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Seis sueños de emprendimiento para transformar el país

Estas son las iniciativas que ganaron la tercera convocatoria organizada por Recon.

RECON

Recon, organización que impulsa el emprendimiento social, premió recientemente a los ganadores de las seis categorías que tuvo su tercera convocatoria, apoyada por EL TIEMPO.

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Fundación Recon

06 de abril 2018 , 11:02 p.m.

Recon, organización que impulsa el emprendimiento social, premió recientemente a los ganadores de las seis categorías que tuvo su tercera convocatoria, apoyada por EL TIEMPO. Hubo más de 1.500 postulaciones, y más de 800 cumplieron los requisitos. Después de una preselección, 60 se expusieron al voto de los colombianos; luego, un jurado hizo la última escogencia entre 18 finalistas.

Un kit para que los niños con parálisis cerebral vuelvan a sonreír
Un kit para que los niños con parálisis cerebral vuelvan a sonreír

Leidy, con su creación para los niños con parálisis cerebral: el KitSmile. Ella está en la búsqueda de apoyos.

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Página web - KITSMILE

Leidy Cuestas es la diseñadora industrial que creó el primer kit de rehabilitación en casa para niños con parálisis cerebral.

A sus 24 años se convirtió en una de las colombianas más jóvenes en tener una patente de creación en el área de salud, y hoy, 4 años más tarde, acaba de recibir el premio de emprendimiento e innovación social de Recon, en la categoría tecnología y comunicación, por su Kit-Smile.

Describir el proyecto que hizo realidad no es sencillo. Se ve como un carro para niños, pero es más que eso: es una herramienta que les permite a los pequeños con esta enfermedad mejorar su calidad de vida a través de estimulación y ejercicio constante.

Además, quienes están a cargo de los menores reciben capacitación y acompañamiento sicosocial de profesionales.

“Me gusta cuando dicen que es un ‘carrito’ porque ese era mi objetivo. Los niños dicen que es su carruaje, pero en realidad es un producto que busca integrar alimentación, ejercicio y descanso”, explica Leidy.

KitSmile permite que los niños hagan las tres cosas en un mismo vehículo, sin que deban ser trasladados por sus cuidadores de una silla de ruedas a una cama.

Cada ‘carrito’ es diseñado de acuerdo con las necesidades de los pequeños y su condición médica. Es decir, no se produce en serie.

Una vez es entregado, la fundación Unidos para Sonreír –también liderada por la joven diseñadora– realiza sesiones de capacitación para los miembros de la familia con el fin de que sepan usar el producto. Igualmente, se les da acompañamiento psicológico para eliminar el sentimiento de culpa en torno a la enfermedad, que se presenta en las madres.

El kit, además de ser plegable y fácil de transportar, se adapta al crecimiento de los niños y puede ser usado entre los 2 y los 12 años.

Se estima que actualmente existen 300.000 niños con parálisis cerebral en todo el país, y el 70 por ciento de ellos son de escasos recursos.

Por eso, el objetivo de Cuesta es que el KitSmile llegue prioritariamente a esos menores desfavorecidos, en su mayoría ubicados en zonas rurales y sin acceso a terapias o valoraciones con especialistas.

Hasta ahora han sido entregados 57 kits en zonas rurales de departamentos como Meta, Casanare, Boyacá y Norte de Santander; y han sido capacitadas 228 personas que forman parte de los núcleos familiares.

El proceso de acompañamiento también incluye, gracias a una alianza con Avianca, una serie de visitas a Bogotá para que los niños reciban atención médica.

Ahora, Leidy Cuesta busca llevar a más lugares del país el proyecto que inició como su tesis de grado. Su meta es llegar en el corto plazo a Tumaco y Popayán, y conseguir que otras fundaciones se sumen a su iniciativa para cambiar vidas.

Quienes deseen postularse para ser uno de los beneficiarios de un KitSmile pueden hacerlo grabando un video en el que expongan sus razones y subiéndolo a www.kitsmile.com.

Nebulón: el proyecto que convierte las nubes en agua
Nebulón: el proyecto que convierte las nubes en agua

El proyecto de Jhonny es un sistema captador de niebla que logra recoger al día 28 litros de agua potable.

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Página web - Universidad La Gran Colombia

Una de cada cuatro personas sufre de escasez de agua en el mundo, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Esta realidad fue la que llamó la atención de Jhonny Umaña, un estudiante de ingeniería civil de la Universidad La Gran Colombia que ideó un sistema captador de niebla de 4 metros cuadrados que logra recoger al día 28 litros de agua potable. Su nombre es Nebulón y ganó la convocatoria Recon en la categoría medio ambiente.

