Otras Ciudades

La guerrillera que su madre da por muerta

A 'Luisa' le dijeron que hasta le hicieron un novenario. Espera poder reencontrarse con su mamá.

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Una de las primeras cosas que hicieron los guerrilleros al llegar al corregimiento Gaitania fue preguntar si ya tenían el DVD de 'El paseo 4'.

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Juan Carlos Escobar

06 de febrero 2017 , 04:52 a.m.

La piel de ‘Luisa’ se erizó cuando escuchó el himno de las Farc justo en el momento en que ella y al menos otros 150 integrantes del frente 21 llegaron el miércoles, encaramados en viejos camperos rusos UAZ, al parque de Gaitania, un corregimiento de Planadas. Fue precisamente en este municipio del sur del Tolima donde Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’, creó esa guerrilla hace más de 50 años.

Los subversivos, que durante años han hecho presencia en este departamento, llegaron a Gaitania para ubicarse en la zona veredal de transición y normalización dispuesta por el Gobierno, y se encontraron con una fiesta: los habitantes habían puesto banderas blancas en las puertas de sus casas y muchos de ellos salieron a darles la bienvenida con gritos de ‘No queremos más guerra’ y ‘Viva la paz de Colombia’.

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En medio de la celebración, a ‘Luisa’ la embargó un sentimiento de tristeza. Recordó que no ve a su madre desde el 27 de febrero del 2011, cuando ingresó a las Farc siendo una adolescente. “Mi corazón me dice que pronto podré abrazarla y decirle todo lo que la quiero”, confía.

Le contaron que su mamá la da por muerta en combate y que hasta le hizo un novenario en su casa, que está en un pueblo vecino. “No sé quién le llevó semejante mentira”, lamenta la guerrillera, de baja estatura y cuyas moñas de colores vivos sobre una larga cabellera contrastan con su uniforme, sus botas y su fusil.

‘Luisa’ está convencida de que no pasarán muchos días antes de establecer contacto con su madre, y espera que ella y sus cuatro hermanos la visiten en esta zona veredal de concentración.

Su sueño es ser enfermera o abogada, “para trabajar gratis en favor de la gente pobre, que no tiene quién la defienda”.

Entre los pobladores que recibieron al grupo guerrillero en Gaitania, a siete horas de Ibagué, estaba Gerardo Mayorga, un campesino de 58 años que se ubicó en el atrio de la iglesia y fue uno de los que más aplaudieron el acto. “Me parece mentira verlos compartiendo con todos nosotros”, repetía. “Durante años ellos estuvieron allá y nosotros aquí, en una guerra que solo dejó muertos de lado y lado, pero hoy no existen bandos, ahora somos uno. Desde hace como tres años no hemos vuelto a escuchar un tiro ni un bombazo”, aseguró el labriego.

Atendiendo los pormenores del recibimiento estuvo Wílmar Vargas, corregidor de Gaitania, un poblado productor de café que alberga a 3.000 habitantes en la zona urbana y unos 10.000 en sus 22 veredas. “El recibimiento fue emocionante porque esta tierra, que produce el café más rico de Colombia y que vio nacer a las Farc en la región de Marquetalia, ahora se convierte en escenario de paz y convivencia”, señaló el funcionario, y recordó que los últimos hechos de violencia a causa del conflicto ocurrieron en el 2013, año en el que un soldado murió, cuatro miembros de una misma familia perdieron la vida –en la vereda San Miguel– por el estallido de una casa bomba y un dirigente comunal resultó herido por una mina antipersonal.

Tras un desayuno con caldo, arepa y huevo, los guerrilleros caminaron por las calles y visitaron almacenes. Algunos, que buscaban CD de Vicente Fernández y Antonio Aguilar, se desanimaron al no encontrar la película 'El paseo 4' en DVD.

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‘Donald’, ‘Armando’ y Wilson’, la línea de mando del frente 21, dieron la orden de volver a los UAZ. Tras un recorrido de media hora entre montañas, por una carretera destapada, llegaron a la zona de concentración en la vereda El Oso. En contraste con lo vivido hasta ese momento, allí las caras fueron de descontento. A pesar de estar acostumbrados a vivir en la selva y de estar decididos a dar al paso hacia la paz, no esperaban encontrarse con una explanada llena de barro y un cambuche de plástico, debajo del cual, apretujados, se guarecieron de un aguacero torrencial.

“Vemos mucha improvisación. Esta zona de concentración no es como la prometió el Gobierno. Carece de alojamientos, unidades sanitarias, zonas de recreación y agua potable”, se quejó ‘Donald’. “Lo único que encontramos fue una explanada con una casa antigua”, dijo ‘Wilson’.

Esta zona veredal es un terreno de seis hectáreas, de las cuales en solo dos se puede construir, debido a lo quebrado del terreno. Además, está a una hora y media de la zona urbana de Planadas, donde se compra el cemento, el hierro y otros materiales necesarios para las obras. A todo esto se suman los problemas para contratar volquetas y conductores que quieran trabajar en esta región, que tiene su fama de violenta.

