Arte y Teatro

El circo más antiguo del mundo dijo adiós

Por razones económicas, el Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus cierra definitivamente.

Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus

En su época de esplendor, el circo presentaba más de 15 elefantes en escena.

Foto:

Andrew Kelly / Reuters

29 de mayo 2017 , 12:31 a.m.

El Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus, el circo más viejo del mundo, se había presentado en forma ininterrumpida durante 146 años, y el domingo 21 de mayo pasado dio su último ‘show’, bajó sus cortinas para siempre y por razones económicas, dados los enormes costos que significa mantener y mover un circo de este tipo.

El circo Ringling viajaba hasta este año en dos trenes: el Blue Tour y el Red Tour, así como en la flota de camiones Gold Tour. Cada tren se componía de vagones que se extendían por más de un kilómetro, y se presentaba por todo Estados Unidos en grandes “arenas” de 3 pistas (dejaron de usar carpas en 1956). En su máximo apogeo presentaban más de 15 elefantes en escena, además de tigres, leones, dromedarios, caballos y sus acróbatas ecuestres.

Los mejores artistas del mundo se lucieron sobre sus pistas. Incluso, una serie de circenses chilenos hicieron noticia allí. En 1905, la ‘troupe’ Pacheco deslumbró en los trapecios volantes, y la familia Farfán volvió a fascinar al mundo en la década del 70. Y no podemos dejar de mencionar al gran Tony Ñico (Marcos Droguett), quien ostenta una placa conmemorativa en Sarasota, Florida), cuna de este gran circo. El chileno Tabayara Maluenda, considerado el mejor domador del mundo, brilló hasta ahora sobre las pistas del Ringling.

Películas que inspiró

El Ringling, sinónimo de excelencia artística y grandiosas puestas en escena, contribuyó a construir la imaginería universal en torno al circo. La película, ganadora del Óscar a la mejor película, ‘The Greatest Show on Earth’ (1952) –del director Cecil B. DeMille y protagonizada por Charlton Heston– fue rodada íntegramente en el Ringling. De hecho, el título de la película es el lema de este circo.

Ciertamente era el espectáculo más fabuloso del mundo, pero ahora todo eso terminó. Cediendo a presiones de grupos animalistas, el Ringling ‘jubiló’ a sus elefantes en mayo del año pasado (se encuentran actualmente en el Centro de Conservación de Elefantes del mismo circo), con la esperanza de que esta medida atraería más audiencias. Sorpresivamente, la venta de entradas decayó prácticamente a cero. Al contrario de lo que se pensó, el público adoraba a los elefantes desde la llegada del emblemático elefante africano Jumbo, en 1892.

Hace años que los circos han ido retirando los animales –de hecho, hay 17 países que prohíben a los animales en la industria de entretenimiento–;
por ejemplo, el estado de California tiene restricciones tan severas que hace imposible mantener animales, y el estado de Nueva York está considerando su prohibición. Actualmente, en Chile, la Ley de Circo 20.216 contempla los circos como “espectáculos con animales”. Sin embargo, los costos de manutención y las presiones de grupos animalistas hacen imposible la tenencia de animales exóticos.

El tema es complejo. Así como hay detractores con respecto a las presentaciones de los “animales artistas”, también hay quienes favorecen estos números (evidentemente en condiciones humanitarias), considerándolos parte fundamental del espíritu circense. Pero es notable que el circo, con y sin animales, sigue más vivo que nunca: más de 120 circos deambulan por todo Chile, y en Estados Unidos, los circos –en especial los latinos–, las escuelas, fundaciones e instituciones circenses florecen en cada estado, a pesar del golpe que significa el cierre del Ringling.

Tragedias en el circo

El circo mundial ha sufrido grandes golpes durante toda su existencia: desde las historias ya olvidadas de persecución y muerte contra los circos gitanos hasta terribles tragedias, como la pérdida del magnífico circo de Sarrasani durante el bombardeo de Dresden, en 1945. El circo Razzore naufragó en el Caribe en 1946, y un circo completo desapareció sin dejar rastros en el golfo de Penas, en Chile. El mismo Ringling ha tenido su cuota de tragedias: en 1944, un gran incendio acabó con la vida de más de 150 personas, en su mayoría niños que asistían al ‘show’. Sin ir más lejos, el año 2010, un circo completo (Circo de las Montini) desapareció en el tsunami en las costas de Dichato. Y siempre el circo, a trastabillones, cojeando, se sobrepone y se adapta a las nuevas condiciones.