El proyecto cuenta hoy con dos prototipos en La Belleza, Santander, y en Chipaque, Cundinamarca.

Jhonny pasó noches enteras investigando sobre los sistemas captadores de niebla que ya se habían hecho en Chile, Bolivia y Perú. “El método empleado en Nebulón consiste en tres planos de malla, en forma de triángulo, por lo que la captura de niebla se hace en varias direcciones de viento”, explica este joven de 21 años.

Cada prototipo puede llegar a costar unos 130 dólares, alrededor de 390.000 pesos. Sin embargo, Jhonny –quien debía asumir el precio de sus recursos– logró crear dos y bajar los costos de construcción utilizando materiales de las zonas donde se situarían.

El Centro de Innovación y Talento de la Universidad La Gran Colombia ayudó a este apasionado por el medioambiente a lanzar Nebulón.

“Allí nació mi intención de asistir a convocatorias como la de la plataforma Recon. El año pasado quedamos seleccionados en otra, en Nicaragua”, cuenta orgulloso Jhonny.

Su idea es llegar a lugares de Colombia con déficit en el abastecimiento de agua, como la costa Caribe. Según él, una investigación en el desierto de Atacama, en Chile, confirmó que la bruma del mar hacía factible la construcción del cazador de neblina en regiones de bajas alturas.

Uno de los desafíos de Nebulón fue llevar los ejemplares hasta las veredas donde se implantaron. Jhonny está trabajando en modelos modulares que cuenten con un manual de instrucciones para que los campesinos los ensamblen.

“Este premio de Recon es una recompensa a tanto esfuerzo depositado. Otra buena noticia es que una fundación nos llamó para generar unas pruebas de Nebulón en La Guajira. De a pocos, este sueño se está transformando en una realidad”.

Empoderamiento y liderazgo a través de Frutichar
Empoderamiento y liderazgo a través de Frutichar

Frutichar, una iniciativa en El Charco, Nariño, comenzó en 2010 y hoy ya emplea a 10 jóvenes de la región.

Foto:

Facebook Frutichar

Frutichar es una iniciativa social de El Charco, Nariño, que da empleo formal a jóvenes entre los 15 y los 26 años con el objetivo de alejarlos del conflicto armado.

Sus impulsores, que ganaron el concurso de Recon en la categoría emprendimiento y generación de empleo, compran frutos exóticos a los campesinos y comercializan su pulpa.

Su planta principal está en la cabecera municipal, pero sus trabajadores se mueven por las veredas para encontrar los proveedores y vender sus productos.

Habla Nevis Cadena, uno de los fundadores de Frutichar.

¿Cómo nace Frutichar?

Nace en el marco del programa Creciendo Juntos, de la Embajada de Canadá y del Pnud, en 2010. Los fundadores éramos compañeros de colegio, y ahí llegó esa propuesta de Frutichar como proyecto de grado. Lo pusimos en marcha con los recursos del programa. Fue financiado por la embajada canadiense e implementado por el Pnud, la Gobernación de Nariño, el Sena y las alcaldías locales. Al principio fuimos 19 estudiantes, y por cada uno nos dieron 3 millones de pesos. Entonces creamos la iniciativa con 57 millones de pesos que nos sirvieron para comprar equipos y construir la planta.

¿Cómo lo consolidan?

Ellos (la embajada de Canadá y el Pnud), desde que empezamos, nos pidieron dos componentes: el productivo y el social. En el social se metió el tema del liderazgo y el empoderamiento político a través de talleres y actividades. Y ya en lo productivo, éramos 7 jóvenes que queríamos trabajar la fruta, pero no nos alcanzaba. Entonces otro grupo de mujeres se unieron, y ahí surge Frutichar. Los 19 tuvimos formación técnica con el Sena. Algunos desertaron. Otros se vieron amenazados y tuvieron que salir, y ahí quedamos 11. Además, hoy trabajan en planta más de 10 jóvenes que nos ayudan con la comercialización. De acuerdo con lo que ellos vendan, sacamos su pago. En promedio venden 3.000 paquetes de pulpas.

¿Cuáles frutas manejan?

Tenemos 10 frutas certificadas con registro Invima. Algunas normales, como el mango, el lulo, la piña, que son cultivadas en la región. Pero también tenemos unas raras, como naidí y arazá. Ahora queremos introducir el ‘manoemico’, fruta que estamos investigando para darle un nombre científico.

¿Qué sigue para Frutichar? ¿Cuáles son sus sueños?

