Otras Ciudades

Así es la odisea de 20 docentes para educar a 500 niños en La Guajira

Un grupo de educadores se propuso dar clases en Uribia. Ellos mismos construyeron los salones.

La lucha de 20 docentes para dar clases en La Guajira

Los docentes construyeron 17 salones, cada uno de los cuales puede recibir a 30 niños aproximadamente.

Foto:

Miguel Ángel Espinosa Borrero / EL TIEMPO

05 de julio 2018 , 07:00 p.m.

Al mediodía, Darío Ruz Yepes ya completa cinco horas dando clase a niños de básica primaria. El sudor corre por su rostro, y en su camiseta mojada se reflejan los 34 grados de temperatura que a esa hora golpean en zona rural de Uribia, La Guajira.

Ese pequeño salón en el que unos 30 niños tratan de recibir clase es uno de los 17 que los mismos docentes tuvieron que levantar en compañía de la comunidad wayú de Guarerapu 3, a dos kilómetros y medio del casco urbano de Uribia.

El proyecto empezó 10 años atrás. Ruz Yepes –delgado, de cabello corto y piel oscurecida por el intenso sol de La Guajira– y otros docentes decidieron comenzar a levantar las pequeñas aulas con zinc y yotojoro (madera que se extrae del corazón del cactus cuando este se seca), ya que desde la gobernación del departamento no recibían los recursos para adecuar la estructura de enseñanza para los niños.

Las aulas son pequeños espacios no mayores que las salas de un apartamento. No todos cuentan con pupitres, por lo que un gran tronco acostado hace las veces de asiento. En otras ocasiones, los niños deben sentarse en el suelo y la fuerte brisa llena de arena los cuadernos de los pequeños.

Ese lugar, rodeado de tierra, cactus y rancherías, se ha convertido en el proyecto más grande de los 20 docentes que se niegan a dejar que caiga la única escuela que llega hasta secundaria en la zona donde 509 niños reciben clases.

“Nosotros las hemos construido –cuenta el profesor Ruz–; los dos salones más bonitos fueron gracias a una fundación que nos ayudó, pero de resto lo levantamos nosotros con ayuda de padres y gente de la comunidad. El año pasado nos propusimos trabajar sin sueldo porque no podíamos dejar que los niños dejaran de asistir a clases”.Los dos salones que menciona Ruz están hechos de cemento, son más cómodos que el resto de los salones que han levantado. No obstante, estos espacios no cuentan con ventiladores, y el calor logra arrebatarle la atención a las clases.

El niño que más debe caminar de regreso a casa está a unos seis kilómetros. Una camioneta les ayuda a transportar a los que viven más lejos, pero no alcanza para todos, por lo que la jornada no termina a la 1 de la tarde para los docentes, pues muchos prefieren acompañarlos hasta sus rancherías por temor a que les pase algo en el camino.

Uribia es tristemente célebre por ser el municipio más seco del país. Esta zona desértica de La Guajira ha sufrido los embates del clima, pues es un año no llueve más de 50 días, y por ello la intensa sequía es algo con lo que más de 180.000 personas se han acostumbrado a vivir.

El año pasado nos propusimos trabajar sin sueldo porque no podíamos dejar que los niños dejaran de asistir a clases

Por ello, los docentes se han valido del empeño para mantener concentrados a 509 niños que cuando están recibiendo clase pueden desvariar por la sed y el hambre. Hay Plan de Alimentación Escolar (PAE), pero solo está firmado para 300 niños, así que hay que dividirla de tal forma que todos puedan comer.“Hay alimento, sí, poco pero hay –explica Ruz Yepes–; pero el agua y el transporte es lo que afecta a las comunidades”.

La sede educativa lleva por nombre Ishipana Jaipa, y hace poco su punto de ubicación fue noticia gracias a un proyecto del Ministerio de Agricultura y la Agencia de Desarrollo Rural (ADR) con el que se construirán 37 pozos en los próximos ocho meses para llevar agua a estas comunidades de la alta y media Guajira.No obstante, se espera que el agua empiece a llegar dentro de dos meses, por lo que el líquido debe seguir siendo comprado con el dinero de los docentes, que también pagan el transporte y los materiales de los niños.

Ante la escasez de agua, el viento ayuda a refrescar a los indígenas que se aglomeran bajo alguna choza para que la sombra los proteja del sol inclemente. La tierra empieza a danzar con el viento, y todos se protegen con alguna camisa para que el polvo no entre en los ojos o la boca.

Al final de la jornada, los docentes se reúnen para definir cómo pedirle a la Administración que los ayude, pues cada jornada los agota un poco más, pero no vence su necesidad de enseñar. También se analizan otras propuestas, como la de aquella fundación que el año pasado les ayudó con la construcción de dos aulas, pero quieren mejorar para los niños.