Por eso es difícil comprender el fin del circo Ringling, en un minuto en que los circos atraviesan, a nivel mundial, por un muy buen momento. Grandes festivales, como el de Montecarlo, Albacete, Figueres, China o Cuba, venden miles de entradas para sus glamurosas funciones. Y el Smithsonian Institution celebrará sus 50 años de existencia con el Folklife Festival 2017, en honor a las artes circenses.

Janet Davis, connotada historiadora del circo de la Universidad de Texas, en Austin, analiza la evolución del Ringling durante las últimas décadas, y una de las mayores críticas que hace es que las enormes dimensiones del circo Ringling, sus números motorizados y ‘hi-tech’, a costa de los tradicionales números de acróbatas o malabares, y la ausencia de animales lo fueron convirtiendo en un espectáculo más cercano a un musical.

Los Feld, dueños del circo Ringling, sacrificaron las dimensiones más profundas del circo con tal de captar más audiencias, conduciéndolo por un rumbo que dañó su sustento cultural. Rodney Huey –relacionista público del circo Ringling durante casi dos décadas– añade que los costos se elevaron a niveles prohibitivos. Una familia de cuatro personas llegaba a gastar 250 dólares en estacionamiento, entradas y dulces.

Pero analiza que quizás la causa más relevante en la pérdida de audiencias está relacionada con el cambio en las dinámicas familiares de las últimas décadas. Bajo la premisa de que el circo es un espectáculo familiar, el Ringling apelaba a las madres para que llevaran a sus hijos y pudiesen vivir la experiencia circense que ellas tuvieron de pequeñas. Sin embargo, con ambos padres trabajando a tiempo completo, una generación entera de niños –que hoy son padres– perdió su vínculo e intimidad con el circo. El circo Ringling dejó de tener el sentido cultural que tenía, pero lo más grave de todo es que no supo leer los cambios culturales en la sociedad norteamericana ni utilizó uno de los grandes patrimonios del circo: su inherente flexibilidad.

La enseñanza de las artes circenses tampoco ha decaído. En Estados Unidos se registran más de 400 escuelas de circo. El circo Juventas, en St. Paul, Minnesota, enseña a más de 2.500 estudiantes anualmente; el chileno Gino Farfán dirige la más importante escuela de circo de Nueva York, y el maestro Julio Revolledo Cárdenas, historiador del circo en México, dirige una carrera universitaria de artes circenses en la Universidad de Mesoamérica, Puebla. En Chile, la escuela El Circo del Mundo lleva casi 20 años ejerciendo una labor educativa y social.

Hoy, el circo chileno está consolidado como un gran referente para Europa. El Festival de Figueras ha galardonado en varias ediciones al payaso Pastelito, a Matute o al Clan Caluga. Alejandro Escobedo recibió un premio especial en el Festival de Cirque de Demain, en Francia, y en forma espectacular, la joven acróbata Catalina Palma Aguirre ganó hace pocos días el trofeo de plata en el prestigioso Festival Internacional de Circo de Montecarlo. Y el circo chileno no solo es valorado por la calidad de los artistas que produce, sino, muy especialmente, por su carácter de circo familiar.

Sin perder de vista los vaivenes de la sociedad, el circo está siempre adaptándose, con imaginación y creatividad, constituyendo hasta hoy un importante foco de entretención en el país. Un circo grande en Chile vende aproximadamente 800.000 boletos al año. Es la única industria cultural de Chile autogestionada y autofinanciada.

El deceso del Ringling es sin duda un gran golpe. Pero también, una oportunidad para fortalecer y valorar lo que hace al circo realmente grande. No son las tres pistas o el número de elefantes o artistas, sino la magia, el grado de intimidad y cercanía de los artistas con el público. El circo nos recuerda que ver el espectáculo ‘de verdad’ no tiene precio. Ver a artistas arriesgar sus vidas mientras vuelan por el aire, sin efectos especiales, sin repeticiones, es un privilegio cada vez más escaso. En especial con la presencia cada vez más marcada de realidades virtuales, filtros y redes sociales.

PILAR DUCCI*
EL MERCURIO (Chile) - GDA
* Autora de ‘Días de circo’

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