.

¿Cómo dio con el pueblo indígena más aislado y numeroso de América del Sur?

Fue una coincidencia. En ese momento estábamos bajo una dictadura militar en Brasil, y los militares eran especialmente abusivos con los indígenas. Los maltrataban mucho. Por seguridad, me pidieron que no fotografiara indígenas. De hecho, me pidieron que no fuera por allá. Pero yo tenía metido en la cabeza que quería conocer indígenas, de forma que me puse a buscar excusas. Me enteré de que un hombre de una misión católica en la Amazonia había muerto de manera misteriosa y les pregunté a los de la revista si estaban interesados en la historia. Bajo el pretexto de ir a investigar el caso, viajé. Nunca supe por qué murió, pero fue en ese viaje, en 1970, cuando conocí a los yanomamis. Lo disfruté muchísimo. Establecí una gran relación con ellos, y me dieron su confianza.

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¿Mostró las fotos en la revista?

Sí, al regresar a São Paulo les mostré el material. Cuando vieron las fotos de los yanomamis, decidieron publicarlas. Después de eso la revista tuvo que cerrar por cuenta de la dictadura.

Pero usted regresó...

Sí, eso hice. Terminé trabajando con ellos durante treinta años.

¿Treinta años de fotos?

No, no fueron solo fotos. Trabajé políticamente para defenderlos. Lucho por ellos, por su cultura y su derecho al territorio. A eso me refiero cuando digo que trabajé treinta años con ellos. Desde ese momento hasta hoy.

Fotografía de la serie Yanomami.

Fotografía de la serie Yanomami.

Foto:

Fotografía de la serie Yanomami.

En la serie ‘Chamanismo’, usted retrata los rituales de los yanomamis. ¿Alguna vez participó?

Mi interés era entender su cultura, no convertirme en una de ellos. Además, en estos rituales las mujeres no participan.

¿Cuál fue la foto que se le escapó?

Nunca tuve ningún problema para tomarles fotos. Ellos me aceptaron desde el principio. Me dieron completa libertad de fotografiar sus ceremonias, de acompañarlos a cazar; estuve en sus casas. Nunca hice algo a sus espaldas. Lo único que no fotografié fueron los ritos funerarios, cuando creman los cuerpos y el espíritu es liberado. No lo hice porque entendí que es lo más sagrado para ellos. Lo más cercano a eso son unas fotografías de un cuerpo que fue puesto en una especie de canasta grande, y lo tuvieron ahí hasta que se pudrió. Después lo sacaron y ahí sí dieron inicio al ritual. Pero no registré nada más.

¿Cuál era la mayor amenaza que caía sobre los yanomamis?

En 1974, el Gobierno brasileño ordenó construir una carretera que atravesaba su territorio, lo que fue una tragedia para ellos. Los trabajadores trajeron todo tipo de enfermedades, y muchos de los yanomamis murieron por eso. Otros tantos desaparecieron. En ese momento decidí trabajar para defenderlos. Ellos prácticamente no habían tenido contacto con el mundo exterior, y enfermedades como el sarampión acabaron con muchos. Todo sucedió durante el régimen militar.

El mismo que la expulsó a usted de ahí, ¿cierto?

Tuve que parar de tomar fotografías porque ya había empezado a defender públicamente a los yanomamis y eso no les gustó a los militares. Sí, me expulsaron en 1978.

¿Qué pasó con los indígenas después de la dictadura?

Pasó tiempo, pero al final, en 1992, el Gobierno –en parte por la presión internacional– accedió a demarcar el territorio indígena y lo llamó el “Parque Yanomami”, y los buscadores de oro fueron expulsados. Claro que con el tiempo volvieron, y nadie hizo nada.

¿Por eso continúa el exterminio?

Sí, y el contacto con el mundo exterior ha transformado mucho a los yanomamis. En una serie de fotos quise mostrar eso. La minería, la explotación y la tala de árboles no solo están acabando con la Amazonia, también con las formas de vida de culturas enteras.

¿Hay esperanza?

Dependerá también de ellos, de que luchen por sus vidas. El gobierno actual no tiene ningún interés por los indígenas. Solo se preocupa por conseguir y explotar recursos. La situación no es favorable para ellos. Aunque hoy, algunos de sus líderes entienden a qué se están enfrentando.

¿Cuándo fue la última vez que los vio?

Hace poco. Soy su amiga y aún los defiendo. Pero por problemas de salud no he vuelto a trabajar en nuevos proyectos.

Si tuviera que escoger una serie de fotografías, entre todas las que ha tomado, ¿cuál elegiría?

No tengo favoritas. Aunque hay una especial: la llamé Marcados. Me gusta. Dice muchas de las cosas que quiero decir. Cuando era niña, en Hungría, los nazis marcaron con números a mi papá y a mi familia y los llevaron a los campos de exterminio. Luego yo marqué a los yanomamis. Ellos no usan nombres propios, así que a cada uno lo fotografié con una serie de números, y con eso conseguimos darles acceso a la salud. Yo siempre digo: a mi familia la marcaron para morir, yo marqué a los yanomamis para que pudieran vivir.

MARCELA HAN
Redactora de EL TIEMPO

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