Otras Ciudades

Mariana Pajón pedalea en trochas que antes controlaban las Farc

La doble medallista olímpica fue nombrada como la primera embajadora de la Reconciliación.

Mariana Pajón en Chaparral

Mariana Pajón en Chaparral, en vísperas de la Primera Clásica de Ciclomontañismo y el Ciclopaseo Recreativo por la Reconciliación.

Foto:

Felipe Luque Mantilla

02 de diciembre 2017 , 11:26 p.m.

Mariana Pajón Londoño tenía 4 años cuando se accidentó en su bicicleta y 8 cuando fue víctima de una ‘pesca milagrosa’ de la guerrilla de las Farc.

En el primer caso, ella estaba en una competencia infantil y un adulto la estrelló de frente al meterse a la pista en contravía. En el segundo, viajaba en un bus que fue bloqueado en la carretera Medellín-Bogotá. Los insurgentes bajaron a los pasajeros (la mayoría, deportistas antioqueños que iban a prepararse para los Juegos Nacionales), los intimidaron con sus armas y se llevaron a un inocente con rumbo incierto.

La caída le fracturó la clavícula y el secuestro le quedó grabado en la mente. De entonces a acá, ella ha ganado 18 títulos mundiales y se ha colgado sendas medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y de Río de Janeiro 2016. Mientras tanto, la insurgencia firmó un acuerdo de paz con el Estado, dejó a un lado 8.112 armas y 1,3 millones de cartuchos, y dio información sobre 873 caletas.

Ella tuvo otras lesiones. “Dieciocho fracturas, parálisis facial, lesiones en tendones y ligamentos, especialmente en la muñeca izquierda, hematomas en un riñón, un número que no recuerdo de esguinces y suturas, nueve tornillos, dos platinas y un injerto de hueso”, enumera.

Y la guerra la privó de ir a montañas, caminos de vereda, trochas entre la manigua y quebradas y ríos. “Esa situación me dejó una herida en el alma”, confiesa.

Con el cese del conflicto armado con las Farc y el cese bilateral del fuego con el Eln, está convencida de la “magnífica oportunidad” para que ella, los demás colombianos y los extranjeros –como su prometido– conozcan esos territorios que se imagina “hermosos, muy hermosos”, donde hasta ahora no se podía ir.

De hecho, ya empezó. El sábado 25 y el domingo 26 de noviembre estuvo en Chaparral, en el sur del departamento del Tolima, puerta de entrada al Cañón de las Hermosas, un paisaje que en sus cúspides paramunas supera los 3.000 metros sobre el nivel del mar, de belleza tan singular como su nombre, con cerca de 300 lagunas y con una geografía que durante años fue el sitio elegido por los comandantes de las Farc para vivir.

¿Qué otra cosa le queda por hacer a un deportista por su tierra? 'Ayudar a consolidar la paz'

Primero, ‘Manuel Marulanda Vélez’ o ‘Tirofijo’, lo tomó como su santuario de descanso. Luego, su sucesor, ‘Alfonso Cano’, eligió refugiarse allí al final de sus días. En su búsqueda, el Estado creó la Fuerza de Tarea del Sur. Pero no fue tarea fácil, porque el Cañón se extiende, además de Chaparral y Río Blanco, en Tolima, por Palmira, Florida, Buga, El Cerrito y Pradera, en el Valle del Cauca.

Acceder por tierra era una quimera, debido a la exuberante vegetación –en la que predominan los frailejones y los cactus–, las gargantas profundas y las condiciones climáticas, con temperaturas que caen de 35 grados centígrados a cero. Muchos soldados quedaban fuera de combate por la hipotermia. La aviación, que desequilibró el curso del conflicto armado en el país, se encontró en este lugar con obstáculos casi imposibles de vencer.

Henry Vallejo, oficial del Ejército y piloto de un UH-60 Black Hawk, estuvo combatiendo aquí a las Farc durante una década. En un testimonio dado al portal Verdad Abierta, recordó que las bajas temperaturas, la escasez de oxígeno y los cambios de nubosidad y de los vientos eran un padecimiento diario. “A esa altura baja el rendimiento del helicóptero, porque aumenta la temperatura en las turbinas y eso disminuye la velocidad. El cañón es muy difícil de sobrevolar”, explicó.

Pero así como este lugar era tan temible para la confrontación, igual de fascinante puede serlo para el turismo ecológico y la práctica de deportes, especialmente los extremos. Sin embargo, ¿quién se atrevería a dar el primer paso? Literalmente, ¿quién daría el primer pedalazo?

Mariana Pajón, la mejor ciclista de la historia del país, decidió que sería ella. ¿Cuándo tomó esa determinación? Todo empezó el viernes 10 de agosto del 2012, tras ganar, con un registro de 37,706 segundos, la medalla de oro en la final de BMX femenino en los Juegos Olímpicos de Londres. Mientras un país al borde del delirio la aplaudía desde la distancia y ella, en el podio, se colgaba la presea y escuchaba el himno nacional, tuvo un breve instante para pensar que debía retribuir semejante éxito.

