Arte y Teatro

Carlos Paz, el bailador que venció a Watussi

El decano de la rumba es estrella de Delirio, el cabaret que cierra este fin de semana su temporada.

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Carlos Paz lleva bailando más de 40 años.

Foto:

Filiberto Pinzón / EL TIEMPO

09 de septiembre 2016 , 11:38 p.m.

“Esa malanga amarilla hay que comerla caliente, Yo te la traigo María, yo te la traigo de Oriente”.

Un no rotundo y repetido que acabó con las súplicas del muchacho de zapatos de colores pasó de ser un problema a convertirse en el distintivo que desde entonces le ha dado de comer.

Carlos Paz, un nombre que no es el suyo pero que con los años ha terminado por borrar el que aún tiene estampado en la cédula, rogó a doña Emma que dejara a Soledad Castro acompañarlo a bailar en el concurso del centro cultural del barrio Salomia, en el norte de Cali.

Era el 73, tiempos de madres recias que no levantaban los castigos, para las que los traumas de los muchachos se arreglaban a punta de correa, y esas peroratas de sicología moderna no eran más que cuentos que permitían que los hijos se desviaran del buen camino. “Carlos se llamaba un tío; nos parecíamos mucho. Él se murió, y todos comenzaron a decirme ‘ahí viene Carlos Paz’ ”.

Con Soledad, Carlos quería repetir el triunfo reciente en un concurso salsero del colegio Inem, donde bailando la guaracha haitiana Haida huo, de Alberto Beltrán, habían vencido a los más bravos del agüelulo –así les decían a las fiestas– y gracias al que se habían vuelto famosos en los barrios del norte. “Muchos bailadores de Cali nos hemos criado con la Sonora, con los solos de Lino Frías, de Papaíto y de Timbalito. Esa vez bailé con Soledad El negrito del batey, que es un disco muy rápido y muy tradicional en Cali”.

No tuvo más remedio. El bailador, que había aprendido a mover los pies viendo a su hermano mayor Óscar menearse al ritmo de los clásicos mientras trapeaba la sala de baldosas de colores de su casa, en el barrio Calima, se fue a la fiesta de cuota y por primera vez participó en un concurso como solista. “Óscar fue el mejor bailarín del barrio, pero nunca salió. Bailaba mejor que yo, pero Carlos Paz lo superó”. Y lo superó a punta de escapadas a bailar, pues su padre, Juan Bautista, era tan estricto que a la hora de comer todos debían estar sentados a la mesa; jamás se tomó un trago ni hubo licor en la casa, no usaba jeans y en medio de ese calor recalcitrante del trópico siempre vistió pantalón serio, saco y corbata: “Nunca me vio bailar; yo llegaba de las fiestas a las 5 de la mañana, entraba cuando él se estaba bañando para irse a trabajar y salía corriendo para la última pieza, para que me viera durmiendo. Mi mamá, Bertha Mejía, en cambio era el alma de la fiesta, la que organizaba verbenas, y bailaba muy bien, con mi papá, pero muy normal”.

Un mambo de Pérez Prado le dio ese primer premio como solista, y las botellas de aguardiente que recibió, como había hecho en el concurso del Inem, las vendió entre algunos de sus conocidos.

Como si de verdad estuviera pisando terreno embadurnado de esa malanga caliente de la que habla Cachao, turnando pasos en punta de pie y talones, con sus zapatos de tacón, el baile de Carlos era bien distinto al que por esos días se imponía en diversos sitios de Cali, no como ese lleno de piruetas, brincos y arrebatos que había popularizado el ya legendario Watussi en los templos del zandungueo: lunes en Honka Monka, martes de La Manzana, miércoles de Escalinata, jueves de Cabo Rojeño, viernes en El Séptimo Cielo, sábados en El Escondite y, si quedaban alientos, en los diversos amanecederos del puente para allá, donde queda ese villorio de pescadores que en esos años era Juanchito.

¡No! Carlos no saltaba sino que acariciaba las baldosas, y con esa forma particular de bailar de los caleños, que no mueven de la cintura para arriba y siguen el ritmo solo de las rodillas para abajo, hacía extraños pasos que parecían ejecutar los mismos sonidos del piano que se escuchaba en temas como Vitamina, Cógele el golpe y Agua que va a caer. “Lo que quise siempre fue no parecerme a nadie”, dice hoy. Sin embargo, en aquellos primeros movimientos, tal vez solo seguía la intuición y ese oído, que, según los especialistas que lo han visto bailar, tiene regado por todo el cuerpo. El bailador habla siempre en tercera persona, como distanciándose de sí mismo: “Carlos Paz es un ser humano que baila por pasión, que se ha construido por 47 años. Yo me ponía los bafles a los lados para escuchar bien la música, grabarme los solos; me los aprendía de memoria... Me sé los discos de memoria, y eso me ayudó para el show”.

