Otras Ciudades

La odisea de los niños que atraviesan solos la frontera, a diario

Decenas de pequeños, entre los 7 y 15 años, pasan, desde Venezuela, a pie y sin compañía a Colombia.

Niños que atraviesan la frontera con Venezuela

Cuando se puede, los menores cruzan por los pasos fronterizos legales. De lo contrario, caminan entre las trochas.

Foto:

Andrea Moreno / EL TIEMPO

18 de febrero 2018 , 11:13 a.m.

Aún no ha aclarado. Son las 5 de la mañana y en el puente internacional Simón Bolívar, entre San Antonio y Villa del Rosario, inicia el bullicio. Se despiertan algunos de quienes pasan la noche en el asfalto, los vendedores ambulantes ofrecen café y los conductores de las busetas calientan motores.

Del lado de la población venezolana, un grupo de niños espera en la fila. Van con camisa blanca planchada, falda azul y medias tobilleras bien puestas, en el caso de las niñas; y pantalón a la medida en los varones. Otros, sin embargo, están despeinados, somnolientos y un tanto desordenados, como cuando se tiene siete años y no hay papás para arreglarlos. El reflejo del azul del cielo y la bruma matinal le da una tonalidad pálida a sus rostros.

Para entrar deben hacerse a la derecha del puente que una a Venezuela con Colombia y que tiene 315 metros de largo, dos carriles y un ancho de 7,3 metros. Los niños vienen desde distintos puntos del municipio Bolívar, estado Táchira, que con una población de 66.362 habitantes es el más ha impactado por la diáspora. Así, unos llegan desde donde se impone la ley del más fuerte, la Pequeña Barinas, una sumatoria de 16 invasiones, con población mayoritariamente colombiana. Según informa la Policía en Norte de Santander, la disputa arrecia en ese punto entre bandas criminales y el Eln por el botín de la gasolina de contrabando. Otros viajan desde Palotal, más distante. Se levantaron antes de las cuatro de la mañana y caminaron por la carretera hasta la línea de frontera.

Ya aquí, una buena parte se ubica en la fila junto a su padre, su madre, una tía o una hermana que les sirve de guía. Los aprietan con fuerza para no soltarlos de las manos por temor a que el orden se transforme en turba. Otros están solitarios. Tratan de sacar la cabeza para ver si se acercan al puesto fronterizo. Es difícil. Son muy pequeños entre la multitud. Muestran su carné a la Guardia Venezolana y avanzan. Caminan 150 metros hasta el puesto de Migración Colombia.

Son las 6 de la mañana y el lugar es un hervidero. El amanecer de un azul limpio deja ver la silueta desgarbada de la vegetación del río Táchira, bajo el puente. Arriba, el ruido de los rodachines de las maletas es monótono. La multitud avanza por los dos torniquetes, viejos e inservibles, que dan acceso oficial a Colombia. Los rostros de los inmigrantes son disímiles. Unos, sin ningún papel, rezan para que no los devuelvan; otros exhiben pasaportes y tiquetes internacionales, otros explican que vienen a trabajar y muestran sus contratos.

Algunos lloran. Los niños, en cambio, no. Incluso unos ríen. Bromean. Parecieran no tener conciencia de su fragilidad. ¿Cómo puede un padre mandar a su pequeño solo a otro país? “La pregunta es otra”, dice una mujer. ¿Puede un papá volver a su casa sin comida porque perdió su trabajo por haberse ido al colegio a llevar su niño? En la Venezuela de hoy, tener empleo es una bendición. Ante la crisis, razonan algunos de ellos, es mejor asegurar el trabajo.

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“Los niños ya están grandes y se defienden solos”, jura un padre. Pero ¿tienen 7, 8, 9 años? “Por eso”, insiste. “Ya están grandes”. De ahí que viajen solos. No hay registros del número porque un día se ven decenas en otras hasta 500 alumnos que pasan sin ningún acompañante.

Al entrar a Colombia, esquivan el caos con inocencia. Dejan atrás a la familia de ocho miembros –incluidos dos abuelos– que durmió bajo un árbol, la joven que amarró sus tres maletas a las astas de la bandera de Colombia, el hombre enfermo que hace sus necesidades contra una pared y a tres jóvenes de mirada sospechosa. ¿Qué estarán planeando?

Los niños siguen adelante, cabeza en alto. Caminan con la vista puesta al frente. A la esquina, donde girarán a la izquierda, luego subirán tres cuadras más, otras tres a la derecha, una colina y, por fin, el colegio público Institución Educativa La Frontera. Su sede es nueva (inaugurada el 23 de enero del 2017), ordenada y limpia. Los salones son amplios y los jardines bien cuidados. Su espacio, de 20.000 metros cuadrados, es generoso.

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Los niños solitarios ganaron la batalla de este día. Aquí están, sanos y salvos, muertos de la risa, en una institución que tiene 1.293 estudiantes. 800 nacieron y viven en Venezuela, pero son hijos de colombianos. 267 son venezolanos.

El rector, Germán Eduardo Berbesí Murcia, es un hombre amable. “Yo doy la vida por estos niños”, dice. ¿Hay muchos problemas? “Sí, pero, ¿quién no los tiene?”, responde. Uno de ellos es llevar las cuentas del número de estudiantes. Cada día me llegan dos, tres, cuatro nuevos; cada día, se van dos, tres, cuatro, cinco”. En el 2017 se matricularon 2.700 alumnos. Ya se fueron 1.407. En un breve tiempo los cupos serán cubiertos por nuevos alumnos que vienen de Venezuela.

