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Francamente: ¿lo del 20 de julio fue una revolución o una pelotera?

La oligarquía criolla, hastiada de impuestos, nombró en la junta de gobierno al virrey derrocado.

20 de Julio

El país celebra hoy una de sus fiestas patrias tradicionales: la del Grito de Independencia.

Foto:

Fernán Pérez / EL TIEMPO

21 de julio 2017 , 09:15 a.m.

Son las once de la mañana. Hoy es viernes, 20 de julio de 1810, día de mercado en Santa Fe de Bogotá, la capital, que en este momento tiene alrededor de 27.000 habitantes. El país entero, que se llama Virreinato de la Nueva Granada, no llega a un millón.

Las amas de casa, acompañadas de su servidumbre, van por la plaza mayor, con las canastas colgadas del brazo, comprando lo que se necesita para la semana. Hay vivanderos que ofrecen productos agrícolas. Los indígenas llegan de pueblos cercanos a negociar huevos y gallinas.

Desde las aceras, los caballeros galantes, envueltos en sus capas, lanzan piropos a las muchachas. Los gendarmes españoles vigilan a todo el mundo. Una brisa fría sopla en las calles. Hay nubarrones sobre los cerros de Monserrate y Guadalupe. Parece que va a llover.

Allá, al frente de la plaza, en una pequeña oficina que tiene la puerta cerrada, se encuentra un grupo de señores. Hablan en susurros. Son voceros de lo que se llama “la oligarquía criolla”.

Animados por los motines que ocurrieron en Cartagena hace apenas dos meses, el 22 de mayo pasado, cuando la gente se sublevó contra los españoles, los ciudadanos más prominentes de Santa Fe se han venido reuniendo en secreto para hacer un intento parecido en busca de la libertad. Son hombres ricos, comerciantes, hacendados, intelectuales.

Los conspiradores

Entre ellos hay dos abogados, Camilo Torres Tenorio, de 44 años, nacido en Popayán, un hombre muy respetado, y José Miguel Pey, hijo de una familia española tan distinguida que su padre fue juez de la Real Audiencia. Lo más insólito es que, hace unos pocos meses, el señor Pey fue nombrado alcalde de Santa Fe por el virrey español. ¿Un alcalde que participa en conjuras contra su propio gobierno? No se asombren, que las perplejidades y contradicciones apenas están comenzando.

Los acompaña un orador famoso, José Acevedo Gómez, llegado de las tierras que más tarde se conocerán como Departamento de Santander; tiene ínfulas de aristócrata y por eso se la pasa exigiendo que le pongan una ‘y’ entre sus dos apellidos. Sus arengas ardientes son célebres entre el vecindario.

Se les han unido otros dirigentes de la ciudad, como Jorge Tadeo Lozano, un hijo de marqueses, naturalista y filósofo, que se graduó de químico en la Universidad de Madrid. También se cuentan entre los confabulados el señor Joaquín Camacho y un comerciante llamado Antonio Morales, cuyo carácter explosivo provoca comentarios entre sus colegas.

Y, finalmente, según los rumores que corren junto con el viento helado por las esquinas de Santa Fe, el más reciente miembro de ese grupo de conspiradores es un hombre cuya sola mención provoca cariño y admiración, Francisco José de Caldas, también nacido en Popayán, erudito verdadero al que la gente llama ‘El Sabio’, astrónomo, ingeniero y geógrafo que acompañó al padre Mutis en la Expedición Botánica. Es el director del Observatorio Astronómico, cuyas instalaciones suele prestar para las reuniones secretas de los conjurados.

Permiso para tumbarlo

Ayer jueves, ese comité de notables comisionó a Joaquín Camacho para que fuera, bien temprano, a la residencia del virrey Amar y Borbón, el gobernante máximo del país, y representante personal del rey, a pedirle que delegue sus poderes en una junta de gobierno de la que también formaran parte los criollos. El virrey lo llamó “arrogante” y prácticamente lo echó a las patadas.

(¿Se fijan ustedes? ¿Unos conjurados pidiéndole permiso a su propia víctima para derrocarla? ¿Qué clase de revolución es esta? Sigan sumando desconciertos. Y lo que falta).

Anoche, en el Observatorio Astronómico, acordaron la estrategia que ahora están a punto de poner en marcha, aprovechando que es día de mercado.

Fue don Antonio Morales, aquel caballero de carácter volcánico, quien se ofreció para ir él mismo mañana –“gustosamente”, según dijo– a provocar un incidente con el español José González Llorente, quien goza fama de filántropo pero también de peleonero, y quien, como hecho curioso, es uno de los pocos habitantes de Santa Fe que habla inglés.

¿Era un florero o no?

Sus compañeros, hábilmente, no aceptan que sea Morales el emisario, para evitar que parezca una provocación causada por estallidos de su carácter, sino que le encargan la misión a Luis Rubio, un hombre tan discreto que acabará perdiéndose en las páginas de la historia y nadie se acordará de él en el futuro.

Faltan pocos minutos para las doce del día. Va siendo hora de almuerzo. Rubio entra al almacén de Llorente, lo saluda y le echa el cuento: pide prestado un adorno para engalanar la mesa del banquete que se le brindará a Antonio de Villavicencio, que acaba de llegar de España, autorizado por el rey para restablecer en América la autoridad amenazada por varias sublevaciones.

