Otras Ciudades

La isla de Tierra Bomba... una bomba de tiempo

En este territorio del Caribe se reúnen casi todos los males que aquejan a los más pobres del país.

Tierra Bomba

La Universidad Tecnológica de Bolívar estimó que las oportunidades de trabajo en Tierra Bomba son hasta 30 % inferiores a las de la zona urbana de Cartagena.

Foto:

Yomaira Grandett / EL TIEMPO

14 de abril 2017 , 11:39 p.m.

A Tierra Bomba, una isla del Caribe custodiada por el fantasmagórico fuerte de San Fernando de Bocachica, a solo kilómetro y medio de Cartagena, nunca ha llegado el agua potable, pero cada semana descargan sagradamente 2.000 cajas de cerveza.

La sal de mar que casi todo lo corroe tampoco ha hecho mella en la publicidad política no pagada de un aspirante a la JAL de Bocachica, un tal Hernando Piña, que ocupa la pared de un lote abandonado y lleno de basuras y escombros, aledaño al desembarcadero.

Bocachica es uno de los cuatro corregimientos de la isla. Los otros son Punta Arena, Caño de Loro y Tierra Bomba, donde los lugareños pagan uno de los servicios de agua más caros de Colombia. Esto, a pesar de que el líquido no es apto para el consumo humano porque llega en barcos cisterna en condiciones antihigiénicas, y porque se surte con mangueras sucias o corroídas por el óxido en depósitos improvisados.

Agua en Tierra Bomba

Habitantes de la isla deben pagar entre $ 600 y $ 700 por galón de agua (no potable). El líquido llega allí en barcos.

Foto:

John Montaño / EL TIEMPO

El pago mensual del servicio oscila entre 200.000 y 250.000 pesos por domicilio, partiendo de que un solo galón cuesta 600 o 700 pesos, dependiendo de circunstancias surrealistas de modo, tiempo y lugar, y del poder adquisitivo, que aquí constituye el drama del día a día.

Ni hablar del pésimo servicio de electricidad, con redes que se caen por falta de mantenimiento y con varios cortes inexplicables durante el día. Y tampoco hay gas.

No obstante las dificultades, la tierra es apta para el cultivo de yuca, maíz, papaya, melón, ahuyama y sandía. Solo que son pocos quienes la trabajan. La producción es mínima. Solamente hay tres colegios por cada corregimiento y en la vereda Punta Arena hay una subsede del colegio de Tierra Bomba.

En los últimos años, la profusa afluencia de foráneos, desplazados y prófugos de la justicia ha venido sembrando el terror. Ellos son los pilares del microtráfico, el pandillismo y la deserción de los estudiantes, que son reclutados por bandas criminales para que se ocupen de los cultivos ilícitos de coca y del raspado de la hoja.

De modo que la isla es un territorio sin ley. Bocachica, por ejemplo, tiene una subestación de policía con apenas ocho agentes. Es decir, ocho uniformados para una población de 6.000 habitantes, los cuales tienen que repartirse entre Bocachica y Caño de Loro.

Lo mismo sucede en Tierra Bomba, donde hay otra subestación, con un número de policías similar al anterior, que comparten funciones con Punta Arena, punto turístico por excelencia pero cada vez más azotado por los robos a los viajeros, que llegan en cantidades que oscilan entre 500 y 1.500 por semana.

El mar, que golpea con fuerza impetuosa, ha destruido unas 300 viviendas en Tierra Bomba y Punta Arena, así como gran parte del cementerio, hoy reducido a una siniestra Comala insular.

Los damnificados, la mayoría de la tercera edad y algunos con enfermedades terminales, ya perdieron la cuenta de las peticiones y los llamados de alerta al Departamento Nacional de Planeación (DNP) para que adelanten las obras de protección costera.

El toxicólogo Jesús Oliveros, de la Universidad de Cartagena, lleva más de un año esperando el presupuesto de la Alcaldía para empezar a trabajar en un plan de salubridad de emergencia en aras de contrarrestar las múltiples enfermedades (gastroenteritis, diarrea, bronquitis, anemia, conjuntivitis e infecciones cutáneas, entre otras) que aquejan a niños, ancianos y mujeres. Estas son producto del agua insana y los residuos de mercurio, estaño y plomo que dejan las industrias.

Mirla Aarón Freite, líder social y protectora de la infancia, discípula aventajada de la exministra de cultura Paula Moreno en su programa Manos Visibles, vive “porque mi Dios es muy grande”: está curtida por el acecho y las amenazas de los jíbaros y ‘ganchos’ del microtráfico.

Hace unas semanas denunció ante la seccional Cartagena del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) un intento de abuso sexual a una menor de 7 años por parte de un desadaptado de Bocachica.

Hambre y soledad

Son decenas las denuncias que ella gestiona ante el ente gubernamental por maltrato intrafamiliar, venta al menudeo y consumo de sustancias psicoactivas, presencia de delincuentes armados, embarazos precoces y paternidad no deseada, abandono y desnutrición. Todo esto, sin obtener respuesta alguna.