Amor al arte

Mientras acomoda los troncos para dar su clase, Rosalina González bebe un poco del agua que trajo para los niños. Suelta la botella para dársela a uno de los que llegaron al salón y continúa con su labor. En los tableros aún se debe escribir con tiza, y no cuentan con las herramientas para hacer que las clases sean más entretenidas, como tabletas.

Aquí no contamos con el servicio de nada –dice Rosalina mientras lanza un suspiro–; tenemos que recoger entre nosotros para el alimento de los niños y el agua. Por aquí, ni cerca ni lejos hay agua. La última vez que llovió fue como en marzo, y fue una llovizna pequeña”.

La lucha de 20 docentes para dar clases en La Guajira

Rosalina González, una de las docentes que dicta clase en esta zona, enseña el estado de los pocos pupitres con los que cuentan.

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Miguel Ángel Espinosa Borrero / EL TIEMPO

En uno de los pupitres que no tienen asiento se alcanza a leer una calcomanía de alguna campaña política; desde hace cuatro años nadie ha vuelto a renovar las sillas para los salones.

Ramón González, líder de esta comunidad, destaca que el apoyo de los docentes ha sido vital para que el proyecto de enseñanza no se caiga.

“Nosotros construimos solos con los docentes de acá, con sacrificio –resalta González–, ahora solo contamos con un transporte. Un solo carro nos ayuda, ustedes han visto este espacio que solo hemos levantado entre nosotros. Todos los años trabajamos y luchamos los recursos naturales y de suelos para poder tener una enramada y tender a los niños ahí, bajo la sombra”.

Los docentes agradecen la gestión del líder de la comunidad, pero no desconocen que es un hombre de edad avanzada, que ya no tiene las fuerzas de antes para exigir que algo mínimo llegue a su zona.

Luis Enrique Solano Redondo, alcalde de Uribia, sostiene que el tema de las dificultades es muy debatido, pues desde su administración se ha procurado invertir en las aulas, pero no alcanzan.

“Nosotros sufrimos de un déficit de rutas –explica el alcalde–; la dificultad es económica, los recursos son insuficientes para lo que se necesita. También tenemos déficit de aulas. Contamos con más de 200 rutas, pero nos hacen falta más”.

La dificultad es económica, los recursos son insuficientes para lo que se necesita. También tenemos déficit de aulas

Aunque el alcalde habla de 200, los docentes señalan que solo una camioneta Ford F-350 es la que les ayuda con el transporte de los menores que vienen de zonas más retiradas, por lo que denuncian que la Administración no está colaborando para la educación de los niños.

Llegada de venezolanos

Recientemente, otro lío se empezó a mezclar con el que ya existe para estos 20 profesores de Uribia. La llegada de venezolanos los ha obligado a abrir los cupos para que otros niños puedan recibir clases.

Edinson Alexánder Rodríguez Mendoza, otro docente del lugar, cuenta que ahora se está hablando de unos 600 niños, ya que Migración Colombia los ayudó a concretar la llegada de menores venezolanos que llegan a recibir clase en este lugar.

“Sí, nosotros les damos clase a estos niños –sostiene Rodríguez Mendoza mientras se limpia el sudor de la frente–; pero eso implica que las raciones sean más pequeñas, y aún tenemos el problema del agua. Las condiciones para dar clase aquí son pésimas y desfavorables”.

Este ingeniero industrial señala que de lo más difícil que ha tenido que vivir durante sus jornadas de educador en este punto es ver a los niños que sufren de hambre y sed mientras reciben las clases. Por esto ha decidido llevar jugos y galletas para dar a los menores y así lograr tener su atención durante la hora de enseñanza.

El último salón que levantó lo hizo en compañía de su esposa. Ambos son docentes y se mantienen en esta zona para cumplir con el objetivo de brindar educación a niños que aún no tienen seguro ni el agua.

“La sequía, los vientos, la arena, aquí pasamos mucha necesidad, sobre todo por el agua –continúa Edinson–. La situación más dura aquí es que no nos acompañan mucho, lo climático, la adversidad, la necesidad como tal; también, la cuestión de la alimentación de los niños, el transporte, usted se puede dar cuenta de que no tenemos ni energía”.

La lucha de 20 docentes para dar clases en La Guajira

Los salones son hechos con zinc y yotojoro (madera extraída del cactus cuando este se seca).

Foto:

Miguel Ángel Espinosa Borrero / EL TIEMPO

Hacia las 2 de la tarde, la jornada ha terminado. Los docentes ya regresaron de acompañar a algunos niños y se reúnen para ver qué hace falta: agua, alimentos, material para un nuevo salón. El ciclo continúa, pues ellos no quieren dejar de dar clases a los niños, pero el hambre y la sed arrecian contra esta pequeña escuela ubicada en el norte del país.

MIGUEL ÁNGEL ESPINOSA BORRERO
Redactor de EL TIEMPO
En Twitter: @Leugim40

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