Otras Ciudades

En el Cesar, la férrea tarea de los yukpa para no seguir en el olvido

En la educación encuentran una herramienta para abrirles caminos a las futuras generaciones.

Los yukpa se educan, en el Cesar

Las nuevas generaciones de los indígenas yukpa en la Serranía de Perijá reciben capacitación para afianzar su raza.

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Archivo/EL TIEMPO

05 de agosto 2018 , 01:14 p.m.

“Quiero que mi hija estudie”, dice en tono enérgico Marcos Estrada, autoridad del resguardo Iroka de la comunidad yukpa, pueblo indígena enclavado en la Serranía del Perijá (Cesar), cuando ve a su pequeña Jaquelín salir de la casa de madruga, para acudir a clases, e iniciar el único camino que tienen para aprender y no quedarse rezagada y en el olvido como su comunidad. Es una tarea que conlleva muchas adversidades, nada fáciles, en especial, para una mujer.

Jaquelín cursa noveno grado y tiene algo en común con otra veintena de estudiantes de su cultura: recorre con su mochila a cuestas, una larga travesía de ida y vuelta (tres horas por cada trayecto) entre verdosos relieves montañosos y senderos agrestes que inician desde las riberas del río Sicarare (Codazzi) hasta llegar a la escuela Seheku (Estrella del amanecer), localizada en la vereda Siete de Agosto de la Serranía.

La niña es una de las estudiantes que se beneficia en el Cesar con un plan escolar y de alimentación que impulsa desde hace dos años la Gobernación en los resguardos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía, y que en estos momentos beneficia a 1.052 estudiantes de las 7 etnias indígenas y campesinos que habitan en este Departamento.

Estas escuelas se han convertido en la esperanza de muchos indígenas que quieren salir adelante con sus comunidades mediante el fortalecimiento de su cultura.
Algunos de los estudiantes prefieren quedarse a dormir en la escuela y visitar a sus familias los fines de semana, por lo que es común ver hamacas y esteras.
“Para nosotros, la escuela es un sueño y caminar hace parte de esa enseñanza”, sostiene la niña yukpa.

El director del proceso educativo en el Cesar, Wilson Largo, asegura que una de las preocupaciones que le asiste al resguardo es tener a las niñas en el bachillerato.
“Esto no se había visto antes, por lo que se convirtió en uno de nuestros mejores desafíos, porque la cultura yukpa ha puesto a la mujer en un estado social donde ella casi no tiene participación en muchos procesos, pero ahora, a través de la educación, hemos promovido una transformación que fortalece el papel de la mujer indígena”, dice.

El Gobierno Nacional, prácticamente, no ayuda en nada. La mayoría de las promesas las incumplen. Tienen una asignación especial de 150 mil pesos por persona al año, ¡Imagínate semejante ayuda¡

La pobreza extrema que los rodea sigue siendo una realidad entre estas comunidades. Muchos de estos estudiantes se marchan a la escuela sin comer, mientras que otros sobreviven con un pedazo de yuca o guineo maduro.

Es por ello que la escuela encarna una oportunidad vital, no solo para subsistir en el día a día, sino para que estos estudiantes logren mantener a flote sus comunidades.
“El Gobierno Nacional, prácticamente, no ayuda en nada. La mayoría de las promesas las incumplen. Tienen una asignación especial de 150 mil pesos por persona al año, ¡imagínate semejante ayuda¡”, dice, en tono irónico, uno de los profesores de la escuela, al tiempo que afirma que el gran aliado estratégico ha sido la Secretaría de Educación del Cesar.

“Creen en el resguardo y en este proyecto piloto y en su proceso de identidad cultural”, precisa y cita como ejemplo las ventajas que ha traído para la comunidad estudiantil el Programa de Alimentación Escolar (PAE). “A pesar de que es un complemento alimenticio, sirve de almuerzo para los estudiantes, pues muchos vienen con el estómago vacío a las clases”, recalca el educador.

Las aulas de la escuela están formadas por pequeñas estructuras de chozas, fabricadas de cañas y juncos, que albergan a 68 estudiantes.

Mantienen su cultura

“Pensamos que la escuela no es la infraestructura sino la formación de los niños. El año pasado nos apuntamos a sacar varios docentes de bachillerato, y hoy cuatro de ellos ya lo han logrado”, destaca orgulloso Wilson Largo.

Jaquelín es una de las alumnas más aventajadas de este proceso, quien poco a poco ha ido generando cambios positivos. Ella es consciente de que debe prepararse para trabajar y sacar adelante a su familia. Sueña con llegar a ser médico, abogada o docente.

“Es impresionante el amor que tiene por el estudio. Su autodeterminación y disciplina son admirables”, agrega el director del proyecto educativo.

Cuatro profesores son los encargados de las áreas académicas, entre ellas de la gramática, que muestra el tejido oral y escrito entre las lenguas castellano y yukpa. Actualmente, se les incluyó el inglés como un tercer idioma y que les permitirá, incluso, cruzar fronteras.

“Amusha yahé kano neshenpana” (el venado come hojas), explica Katya Garcerán una de los docentes yukpa, haciendo énfasis en el concepto de la palabra dentro de la gramática para que los chicos aprendan el universo que los rodea, basados en la observación como base de convivencia.

Yukpa, niños, reciben educación

El trabajo no ha sido fácil, según cuentan los mismos profesores, pero la lucha sigue avanzando.

Foto:

Archivo/EL TIEMPO

“La educación se rige más a los acuerdos culturales, el aprendizaje en las primeras etapas es más pasivo, lo que hicimos fue trasladar el modelo de aprendizaje desde la casa al aula, y a partir de los diez años el aprendizaje es activo”, subraya Wilson, convencido del avance de este proyecto.

A este grupo de educadores se suma Manuel García León, uno de los ancianos del territorio Iroka, quien es el encargado de ilustrar la historia y cultura propia, regida de acuerdo a sus parámetros culturales.

“Para que no pierdan lo propio, pero tampoco los otros saberes”,
insiste el anciano orgulloso de su legado ancestral y que estos jóvenes que ahora asisten a la escuela no dejen que su pueblo y sus tradiciones desaparezcan en medio del olvido en que se han mantenido todos estos años.

En el Cesar existen siete pueblos indígenas reconocidos: Arhuacos, Koguis, Wiwas, Kankuamos, Ette Ennaka Chimilas, Bari (o Motilones) y Yukpas. Este último, sus miembros, son de corta estatura y estás asentado en la región del Perijá (115 kilómetros en La Guajira y 310 en el Cesar).

Pertenecen a la familia lingüística Caribe. Yuko significa “gente salvaje” y yukpa “indio manso”. Se estima que la población Yukpa la conforman cerca de 6.000 personas.

Son alegres, extrovertidos y están organizados por resguardos y cada uno de ellos están formados por asentamientos o comunidades que desde hace varias décadas vienen reclamando ayuda estatal para salir del olvido.

Ludys Ovalle Jácome
Especial para EL TIEMPO
Barranquilla

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