Otras Ciudades

Él convirtió en su causa la búsqueda de niños sobrevivientes de Armero

Francisco González se salvó de la tragedia y hoy lider la Fundación Armando Armero.

Francisco González

Francisco se ocupa de la trigésima segunda conmemoración de la tragedia y de coordinar la presencia de 300 estudiantes que personificarán a los pequeños que se desaparecieron.

Foto:

Andrea Moreno / Archivo EL TIEMPO

11 de noviembre 2017 , 08:08 a.m.

Francisco González no pudo hacerles el duelo a su padre ni a su hermano menor, quienes desaparecieron durante la avalancha que borró del mapa a Armero y dejó al menos 25.000 muertos. Sus cuerpos seguramente quedaron refundidos en alguna de las fosas que fueron excavadas de emergencia.

Él se salvó porque, como muchos jóvenes de provincia en esa época, había viajado a la capital para estudiar en la universidad. Pero durante los siguientes 10 días estuvo en la zona, buscando sin descanso a sus seres queridos. Sus otros dos hermanos también se salvaron porque estaban labrándose el futuro fuera del próspero pueblo. Y aunque esa tragedia ocurrió hace 32 años, el 13 de noviembre de 1985, muchas cosas siguen todavía socavando sus recuerdos. Las calles del pueblo, el colegio, sus amigos, las novias y hasta la rumba continúan indelebles y son sus motivaciones en la tarea de ayudar a encontrar a aquellos bebés y niños que sobrevivieron, pero que inexplicablemente desaparecieron para sus familias.

Muchos de esos infantes deben tener hoy entre 32 y 40 años o un poco más, y terminaron adoptados o acogidos por familias de Ibagué, Bogotá, Cali, Medellín, y hasta de Alemania, Holanda, Noruega, Suiza, Francia, España y Estados Unidos. “A muchos los adoptaron por conductos irregulares, a otros los acogieron de buena fe, a otros literalmente se los robaron y nunca les dijeron que eran sobrevivientes de Armero”, asegura este armerita que hoy lidera esa búsqueda.

Y aunque por momentos ese objetivo, que ahora hace parte de su vida, parece ser una carga demasiado pesada, Francisco encuentra en cada logro, por pequeño que sea, un aliciente. “Si no fuera de Armero, lo habría abortado pronto”, dice este periodista de 52 años que desde hace un lustro aceptó dirigir la Fundación Armando Armero.

La ONG funciona en un cuarto de estudio de un apartamento en el Chicó, en Bogotá. Allí casi todo tiene conexión con la población y con la tragedia. En la entrada se encuentra una repisa con botellas sin lavar de las gaseosas La Bogotana, antaño envasadas en el municipio, y Francisco ha ido desenterrando en el camposanto.

En el pequeño cuarto de estudio sobresale el mapa a escala de su pueblo, un tablero lleno de apuntes, varios archivadores AZ y documentos y fotos.

Hasta allí han llegado numerosas madres en busca de ayuda para ubicar a 393 niños y cerca de 30 huérfanos o personas que fueron adoptadas o incluso raptadas, cuyas historias comunes se remontan a la época de la tragedia y a Armero.

En esa búsqueda, a la que incluso destina recursos propios, Francisco ha encontrado la mano tendida de los genetistas Emilio y Juan Yunis, quienes donan las pruebas de ADN de los armeritas que perdieron a sus familiares en la tragedia. A través de estos científicos se han realizado más de 200 pruebas, y tres sobrevivientes que fueron acogidos por hogares de Estados Unidos, Holanda y Francia pudieron reencontrarse con sus padres.

“Esto lo debería estar haciendo el Estado”, afirma González.

Este tolimense también recuerda que, por fortuna, un grupo de artistas plásticos donaron el año pasado obras para contribuir con su noble causa y que una compañía de agua envasada empezó a sacar en las etiquetas de sus botellas los rostros y los nombres de los chiquillos perdidos.

Poco después de haber asumido la causa de los niños de Armero, este periodista reportó un hallazgo que confirma sus hipótesis.

Se trata del llamado ‘Libro Rojo del Bienestar Familiar’, que llenó a mano una funcionaria de la época en Ibagué. En ese documento hay al menos 196 registros, algunos con foto, de bebés y pequeños que fueron vistos por última vez cuando eran trasladados a hospitales o a hogares del ICBF y luego fueron entregados a las personas que los reclamaron, en muchos casos sin mediar pruebas científicas.

“El libro rojo es apenas una pieza de un gran rompecabezas. Allí solo aparecen los niños que llegaron a Ibagué. Deben existir muchos otros libros rojos, comenzando por la zona, y en Medellín, Cali, Bogotá y Bucaramanga”, asegura González, mientras va pasando folios en el AZ en el que ha archivando los formularios de los huérfanos y madres que han acudido a la fundación.

Dice que guarda la esperanza de que el ICBF ayude a aclarar el destino que tuvieron muchos niños que sobrevivieron.

Por ahora, Francisco se ocupa de la trigésima segunda conmemoración de la tragedia y de coordinar la presencia de 300 estudiantes que, con fotos de los niños perdidos, personificarán a los pequeños que se desaparecieron para sus familias y siguen siendo buscados.

GUILLERMO REINOSO RODRÍGUEZ
EL TIEMPO
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