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‘Mayor porcentaje de desastres se dan por no respetar la naturaleza'

Carlos Iván Márquez ha enfrentado desde la tragedia de Armero hasta la grave crisis de Hidroituango.

Carlos Iván Márquez director de la UNGRD

Márquez, oriundo de Durania, Norte de Santander, cumplirá 56 años en octubre.

Foto:

Juan Diego Buitrago / Archivo EL TIEMPO

10 de junio 2018 , 01:11 p.m.

Este hombre vivió la tragedia de Armero y la destrucción causada por el terremoto del Eje Cafetero. Estuvo en Haití cuando otro sismo devastó ese país y se hundió en el barro en Salgar y Mocoa, luego de las avalanchas del 2015 y el 2017.

No es que a Carlos Iván Márquez lo persigan los desastres, es él quien va a su encuentro en cuanto sucede alguno. Lo ha hecho desde el bachillerato, como voluntario de la Defensa Civil en su pueblo natal, Durania, Norte de Santander, y luego como miembro de la Cruz Roja y director nacional de esta entidad humanitaria.

Hoy, 40 años después de atender su primera emergencia, sigue ejerciendo esta vocación como director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, cargo que ocupa desde abril del 2011, lo que lo convierte en uno de los funcionarios más antiguos de la administración Santos.

Su preocupación más reciente se llama Hidroituango. Hace unas semanas, debido al riesgo de ruptura de la presa de ese proyecto hidroeléctrico, que afecta el río Cauca, Márquez tuvo que coordinar la mayor evacuación en la historia de Colombia: 15.000 personas de los municipios de Valdivia, Puerto Antioquia y Tarazá, en Antioquia.

Por problemas como este, duerme poco. Descansa en los aviones, en los que tiene que apagar el celular. “Esa horita es bendita”, confiesa con una sonrisa. El funcionario habló con EL TIEMPO sobre la crisis de Hidroituango y sobre su experiencia en algunas de las catástrofes más terribles del país y del mundo.

No es que a Carlos Iván Márquez lo persigan los desastres, es él quien va a su encuentro en cuanto sucede alguno

¿Cuál es su mayor preocupación con Hidroituango?

La ruptura de la presa.

¿Es una posibilidad real?

Pues hasta que salgamos al otro lado no puede dejar de serlo. Mientras la emergencia esté en alerta roja, yo también lo estoy. EPM, que es el responsable, está trabajando duro, pero Hidroituango es una amenaza construida por la mano del hombre, que involucra al menos a tres departamentos, muchas comunidades, al menos 12 municipios...

La ruptura sería el peor escenario. Hay otro, el de un desbordamiento, una salida de agua abrupta, que ya se dio el 12 de mayo y afectó a Puerto Valdivia. Afortunadamente se alcanzó a dar la orden de evacuación y el resultado fue cero muertos y cero desaparecidos.

El nivel rojo cambiará cuando la presa esté asegurada. Confío en que están enfocados en eso. Aunque, una vez la estabilicen, hay que recordar que la amenaza continúa, porque la presa ya está construida y por lo tanto siempre será un riesgo por tener en cuenta en los futuros planes de prevención. Es como un volcán, hay que vigilarlo aunque esté inactivo.

¿Qué fue lo más difícil de la evacuación por Hidroituango?

El impacto que la gente siente cuando cree que no va a poder retornar y empieza a preocuparse mucho por sus apegos. No es fácil ir casa por casa, tienda por tienda, diciéndoles a las personas que deben abandonar sus hogares para irse a un albergue.

Sin embargo, esta coyuntura demostró la confianza de la gente en los planes de gestión de riesgo. Una confianza que está fundamentada en resultados tangibles. Gracias al trabajo de estos años ha disminuido la cantidad de damnificados por las temporadas invernales. Antes podían ser unas 120.000 familias y el año pasado esa cifra bajó a 8.000.

***

Carlos Iván Márquez tenía 16 años cuando ayudó por primera vez a atender una emergencia: un incendio que amenazaba varias viviendas de su municipio. El joven salió de su casa, balde en mano, para participar en una cadena de apagado junto con sus vecinos.

“Desde entonces quedé con la espinita de vincularme a alguna entidad para no quedarme parado ante un desastre”, comenta.

La oportunidad llegó cuando el entonces alcalde de Durania, Miller Bautista, llevó a su colegio a un delegado de la Defensa Civil, quien, tras una explicación, invitó a los estudiantes a unirse como voluntarios.

Él no lo dudó y fue en ese tiempo cuando salvó más vidas directamente: perdió la cuenta de las veces que estabilizó con respiración boca a boca y reanimación cardiopulmonar a los conductores y pasajeros accidentados a la salida de las ferias de Chinácota.

También en esos años tuvo su primer contacto con la muerte. Conoció la frustración de llegar al lugar de un accidente y que las personas ya hubieran fallecido.

Después, cuando en 1981 se fue a Cúcuta para estudiar administración de empresas en la Universidad Francisco de Paula Santander, conoció a socorristas de la Cruz Roja y su experiencia como voluntario le permitió unírseles.