Sus papás habían tenido un club en Corinto, el poblado caucano que dos décadas después se hizo trístemente célebre por las incursiones guerrilleras. ¿Pero vivir del baile? Eso no era un pensamiento; porque el deseo de Carlos era ser músico, y a mediados de los 80, cuando vivió en Nueva York y para sobrevivir bailaba en los rumbeaderos latinos, conoció a Sergio George justo antes de que se convirtiera en el más importante arreglista mundial de la salsa, antes de producir ese Vivir lo nuestro, de Marc Anthony y La India, y con el sello de Ralph Mercado grabó un disco llamado Grupo Barú de Carlos Paz. Solo un año duró la aventura, pues el baile lo volvió a capturar.

En Cali, entre tanto, se imponía el paso cañandonga, se había creado otro llamado el paso del ganso y en las más legendarias ferias, donde Niche y Guayacán eran anfitrionas, a Carlos, ya bautizado desde el 75 como el Resortes por Jimmy Bogaloo, lo invitaban como parte de delirantes shows.

“¿Bailarín? No. Yo soy bailador; porque el bailarín se forma en una escuela y yo me formé en la calle. El bailador es el que nace en la casa, se va conociendo en la cuadra y se va puliendo en el barrio, haciendo su nombre con el voz a voz”, recalca mientras cuenta que sentarse a ver para aprender era su estrategia.

Como en el jazz, Carlos improvisa con su instrumento; por eso, cuando en medio de los ensayos de Delirio los más jóvenes le preguntan cómo hace tal o cual paso, o le piden que repita una cadencia, él ni siquiera sabe de qué le hablan. Es que Carlos se transforma al sonido de la música y la interpreta con sus pies. “El Michael Jackson latino de la salsa, así me llamó un periodista en Londres”, cuenta sin ocultar una sonrisa entre feliz y vanidosa.

Y pasar de ese voz a voz a convertirse en una celebridad del baile sí era una meta secreta de Carlos, sobre todo al ver que en los bailes de los viernes en el barrio Popular, a unas 10 cuadras de su casa, cuando hacían ruedas para que los 12 mejores bailadores mostraran sus descrestantes talentos, el ya famoso Watussi se lanzaba a la rueda solo cuando veía a Carlos robándose el show. “Él tenía fama, había sido el primer campeón mundial de salsa –con María la ‘Bella’ como pareja y en un espectáculo organizado por el periodista cubano José Pardo Llada, en 1974–; en cambio, yo solo estaba por los barrios. No es como ahora, que por las redes todo el mundo se conoce”.

El esperado mano a mano se dio en el 77, en el Honka Monka, cuando organizaron un concurso y Carlos supo que Watussi participaría. “Como era tan bueno, para vencerlo tenía que salir con algo diferente”. Entonces se le ocurrió una locura; se encerró en la última pieza de su casa, cogió una vieja mesa sobrante de los tiempos del club salsero de sus papás y no descansó hasta dominar el nuevo número. “Me caía y me paraba. No tenía ningún profesor, eso lo hacía por pasión. El día del concurso me tuve que llevar esa mesa como a las 4 de la tarde, para que no me vieran.

Tuve que caminar como tres cuadras y coger un taxi, porque no me la podía llevar en un bus. Cuando llegué, estaban los meseros trapeando y me dijeron que la pusiera en un rincón”.

A las 11 y media fue el encuentro. Watussi quedó en segundo lugar, no felicitó a Carlos y rompió el diploma que recibió. Ese fue el antes y el después; a partir de entonces ya no solo aparecía el nombre del campeón mundial en la prensa, el del muchacho del barrio Calima que venció al number one bailando sobre una mesa también se volvió habitual en los relatos. En el 83, en Nueva York, tuvo otro mano a mano con su rival, en un careo donde actuaron Johnny Pacheco, Los Lebrón y Jorgito el ‘Único’. “Seguía siendo creído; luego supe que viajó a Miami y no lo volví a ver en Nueva York”.

Hace 10 años, el bailador es parte central de Delirio, el cabaret salsero de Cali con el que ha ido a 19 países. Estos días, como parte de la celebración, están en Bogotá. Organizar un espectáculo con niños es uno de sus nuevos sueños; mientras tanto, el Resortes caleño de los que cambian las eses por las jotas sigue mamándole gallo a la vida, diseñando esos zapatos de colores que solo le duran 20 posturas y enseñándoles a los más jóvenes que aún le preguntan por el día en que venció a Watussi.

DIEGO LEÓN GIRALDO S.
Especial para EL TIEMPO

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