Ahora, con todo lo de Recon, la idea es poder llegar a otros mercados del país. La mayoría no conocen nuestras frutas porque son sabores diferentes. Estamos haciendo mercadeo en Pasto y tenemos un ambiente muy favorable. Nos han pedido que traigamos muestras. Hemos pensado en crear una asociación sin ánimo de lucro de productores. Una vez la tengamos, vamos a conseguir capacitación del Sena para que nos forme a los campesinos, con el fin de que tengan tecnificación y el proyecto crezca mucho más.

El hombre que le dio un uso artístico y social al casabe de yuca
El hombre que le dio un uso artístico y social al casabe de yuca

Ildefonso, en pleno trabajo con el casabe, la materia prima para sus clases de arte en la institución para la que labora.

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Cortesía Ildefonso Mestre

Hace 10 años, el profesor Ildefonso Mestre viajó desde Chocó para trabajar en la Institución Educativa de San Isidro, ubicada en la zona rural de Montería, Córdoba.

Su primera preocupación al llegar fue el estado de la escuela en la que sería maestro de religión y ética. La infraestructura estaba deteriorada y era “poco adecuada para el aprendizaje”, dice.

A raíz de ello sintió una enorme necesidad de crear un ambiente cómodo para los niños. Empezó a hacer murales en las paredes de San Isidro; necesitaba que los estudiantes se impregnaran de arte porque, según él, no hay mejor actividad que esta para sanar el alma.

Tres años después fue nombrado maestro de arte, un gran logro para él debido a que esta cátedra nunca se había dictado en la institución, porque se creía que para hacer arte se necesitaban muchos recursos económicos. “El arte no puede ser exclusivo de los que tienen poder adquisitivo. También los niños campesinos y pobres tienen derecho a ser educados en esta área”, dice.

A sus 57 años recuerda las dificultades a las que se enfrentó en ese nuevo cargo. Principalmente porque no había materiales ni herramientas para desarrollar la clase y tampoco recursos para adquirirlos. Ante la necesidad, Ildefonso se transportó al momento en el que era niño y su abuelo utilizaba los residuos del casabe para pegar las camas de teca, tradicionales en toda la costa Caribe.

Pensó en las familias de los niños que estudian en la Institución Educativa de San Isidro y viven de la elaboración del casabe. En su averiguación se dio cuenta de que cuando elaboran este alimento solo utilizan la fibra de la yuca, el almidón lo desechan y lo vierten en las calles, arroyos y canales de la vereda. Estos residuos producen un olor fuerte y una gran contaminación.

A partir del almidón, Mestre logró elaborar una especie de vinilo, pues la textura de este componente se convierte en un tipo de colbón blanco que cuando se mezcla con otros elementos, como las semillas y el carbón, adquiere un color especial. “Por ejemplo, la semilla de la espinaca se mezcla con agua, después se le agrega al almidón y queda el color morado”, explica el maestro.

Con sus estudiantes creó unos pinceles con residuos de madera y troncos de los árboles, e inició sus clases. Tiempo después se dio cuenta de que había creado un gran proyecto, el cual nombró como Casabe al Arte.

El sueño de Ildefonso es ser un referente a nivel nacional y seguir formando “no artistas, sino buenos seres humanos”.

Casabe al Arte fue el ganador en la categoría prácticas artísticas, culturales y deportivas.

Turismo en antiguas tierras del conflicto
Turismo en antiguas tierras del conflicto

Get Up and Go Colombia involucra a jóvenes bilingües, víctimas del conflicto y a la comunidad LGBTI.

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Cortesía Richard Quintero

En los amplios territorios del Cauca donde nadie ponía un pie por la presencia de grupos armados o minas antipersonales, un grupo de jóvenes vio una oportunidad de turismo.

Luisa Fernanda Romero Muñoz, caucana, cofundadora de Get Up and Go Colombia, asumió ese reto. Esta ingeniera electrónica y de telecomunicaciones, egresada de la Universidad del Cauca, creó junto con otros compañeros, en el 2016, la corporación con el propósito de promover el turismo en las zonas afectadas por el conflicto armado, a través de actividades como el Free Walking Tour, caminatas con las cuales pretenden mostrarle al mundo que el Cauca y Popayán son más que un escenario de guerra.

El objetivo de esta organización, en la que participan jóvenes bilingües, miembros de la comunidad LGBTI y víctimas del conflicto armado, es cambiar la imagen que tienen del Cauca en otras regiones del país, debido a la marca que dejó el conflicto armado, por destinos culturales y gastronómicos para los extranjeros.

En el proyecto cuentan con el apoyo de la Ruta de Reintegración de la Agencia para la Reincorporación y Normalización (ARN).

