Otras Ciudades

Defensa desapasionada de la fiesta brava en Colombia

Las corridas de toros, uno de los pocos arraigos con nuestro acervo instintivo, corren peligro.

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Al reabrir la Santamaría en Bogotá, el pasado 22 de enero, hubo quienes se sintieron amenazados

Foto:

EFE

16 de febrero 2017 , 10:25 p.m.

“Creo, por mi experiencia y mis observaciones, que los que se identifican con los animales, los amigos profesionales de los perros y de otros animales, son capaces de mayor crueldad con los seres humanos que quienes no se identifican espontáneamente con los animales”.
Ernest Hemingway, ‘Muerte en la tarde’

La fiesta brava en Colombia está pasando el peor momento de su historia después de que la Corte Constitucional decidió en días pasados que las corridas de toros y demás eventos en el que intervengan animales deben quedar prohibidos en Colombia por constituir actos de maltrato animal, dándole al Congreso un plazo de dos años para que legisle sobre este tema.

En lo que respecta a la decisión de la Corte Constitucional, y de la cual muchos colombianos no compartimos (más de lo que nos imaginamos), en razón a que, entre otros, este tipo de actividades, además de hacer parte de la tradición cultural de nuestro país, igualmente hacen parte, tal como lo explicaré a lo largo de este ensayo, del acervo evolutivo de nuestro cerebro desde hace por lo menos 500 millones de años, lo que contrarrestaría a nuestro acervo cultural de reciente implementación, y del que tanto nos vanagloriamos y se vanaglorian los antitaurinos, acervo que escasamente cuenta con unos 10.000 años de formación como para hacerle la más mínima mella, a excepción de desviarlo por derroteros inconscientes de los que muchas veces nos tenemos que lamentar.

Y para la muestra un botón, lo acontecido con la protesta violenta de los antitaurinos que se dio el domingo 22 de enero con la reapertura de la plaza de toros la Santamaría, que fue cerrada por casi cinco años por el capricho del entonces alcalde mayor de Bogotá, Gustavo Petro. Y lo que era felicidad de los taurinos que colmaron las graderías de la plaza de toros, unas once mil personas, un ambiente de paz, regocijo, concordia y fraternidad, fue finalmente empañado por una turba violenta de antitaurinos, ideas respetables, pero no así la violencia derrochada, quienes arremetieron contra los aficionados que pacíficamente, y llenos de gozo, por lo acontecido en el ruedo, salían de la plaza.

¿A qué podría deberse el proceder irracional de un grupo de personas cultas y pacíficas, tal como se autocalifican, y que por el contrario son capaces de arremeter con toda la violencia del caso contra un grupo de seres humanos que no les están haciendo daño alguno, y que, además, se encuentran amparados por la ley, tal como aconteció ese domingo?

Esta explicación debemos buscarla en la psicología evolutiva de nuestro cerebro. Los humanos contamos con tres cerebros o cerebro triuno, llamado así por el neurocientífico evolucionista norteamericano Paul MacLean (1913-2007), quien fue director del laboratorio de evolución cerebral y conducta del Instituto Nacional de Salud Pública de Estados Unidos.

MacLean designó al primero de estos cerebros como cerebro reptil (sistema reptil), el más antiguo, unos 500 millones de años. Sus reacciones son instintivas, de supervivencia pura. Y entre otras funciones neurales básicas vitales alberga los mecanismos de reproducción y autoconservación, aspectos que regulan el ritmo cardiaco, la circulación sanguínea, la respiración, el control muscular y el equilibrio.

El cerebro reptil es principalmente reactivo a estímulos directos, luchar o huir. Con el cerebro reptil, solo se vive en el presente. El pasado y el futuro y los sentimientos y el raciocinio no hacen parte del complejo reptiloide, y los conflictos, como tales, son inexistentes.

El segundo cerebro, el emocional (sistema límbico), tendrá 200 millones de años. Este se encuentra relacionado con la memoria, con el aprendizaje, con nuestros recuerdos, con la atención, con la personalidad, con los rasgos altruistas y religiosos, con la conducta, con los instintos sexuales (reforzando al reptil en este aspecto) y las emociones: el placer, el miedo, la agresividad, el amor, el odio y el cuidado de la prole, entre otros.

Con el cerebro emocional se vive en el pasado o en el presente, y como lo que prima es la inmediatez, el corto, el mediano y el largo plazo carecen de sentido. Y a su expensa, un segundo conflicto sale a flote, sea el caso: abandono a mi prole a su suerte (cerebro reptil) o la defiendo arriesgando mi vida (cerebro emocional).