Su primera misión fue atender a los damnificados por la avalancha que borró del mapa a Armero, en Tolima. Era enero de 1986, la tragedia había sucedido en noviembre del año anterior y Márquez pidió sus primeras vacaciones en el trabajo que había conseguido en el Ministerio de Obras Públicas –que coincidían con el receso de clases– para dirigirse a la zona como miembro del equipo de atención de albergues.

Estuvo un mes en la zona. Se encargó de la logística de la bodega de ayudas; clasificó, ordenó y repartió alimentos y medicinas en los municipios de Lérida y Venadillo. También aprendió a aplicar inyecciones.

Estando allí conoció a los voluntarios que habían atendido a Omaira, la niña atrapada entre el barro y el cemento cuyo caso fue seguido por el mundo entero, y que a pesar de los esfuerzos de los socorristas no pudo ser rescatada.

Durante esos días adquirió muchos de los conocimientos en atención de desastres que aplicaría el resto de su vida. Esa experiencia lo marcó. Una vez graduado de la universidad decidió dejar su cargo en el Ministerio y se vinculó a la dirección educativa de la Cruz Roja en Norte de Santander.

Continuó más de 20 años en esa institución, en la que llegó a ser director del Socorro Nacional. En el 2010 recibió la Orden Nacional al Mérito de manos del presidente Álvaro Uribe, como reconocimiento a su trabajo en favor de los damnificados por el terremoto en Haití.

Perdió la cuenta de las veces que estabilizó con respiración boca a boca y reanimación cardiopulmonar a los conductores y pasajeros accidentados a la salida de las ferias de Chinácota

Un año después, en medio de la crisis invernal que azotaba al país, asumió como director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres y desde entonces ha venido afrontado coyunturas tan difíciles como la avalancha de Salgar, Antioquia; el derrumbe del edificio Space en Medellín y la avalancha de Mocoa.

También impulsó la Ley 1523 del 2012, que regula la gestión del riesgo en Colombia y sin la cual, dice, la atención de emergencias tan grandes como la de Hidroituango no sería posible.

Con frecuencia, su trabajo lo obliga a separarse de su familia. El último Día de la Madre,por ejemplo, estaba atendiendo la evacuación de los municipios en riesgo por la crisis en Hidroituango. “Nos reunimos el día que se pueda y hacemos como si esa fuera la fecha”, cuenta.

Márquez cree que con el fin de la presidencia de Juan Manuel Santos, en agosto, dará por concluida su labor en la atención de desastres. A los 55 años comienza a costarle mantener el ritmo de esa cruzada, que inició a los 16 años, con un balde de agua en la mano.

¿Cuál ha sido el momento más difícil de su trabajo?

Haití... fue de los momentos más difíciles que he vivido. Uno se daba cuenta de que hiciese lo que hiciese, ese país seguiría en la misma situación de pobreza y vulnerabilidad. Pero aunque haya muchísima frustración, hay que hacer algo, porque eso impacta las vidas de las personas. Uno no puede sentarse a escribir la impotencia. De hecho, nunca he escrito nada al respecto y creo que no lo voy a hacer.

¿Qué porcentaje de lo que usted enfrenta es culpa de la naturaleza y qué tanto es falta de previsión?

Creo que el mayor porcentaje tiene que ver con la exposición que produce la falta de respeto a la naturaleza.

¿Colombia es particularmente vulnerable a los desastres naturales?

Sí. Dentro de los países con mayor vulnerabilidad frente al cambio climático, Colombia está entre los primeros diez. A nuestros dos océanos, tres cordilleras y clima variable se suma la precariedad de las construcciones, la minería ilegal, la exclusión y la inequidad. Y también el conflicto armado, aunque últimamente ha dejado de ser un aspecto de vulnerabilidad.

¿En qué sentido el conflicto puede hacernos más vulnerables a los desastres naturales?

Había zonas vetadas que eran muy riesgosas, como las de la minería ilegal. Siempre había esa limitante para ingresar con un sistema de alerta temprana. Era difícil hasta para la entrega de ayudas. Hoy, a solo dos años de la firma del acuerdo de paz, puedo decir que vemos un cambio: ahora instalamos puentes peatonales, hacemos trabajos sociales, comunitarios y de prevención.

El éxito de alguien que se dedica a atender desastres es que otra persona esté mejor. ¿Por qué eligió esta profesión en lugar de una en la que el éxito fuera más personal?

No quería sentirme impotente ante estas cosas. No me imagino haber sido solo un espectador de lo que ocurrió en el Eje Cafetero, en Haití, en Perú (terremoto en Pisco). No me imagino viendo a Mocoa por televisión o como observador en esta tragedia de Hidroituango, que aunque es responsabilidad de EPM tenemos que contribuir para solucionarla. No me veo haciendo cábalas o buscándole la comba al palo, sino más bien aportando algo. La vocación por la atención de desastres viene como la de alguien a quien le gusta el fútbol: es una pasión. La mía es el altruismo.

JUAN MANUEL FLÓREZ
Escuela de Periodismo Multimedia de EL TIEMPO
En Twitter: @juanduermevela

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