Me resistí a creerle que el gramaje diario que autoriza el ICBF, de un cuarto de libra de arroz, tiene que rendir para 13 niños. Como si el hambre fuera poca cosa, los pequeños de Tierra Bomba, de Caño de Loro, de Punta Arena, se quedan a la deriva casi todos los días porque sus madres –la mayoría cabezas de familia– deben irse a las playas de Cartagena, de Bocagrande, del Laguito, de La Boquilla, de Barú, de Castillo Grande, de Islas del Rosario a rebuscarse el sustento.

¿Cómo? Peinando gringas dóciles y desventuradas que arriban a estos paraísos en busca de una temporada de goce, sin saber español, o haciéndoles sobijos relajantes con aceite de coco a barrigones rubios y solitarios de las antípodas, por esa tradición de que las manos de las negras lo curan todo, “sí e’ñó”.

O empotrándose en la cabeza un platón de aluminio, cargado de las una y mil ricuras de almíbares, amplias caderas, pies descalzos por las arenas ardientes y una jerga proclive a la lujuria del paladar: “A la olden la caliseca, lo cabellito e’ papaya, la bolita e’ ajonjolí, la alegría e’ millo, lo muñeco e’ coco, la cocaíta, lo marranito e’ arequipe, lo enlutao, la panelita e’ maní, lo cubanito e’ leche, el casabe… A la olden”.

Mirla Aarón Freite, que conoce a estas mujeres, que las ha defendido de los maridos patanes y que les ha aconsejado llevar los críos al colegio o a la casa de la cultura del folclorista Belmir Caraballo Díaz, porque allí corren menos peligro que en las polvorientas calles, es un ejemplo vivo del duro vivir de estas aldeas que el Estado y la corruptela política se empecinan en ignorar.

Deylis Guerrero Otero, la reina de belleza de Bocachica, tiene 21 años y es asesora del folclorista Caraballo en la instrucción de danza, pintura, música, artesanías y oralidad para niños y adolescentes. Además, es la hermana de Tyron Guerrero, el pícher estrella de los Marlins de la Florida.

Tyron, de 26 años, hijo de un humilde tendero y de una ama de casa, tuvo que irse de su hogar a los 17 años para llegar a donde llegó. Si Guerrero pudo, ¿por qué otros jóvenes de Tierra Bomba, de Punta Arena o de Caño de Loro no lo pueden lograr?

“Porque todas las familias en estos corregimientos no cuentan con el amor y el respaldo que a Tyron lo han cobijado desde sus primeros años. Porque la mayoría de los niños adolecen de una paternidad, y si la llegan a tener, es como si no existiera. Pasan más tiempo en los billares, en el dominó o en las discotecas, que donde es su deber figurar. Por la pobreza rampante. Y porque no existimos para el Gobierno”, es la respuesta inmediata de Mirla.

Habitantes de Tierra Bomba

Mirla Aarón Freite, líder social y defensora de los menores de edad, denuncia que el alcohol se vende sin restricción.

Foto:

La Pluma & La Herida

“A Tierra Bomba, como usted podrá ver, llega más cerveza que comida y agua –agrega la líder comunitaria–. Y se vende sin restricciones. Es común ver muchachitos a cualquier hora del día empinando el codo, sin vetos ni reprimendas. Haga usted la cuenta, a vuelo de pájaro, de las utilidades que semejante consumo le deja a la cervecera: un promedio de 5.000 millones de pesos al año. Y de todo ese caudal, la compañía no invierte aquí ni un solo peso en responsabilidad social. Por el contrario, el exagerado consumo incide en que niños y adolescentes se afilien a otros vicios y en que, para sostenerlos, se vayan a la clandestinidad a raspar hoja de coca o a traficarla en el menudeo. Esto ha incrementado la delincuencia y la inseguridad, al punto de que Tierra Bomba ya no es el atractivo turístico de otras épocas, sino un territorio sembrado de delito y terror. Hace rato que estamos en estado de emergencia. Esto ya es una bomba de tiempo”.

Haga usted la cuenta, a vuelo de pájaro, de las utilidades que semejante consumo le deja a la cervecera: un promedio de 5.000 millones de pesos al año

Un banco de buenas prácticas

Con cultura, Sobrino de boxeador quiere ganarle la pelea a la delincuencia.

Una de las iniciativas privadas que tratan de paliar la crisis de Tierra Bomba es World Coach Colombia. Mediante la labor de profesores convertidos en “constructores de paz y vida”, este programa de responsabilidad empresarial del banco BBVA Colombia trata de ofrecer oportunidades para los niños y los jóvenes, de manera que se mantengan apartados de los vicios, las pandillas y la delincuencia en general.

Su representante en esta isla es el folclorista Belmir Caraballo, sobrino del famoso boxeador Bernardo Caraballo, que orienta a 250 alumnos en la Casa de la Cultura de Bocachica y que tiene más de 25 años de experiencia en el campo del desarrollo cultural.

A comienzos de este año, Belmir y sus pupilos recibieron la visita de Óscar Córdoba, exarquero de la Selección Colombia e imagen corporativa de la entidad financiera, y de Óscar Cabrera, presidente de la misma. Ellos y más de 20 periodistas disfrutaron del espectáculo ‘Lumbalú’, que combina danza y teatro con instrumentos de la cultura negra.

RICARDO RONDÓN CH.
Para EL TIEMPO

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