Y el tercero, el cerebro racional, que es el más reciente en evolucionar, tendrá 90 millones de años. Este es el responsable del pensamiento avanzado, del habla y de la escritura. Es el que, por su configuración de punta, hace posible el pensamiento lógico y formal, y es el que nos permite mirar hacia adelante, planear el futuro (el corto, el mediano y el largo plazo), pudiendo, con base en ello, efectuar un balance de pérdidas y de ganancias a fin de determinar si los pasos a seguir valdría la pena llevarlos a cabo o no. Con el cerebro racional se puede vivir en el pasado, en el presente y visualizar el futuro. Y con su establecimiento, un tercer conflicto se materializa, sea el caso: lo hago pedazos (reptil), lo ofendo (emocional) o busco otra opción que beneficie a las partes (racional).

El cerebro triuno es una especie de tres computadores interconectados en los que cada uno a su manera intenta tomar el mando de las acciones. Razón por la cual debemos esforzarnos con el cerebro racional a fin de poder controlar, en lo posible, las reacciones independientes del cerebro emocional, y en especial al reptil, que cuando de supervivencia se trata toma las riendas de manera automática o dictatorial, sin que, para el caso, por lo menos en su manifestación inmediata, podamos hacer algo para direccionarlo.

La toma de control de estos dos cerebros por parte del cerebro racional no es tarea fácil, y con la excepción antes planteada del reptil, con suma antelación debemos preparar al cerebro evolutivamente más reciente, para que tome las riendas, incluido todo el conocimiento, contrastado, que al respecto podamos atesorar, amén del riguroso entrenamiento que en este sentido podamos implementar.

Sócrates comparó el alma humana con un carro tirado por dos caballos, uno blanco y uno negro, que empujan en distintas direcciones y al que el auriga apenas acierta a dominar. Esta metáfora del carro y el auriga, dice Carl Sagan (1934- 1996) en su libro Los dragones del Edén, se asemeja a la noción de armazón neural, cerebro triuno, de MacLean. Los dos caballos representan al cerebro reptil y al cerebro emocional, mientras que el auriga que apenas puede controlar la sacudida del carro y el galope de los caballos equivale al cerebro racional.

¿Cuáles de los tres cerebros permanecen más activos entre los antitaurinos ante sus arremetidas contra los taurinos, y en especial, en la protesta violenta ocurrida en Bogotá el pasado 22 de enero?

No cabe la menor duda de que el cerebro emocional es el que prima entre los antitaurinos, y fue el que, a su vez, direccionó, sin medir las potenciales consecuencias de sus actos (incluidos los insultos –asesinos, torturadores, circo romano–, las ofensas, injurias, calumnias, amenazas, el tratar de imponer, al mejor estilo del nazismo, sus puntos de vista) al cerebro reptil a entrar en acción para agredir a los que de manera pacífica evacuaban la plaza de toros.

Las autorrecriminaciones, ejecutados los hechos lamentables, aflorarán una vez activado el cerebro racional: ¿por qué hice esto o aquello?, ¿el que llevó a cabo esta acción no era yo? En verdad, en el desarrollo de los acontecimientos, el cerebro racional se encontraba desactivado.

Por la inmediatez, tampoco se preguntan por qué razón tantos y tantos genios de la literatura, de la poesía, de la música, de las artes plásticas y del cine, entre otras tantas actividades de alto nivel intelectual, les han dedicado buena parte de su obra y de su vida a los toros. Por supuesto, este arraigo cultural no les importa a los amigos profesionales de los animales.

Reprimir un instinto en forma ciega no es lo más saludable, psicológicamente hablando. El instinto siempre buscará una salida.

Los que se oponen a la muerte del toro en el ruedo curiosamente apuntan por la muerte del torero. Los taurinos lloramos a nuestros pares (los toreros) cuando mueren en el ruedo, los antitaurinos festejan cuando sus pares (toros) matan a los toreros. La inversión del instinto.

Solo le pido al Congreso de la República, que tiene la responsabilidad de legislar en el caso que nos concierne, que no se deje guiar por el cerebro emocional para dar un fallo de tanta trascendencia, apoyándose en el cerebro racional.
Los taurinos, a diferencia de los antitaurinos, no somos personas violentas.

Ricardo López Solano
Especial para EL TIEMPO
* Ingeniero Civil, Especialista en Salud Ocupacional, Tesis Laureada por la Universidad Industrial de Santander, Premio Mundial Exxon Coal Mineral Company a la Seguridad. Autodidacta en Etología y Análisis Transaccional o Psicología de las relaciones humanas, entre otras.

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