“Una medalla de oro no es un triunfo individual, es el resultado de un esfuerzo de mucha gente”, dice. Por eso, se trazó el propósito de hacer algo adicional por Colombia. Además de haberle dado la gloria en las justas más importantes del planeta, ¿qué otra cosa le queda por hacer a un deportista por su tierra? "Ayudar a consolidar la paz", afirma.

La juventud al poder

Aclara, sin embargo, que no pretende hacer política, sino una labor más modesta: “Usar el deporte como vehículo para enviar un mensaje de reconciliación al país e invitar a los jóvenes a ser agentes de cambio”.

Por eso, aceptó ser la primera embajadora de la Reconciliación, nombramiento hecho por el Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR), una iniciativa liderada por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid) y Acdi/Voca.

Y el fin de semana pasado viajó a Chaparral para dar ejemplo e invitar a los colombianos a explorar un territorio que durante décadas fue un corredor de hombres armados con fusiles y pertrechos que iban al campo de batalla.

“Estoy aquí para apoyar la Primera Clásica de Ciclomontañismo y el Ciclopaseo Recreativo por la Reconciliación, un ejemplo de que hoy tenemos un país distinto, mejor, mucho mejor”, resumió. Su afirmación no fue un juicio de valor que se lanza al viento para lograr un aplauso. Es un hecho tangible que se vio el sábado por la mañana, cuando cientos de niños y jóvenes la siguieron en sus bicicletas, desde el aeropuerto de Chaparral, mientras se paseaba con honores en un carro de bomberos; y también en los rostros de los 350 ciclistas que se internaron en el Cañón de las Hermosas, libres, entusiastas de participar en la primera competencia de este estilo que se realizaba allí.

“La idea de nosotros era rescatar para la gente la belleza exuberante de nuestras montañas”, dice José Ricardo Barrera, secretario de Planeación de Chaparral, uno de los gestores de la actividad.

Entre los participantes estuvo Lawrence J. Sacks, director de Usaid en Colombia, uno de los funcionarios estadounidenses de mayor rango en el país y quien corrió en su bicicleta sin escoltas, un gesto imposible de imaginar hasta hace unos meses. “Estoy feliz. En América Latina he visto de primera mano cómo el deporte, además de ser una forma de generar cohesión social y resiliencia, es una alternativa de unión para los jóvenes”, afirmó Sacks.

De eso se trataba la prueba. De demostrar que es posible escribir una historia distinta. “Yo sé que en algunos sectores hay escepticismo –dice Mariana–, pero invito al optimismo”. Y recuerda sus primeros viajes: “Teníamos prohibido ir a algunos lugares de nuestro país, y en muchos aeropuertos del exterior nos requisaban las maletas como si fuéramos delincuentes”. Pero las cosas cambiaron: “Hoy estoy aquí, en un escenario donde antes hubo violencia, y cuando voy fuera es de verdad gratificante escuchar los aplausos en los aeropuertos”.

La ‘Niña de Oro’ o Marianita, como la llaman sus seguidores, se muestra más madura. Es evidente el convencimiento a la hora de exponer sus argumentos. Son contados los deportistas de alto rendimiento que a los 26 años exhiben tantos triunfos. Podría retirarse y vivir plácidamente de su prestigio. Pero no.

Su agenda está copada. Además de las siete horas de entrenamiento diario, de las pruebas que tiene en el horizonte y de haber empezado ya la preparación para los Olímpicos de Tokio 2020 –que incluyó su primera medalla de oro en pista, en los Bolivarianos–, tiene la vista puesta en otra meta: “Promover la desestigmatización de los territorios marcados por el conflicto”.

Lo dice ella, la que sabe que el ejemplo es la mejor vía para animar a los demás. Por eso, anuncia que estará en otros pueblos, en otros caminos, en otros paisajes donde se hable a partir de ahora de otras narrativas. “Yo vengo con un mensaje: que este territorio les pertenece a los niños y a los jóvenes, y que nadie nos va a volver a quitar la posibilidad de soñar”, anuncia.

Se muestra radiante. “Poder estar aquí es un cambio enorme. Poder ir por estas trochas, por donde caminaban guerrilleros y se imponía la violencia,
es una gratificante transformación –resume la deportista–. Que ahora pasen por allí bicicletas con todos estos niños, que son el futuro del país, hace que sienta más orgullo de ser colombiana”.

Lo dice una joven menuda, bonita, de rasgos delicados pero con un espíritu de acero, la misma que a los 4 años se partió la clavícula, que a los 8 vio un secuestro y que, sin embargo, siguió adelante para hacer llorar de emoción a un país con sus medallas de oro.

ARMANDO NEIRA
Enviado especial - EL TIEMPO
Chaparral (Tolima )@armandoneira

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