(Mire usted esa otra perla: los patriotas conjurados estaban organizándole homenajes al mensajero del rey, que lo ha enviado a someterlos. Quién lo creyera).

La verdad es que no se sabe con certeza, ni se sabrá nunca, si se trataba de un florero o de otra clase de objeto. Diversos testigos sostienen que Rubio le solicitó a Llorente que le prestara “un adorno para la mesa”. La confusión es tan grande que, según otros testimonios, quien pidió el préstamo fue Lorenzo Marroquín y hay quienes sostienen que fue Pantaleón Santamaría.

Nada de eso es extraño, porque así acabará escribiéndose en el futuro la historia de Colombia: con rumores, imprecisiones, vaguedades, chismes callejeros que son un obstáculo para reconstruir la verdad.

Se formó la pelotera

Morales permanece atento, en la puerta de la calle, esperando a Rubio, a quien el español Llorente le responde que no puede prestarle su adorno porque ya lo ha prestado varias veces y se lo han devuelto deteriorado. Parece falso que, como sostiene la leyenda, le haya contestado con altanería o palabras soeces.

Algunos de los testigos sostienen que le lanzó a Rubio un agravio terrible, “me cago en los americanos”, que se volverá célebre en el futuro. Pero el propio señor Rubio sostendrá, hasta el día de su muerte, que eso no es cierto.

Siguiendo con el plan acordado, el ‘Sabio’ Caldas pasa en este preciso momento frente al lugar de los hechos. Saluda a Llorente, tal como estaba previsto, y Morales le dice a gritos que no salude a ese chapetón miserable porque acaba de insultar a los criollos. La gente empieza a arremolinarse. Hay trifulca.

Mientras tanto, los otros integrantes de la junta de notables –Camilo Torres, el orador Acevedo, Camacho, un hermano de Morales– se dispersan por la plaza pidiendo a gritos que muera la tiranía y que haya un cabildo abierto. Se les suman los comerciantes y los señores santafereños.

¿Y el pueblo?

Ya es la una de la tarde. Las nubes de los cerros se han ido despejando. El pueblo interviene poco en la revuelta. Campesinos, indígenas y pobres se mantienen al margen. La verdad sea dicha, lo que se está viendo en este momento es una insurrección de los criollos poderosos contra los poderosos europeos.

En el fondo hay, como suele suceder en estos casos, una mezcla explosiva de política y dinero. Los nativos pudientes tienen la aspiración legítima de gobernarse por su propia cuenta y ya están hastiados de tantos impuestos que les exige España, para financiar su guerra contra el ejército francés de Napoleón, que los ha invadido.

El pueblo santafereño, agobiado por la pobreza, no se siente incluido en esas razones. En la región de Pasto, al sur del país, los peones indígenas suelen decir que prefieren servir a un terrateniente europeo porque los criollos ricos son peores que los españoles.

Por fin, después de almuerzo, aparecen en el centro de la ciudad los primeros piquetes auténticamente populares. Los lidera José María Carbonell, el único caudillo genuino al que obedecen las clases bajas. Ha ido por las barriadas que rodean la ciudad, en los cerros, reclutando gente.

La historia, de aquí en adelante, tratará con desdén a Carbonell, olvidando su nombre.

El historiador Pedro Arciniegas Rueda será el autor de un excelente rescate de su memoria.

El nuevo gobierno

Estamos ya en la sobretarde. Ahí viene la noche. Se firma un acta de independencia.

¿De independencia? Sus primeras líneas ratifican la obediencia al rey Fernando VII y aclaran que no se trata de destronarlo, sino de pedirle que venga a gobernar aquí mismo, en la Nueva Granada. ¿Ingenuidad o cinismo mayor para justificar la insurrección?

La tapa que le faltaba al frasco: nombran una nueva junta de gobierno… presidida por el propio virrey Amar. ¿Dónde se ha visto que unos revolucionarios genuinos hayan designado como nuevo mandatario al mismo invasor que acaban de derrocar? ¿Esto es una independencia verdadera o un zafarrancho de revoltosos? Ni siquiera llega a golpe de Estado.

Cuando apenas hayan pasado quince días de estos sucesos, el próximo 6 de agosto de 1810, la ciudad de Mompós, en la Provincia de Cartagena, declarará su independencia absoluta de España, rompiendo todo vínculo con el rey y su dominación. La consigna de los momposinos no deja lugar a dudas: “Libres o muertos”.

Epílogo

El historiador Germán Mejía ha dicho que, al contrario de lo que nos han enseñado, los sucesos del 20 de julio son un movimiento bogotano y local. Los hechos posteriores parecen darle la razón. Lo peor estaba por venir. No habían terminado de irse los españoles cuando empezaron las disputas internas. Las diferentes provincias de la Nueva Granada desconfiaban más del centralismo capitalino que del imperio español. Peleaban unas contra otras. Empezaron las guerras civiles. Se inició la Patria Boba. Hasta que, seis años después, España regresó, nos agarró en esas y nos volvió a conquistar.

Han pasado ya 207 años desde aquel viernes y todavía andamos en las mismas. Pero esa es otra historia.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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