Otras Ciudades

El negocio de las salas X en épocas del porno gratis

Todavía hay quienes acuden a los pocos teatros porno que quedan en el país y que cobran entrada.

Teatro Esmeralda Pussycat

Así se ve la programación de estrenos del Esmeralda Pussycat.

Foto:

Julia Alegre / EL TIEMPO

13 de mayo 2018 , 12:13 a.m.

Son las tres de la tarde de un miércoles cualquiera y Enrique ojea el catálogo de películas porno disponibles. Dice que trabaja para el Gobierno y de vez en cuando acude al Esmeralda Pussycat, en la séptima con 23, en Bogotá, para ver un filme X en la vasta sala general con capacidad para 200 almas. O, como en esta ocasión, para “distraerse” en una cabina privada con la cinta VHS de su elección a 5.000 pesos la sesión. “Quiero la 668”, le dice a Héctor, responsable y taquillero, que se encarama a la estantería para buscarla.

Enrique tiene unos sesenta años y es muy consciente de que en internet podría acceder a contenido porno gratis. Sin embargo, no se atreve a disfrutar de este placer en la intimidad de su casa. “Tengo hijos adolescentes y mi mujer es muy ética, chapada a la antigua. Usted ya sabe: ella no va a ver esto conmigo y yo soy muy respetuoso”, asegura.

En cambio, para Catalina y José es su primera vez. Estos dos novios inexpertos, de unos 20 años, no pueden evitar la risa nerviosa cuando se les pregunta por qué han acudido al Esmeralda. “Nos llama la atención eso de hacer cosas en un lugar público”, indica él. La oscuridad sepulcral que caracteriza este lugar y la confidencialidad de quienes lo manejan se presta para eso.

Para el público joven, este céntrico teatro porno, el último que queda en la capital y que hasta 1985 funcionaba como un cine familiar, se ha convertido en el escenario perfecto para sumar experiencias morbosas, “polvos clandestinos”, como los llama Ramón Pineda, magíster en estudios socioespaciales de la Universidad de Antioquia. Los adultos, por su parte, acuden para satisfacer sus “necesidades más primarias”. Dice que son en su mayoría señores heterosexuales de más de 50 años que van para masturbarse o llenarse de imágenes mentales para luego tener sexo con su esposa. Otros tienen una urgencia sexual y acceden a ciertas prácticas con otros usuarios hombres sin que eso atente contra su orientación sexual. “La sexualidad en los adultos mayores no se ve bien, y en estos lugares ellos pueden manifestar esa individualidad”, añade.

También está la posibilidad de intercambiar pareja dentro de la sala. Cuentan los empleados de los establecimientos aledaños que muchos ‘swingers’, como se conoce a los que practican esta modalidad, acuden los jueves a partir de las tres. “Es el día que llega más gente”, aseguran.

'La ceremonia del porno'

Para Ramón Pineda es importante entender que las personas que acuden a estas salas para adultos lo hacen con una intención concreta: buscan excitarse con las películas, del mismo modo que determinado espectador elige una comedia con el objetivo de pasar un buen rato. Es “la ceremonia del porno”, una actitud que, aunque históricamente se ha asociado a los hombres y no a las mujeres, nada tiene que ver con la idea de doble moral que caracteriza a Colombia en tantos otros aspectos. “Las salas X han existido desde siempre y responden más a una hegemonía cultural mundial. Es un espacio que estimula el sueño de tener sexo fácil con mujeres bellas, porque el porno que se proyecta en estas salas va dirigido a un hombre heterosexual muy hegemónico, fuerte, dominante y educado para comportarse de esa manera”, indica el experto.

Germán Mejía Pavony, historiador de la Universidad Javeriana, comenta que el negocio de los cines porno responde a una fascinación. De un lado es una industria que brinda una oferta y, por otro lado, existe una demanda de personas dispuestas a pagar. Él tampoco considera que la existencia de este tipo de teatros responda a “la mentalidad retrógrada de Colombia” porque “salas como estas las encuentras en todas partes del mundo”.