“Nuestra idea con los excombatientes es hacer que ellos vean en el turismo una segunda oportunidad para escribir nuevas historias, y que ellos puedan convertirse en los mejores guías del país y encargarse de mostrar estos lugares escondidos a todo el mundo”, dice la joven payanesa.

Esta emprendedora, con solo 24 años de vida, ya tiene trayectoria tanto en cargos como en reconocimientos. En el 2016, la Fundación Innovagen la reconoció como mujer embajadora de la lucha contra el cáncer de cuello uterino en el Cauca. Trabajó para la Corporación del Suroccidente Colombiano (Cesco) como coordinadora del Programa de Idiomas.

En el 2017 formó parte del Camp Eagle Hill, en New York, como consejera general. “Este campamento va dirigido a niños de todo el mundo, los cuales llegan a este lugar a tener unas vacaciones divertidas. Se promueven mucho la diversidad y la inclusión, y eso es también lo que aplicamos acá en la organización”, explica.

Esta no es la primera vez que participa en un concurso de alto nivel. El año pasado, la Embajada de Estados Unidos seleccionó las 250 mejores iniciativas para su programa Jóvenes Líderes de las Américas (YLAI) y, entre más de 3.000 postulados de Latinoamérica, la ONG Get Up and Go Colombia quedó seleccionada como una de las mejores, siendo 20 las elegidas por Colombia y esta la única por el Cauca.

La recompensa fue un trabajo de dos semanas en Estados Unidos con Visit Austin, entidad que se encarga de la promoción de turismo en Texas.

Colegio La Fontaine, la idea de dos hermanos
Colegio La Fontaine, la idea de dos hermanos

Adarley y Lilibeydy Manrique con sus socios.

Foto:

Cortesía Colegio La Fontaine

Estaban viendo cursos de licenciatura en Lenguas Modernas en la Universidad del Valle cuando los hermanos Adarley y Lilibeydy Manrique comenzaron a soñar con que los niños de la ladera de Siloé, en el suroccidente de Cali, accedieran a un colegio con educación bilingüe, de calidad y de bajo costo. Hoy, ese sueño, el La Fontaine, es una realidad.

Todo comenzó cuando ellos lograron superar las adversidades en ese barrio de ladera, donde se criaron con sus otros cuatro hermanos, y decidieron ser los primeros de la familia en acceder a un centro universitario. Allí aprendieron que el amor por los niños y la enseñanza iban de la mano.

“En el proyecto de grado de mi hermano planeábamos cómo hacer para que los niños de las 80.000 familias que viven en nuestro barrio se educaran bien y se cortaran esas brechas que hacen que solo unos pocos puedan estudiar con calidad. Fue ahí, en el 2013, cuando empezamos con el sueño del primer colegio bilingüe de Siloé”, dice Lilibeydy.

Con la experiencia que ambos adquirieron trabajando en colegios privados, decidieron unir esfuerzos con sus respectivas parejas para fundar el colegio en una casa alquilada de 90 metros cuadrados.

“Conocimos un colegio que estaba a punto de cerrar porque llevaba años en crisis, un problema que vimos como una oportunidad para arrancar. Conseguimos los permisos e iniciamos clases en el 2015 en una casa de 90 metros cuadrados con 30 niños”.

La Fontaine, por el momento, da clases de primero a quinto de primaria con una propuesta educativa que tiene como énfasis el bilingüismo y el desarrollo de un programa de habilidades del siglo XXI conocido como Steam, que une ciencia, tecnología, ingeniería, arte y la matemática.

“Las clases son personalizadas con salidas pedagógicas, uso de la tecnología y todas las características de un colegio de calidad. Toda esta oferta educativa permite que nuestros niños se mantengan dentro del sistema educativo, ya que la educación tradicional, sumada a la falta de acompañamiento de las familias, provoca una alta deserción escolar”.

Un árbol que sale de la tierra como una fuente es su logo, en el cual precisan que la sabiduría va conectada con los procesos pedagógicos para dar buenos frutos.

Hoy hay más de 150 niños, que pagan una mensualidad de 80.000 pesos, pero algunos han sido patrocinados por la comunidad. “Hay padres que no pueden pagar la mensualidad, entonces buscamos un padrino para que los niños sigan sus procesos”.

Los cuatro fundadores de La Fontaine han hecho de fontaneros, pintores y hasta de maestros de obra, y así han construido su proyecto de vida a mano limpia. "Rompimos con la herencia de la familia que no llegaba a la universidad. Eso mismo queremos con los niños: que vean que la educación es para todos, que pueden seguir soñando con ser lo que quieran”.

EL TIEMPO

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