Otras Ciudades

Acandí, la otra cara del paraíso

Un municipio sumido en la desesperanza por el narcotráfico, la corrupción y el olvido estatal.

Acandí, Chocó

Turistas nacionales y extranjeros llegan a este municipio atraídos por su mar, playas y fauna.

Foto:

Salud Hernández-Mora

11 de enero 2018 , 07:23 p.m.

Al descender del precario embarcadero, el cauce de aguas residuales saluda a los viajeros en cuanto caminan hacia la población. Más adelante se observa que una parte de la playa la engulló el mar, que también se tragó dos calles; los escombros de las viviendas destruidas siguen esparcidos en la orilla.

Tampoco existe una planta de tratamiento de aguas, acueducto, alcantarillado ni un botadero de basuras en condiciones. Del hospital prometido solo dejaron un esqueleto que se unió a la manada de elefantes blancos que devoran miles de millones de pesos por todo el país. En cuanto a la energía, llega 18 horas al día por el alto costo del ACPM para un municipio de categoría 6. Alcanza para 1.900 galones diarios. Y ni hablar del campo. Poseer tierras o recorrerlas y disfrutar de un paisaje bellísimo se volvió una quimera para los acandileros, puesto que tres terratenientes foráneos, sin interés alguno en el progreso de la comunidad, las monopolizan. Incluso vallan ríos y los desvían a su antojo.

Si alguien se enferma o sufre una fractura, deben trasladarlo a Turbo o Necoclí en lanchas de la Armada o privadas. Las dos ambulancias bien equipadas que había “las dejaron acabar para hacer contratos con particulares”, comenta un lugareño. “Lo mismo pasó con el equipo de rayos X”.

Acandí, Chocó

Tan solo columnas de varilla quedaron del anhelado proyecto de un hospital.

Foto:

Salud Hernández-Mora

Pese al desalentador panorama, dadas la cantidad de joyas naturales que atesora y la entrañable hospitalidad de sus gentes, en Acandí están convencidos de que el turismo podría salvarles. No solo de la pobreza de una población que en un 91 por ciento se declara desplazada, también de las economías ilícitas. De paso, debilitarían a los grupos armados ilegales que siguen controlando el golfo de Urabá y su entorno. Pero son tantas las carencias que padece el municipio a orillas del Caribe, en el Urabá chocoano, que se antoja un anhelo complicado a corto plazo.

Incluso, su corregimiento más famoso, Capurganá, destino de miles de visitantes nacionales y foráneos, no termina de dar el salto definitivo hacia adelante. Reina la informalidad en la hotelería, las basuras se pudren a cielo abierto a la salida de la población, hay meses en que el centro de salud se queda sin médico y el único parque existente, convertido en improvisada cancha de fútbol, sigue pidiendo inversión a gritos. “Estos pueblos son como la tierra del olvido, la zona del destierro para los funcionarios de afuera”, afirma un lugareño.

“¿Por qué el Estado tiene tan descuidado un territorio de frontera con enorme potencial?”, se pregunta el secretario de Gobierno, Félix Ramos Sierra, quien regresó a su tierra natal después de varios años de ausencia, para contribuir a su progreso.

Precisamente, la frontera con Panamá, que podría impulsar el desarrollo, no ha sido sino un obstáculo. Arrastra a incontables jóvenes hacia la ilegalidad, puesto que el tapón del Darién, un tesoro ambiental, es corredor de coca, armas e inmigrantes. De ahí que sean “la trocha” y “el emigro” casi las dos únicas fuentes de empleo que paga bien, aunque entrañan grandes riesgos.

De ambos, el primero es el más peligroso y el que arroja mayores ganancias. Los conocedores del terreno, nativos del común, transportan a la espalda entre diez y veinte kilos de coca hasta Panamá, por las montañas y selvas que dividen a ambos países. Pueden demorar de dos a cuatro semanas y les pagan entre 300.000 y 400.000 pesos por kilo. Para desgracia de sus familias, muchos terminan en las cárceles panameñas, ya sea La Joyita o en Colón, y otros desaparecen en el camino.

“Los narcos que los envían viven en Bogotá, Medellín y Cali, aquí solo están los mandaderos”, comenta un nativo. “La gente hace fila para ser trochero porque no hay más que hacer en estos pueblos. Es una suerte cuando te escogen”.

Menos obtienen los que guían a los emigrantes ilegales llegados de países tan lejanos como Nepal, Bangladés, Eritrea o Somalia. Los traen en lancha desde Turbo, Antioquia, con un salvoconducto oficial de Migración Colombia, y los guían y los internan en la selva camino de Panamá. Quienes los conducen cobran veinte dólares por persona, y los grupos, en algunas épocas, pueden superar el medio centenar. La caminata no suele exceder las cinco horas porque está dividida por tramos, para que puedan beneficiarse lugareños de diferentes partes. Otra alternativa es cargar los equipajes, a diez dólares el bulto.

Los narcos que los envían viven en Bogotá, Medellín y Cali, aquí solo están los mandaderos

Seguí la ruta entre Acandí y Capurganá, por caminos y lodazales empinados y solitarios entre la manigua y las inmensas fincas de los terratenientes. Apenas se divisan unas cuantas casas dispersas. Algunas las utilizan las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), que controlan las rutas, como puestos de vigía llamados ‘puntos’. Desde diciembre pasado, dicha banda criminal, cuya presencia en la región es discreta, prohibió el paso de inmigrantes. Consideran que les “calientan el parche” para el narcotráfico, su principal negocio. La orden cortó en seco las partidas hacia Panamá. “Ningún guía se atreve a desobedecer porque sabe que se muere”, comenta un acandilero que condujo durante años decenas de personas hacia la frontera.

