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NO ES HORA DE CALLAR
No es hora de callar

Los tres años de horror que Sarita vivió en este mundo

EL TIEMPO revela los detalles de la historia de la niña muerta en Armero Guayabal.

Crimen de Sara Ayolina Salazar

Hoy La Joya, donde Sarita vivió al lado de sus padrinos, es una finca vacía. Ellos se trasladaron a otro barrio por temor a ser acusados.

Foto:

Juan Manuel Vargas / EL TIEMPO

30 de abril 2017 , 10:12 a.m.

El paso de las horas corrió las cintas de seda y las bombas, blancas y rosadas, que cubrían la tumba de Sara Ayolina Salazar Palacio. No tiene lápida. Su nombre está escrito en el cemento. A la derecha donde yace la niña, el depósito está vacío. No ha pasado una semana desde que su cuerpo fue puesto allí pero la imagen provoca cierta sensación de abandono, de olvido.

A su entierro, el lunes a las 10 a. m. del lunes, fue una multitud –los niños de todas las escuelas de Armero Guayabal–y se transmitió por televisión. Pero su madre biológica, Ruth Salazar Palacio, estuvo ausente. También faltó su madrina, Ángela Johanna Guerra Urueña, quien la tuvo a cargo desde el 4 de marzo del 2016.

Tampoco algún ser querido se hizo presente en la entrega del cadáver. La secretaria de Gobierno del municipio, Angélica María Soto Pérez, sacó de su bolsillo dinero y le compró un vestido para no ponerla semidesnuda en el pequeño cajón.

La madre llegó fugazmente a la parroquia del Señor de la Salud para verla y se marchó ante el murmullo creciente que la responsabilizaban de lo sucedido. Nadie la ha vuelto a ver.

Ruth la trajo al mundo el 30 de junio del 2013, en La Dorada, Caldas. “Con ella tuvo en total ocho hijos. De ellos regaló cuatro. De los demás no sé”, le dijo a EL TIEMPO la madrina.

Entre los hermanos de Sarita el mayor es David Steven, de 20 años de edad. Los vecinos dicen que es drogadicto. Hasta el año pasado vivía con ella y Ruth en La Palmera, una finca del área rural de este municipio del norte del Tolima. “Era un pecado ver a la niña. Siempre sin ropa. Sin comida y sola en esa casa con el hermano que fumaba y fumaba”, cuenta un vecino.

“Yo le dije –comenta la vecina Patricia Malagón– que me dejara la niña y yo se la criaba. ¡Esa pobre criatura allá sola con ese muchacho!”. “Es su hermano”, replicaba ella. “Sí. Pero es un degenerado. Y una nunca sabe”. Sarita entonces tenía menos de dos años.

–Pero, ¿usted cree que legalmente puede tomar un menor de edad y llevárselo a su casa así como así?

–“Claro”, dice ella con una sonrisa. “Ya he criado a dos. La señora de allá tiene uno más, ese pequeño que va allá con la muchacha no es hijo de ella. Acá somos pobres pero la gente es solidaria y ayuda a los que no tienen”, le explica la mujer a EL TIEMPO.

–¿Y el Estado?

La señora encoge los hombros.

Desde La Palmera, camino al pueblo, la ruta pasaba por la finca La Joya, donde la niña iría a vivir con sus padrinos y sufriría el último golpe de su vida. El que le ocasionó la muerte.

Entregada en custodia

En el sector recuerdan que cuando Ruth contó que estaba otra vez embarazada le dijeron que cuando tuviera el bebé se lo diera a una pareja que no podía tener hijos y que estuviera buscando uno. Ella dijo que sí. Se le veía pensativa porque era el octavo hijo de cinco relaciones distintas.

Pero cuando su embarazo estaba más avanzado pasó por La Joya y preguntó que si querían a Sarita –la más pequeña de sus hijos– porque no tenía comida para darle. “Me la entregó en los huesitos, estaba muy sucia y llenita de piojos”, dice Ángela Johanna Guerra, de 30 años de edad.

La madrina vivía en la casa de La Joya con su pareja, Edilberto Rojas Torres, de 51 años, dedicado al cultivo de limón. Allá criaban a sus cuatro hijos. La mayor de una primera relación, los dos siguientes de otra y el menor de tres años hijo biológico de ambos. Allí llegó Sarita. La Comisaría de Familia de Guayabal avaló la entrega en custodia.

–¿Le gustan a usted los niños? “Mucho”. –¿A qué edad fue madre por primera vez? “A los 13 años”, responde Guerra.

Ángela y Edilberto se convirtieron en sus padrinos el 20 de febrero del 2016 cuando la niña fue bautizada en la misma iglesia en donde fue velada. Un mes después, el 4 de marzo, los padrinos se la llevaron formalmente a vivir con ellos. Pero hoy la pareja ya no está en La Joya, se marcharon para el barrio La Victoria por temor a que la gente fuera hasta su finca a buscarlos, después de conocer la noticia de la muerte de Sarita. Tienen miedo de ser increpados y por eso tampoco fueron al entierro.

Edilberto es un hombre robusto, de manos gruesas. “Tengo fuerza porque trabajo en el campo”, le explica a EL TIEMPO desde la casa en la que se resguarda junto a Ángela y recuerda esos primeros días en los que su ahijada llegó a su hogar: “Lo primero que hicimos fue calvearla para quitarle los piojos”.

–¿Cómo dormían? “En nuestra cama de matrimonio dormíamos con nuestro hijo menor”. –¿Y Sarita? “A ella la acostábamos con la hija de 15 años. Los otros tres en la otra cama”. Cuentan que en ocasiones, David Steven venía desde La Palma y cogía la niña con la amenaza de que se la iba a llevar porque él la quería.

