Otras Ciudades

La apuesta de un grupo de campesinas para ‘sanar’ la guerra

En el Catatumbo, un grupo de mujeres buscan transformar sus entornos a través del emprendimiento.

Plantaciones de coca

En el municipio de El Tarra, en Norte de Santander, hay 3.683 hectáreas sembradas de cultivos ilícitos, según la ONU.

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En el municipio de El Tarra, en Norte de Santander, hay 3.683 hectáreas sembradas de cultivos ilícitos, según la ONU.

26 de septiembre 2017 , 05:13 p.m.

El corregimiento de Filo El Gringo, a una hora en carro del centro urbano del municipio de El Tarra, en Norte de Santander, actualmente es considerado por las estructuras armadas que operan en la región del Catatumbo como un corredor estratégico de su actividad criminal. Por esta zona selvática a orillas del río Catatumbo, un férreo control insurgente del Eln y ‘Los Pelusos’ permite una libre circulación de sus negocios ilícitos pero restringe el arribo de desconocidos a esta región.

Esta dinámica, que a fuego y sangre se ha instaurado como imperio de ley, ha desencadenado en los últimos años en la privación de libertad de cinco periodistas, tres extranjeros y dos nacionales, que se encontraban cubriendo la zona.

A pesar del cuadro de violencia que se cierne sobre las casas de barro y cemento de los tres barrios de este empolvado caserío, cuyas vías carecen de pavimento, un grupo de siete mujeres se organizó para sembrar un horizonte de esperanza en este territorio sumido en los males de la mata de coca,  que en Norte de Santander comprende un territorio de 24.831 hectáreas, según la ONU.

Decidimos organizarnos porque como mujeres vivimos mucha discriminación de género, sin embargo, estando organizadas era más fácil entender que gozábamos de los mismos derechos políticos sociales

Se trata de una línea de cremas y productos medicinales a base de coca y marihuana para aliviar las dolencias corporales, que sin ser bautizada se ha consolidado como una fuente de ingresos para estas víctimas del conflicto armado y como un poderoso bálsamo para sanar sus heridas de la guerra.

“Decidimos organizarnos porque como mujeres vivimos mucha discriminación de género, sin embargo, estando organizadas era más fácil entender que gozábamos de los mismos derechos políticos sociales y reconocernos como generadoras de vida”, aseveró Yamile Maldonado, fundadora del Comité de Mujeres de Filo El Gringo, una asociación campesina que se estableció el 15 marzo de 2008 como plataforma social para restituir el liderazgo de las víctimas del desplazamiento y promover el emprendimiento y la capacitación en esta población vulnerable.

Como sus otras compañeras, esta campesina, de 31 años, soportó la diáspora del desplazamiento forzado que entre 2000 y 2004 deshizo el tejido humano de la región del Catatumbo, cuando se produjeron cerca de 39 masacres, a manos de paramilitares, guerrillas y agentes del Estado.

En aquella época, su esposo, de profesión docente, se vio en la necesidad de abandonar su trabajo por miedo a quedar en medio del fuego cruzado, cuando impartía lecciones a sus alumnos. Él recuerda que las clases se interrumpían cuando empezaban a tronar las balas por los combates de la Fuerza Pública.

Una década después, con los guerrilleros de las Farc desmovilizados y un inminente cese al fuego bilateral de 103 días con el Eln, Yamile considera que este es el momento oportuno para renunciar al espiral de la guerra y buscar la clave de la superación en los tiempos del posconflicto, que, en su concepto, se esconde en la formación de colectivos comunales y asociaciones campesinas en torno al estímulo de proyectos productivos, como el suyo.

El secreto del bálsamo

Para producir las cremas curativas, estas siete mujeres viajan cada semana a una de las 22 veredas que componen este corregimiento, para comprar un kilo de mata de coca y otro de marihuana. Las plantas con mejor apariencia se muelen y se colocan en un recipiente donde son sometidas a un método de cocción, conocido como el Baño maría. Posteriormente, la infusión que de allí resulta, se disuelve en vaselina y se conserva a fuego lento, hasta conseguir una textura gelatinosa.

Estos ungüentos, que cuestan alrededor de 8.000 pesos, son comercializados en diferentes zonas de la región del Catatumbo, no obstante, el principal puesto de ventas de estas microempresarias se encuentra en el casco urbano del municipio de El Tarra, donde mensualmente venden 90 cremas.

Con el dinero recaudado de las ventas, se dispuso de un fondo para la construcción de la Casa de la Mujer en el centro de esta comunidad de 500 habitantes, para acondicionar los materiales y los equipos que permitan aumentar la producción.

“El objetivo de nuestra administración municipal es apoyar todos los sectores organizados del municipio, por eso estas mujeres son vistas como ejemplo en nuestra población. Como muchas familias, fueron víctimas del conflicto y a pesar del miedo con el que conviven, quieren salir adelanta y renunciar la lastre de la guerra. Nosotros hemos ayudado en la creación de este espacio que servirá para la reunión y para reconstruir el tejido de estos campesinos”, explicó José de Dios Toro Villegas, alcalde de El Tarra.

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