“El futuro para los jóvenes de acá es hacer plata con el fútbol o la trocha”, afirma un docente. Trabajar con “los emigros” supone obtener unos cinco millones de pesos por una labor que exige sacrificio y riesgo moderados, y ser un “caballo” o un “trochero”, es decir, cargar coca, multiplica los peligros y el esfuerzo, pero también las ganancias.

Acandí, Chocó

El parque de la población es una improvisada cancha de fútbol.

Foto:

Salud Hernández-Mora

Son decenas los acandileros que terminan en cárceles o muertos. “La Guardia panameña no da el alto, fumiga”, asegura un conocedor de la trocha. Y únicamente reciben 400.000 pesos por kilo transportado. Pero los fallecidos, desaparecidos y presos no sirven de elemento disuasorio. “Si suena un picó a todo volumen y el muchacho que tomaba Big Cola usted lo ve con Buchanan’s, haciendo fiesta con amigos, es probable que coronó. Esa botella da estatus. Conducir emigros se hace desde los setenta, no es nuevo”.

Cuando el frente 57 de las Farc existía, cobraban una vacuna en su zona por kilo de coca y los gaitanistas, otra en la suya. Ahora solo están los segundos. “Así es difícil conseguir trabajadores para una actividad normal, porque uno no les paga más de 35.000 pesos y es toda la jornada, y en la trocha se hacen mucho más con un solo viaje”, explica un campesino que posee un lote pequeño donde cultiva pancoger.

Agricultura

“La gente no tiene tierra propia, los que eran dueños ahora son peones”, afirma un funcionario de la alcaldía. El mayor ganadero, Jaime Uribe, acapara casi toda la tierra productiva del municipio. “No es de Acandí ni vive aquí, no compra nada en el pueblo y no paga el bono de movilización de su ganado, porque lo saca por otro lado”.

Un aldeano, haciéndose eco de un clamor general, le reprocha que “no colabora en la mejora de los caminos y no contrata gente de la región, sus trabajadores son ‘chilapos’ (cordobeses). El otro, Armando Builer, también es de fuera, viene poco a Acandí y cuando lo hace, lo escolta el Ejército, que solo aparece por el pueblo para cuidarlo. El tercer terrateniente es Gustavo Ramírez, al que llaman ‘Prenderías’ porque es su negocio en Medellín. “Comparados con lo que ellos tienen, nuestros territorios colectivos son minifundios y no están en los mejores lugares, como el de ellos. Y corren la cerca para ganar terreno”, puntualiza el nativo.

La ausencia de tierras fértiles ha ido acabando con la cultura agrícola y ganadera que existía en el pasado, y tampoco la pesca artesanal, cada día más escasa, la aprecian las nuevas generaciones como una fuente de ingresos. A la región llegaron proyectos productivos del Gobierno Nacional que tuvieron nulo o mínimo impacto. En uno de los últimos promovieron el cultivo de yuca destinado a una planta que levantarían en Acandí para procesarla. Pero las obras nunca las concluyeron porque la corrupción se comió los fondos. Los pequeños agricultores que creyeron en el programa perdieron su cosecha, un desastre para sus raquíticas finanzas que ningún órgano estatal soluciona.

Para sorpresa del pueblo, en una reunión en Quibdó, la Agencia Nacional de Minería reveló que Acandí tenía inscritos 5.483 barequeros artesanales, la mitad de la población conforme a los datos del último censo del Dane, si bien el número actual de habitantes roza los veinte mil.

“Si mucho habrá doscientos”, precisa Yolvys de la Cruz, el único periodista de Acandí y uno de los supuestos barequeros. Extiende sus brazos con una sonrisa irónica. El izquierdo sufre una deformidad por un derrame cerebral que padeció al nacer. Imposible sostener nada, y menos hacer fuerza con esa extremidad. Para la Dian, sin embargo, ejerce ese oficio y el año pasado vendió 25 millones del oro a un tal Víctor Manuel López. En diciembre le envió una notificación para que regularice su situación tributaria.

“Nunca me ha quedado nada grande en la vida, pero imposible barequear”, dice. No es el único. La secretaria del Concejo, por ejemplo, supuestamente sacó 60 millones en oro, y un difunto, Domingo Barrios, también le arrancó desde el más allá unas pepitas al río.

Fue el alcalde anterior, José Gabriel Olivares, que ahora reside en Montería, el que presentó el listado. Las investigaciones de la propia comunidad apuntan a que volcó el registro del Sisbén en el de la agencia minera para justificar la venta de oro. El fraude es evidente porque Acandí nunca ha tenido la minería como actividad económica principal.

La alcaldesa Lilia Isabel Córdoba lo tiene claro: “Es el turismo la mejor mina que tiene el pueblo, la que puede traer mayor desarrollo. Antes, el primer renglón de la economía era la agricultura, pero la violencia y los terratenientes la acabaron. El turismo es el futuro, pero necesitamos que el Estado nos mire”.

SALUD HERNÁNDEZ-MORA
​Especial para EL TIEMPO
Acandí, Chocó

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