En medio de las dificultades, los guerrilleros se unieron desde ese día a los trabajadores civiles en la construcción del campamento, que constará de cocina y comedores amplios, una sala de conferencias y otra para esparcimiento. Además, alojamientos bajo techo para 200 personas.

Un inconveniente serio que encontraron los obreros es el alto nivel freático del terreno, que ha obligado a instalar filtros y drenajes. Ernesto Pérez, presidente de la junta de acción comunal de El Oso, cree que las cosas se han complicado porque la zona veredal fue definida a última hora. Primero, cuenta, se pensó en las veredas San Miguel y El Jordán, donde no hubo acuerdo con los dueños de los predios escogidos por el Gobierno. “No ha sido fácil. El ‘descapote’ del terreno conllevó la evacuación de más de 7.000 metros cúbicos de tierra, algo así como 350 viajes en volqueta, pero lo importante es que se trabaja a toda marcha, con maquinaria pesada y obreros”, aseguró el líder local. Se espera que la construcción esté concluida dentro de dos meses.

Carlos Neira, párroco de Gaitania, insiste en que los guerrilleros necesitan un espacio digno, sobre todo teniendo en cuenta que llegaron con niños de brazos, embarazadas y enfermos. “Este es el fin del conflicto, el nacimiento de un nuevo país. La obligación del Gobierno y la nuestra es brindarles las cosas que necesitan”, señaló el sacerdote.

Mientras llega la solución, los insurgentes optaron por desayunar, almorzar y cenar de pie, y pasar las noches en cambuches instalados por ellos en los alrededores de la vereda.

“Esto nos molesta, pero la verdad es que hemos pasado miles de noches en cambuches que levantamos con hacha y machete, aun en zonas de alta montaña”, dijo un joven de tez morena nacido en Cauca, quien aprovechó para opinar que sería bueno que les construyeran una cancha, una guardería y una sala para recibir a sus familiares.

Al son de ‘Julián Conrado’

En el campamento no falta la música de ‘Julián Conrado’, ‘el cantante de las Farc’, que sale de un bafle amarrado a un palo y levanta los ánimos. El almuerzo llega en bolsas plásticas con enormes trozos de carne asada y papa, “pues con esta improvisación ni siquiera hemos sacado platos”, anota alguien.

Varios guerrilleros jóvenes tienen sus ojos puestos en un televisor que transmite un partido de la Liga Española. En el monte no se perdían los partidos de la Selección Colombia y tienen fe en que irá al Mundial de Rusia, aseguran. “Estamos que nos jugamos. Ojalá nos construyan una cancha en esta zona de concentración”, comenta uno de ellos.

Un hombre de las Farc, de más de 50 años y que fue escolta de ‘Tirofijo’ y ‘Alfonso Cano’ en Uribe (Meta), dice que, pese a que el proceso ha llegado lejos, aún falta mucha tela por cortar. “Hay conmigo muchos que solo sabemos de guerra y la pregunta es qué va a pasar con nosotros”, señala. A su voz se suma la de una guerrillera de 48 años que pide oportunidades para sus hijos, también integrantes del frente 21. “Uno es bachiller y al otro le faltaron unos años para obtener el cartón –cuenta–. Lo que yo esperaría es que puedan salir adelante, que tengan vivienda, hijos y una familia, que sean alguien”.

Ernesto Pérez y Eddy Sánchez, presidente y secretaria de la junta de acción comunal de El Oso, respectivamente, no han escuchado voces contra la zona de concentración. “Tenerlos de vecinos creo que no incomodará a nadie, pues hemos convivido con ellos durante años. Los campesinos los recibieron con los brazos abiertos y en el ambiente se siente respaldo al proceso de paz”, manifiesta Sánchez.

Daniel, un guerrillero de 27 años, no olvida que, desde que él era niño, las Farc fueron la autoridad en su vereda, “donde escasean la educación, la salud y el empleo, y donde campea la pobreza: si hay para pagar la matrícula, no hay para zapatos ni cuadernos; entonces, la opción de muchos jóvenes fueron las armas. Yo quería ser sicólogo, y no entiendo por qué la educación no llega a las regiones apartadas”, dijo.

Cuando el sol se oculta, la mayoría busca la comida (sopa de pasta, verdura y carne picada), que se baja con agua de panela caliente para calmar el frío. En su cambuche, ‘Luisa’ espera la oportunidad de ver a su madre y sueña con su pueblo, enclavado en las montañas del departamento. “Estoy nerviosa, no sé cómo reaccionará mi mamá, pero ojalá pueda venir a verme”, dice la guerrillera con ilusión.

FABIO ARENAS
Enviado especial de EL TIEMPO
Planadas (Tolima)

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