“¡Desgraciado!”, dice la madrina. “Ese hombre me da impresión, porque la niña lo único que decía al principio era: “Quiero chigalillo, chigalillo pa’ fumar”. ¿Quién sabe qué porquería le daría a la niña”.

La madrina dice que durante el tiempo que la pequeña permaneció con ellos en La Joya recibió buen trato. El año pasado a Sarita la picó, creen, una avispa o una abeja. Esto le provocó alergia extrema. Por poco se muere. La llevaron desmayada al hospital. Una enfermera le tomó varias fotos. “Me iban a quitar la niña porque pensaron que la maltratábamos pero cuando se confirmó que los moretones eran por la picada, nos la devolvieron. Esa es la prueba de que nosotros le dábamos una buena vida”, dice la madrina.

–¿Cómo era el trato suyo con Sarita?, se le pregunta al padrino. Su esposa se le adelanta: “Él era muy bueno con ella. Siempre la trató como propia”. El hombre se levanta y dice que no quiere hablar más.

La madrina recuerda que el 31 de octubre para celebrar Halloween, Sarita tuvo su primer y único disfraz. Era Minnie Mouse. “Era baratico pero se veía muy bonita”, cuenta.

El 21 de abril a las 9:30 a. m., según la versión de la madrina, la niña se cayó de la cama. “Yo estaba al otro lado de la casa y no escuché. Fue mi niño de tres años quien me avisó”. Dice que encontró a la niña en el suelo y que se asustó porque temblaba. La llevó hasta donde su hermana Adriana María, a 25 minutos en moto. Ambas la trasladaron al hospital Nelson Restrepo. Para entonces, la niña ya llevaba más de una hora con el trauma del supuesto golpe contra el suelo.

El parte médico enumera el cuadro con el que entró la niña a urgencias: trauma craneoencefálico severo, desnutrición proteico calórica, anemia, onicomicosis (hongos) y muy alta sospecha de abuso sexual por hallazgos de lesiones genitales y anales. Y leishmaniasis. “Hay evidencias de haber sido zarandeada con violencia”.

La niña fue remitida a Ibagué, al hospital Federico Lleras Acosta. La madrina viajó en la ambulancia. La mamá de la madrina, Nancy Urueña, de 57 años, se quedó con la ropa que Sarita tenía puesta cuando ocurrieron los hechos. Se fue para su casa y por poco la lava, pero no lo hizo “porque me puse a rezar”.

La niña murió el sábado a las 2:15 p. m. El mes pasado había cumplido tres años. Después, las autoridades les pidieron la ropa que la niña tenía en el momento del accidente. Era un interior y un pantalón. Casi siempre caminó descalza. La empacaron en una bolsa y se la llevaron.

“¿Por qué ocurrió esto? De alguna u otra manera, todos somos responsables”, reflexiona el secretario jurídico de la Alcaldía, Guillermo Rivera. “Aunque en teoría hay una institucionalidad, la realidad y los problemas pasan por encima”.

Un pueblo aporreado

Guayabal era un corregimiento de Armero antes de la erupción del volcán Nevado del Ruiz, que produjo una avalancha que mató a más de 25.000 personas.

Ahora es municipio y según el Dane, el 69 por ciento de sus pobladores vive en condiciones de pobreza. “En el caso de Sarita, por ejemplo en el registro civil de nacimiento ni siquiera aparece reportado el padre de la menor”, dice el personero de Armero Guayabal, Fabián Barrero.

Este escenario es propicio para generar situaciones adversas. “La violencia intrafamiliar es ya el tercer reglón de delitos registrados por la Fiscalía”, dice Carlos Eduardo Valdés, director de Medicina Legal. El médico confiesa que el caso de Sarita lo tiene consternado porque es el que más “lo ha impactado” desde que dirige el Instituto debido a “la extrema violencia que sufrió la menor”.

Las calles del centro del municipio son amplias y están bien trazadas pero en la periferia reina el hacinamiento. Los límites del casco urbano con el área rural son claros. Por ejemplo, en la zona sur hay una edificación de 1.000 metros cuadrados con un letrero de la Cruz Roja. Es un cascarón al que la maleza y el óxido devoran con lentitud. A la derecha hay una caseta donde una señora vende cerveza. A partir de ahí, la senda de árboles guásimos, matarratón y pomarroso marcan el camino hacia la finca La Joya.

Es una carretera de dos kilómetros, recta y sin pavimentar. A la izquierda está la puerta de La Joya, una cerca de alambre de púa que cualquiera puede abrir y cerrar. La vegetación y la distancia impedían que alguien viera lo que ocurría adentro.

El ladrido de tres perros flacos corta el silencio. La casa tiene tres habitaciones y un comedor. Afuera, en la parte de atrás, está el baño y el lavadero. Todo está vacío. Los animales no tienen agua para tomar. Se les ve sofocados.

Ángela y Edilberto, quienes solían habitarla, dicen que más que demostrar su inocencia su prioridad es recuperar a sus hijos, porque las autoridades de infancia se los quitaron. “El defensor de familia no nos quiere decir dónde están”.

En el cementerio de Guayabal hace calor. Frente a la tumba de Sarita hay un tulipán de tronco delgado pero frondoso. Tiene flores de color naranja. La sombra del árbol acompaña la tumba.

ARMANDO NEIRA
Enviado Especial de EL TIEMPO
Armero Guayabal
En Twitter: @armandoneira

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