El perfil de mujeres que acuden a cines como el Esmeralda –entre un 10 y un 15 por ciento del total de espectadores– también está muy definido, aclara Pineda. Las hay de tres tipos: las sumisas que hacen lo que el esposo les dice, las que tienen algún tipo de interés sexual o las que se han liberado de los estereotipos patriarcales que rigen la sociedad actual, esos que imponen lo que “se espera de una mujer”.

Un negocio en quiebra

“Yo no soy muy positivo con que esto se mantenga. Nos ha perjudicado la tecnología”, explica Héctor, que lleva 40 años en el negocio del porno. Recuerda que en la década de los 90 al Esmeralda podían llegar más de 2.000 espectadores en un día de estreno. En tiempos en los que YouPorn y PornHub, 2 de los portales X más frecuentados en la web, reciben 26 millones de visitas diarias, este teatro bogotano se conforma con unas 20 o 25 personas, una cifra que desciende de forma estrepitosa los domingos de partidos de fútbol. “Además, ¿quién puede pagar 9.000 pesos al día –eso cuesta la boleta– para ver una película?”, añade.

El futuro de estos espacios es desalentador, no solo en Bogotá, sino en todo el mundo. El cierre en el 2017 de Le Beverley, en París, dejó huérfana a la capital francesa de teatros porno tras 34 años. Lo mismo sucedió en Madrid (España), dos años antes con la clausura de la sala Alba después de tres décadas de existencia. Los responsables de los dos cines argumentaron pérdidas económicas imposibles de afrontar y el encarecimiento del arriendo de los establecimientos, ubicados ambos en el centro histórico de las dos urbes europeas.

El cierre en el 2017 de Le Beverley, en París, dejó huérfana a la capital francesa de teatros porno tras 34 años. Lo mismo sucedió en Madrid (España)

Cuenta Pavony que la época dorada de este tipo de salas en Colombia coincidió con el auge del narcotráfico y la inseguridad generada por la amenaza real de bomba de los años 80 y 90. Los cines familiares en el centro quedaron sin público, a merced de los empresarios que vieron en el sexo la forma de retener a los espectadores, conscientes de que quienes buscan consumir porno no atienden a principios de seguridad. “Para los empresarios no era más que el negocio de tener las sillas ocupadas”, afirma. La aparición de centros comerciales fuera del núcleo urbano con una opción de ocio diversificada ayudó a su proliferación.

Sin embargo, hoy en día, los cambios urbanos, combinados con la gentrificación, y la revolución tecnológica los han sumido en la decadencia más irreversible. “La muerte definitiva de este lugar va a coincidir con un gran proyecto urbanístico que revalorice el centro de Bogotá. Es cuestión de unos cinco años”, vaticina Simón Posada, periodista y autor del libro ‘Días de porno: historia de la vida breve del porno en Colombia’.

***

Entra achantada de la mano de su novio, marido o amante al Esmeralda Pussycat. Tiene unos treinta años y el hombre que la acompaña, de la misma edad, está más decidido que ella: destila ganas por los ojos.

Cada uno paga su boleta –18.000 pesos– y suben a la planta de arriba, donde solo pueden acceder las mujeres que van solas y las parejas heterosexuales. En el piso de abajo, los hombres. “La división es para que no haya problemas”, explica Héctor.

La pareja tantea el espacio sumido en un silencio perturbador solo interrumpido por los jadeos intermitentes y desmesurados de la actriz que acapara la inmensa pantalla. Huele a una mezcla de detergente barato y obscenidad. Cuchichean y eligen unos asientos en la parte superior. Abajo, varios hombres solitarios sentados en extremos opuestos miran con atención la tela amarillenta y roída en la que se proyectan las imágenes del DVD.

Al cabo de unos minutos, el traqueteo de butacas se hace insostenible y supera los atronadores gemidos de la profesional. Los ojos se han acostumbrado a la oscuridad y con solo una mirada fugaz hacia atrás se puede observar a la pareja teniendo sexo ruidoso. “El sexo siempre ha sido una cosa clandestina de la cultura occidental. El porno funciona porque hay un tabú al respecto. Si hubiera porno en un centro comercial de renombre nadie entraría porque tiene que ver con transgredir”, concluye Posada.

JULIA ALEGRE BARRIENTOS
Redacción Domingo
En Twitter: @JuliaAlegre1

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