¿Por qué desertan? La caraqueña Anggie Primera, una mujer de voz dulce, tiene dos niñas aquí pero hoy pide sus certificados de notas. “¿Para qué?”, le pregunta la secretaria Sandra Duarte. “Nos vamos para Santa Marta. Mi esposo, también venezolano, consiguió trabajo allá. Estamos felices”, dice. Se pone la mano en el pecho y conmovida le agradece a Colombia haberle abierto las puertas y en especial al rector. “¡Señor Berbesí, siempre lo llevaré en mi corazón!”. Ella cuenta que nunca desamparó a sus dos niñas, que siempre las cruzó de la mano y que reza para que la providencia proteja a los cientos que viajan solos. La fe en estas circunstancias es un deber.

Gladys Myriam Carvajal, coordinadora académica del colegio, cuenta que entre los profesores oran a diario para que jamás pase una tragedia. Además, sin importar la hora, tienen los celulares encendidos. A veces hay hechos inesperados. En una ocasión, una madre, llegó angustiada a la medianoche porque su pequeña de siete años no había vuelto a casa. Los docentes junto a la Policía de Infancia iniciaron la búsqueda. Después de cubrir, con linterna en mano, un área considerable, supieron que una tía de la niña había tenido un presentimiento y fue hasta el colegio por la pequeña. La llevó para su casa, la acostó a dormir y no avisó.

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Otra vez, un grupo de niños se quedó a jugar fútbol en una cancha lejana. Estaban tan felices que se les vino la noche. No se amilanaron. Se cogieron de la mano y empezaron a caminar en fila entre la oscuridad, en una tierna cadena. Los halló la Policía en medio de la manigua a la una de la mañana, a 40 kilómetros del colegio.

El jueves 8 de febrero, el presidente Juan Manuel Santos ordenó más controles migratorios. En la mañana del viernes 9, Venezuela cerró momentáneamente su puerta, Colombia también, para evitar la acumulación de las 35.000 personas que a diario cruzan por este puente. Hubo momentos de caos. Al regreso de clases, Sandy del Pilar Buitrago Peña, madre de un niño de siete años, quedó atrapada entre las vallas, unidades del Esmad, miembros de la Policía, de la Dian, de Migración y de una multitud que gritaba iracunda. Ella salió forcejeando con su pequeño. Estrujados, magullados. Se puso a llorar. No por los golpes sino porque en la trifulca, el niño perdió su maleta y ella, sus documentos. “Dios mío, ¿cómo haremos para entrar mañana?

No se sabe. Los niños, sin embargo, siempre se las ingenian. Cuando Nicolás Maduro ordenó el cierre de la frontera, el 19 de agosto del 2015, y expulsó a miles de colombianos, el colegio sufrió una conmoción. Por aquellos días funcionaba en su antigua sede de apenas 2.000 metros cuadrados. Del hacinamiento se pasó al vacío en un estrépito. De un solo tajo perdió 650 estudiantes, la mitad de los matriculados. El rector explica que los padres en esa estampida forzada se fueron con sus hijos a otras partes del país.

Los que se quedaron, perdieron clases, pero pronto aprendieron a buscar como volver al colegio. En los primeros días, todos los niños de preescolar se presentaron descalzos. Entre al afán no sacaron ni zapatos. Un humilde menor dio albergue a cinco compañeros y durmió con ellos en su modesto cuarto. Los profesores se organizaron y les dieron posada a quienes quedaron de este lado de la frontera y los más grandes pasaron a pie, por entre la maleza que crece silvestre debajo del puente Simón Bolívar, saltando entre las piedras del río Táchira.

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Incluso, para eludir a la Guardia Venezolana que no les daba paso, los profesores organizaron citas clandestinas con los alumnos a las dos de la mañana en las trochas. Los recogían y llegaban al alba al colegio. “El esfuerzo de los profesores era conmovedor, pero más el de esos niños por aprender”, dice Berbesí. Ahora, con las medidas de Santos y mientras sobre el puente miles de personas se abrían un espacio, los niños entraron caminando por entre las trochas, de afán, no por temor sino para no llegar tarde a clases.

¿Cómo se podría paliar esta situación? “Necesitamos rutas escolares, buses que lleven y traigan a los niños por el puente de manera segura”, dice la profesora Desiré Margarita Torres. Pide que más allá de las diferencias de los gobernantes, los niños deben primar como hasta antes de la crisis. Ahora solo hay autorización para que circulen los carros fúnebres y las ambulancias en casos de extrema gravedad. “¿No son igual o más importante los niños?”, pregunta ella.

¿Qué hacer? Santos reconoció que Colombia nunca había vivido una situación así. Cada día se conoce un hecho estremecedor. Este año, se han encontrado 22 niños venezolanos. No se sabe si fueron abandonados por sus padres a propósito para que los llevaran a los centros de albergue o genuinamente se les perdieron. Ninguno era del colegio La Frontera.

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En la tarde, los alumnos solitarios –algunos desde los 7 años– se van a sus casas, entre el caos. Varios cargan intacta su bolsita de leche que les dan en las onces. Se las llevan a sus mamás. Son como una flor que germina en medio de tanta aridez. Lucen agotados pero tienen fuerzas para aguantar las filas que superan el kilómetro.

Cae la noche. Y en medio de la oscuridad, se ve la silueta de algunos niños un tanto desarreglados, como cuando a esa edad no se tiene un adulto que lo ayude a terminar de vestir.

ARMANDO NEIRA
Enviado especial de EL TIEMPO
Villa del Rosario (Norte de Santander)
En Twitter: @armandoneira

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