Otras Ciudades

La insólita varada de grupo de cantadores en un bus

Mincultura entregará el viernes la declaración de los cantos de vaquería patrimonio de la humanidad.

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Un grupo de 25 vaqueros recorrieron este miércoles en un bus las sabanas.

Foto:

Sonia Pineda. Ministerio de Cultura

27 de junio 2018 , 11:07 p.m.

Los 25 vaqueros cantadores que se alistan para recibir el reconocimiento de la Unesco a los cantos de trabajo en el llano como patrimonio inmaterial de la humanidad volvieron a recordar este miércoles aquellas épocas en las que tenían que jalar las reses que se rebelaban a continuar en la manada. La diferencia fue que en esta ocasión todos tuvieron que jalar del mismo rejo para desenterrar el bus que los llevó hasta un hato en los llanos orientales.

Esta insólita historia se dio en la carretera que de Villavicencio conduce a Puerto Carreño, en el sector entre Puerto Gaitán y San Pedro de Puente Arimena, en el nororiente del Meta.

En ese recorrido el bus se enterró en dos ocasiones. En la primera fue de ida, y aunque tuvieron que sacar sus rejos y todos jalaron hacia el mismo lado, no les tomó mucho tiempo. La segunda fue la más crítica. Era de noche y regresaban a Puerto Gaitán, pero ni los rejos que hacen ellos mismos con el cuero del ganado y que lubrican con cebo les funcionaron. Dos horas después, en medio de la lluvia, apareció  un tractor que los sacó de la cuneta en la que habían caído.

"Fuimos al hato Guadalajara, estaba lloviendo y la carretera estaba muy resbalosa, por eso caímos a un hueco", cuenta con algo de humor el cantador casanareño Víctor Espinel, quien recuerda que era muy temprano y los vaqueros estaban desganados porque aún no les habían repartido el "bastimento" (el desayuno).

"Como no se pudo con los rejos, logramos que fuera un tractor y nos sacara", agregó Hermes Romero al referirse a la varada que sufrieron por la noche, de regreso al pueblo. Romero es un viejo vaquero y cantor llanero que reconoció que el invierno no los dejó trabajar.  Todos ellos fueron a visitar un hato y a contarles a los niños de la región de Puente Arimena sobre la tradición y la importancia de conservarla.

Estos cantadores improvisan versos en los que les cantan al ordeño y al arreo. "Algunos son con mensajes picantes y otros sobre el enamoramiento", explica Romero, quien también dice que en la actividad del llano se utilizan silvidos y los japeos (gritos), "con los cuales el ganado aprende a obedecer".

Los 25 vaqueros, con edades entre los 50 y 83 años, fueron reunidos por el Ministerio de Cultura en el municipio de Puerto Gaitán, en el Meta, donde este viernes se hará la entrega oficial del reconocimiento de patrimonio de la humanidad a los cantos de trabajo en el llano, una antigua tradición en riesgo de desaparecer. Esta misma actividad ya se hizo en los llanos venezolanos.

"El reconocimiento es una labor que se ha transmitido de generación en generación, es un homenaje a esos viejos que ya se fueron y que nos dejaron esas enseñanzas, esa pasión, ese enamoramiento, por el trabajo del llano", señala Romero al referirse al acto que entrega de los certificados de la Unesco. Este casanareño hizo parte del grupo de gestores culturales que ayudó en la iniciativa de declarar los cantos de trabajo en el llano patrimonio de la humanidad.
 La veintena de vaqueros representa al Vichada, Arauca, Casanare y Meta, departamentos donde la tradición aún existe en unos pocos hatos, uno de ellos es Guadalajara, a unas 3 horas y media de Puerto Gaitán, llano a dentro.

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Los vaqueros que manejan la tradición de los cantos de vaquería fueron reunidos en Puerto Gaitán, en el Meta.

Foto:

Sonia Pineda. Ministerio de Cultura

Víctor Espinel, quien apenas hizo tercero de primera y se crió en los hatos casanareños, sin un padre y una madre que lo guiaran en sus primeros años de vida -dice que quedó huérfano a los dos años-, recuerda que fue en las jornadas de recogida de ganado en las que aprendió a cantarles a las reses, para tranquilizarlas, dice. Aunque en un principio, siendo niño, era el que hacía los mandados en los hatos.

"No trabajé en las largas ganaderías de Arauca y Yopal a Villavicencio, pero sí en los hatos recogiendo ganado", dice este hombre que camina todavía a pata pela' y que tiene un fundo en el municipio de Maní.

Una ganadería sin canto no es ganadería y el canto sin una ganadería tampoco es canto. El uno sin el otro no sobrevivirían

"Muchas veces me tocó ser velador, una actividad de mucho riesgo, porque en cualquier momento el ganado podía asustarse y desbarajustarse por la sabana", agrega. El "velador", explica Espinel, era un jinete que debía pasar toda la noche en vela cantando alrededor del ganado, que era recogido en la sabana, para que estuviera tranquilo.

En cambio, Hermes Romero aprendió la tradición en los largos recorridos acaballo por la sabana al lado de su padre y de sus hermanos mayores. Todos eran cantadores. En esa época, un viaje entre Arauca y Villavicencio arriando ganado podía tomarse 40 días o más.

"Era el menor y hacía la labor del becerrero. Por eso los primeros cantos que aprendí fueron los de ordeño, al lado de mi padre", recuerda este llanero que además es un experto artesano del cuero. Solo con un cuchillo bien afilado, que siempre carga en la cintura en una pequeña funda,  es capaz de crear una campechana (hamaca en cuero). Él ha participado en varias ferias de artesanos en Bogotá.

"Fui creciendo -continúa narrando- y en el trabajo del llano iba oyendo cantar a mi papá y a mis hermanos, y fui aprendiendo", recuerda Hermes, quien dice tener "55 años bien vividos".

"Una ganadería sin canto no es ganadería y el canto sin una ganadería tampoco es canto. El uno sin el otro no sobrevivirían", advierte este hombre nacido en las sabanas de Paz de Ariporo, al norte de Casanare, y quien no solo es experto cantador si no un vaquero de esos que ya casi no se ven en los hatos.

Guillermo Reinoso Rodríguez
Redacción ELTIEMPO.COM

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